Revista de Historia
N.º 78 • ISSN: 1012-9790
DOI: http://dx.doi.org/10.15359/rh.78.8
Julio - Diciembre 2018
Fecha de recepción: 01/06/2018 - Fecha de aceptación: 01/07/2018

ENTREVISTA AL HISTORIADOR LOWELL GUDMUNDSON

INTERVIEW WITH HISTORIAN LOWELL GUDMUNDSON

Entrevistadores:
Rina Cáceres Gómez*
José Manuel Cerdas Albertazzi**


Palabras claves: entrevista; historia; historiografía; Lowell Gudmundson.

Keywords: Interview; History; Historiography; Lowell Gudmundson.

Sobre el entrevistado1 2

El Dr. Lowell Gudmundson Kristjanson, docente e investigador universitario norteamericano, es un referente obligado en la historiografía costarricense y centroamericana. Ha estudiado a profundidad los procesos agrícolas y cafeteros, así como temas relativos a la población afrodescendiente, cubriendo desde el período colonial hasta la historia reciente. Su producción bibliográfica es amplia, tanto en inglés como en español, y su esfuerzo académico y de investigación ha sido reconocido con distinciones y becas.

Nació en Dakota del Norte, en 1951, realizó los estudios de bachillerato en el Colegio Universitario Macalester, en Minnesota; hizo la maestría en la Universidad de Stanford, California; y los de doctorado en la Universidad de Minnesota. Ha investigado e impartido cursos tanto en la Universidad Nacional como en la Universidad de Costa Rica, desde 1991 labora en Mount Holyoke College, Massachusetts, EE. UU. y también ha trabajado en la Universidad Internacional de Florida y en la Universidad de Oklahoma.

Entre su amplia producción se encuentran, en español, títulos como los siguientes, algunos de ellos en coautoría: Estratificación socio-racial y económica de Costa Rica; El judío en Costa Rica; Hacendados, precaristas y políticos; Costa Rica antes del café: sociedad y economía en vísperas del boom exportador; Café, sociedad y relaciones de poder en América Latina; La negritud en Centroamérica: entre raza y raíces.

En 1987, la Revista de Historia publicó una entrevista al Dr. Gudmundson realizada por los historiadores Elizabeth Fonseca Corrales y Mario Samper Kutschbach.3 Esta versó sobre la historia social y la investigación que, desde este enfoque, se realizaba en nuestro país. Se trataron y confrontaron aspectos metodológicos, interpretaciones y hallazgos sustantivos, tanto del autor como de otros estudiosos, particularmente en el campo de la historia agraria.

En esta ocasión nos ha interesado conocer aspectos de índole biográfico y de su formación profesional, así como de las motivaciones que tuvo para el abordaje de las historias colonial, agraria y étnica, esta última relacionada específicamente con la población afrodescendiente. De igual manera formulamos preguntas dirigidas a analizar la evolución historiográfica reciente sobre esos temas, así como su posible desarrollo inmediato.

Entre estructuras materiales y subjetividades sociales: conversación con el Dr. Lowell Gudmundson

¿Cómo fue que encontró su vocación de científico social e historiador? ¿Fue cuestión de herencia intelectual, entorno social, lectura o, como decía Pierre Vilar, “una opción por eliminación”?

Yo crecí en un pueblo de inmigrantes islandeses, quienes traían de su natal Islandia los pastores para la iglesia hasta mediados del siglo pasado. En mi casa realmente teníamos en ese tiempo muy pocos libros, fuera de la Biblia y una colección de enciclopedias. De niño leía más que todo libros de misterio o deporte, a los que se sumaban los que prestaban las bibliotecas “móviles” que hacían visitas mensuales a las escuelas primarias rurales. Cuando por primera vez me tocó pensar más en serio sobre mi destino me incliné más por la Biblia que la Enciclopedia. Curiosamente, el pastor a quien me acerqué, cuando tenía 11 o 12 años, para las clases de confirmación donde se estudiaba el Nuevo Testamento, entre otros textos, era quizás el primero que no era islandés, porque si lo hubiera sido, seguramente lo hubiera rechazado, ya que yo no hablaba ese idioma, ni lo entendía. En mi elección, sin embargo, la influencia más clara vino de la doble radicalización de los años 1960, tanto la lucha por los derechos civiles, como contra la guerra de Vietnam.

En el colegio fui un alumno algo perezoso, pero la profesora de español y literatura me obligó en los últimos dos años de colegio a leer una novela por semana, lectura sobre la cual debía conversar con ella o escribir algún comentario. Yo creo que de ahí realmente nació mi interés por la palabra escrita, y ya no solo por los deportes -una mujer que terminaría siendo vicegobernadora en Dakota del Norte-. Cuando entré a la universidad, yo no me imaginé como un estudiante interesado en la Historia, sino en la Política; en la política clásica, la ideología política, entender el porqué de las cosas. A decir verdad, yo llegué a conocer la poesía de Pablo Neruda, de Roque Dalton, las novelas de Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, antes de leer seriamente historia latinoamericana. Incluso, antes de leer seriamente sobre historia, gran parte de mi formación fue en Política y no en Historia. En ese sentido, me imaginaba como latinoamericanista, antes que historiador. Seguramente también, antes, por influencia de la misma profesora del colegio, que impartía ambas asignaturas, español y literatura, y que fue la única profesora que me hizo entrar en contacto con algo de mi interés.

¿Qué nos puede referir sobre sus años de formación profesional, respecto de figuras o teorías que influyeron o le resultaron llamativas hacia esos primeros años?

Como les decía, yo seguía cursos de Política y Español; esto último, en buena parte, por el deseo de estudiar en el extranjero. Así que en algún momento preferí seguir solo Español y tuve la dicha de llevar cursos de Historia, hasta cierto punto de forma accidental. Pero el profesor de Historia de Estados Unidos, que era muy joven, jugaba baloncesto conmigo y me convenció de estudiar su campo. Era el segundo intento para pasarme a la historia. Él era James Stewart, especialista de la historia de la emancipación y abolición de la esclavitud afroamericana. También trabajé con un profesor de historia japonesa y china, Jerry Fisher. Lo importante en todo caso fue que ellos impartían una visión “muy artesanal”. Cuando yo entré en el segundo año de la carrera -seguramente por la influencia de la radicalización- buscaba raíces en experiencias anteriores al fenómeno político que estaba ocurriendo, así que para algún curso revisé las investigaciones realizadas por el Congreso estadounidense, existentes en nuestra biblioteca universitaria, sobre las huelgas mineras de Colorado a principios del siglo XX, y casi de inmediato me ofrecieron fondos para revisar la documentación original, viajando a los archivos en ese Estado. En el caso de Jerry Fisher, nos hacía ir a la calle a entrevistar a “personas de a pie”, sobre su información y opinión de la guerra de Vietnam. Era, desde muy temprano, muy artesanal y, al igual a como se hace aquí, en Mount Holyoke College con nuestras estudiantes, cuando identificamos a las jóvenes que tienen interés las “enganchamos” con fondos para ir a los archivos y que aprendan cómo es que se hace ese trabajo haciéndolo ellas mismas.4

Recuerdo haber llevado un único curso que había sobre historia latinoamericana. Nos hicieron leer el trabajo de José Luis Romero sobre las ideas y políticas argentinas y la biografía de John Womack sobre Emiliano Zapata; pero honestamente mi interés fue tan limitado que lo único que recuerdo es que tomaba los apuntes en español de las charlas en inglés, para practicar y hacer algo en el aula. Luego de volver del semestre en Costa Rica, en 1972, más bien llevaba cursos de lectura dirigida con profesores de Ciencias Políticas y de Español; uno sobre la Revolución Boliviana de 1952 y otro sobre la Guerra Civil Española, muy acordes con mis inclinaciones trotskistas del momento. Pero, la verdad es que la historia social la aprendí mucho más leyendo, primero, y enseñando, casi de inmediato, los libros que Héctor Pérez Brignoli y Ciro Cardoso publicaron en México en la colección SepSetentas.5 Esa fue mi entrada al mundo de habla francesa, que por cierto en Estados Unidos no se leía para nada; la desconocía por completo, aun teniendo una maestría en Historia Latinoamericana. En ese sentido, tanto en el nivel de grado como en el nivel de maestría, eso de historia social no era lo que yo consideraba como mi formación, sino más bien la de latinoamericanista; medio interesado en la literatura, aunque nunca en mi vida habría tenido la idea de escribir poesía o novela, simplemente como lector que admiraba esa forma de literatura.

¿Y cuándo ocurrió ese cambio para centrarse en América Latina, en general, y en Centroamérica, en particular?

Bueno, ustedes me preguntan sobre “cuándo se tomó la decisión”, pero es que no se tomó ninguna decisión. Fue de una manera bastante accidental, fortuita y curiosa. Les voy a hacer el recorrido. Habiendo terminado el programa de grado, entré a un doctorado que terminó siendo una maestría en Historia Latinoamericana, en Stanford, California. Yo me había casado con una costarricense en 1973, y el año académico 1973-1974 lo pasamos en Stanford. Volvimos a la casa de mis papás en 1974; y trabajamos ocho o nueve meses como misceláneos en una base militar cercana. Luego, en abril de 1975, con todos los ahorros de esos meses, si mal no recuerdo eran cuatro mil dólares, lo que es una fortuna ahora, decidimos volver a Costa Rica a probar suerte y nos fue bien.

De no haber sido así, seguramente al año hubiéramos estado de vuelta, en Dakota del Norte, en la misma alcoba en la casa de mis papás. Pero no fue así. Trabajé tres o cuatro meses en el Centro Cultural Costarricense-Norteamericano, en Barrio Dent, enseñando inglés. Resulta que la persona que más influyó en esto fue una abogada, doña Criselda Álvarez Castañeda, que había sido la patrona de mi esposa, y ella nos ayudó mucho para hacer contactos. Hice un primer intento en la Universidad de Costa Rica (UCR), que no llegó a más; pero el segundo intento fue en la Universidad Nacional (UNA), donde ella tenía amistades más cercanas. La UNA de hecho estaba en plena expansión. Entonces entré con un cuarto de tiempo, primero como asistente de Óscar Aguilar Bulgarelli, en un curso del Centro de Estudios Generales, cuando él era figura central en ese departamento y luego decano de la Facultad de Tierra y Mar. Entonces, laboré un cuarto de tiempo ahí, un cuarto de tiempo enseñando inglés en la carrera de Secretariado de la UNA, en el antiguo Colegio La Salle en La Sabana; y casi milagrosamente se amplió a jornada completa, en 1976: medio tiempo en el Instituto de Estudios Latinoamericanos (IDELA), con Chester Zelaya y media jornada en Generales. No fue sino hasta finales de 1976 o en 1977 que me pasé a la Escuela de Historia.

La razón del traslado a la Escuela de Historia tuvo que ver con amistades, ya que había llegado a conocer a Germán Tjarks, a Jeffrey Casey y a José Fernández, y algo después al que sería mi asistente y luego colega, José Antonio Salas. Y como pretendía volver a Estados Unidos para terminar el doctorado en alguna parte, Tjarks fue, no solo para mí, sino también para Rodrigo Quesada, el puente para conseguir apoyo de la Fundación Ford en México. Cuando empecé en la Escuela de Historia compartía cubículo con Jacobo Schifter, y entonces, casi de inmediato entendí que él se me había adelantado con el tema del “calderonismo”, como populismo latinoamericano, típico de mediados de siglo XX, y su libro ya estaba por salir publicado. Pero por la obligación de ir al Archivo Nacional -porque el IDELA financiaba mi investigación sin tener carga docente en ese momento-, me acerqué a los documentos históricos, y vi dos cosas: lo único que sabía, más o menos, era lo afroamericano y afrolatinoamericano, por haber estudiado con Jim Stewart, en Macalester College, Minnesota, y con Frederick Bowser, en Stanford, quien trabajó sobre la esclavitud colonial en Perú. Al entrar al Archivo vi que estaba muy bien organizado, particularmente sobre el tema de la esclavitud, y entonces, fue una combinación perfecta de altruismo y egoísmo lo que hizo que entrara a estudiar sobre el tema de los afrocostarricenses.

Lo que quiero resaltar aquí es que lo que iba conociendo y descubriendo en el Archivo, en San José, me mantenía bien atado, hasta casi finales de la década de 1980. Así que si era centroamericanista o latinoamericanista, muy bien, ¡si otros lo dicen! Más bien me sentía muy atado al Archivo y casi todos los proyectos y hallazgos salían de ese esfuerzo. Todavía no estaba intentando algo comparativo, sino hasta muy entrados los años ochenta.

¿Cómo recuerda el país y el mundo universitario que encontró a su llegada a Costa Rica?

Bueno, ustedes perfectamente saben que en aquel tiempo había apenas dos universidades, la Universidad de Costa Rica y la Universidad Nacional, además del Instituto Tecnológico de Costa Rica (ITCR). Hasta cierto punto la UNA era una curiosa extensión, tanto de la Escuela Normal, como de la “fuga de cerebros” de la UCR, en busca de mayores horizontes y puestos. Pero antes, habría que recordar el hecho de que obtuve en Estados Unidos la posibilidad de hacer un semestre en un programa de estudios en el extranjero, el que hice aquí en la Associated Colleges of the Midwest (ACM), en San Pedro, por cinco meses a partir de enero de 1972. Ese programa me llevó a conocer la represa hidroeléctrica de Cachí en construcción, de arriba abajo, cuando aun los técnicos, consejeros japoneses, estaban trabajando con sus colegas del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE). Me llevaron en lancha a la playa de Cahuita, cuando no había ningún camino con puente para cruzar el río La Estrella; y a Buenos Aires de Puntarenas, cuando no estaba pavimentada la Carretera Interamericana en el trayecto hacia el sur. Entonces, con excepción de Guanacaste y la Zona Norte, en 1972 llegué a conocer el país de una manera extraordinaria. En gran parte esa experiencia y el deseo de mi esposa de regresar, fueron los motivos para volver en 1975. Así que cuando regresé conocía directa y socialmente mucho más del país de lo que uno podría haber esperado.

Otra peculiaridad fue que en esos años, de 1975 a 1978, jugué con los equipos de baloncesto y béisbol de la UNA. Entonces, tanto en las giras como en lo social, era sumamente importante lo que compartía con gente a la que lo académico no le importaba mucho, pero que conocía otros aspectos de la vida y del país.

Otro recuerdo que tengo muy claro, es que entré en el breve período de la “Universidad Necesaria”, el lema del padre Benjamín Núñez sobre su deseo e ilusión de que la UNA se mantuviera conectada a la historia de la Escuela Normal y fuera -lo que por lo menos los más izquierdistas entre nosotros imaginábamos- una universidad obrera y campesina.6 Menciono solo un ejemplo, el de las autobiografías campesinas, que fue de lo más sugerente de esa tendencia.7 Claro, con un conjunto de profesores tan diversos, cada quien tenía su propia idea de lo que era la “Universidad Necesaria”. Pero dentro de ese marco recuerdo muy bien que los profesores de Estudios Generales entrevistábamos a los estudiantes que querían ingresar a la universidad; no había entonces examen de admisión. Íbamos de día y de noche en buses a muchos lugares para entrevistar a los postulantes y evaluar a quiénes admitíamos y por qué. Eso duró muy poco, no sé si llegó a 1979 o 1980; pero en ese momento sí tuvimos una práctica diferente. Otra cosa que recuerdo muy bien fue el peso de los profesores chilenos, que si mal no recuerdo pasaban del 25% de todo el profesorado de ese momento, entre 1975 y 1977, por lo que llegué a conocer a varios chilenos bastante bien. Recuerdo que entré a Estudios Generales, casi al mismo tiempo, con Rodia Romero, historiador chileno, con quien entablé amistad, aunque luego él pasó, con Óscar Aguilar, a la nueva Facultad de Tierra y Mar. Rodia y yo conversábamos mucho en el autobús, cuando íbamos a aquellos lugares a entrevistar a la gente para la admisión. En realidad, la UNA cambió muy rápido hacia otras prácticas, pero fueron años –aunque breves– muy interesantes. En algún momento de 1975 conocí a doña Hilda Chen Apuy, cuando hicimos el intento de incorporarme a la UCR; ella se portó muy gentil, por supuesto. Hace algunos años tuvimos la dicha de conferirle el Doctorado Honoris Causa en Mount Holyoke, porque ella estudió aquí, en 1942.

Entonces, en cuanto a la transformación académica mía, recuerdo que al volver de Estados Unidos, en 1980, Héctor Pérez me invitó a dar un seminario sobre el tema de tesis. Ese seminario lo ofrecí dos o tres veces en la UCR, a un grupo bastante llamativo de connotados historiadores. Fue un momento extraordinario que recuerdo muy bien, cuando se abrió la Maestría en Historia de la UCR; creo que fue la primera promoción. Y es que el Centro de Investigaciones Históricas de América Central (CIHAC), como tal no existía, pero estaba el Centro de Investigaciones Históricas, donde los historiadores, Víctor Hugo Acuña y Elizabeth Fonseca, dirigían la publicación de una colección de avances de investigación, que no solo eran el producto de la actividad investigativa de los miembros del Centro, sino también de los trabajos de investigación que efectuaban los estudiantes del Programa de la Maestría.8 Y de muy grato recuerdo, casi la misma experiencia, en otra promoción, fue el curso sobre el tema afrolatinoamericano, de 2002. Uno se pone a pensar acerca de lo que han hecho los que asistieron a ese curso y pienso que fue extraordinario. Eso es lo que recuerdo de aquellos tiempos pasados.

Se habla de un cambio historiográfico en temáticas y metodologías durante la segunda mitad de la década de 1970 y en la siguiente. ¿Qué opina al respecto y en qué habría consistido?

Cuando leí esta pregunta hice un apunte que decía: “conteste en pocas palabras”. Esto porque podría hablar de manera muy extensa y porque también es un terreno un poco peligroso y podría, tal vez, herir sensibilidades. Lo más obvio para mí fue lo que otros llamarían profesionalización académica; o sea, el hecho que quienes publicaban y enseñaban Historia tenían, cursaban o buscaban posgrados en Historia: en la UNA, casi todos fueron primero a España y luego, uno que otro a los Estados Unidos; mientras que en la UCR estaba la generación que fue a Francia. Básicamente, para entonces, la gente que escribía Historia, procedía, más bien, de Derecho, de Teología, de Sociología y de otras disciplinas. Buenos o malos en el campo, la Historia era compartida.

En esos años, todavía para mí, los aportes más importantes y llamativos provenían precisamente de profesionales que no tenían doctorados ni maestrías en Historia, como Samuel Stone, Carolyn Hall y José Luis Vega Carballo.9 Honestamente eran a los que más leía, los que más ideas e inquietudes me generaban. A finales de la década de 1980 o en la siguiente, fue Álvaro Quesada, al menos para mí, quien daba ideas de cómo hacer las cosas en forma diferente.10

Yo diría que se exagera mucho cuando se habla de un cambio de golpe, o algún tipo de corte de periodización, porque esto llevó mucho tiempo, duró de diez a quince años. La biografía y la narración tradicionales fueron las que desaparecieron más rápidamente o se desestimularon. Antes había la tendencia a escribir sobre presidencias, administraciones o sobre las cronologías de cada persona o hecho político; muy al estilo medieval eclesiástico de la hagiografía. Siempre nos burlábamos de escribir en esos términos. En su lugar, todo el mundo comenzó a tener la etiqueta de “historia económico-social”; y no “social”, sino económico-social; y estábamos en el punto en que estallaría la revolución sandinista y las guerras civiles centroamericanas. Entonces el optimismo estructural y marxista-leninista fue muy alto. Las biografías desaparecían y en su lugar aparecieron retratos de grupos, de clases, estructuras... Los que no querían tildarse de marxismo los llamaban “grupos de presión”, porque Óscar Arias Sánchez hablaba así.11 Entonces era muy curioso ver como todo mundo quería hacer una historia en el anonimato, tanto del autor como del sujeto de la investigación. Para mí esto duró muy poco, no más de quince años. La transición en sí fue hasta cierto punto también su apogeo.

Lo que sí cambió, y el ejemplo más claro que tengo de eso fue la primera promoción de ese seminario de maestría, porque la generación de Francia pudo haber quedado sin dejar rastro, y lo que ocurrió es que hubo dos o tres tandas: la francesa, sobre todo en la UCR, que logró atraer a una generación muy talentosa y esa gente sacó maestría o doctorado, y fueron los que cambiaron para siempre, me parece, los estándares que empleamos para juzgar. Aunque sobre esto último tengo mis reservas, porque tanto en Costa Rica como en Estados Unidos, en estos tiempos los estándares científico-sociales han caído en desuso, y ya el doctorado y la maestría valen mucho menos que el “título” de influencer o de “bloguero”. Esto es un problema muy serio sobre la difusión y comunicación y la idea de mantener, no la investigación como monopolio de los historiadores, pero sí un mínimo nivel de seriedad y de influencia en el campo de la comunicación y de los resultados de la investigación. En ese sentido, sigo siendo un eterno optimista, aunque tampoco soy ciego.

Se dice que en esos años hubo un florecimiento de la historia económica y social, como acabamos de comentar, pero que hubo desplazamientos u omisiones temáticas que podrían decirse sustantivas. ¿Lo considera así? ¿Habrá sido inevitable?

Tengo poco que decir sobre esta pregunta; pero sí la reflexioné. Fue inevitable, pero no hay que entender el alcance de ese desplazamiento únicamente en el campo profesional o en el de la investigación. He pensado muchas veces en el debilitamiento que se dio en los trabajos sobre la memoria histórica, de la política, de la autobiografía. ¿Por qué fue que Álvaro Quesada y los literatos nos tomaron tan por sorpresa, sobre todo mediante los trabajos de Steven Palmer e Iván Molina?12 ¿Por qué lograron ser tan espectaculares en su aporte para el cambio de rumbo, ya para finales de los años 1980 e inicios de la década de 1990? No sé si tendrá algo que ver la debilidad y la proscripción de la tradición marxista-leninista, de la visión izquierdista, debido al resultado de los acontecimientos políticos y bélicos de 1948, que comparándolo con el norte de la región centroamericana, es muy evidente que los que trabajaban dentro de la Historia y en alianza con ella, mantuvieron mucho más viva esa tradición de trabajo no en forma anónima, como aquí con grupos y clases, sino con héroes de la resistencia, etc. Carlos Luis Fallas, tanto ícono como objeto de estudio, es el ejemplo que más se acercó a esa visión; tal vez exagero aquí sobre el punto. Pero me llama mucho la atención el que tanto Nicaragua, El Salvador y Guatemala mantuvieron una práctica más dirigida a la memoria, aunque no tenían ni la mitad, ni la cuarta parte, de los extraordinarios profesionales de Costa Rica, quienes mantuvieron una tradición bien anónima en ese período.

En esos estudios de la memoria, entre los primeros menciono aquí, no solo el libro de David Díaz, una de las obras más brillantes; tal vez recuerden la recopilación de testimonios que editó Mercedes Muñoz, sobre los niños del 48.13 Uno hubiera esperado que más gente se dirigiera en esa línea. El ejemplo que mencioné antes, sobre las autobiografías campesinas, yo me pregunto, cómo es posible que no hayan sido usadas hasta que Lara Putnam las volvió a descubrir, cuando estaban ahí “escondidas” a plena vista, por veinte años antes de entrar a trabajar más seriamente con ese tipo de fuentes.

Pero la respuesta más general, que quería hacer, es la siguiente: me parece que el cambio hacia esa temática y el descenso en el interés, tanto por la Historia como carrera, como por temas tradicionales, tiene que ver con el éxito del modelo o de la época liberacionista en crear un proyecto de país. Si alguien era talentoso y ambicioso, mucho mejor una carrera en abogacía, mucho mejor una carrera en administración de ministerios. Yo vi el ejemplo una y otra vez que, hasta cierto punto, el talento se lo robaban porque las oportunidades y el crecimiento del aparato estatal liberacionista fue muy diferente a lo que experimentaron los demás países en el norte centroamericano. Sospecho que gran parte de la “culpa”, si hay que señalar culpas, tiene que ver con el éxito de por lo menos dos o tres décadas en dar empleo a la clase media, que hizo de la Historia algo que poco se leía, de menor relevancia y esa fue una generación cada vez menos contestataria; por lo menos así lo parece.

Volviendo a sus temas de investigación, ¿qué pesó en su decisión de explorar ciertos períodos y temáticas tan diversos del pasado costarricense?

Sobre esto van a ver muy claramente lo que decía antes, sobre cómo el Archivo Nacional me tenía bien atado. Al comenzar, habiendo estudiado con Stewart y Bowser, sentía que el único tema sobre el cual mejor conocía la literatura y tenía una base para opinar, era la historia afroamericana, así como por la experiencia con la familia de mi esposa. Esto último obviamente influyó bastante, porque su papá era jamaiquino y la mamá afromestiza de Esparza; entonces tenía un cierto acceso a un círculo social y familiar relativamente grande, que incluía incluso a Sherman Thomas,14 como primo. En ese sentido, iba conociendo la problemática, no solo desde el archivo, sino desde la experiencia propia.

No me sentí, por unos cinco o siete años, formando parte del interés en lo agrario; el tema de la Escuela de Historia de la UNA en aquellos años. En ese entonces no me consideraba abanderado de aquello. Yo era más bien renuente, en un principio, a lo agrario. Ese interés o comparación con la propia experiencia de lo rural con mi familia y del norte estadounidense, realmente no surgió sino hasta mucho después. A como yo recuerdo, haciendo el trabajo de investigación sobre los afrocostarricenses para el IDELA, descubrí las fuentes sobre el delito en la colonia; de ahí descubrí las ventas de las cofradías y fondos clericales al final de la colonia; de ahí surgió, por lo tanto, mi interés en la ganadería en Guanacaste; lo que supuestamente iba a ser el tema de tesis doctoral, pero no lo fue, pues menos de seis meses antes de volver a EE. UU., en 1978, descubrimos los censos originales de 1843 y 1844. Este descubrimiento fue la razón básica de tomar el tema agrario en serio para mi tesis doctoral. De nuevo volví a Costa Rica en 1986, con una beca Fulbright, con la intención de trabajar sobre las mortuales. Eran los expedientes principales que estaban siendo catalogados en el Archivo Nacional, para lo cual conté con la extraordinaria colaboración de Luz Alba Chacón, su directora, y fue cuando descubrimos los originales del Censo de Población de 1927 y el microfilme del Censo Agropecuario de 1955. Entonces, hasta cierto punto, creo que antes de 1990 no tenía ninguna intención comparativa que incluyera a Guatemala o a Centroamérica.

La última vuelta que he tomado, de entrevistar a la generación de fundadores de las cooperativas de café, si bien es cierto representa un regreso a una práctica muy antigua que Jerry Fisher me enseñó, entrevistar a la gente, y que hicimos con Jacobo Schifter para el libro sobre la comunidad judía,15 más bien la idea fue la de aprovechar mi acercamiento con el profesor Wilson Picado y las investigaciones que él ya tenía bien avanzadas sobre la misma temática en la UNA. En ese sentido, sigo pensando que cambiaba de tema conforme iba descubriendo fuentes documentales que me llamaban la atención, y la inquietud que surgía era acerca de ¿qué hago con esto? De lo cual podría luego plantear alguna pregunta e intentar responderla, en uno o dos años.

Entonces, sobre sus temas de investigación histórica, como el de la etnicidad, ¿hasta qué punto fueron una continuidad y hasta qué punto fueron un rompimiento con los temas agrarios o rurales?

No tengo ninguna duda de que el eslabón perdido es el pueblo de Amatitlán, Guatemala. Yo empecé, en 1991, intentando trabajar sobre la historia del censo enfitéutico, como paso previo a la privatización y el cultivo del café, comparando los procesos entre Guatemala y Costa Rica; es decir, el tema de esa institución jurídica.16 Resulta que como Amatitlán y Antigua, sobre todo Amatitlán, fue pionero con la cochinilla y luego con el café, empecé simplemente trabajando sobre Amatitlán; pero como a los dos o tres años de estar yendo, una vez al año por unas dos o tres semanas, me di cuenta de que lo más interesante de Amatitlán era su pueblo afrodescendiente y no su censo enfitéutico ni los bichos de la cochinilla. Así que trabajando sobre Amatitlán me di cuenta que San Jerónimo, en Baja Verapaz, era la joya de la Corona, en el sentido de los dominicos y lo afroguatemalteco. Y fue así como seguí trabajando sobre esto. Eso fue cuando Rina Cáceres organizó aquel simposio internacional en la UCR, en 1999. Asistí, pero en ese entonces estaba muy desganado, casi pretendía hacerme decano o tomar un puesto administrativo similar, en parte para sufragar la educación de nuestros hijos. Pero ella, junto con Mauricio Meléndez revivieron en mí el interés y me hablaron sobre las posibilidades, y como bien decía yo, repitiendo lo que dicen en la lotería: “no puedes ganar si no juegas”. Entonces planteamos un proyecto a la National Endowment for the Humanities Collaborative Research Program, el cual desarrollamos durante unos dos años, entre 2000 y 2002. Eso fue una casualidad, porque si no hubiéramos conseguido ese financiamiento, dudo mucho que hubiera podido hacer algo mayor sobre lo afrocentroamericano, no solo en Guatemala, sino además en Nicaragua.

A mí me parece que lo que une todo esto son dos cosas: la primera, que como especialista de lo afrolatinoamericano, desde el primer proyecto en Costa Rica hasta el último en Nicaragua, sigo publicando sobre el tema; me interesa que últimamente se haya dado una nueva generación, sobre todo en EE. UU. y México, que plantea preguntas diferentes; pero lo afroamericano, por un lado, y lo agrario, por otro, han sido temas continuos. Y la segunda cosa que los une, es que llego al tema por el interés en las ideologías sociales: ¿cómo es que se ha olvidado, se ha suprimido, se ha reescrito la historia, la memoria, los datos? Entonces, en los últimos trabajos sobre el agro, o el último sobre las memorias de los fundadores de las cooperativas, está el yo anterior, que era cuantificador hasta el cansancio.

Donde sí veo una diferencia, o quizás ruptura, como fiel reflejo de las tendencias historiográficas más generales, fue en cómo pasé de una estrategia de exposición hipotético-deductiva de argumentos frente a las evidencias, con mucha cuantificación, durante las décadas de 1970 y 1980, sobre todo, a otra fuertemente narrativa y cargada de imágenes, tanto en fotos como con palabras y reconstrucciones, más recientemente. Con todo, siempre había una cierta combinación no muy oculta. Para mí hay dos ejemplos muy claros de que los dos métodos o las dos tendencias se mezclaron tanto que yo difícilmente puedo separarlos. Uno fue el trabajo de Nicaragua, en el que me divertí mucho elaborando su redacción, pero los cuadros resultan ser cuantificación al extremo, y casi una vuelta a lo que hice sobre manumisión y mestizaje, el primer trabajo de hace tantos años. El segundo ejemplo son los trabajos cuantitativos sobre café, tanto el de Costa Rica antes del café, como posteriormente el del campesino parcelario,17 porque entre los muchos cuadros siempre había secciones de retratos de vida. Al plantear la formación de clases y la evolución de clases, a mí me pareció que la única manera de hacerlo era contando experiencias de vida, contar algunas vidas ejemplares y en ese sentido hubo dos temáticas y dos métodos entrelazados, pero no como grandes fases completas hacia aquí o hacia allá, sino la vuelta, y la vuelta y la vuelta, al final de cuentas.

¿De qué manera tienen relevancia para Centroamérica y Costa Rica, hoy en día, estos temas y perspectivas de análisis que ha venido investigando?

Supongo que sería mucho más fácil reconocerlo en lo étnico-racial, en el sentido en que los tiempos apremian y los Estados insisten en reconocer y tomar en cuenta el conocimiento generado; aunque no me agrada con frecuencia el planteamiento ideológico, por ser poco sutil sobre el tema, es decir, lo de “esencializar” y diferenciar un proceso que, hasta cierto punto, es muy común y universal, y no separado del resto.

Tampoco lo rural y agrario deja de tener importancia, aunque de hecho pierde peso rápidamente en la experiencia, no solo de Costa Rica, sino en el ámbito mundial. En el libro, que espero que salga este año, Costa Rica después del café, el análisis es sobre la historia y la memoria, en la época liberacionista, entre las décadas de 1960 y 1990; pero vuelvo a insistir en el liberalismo figuerista, como un populismo de derecha, fenómeno penosamente fresco para todos en el mundo occidental. Si los griegos decían que “el carácter de las personas es su destino”,18 según muchos estudiosos la demografía lo es para la sociedad. Este mismo libro evoca, hasta cierto punto, en mi anterior libro Costa Rica antes del café, con un capítulo que intenta mostrar lo que la gente visceralmente reconoce, pero intelectualmente resiste: la transición demográfica y la extraordinaria transformación que se ha dado en Costa Rica en los últimos treinta años. El proceso que hemos vivido, muchas veces no lo apreciamos, tal vez debido a la rapidez o el peso particular de ese cambio.

Otro ejemplo, que puede demostrar la relevancia actual de mis estudios, es el siguiente: en este nuevo libro, próximo a publicarse, decidí incluir un capítulo entero, con mucho el más largo, sobre la historia cultural del consumo del café y lleva por título “De Juan Valdez a Starbucks”. Lo curioso es que en Costa Rica antes del café, mis tutores de tesis en la Universidad de Minnesota, Stuart Schwartz y Robert McCaa, me criticaban porque el capítulo de la mujer, la familia y el hogar, era tres veces más largo que cualquier otro capítulo, y recomendaban que tenía que dividirlo en dos. Entonces, si bien es cierto, cada vez es menor la población que vive en el campo, y el agro ya no pesa ni en la política partidista, ni en los créditos bancarios, a diferencia de los años 1960 y 1970. No es menos cierto que la transformación del consumo a nivel mundial tiene efectos extraordinarios en el agro. En Costa Rica se ha dado el surgimiento de los microbeneficios, el surgimiento de los estándares de calidad y el descenso de un cincuenta por ciento de la cosecha del café, pero la calidad aumenta a igual ritmo. Entonces, hay ciertos flancos o aspectos de un tema agrario -tanto si se trabaja desde afuera como desde adentro- que siguen siendo eminentemente visibles y relevantes para los consumidores urbanos y los políticos; si es que estos últimos quieren abrir los ojos, aunque uno nunca sabe si están dispuestos a ver la realidad a su alrededor.

Estaba hablando de tu último libro del café, pero hay otro libro también, un proyecto colaborativo que viene en camino, con Mauricio Meléndez; tal vez si nos hablaras un poquito o nos dieras algunas pistas de eso que viene.

Estoy en mi período de descanso entre libros –que conste, ¿verdad?– y tiene que durar tres meses, ¡por lo menos! Tenemos pensada una colección sobre “Afrocentroamérica, memoria y olvido”, donde proyectamos incluir el trabajo de Russell Lohse sobre la historia de la cofradía de la Virgen de los Ángeles; pensamos incluir mi trabajo sobre San Jerónimo de Baja Verapaz, en Guatemala; una versión del trabajo sobre mulatos y naciones en Centroamérica, que presenté hace “mil años” en la UNA; y tres trabajos de Mauricio Meléndez, sobre ciertas figuras llamativas de Guatemala, además del caso de los descendientes mulatos de Juan Vázquez de Coronado en Costa Rica. La idea es incluir muchos de los “minifotoensayos” que publicamos en el sitio web de Internet que teníamos, el cual dejó de existir hace mucho, a los que llamo “interludios”. Entonces tendríamos una narración, un ordenamiento cronológico de los capítulos, desde principios de la colonia hasta el siglo XX, pero colocando estos “interludios”, como para no solo entretener a los lectores sino para “confundirles” con provecho; eso espero.

Tengo pendiente otro interludio sobre mis informantes más queridos en Guatemala, los Gularte, y todo lo que aprendí trabajando con ellos, los secretos de la familia. Acabo de publicar una versión en inglés de un estudio que hace un contraste entre la manera en que se recuerda a Carmen Lyra, negando su condición de afrodescendiente, con la afirmación de afrodescendencia en la película documental Si no es Dinga...19 Este acaba de salir en la revista del Centro Latinoamericano de Harvard, la ReVista: Harvard Review of Latin America.20 Ellos me pidieron una versión en español y pienso hacerla, pero más bien será para el libro. Ojalá logremos terminarlo este año, o a más tardar en 2019, porque eso lleva pendiente muchos años, y no hay que aplazarlo más. Ya no tengo edad para esperar otra década.

¿Cuáles son en su criterio los grandes retos y pendientes en la agenda de la investigación centroamericana y por qué?

En esto tengo tres ideas. Primera, yo no me siento en capacidad de opinar mucho sobre historiografía, más que de la tica y de la chapina; porque en Nicaragua, El Salvador y Honduras tengo amigos, pero no tengo mayor experiencia. La verdad es que por treinta años he tenido que dar cursos de historia centroamericana a nivel de grado y posgrado en Estados Unidos, y entonces opiniones tengo, pero criterios tal vez no. Primero, cuando yo llegué a enseñar en Estados Unidos la historia mexicana y latinoamericana, en general, compartía la siguiente debilidad o característica: la historia colonial era mucho más fuerte que la historia posindependentista. Dentro de ese contraste, el siglo XIX quedaba huérfano. Eso ha cambiado radicalmente en México y en Latinoamérica, pero creo que ha cambiado menos en el caso de Centroamérica. Con solo ver los congresos y leer las revistas que tenemos, ese contraste es evidente todavía y en algún momento tendremos que enfrentar la situación.

Segunda, una tradición de separación de las tradiciones analíticas: una de política económica y otra de lo étnico-cultural. En el curso del seminario de investigación que estoy ahora impartiendo sobre Centroamérica, trato de rescatar y sacar algo positivo de algo muy negativo. Yo planteo seminarios sobre los siglos XIX y XX, inclusive de 1880 en adelante –Centroamérica, reforma, revolución y reacción, entre otros temas– y comenzamos revisando planteamientos de política económica dominantes desde la Segunda Guerra Mundial hasta 1990; y luego, cuatro semanas de “la venganza” sobre lo étnico o lo racial, enfatizando en la lectura más reciente y cada vez más dominante, tanto de historia como de literatura; y no solo los mayas, sino garífunas y un montón de temáticas, tratando de generar interés para que escojan temas de investigación. Veo esa bifurcación, esa división de caminos como algo real y evidente, no sé si lamentable, pero tengo la esperanza de que la próxima generación logre una síntesis mejor que nosotros. Porque creo que, al final de cuentas, operamos todavía con esa separación, muchas veces dañina, y más dañina cuando es inconsciente. Uno deja de leer y tomar en serio los trabajos de los colegas, si bien, no enemigos, sí del grupo de los “diferentes”. Entonces al final creo que quien resiente y paga la cuenta es la historiografía en general.

Finalmente, otra cosa sobre ese tema, es que los historiadores tenemos que incursionar en campos prohibidos, tenemos que entrar a trabajar los últimos treinta años, porque lo que uno lee sobre este período reciente, tiende a limitarse a grandes temas, con trazos de brocha gruesa –posguerra, globalización, neoliberalismo, posneoliberalismo– y les veo problemas muy serios en cuanto a ligereza documental o histórica. Muchas veces se estudian procesos país por país; sobre la emigración a Estados Unidos, país por país; el tráfico de drogas y personas, país por país. Lo que más he sentido terminando este libro sobre Costa Rica después del café, es el problema de no reconocer la profundidad de los procesos, tanto socioeconómicos como demográficos, ocurridos en los últimos treinta años, y la tendencia a subestimar el cambio que se ha dado en el país o la región. Y para no citar un montón de ejemplos –en el libro aparecen– seguimos repitiendo el error de excluir a Panamá, lo que en la colonia no se hace casi nunca, pero en los siglos XIX y XX caímos en esa trampa. Los cambios ocurridos demográficamente en Costa Rica en los últimos treinta años tienen su paralelo en Panamá. Quizás los historiadores no queremos competir con los demógrafos o economistas, pero la verdad es que ciertamente mejoramos su trabajo. Me preocupa mucho lo que atañe al período posterior a 1990, a los historiadores parece darles miedo investigarlo y escribir. Ojalá que eso logremos superarlo, porque realmente sería importante.

Pasando a EE. UU., ¿cuáles son hoy los temas relevantes y las perspectivas de análisis de la historiografía o historiografías norteamericanas?

Hace poco presenté una conferencia en Santiago de Compostela, que en parte se basaba en una conferencia que ofrecí en la UNA, en 2014, y en la cual comentaba sobre los disfraces que el agrarismo tiene hoy en día. Esos disfraces tienen que ver tanto con la urbanización sumamente rápida del planeta y de los países, como también con el peligro en el mercado de trabajo que encara el historiador –no solo para el latinoamericanista, sino para cualquier tipo de historiador– al ser catalogado como agrarista, especialista en una temática y realidad que supuestamente se desvanece en nuestros días. En los campos de la memoria, género, ambientalismo y la etnicidad hay temas que sí son candentes y donde uno puede conseguir plaza, uno encuentra agraristas disfrazados que evitan esta etiqueta, por razones que entiendo. He trabajado mucho en concursos de plazas vacantes y entiendo perfectamente por qué esa etiqueta no les conviene.

Pero aun dentro de este campo, uno que me parece se está expandiendo muy rápidamente es el de la historia ambiental, en donde los que la practican casi siempre la combinan con etnicidad, con género o con algún otro enfoque, y trabajan seriamente sobre cómo la memoria se rescata del terreno o de los objetos, no únicamente de museos y documentos, sino de transformaciones del terreno, en el ambiente, y en cambios aun visibles, que se pueden conectar con los pueblos autóctonos anteriores, entre otras cosas. Dos colegas de mi propia universidad, Christine DeLucia y Lauret Savoy, el último año, han publicado libros, en los cuales trabajan sobre algo que muchos ahora llaman memoryscapes, algo similar a lo que Carolyn Hall llamaba “ecúmene” en Costa Rica, y sobre lo cual fue pionera Joanne Rappaport entre latinoamericanistas en Estados Unidos.21 Esta propensión a trabajar con la memoria en el terreno y la memoria en la transformación del espacio, me parece que es una de las tendencias más fuertes, últimamente. En ese sentido es una notable combinación de historia ambiental e historia de la memoria, en donde los estudiosos de historia agraria tenemos posibilidades de desarrollar investigación. Tal vez es una exageración, pero redescubrieron muchas cosas que ya conocíamos y me agrada sobremanera que vuelvan a descubrir a partir de otras pautas, nuevas evidencias y nuevos argumentos.

Por otro lado, en el campo afrolatinoamericano: la memoria utiliza la biografía y al reflexionar sobre esto, pensaba en un libro que fue un bestseller hace unos pocos años, el cual llevaba por título El Conde Negro. Es un estudio de Tom Reiss, autor de otros bestseller, sobre la biografía del Conde Negro, o sea de Thomas-Alexandre Dumas, quien fue un mulato haitiano que llegó a ser general, prácticamente el segundo al mando del ejército de Napoleón.22 Participó no solo en la travesía de los Alpes, sino en la invasión a Egipto. Reiss estudia su vida y su carrera en Francia, porque había salido muy joven de Haití. ¿Pero cómo es que fue primero olvidado y luego vuelto a memorizar? Porque su hijo fue el novelista Alexandre Dumas, quien fue recordado, no como mulato o mulato-blanco, sino como la lustrosa joya o luminaria de la literatura francesa por la novela El conde de Montecristo, que es una novela medio biográfica de su progenitor. Eso resulta visible a cualquier persona que lo investigue, pero sucesivas generaciones lo olvidaron. Entonces, hasta cierto punto, la biografía “amañada”, si se pudiera decir, o de ficción, es capaz de revelar a nuevas generaciones lo que de otra manera se habría olvidado.

En cuanto a lo afroamericano, a mí me parece que ya es notoria una nueva generación. Hace poco hice una reseña colectiva de seis libros sobre el tema para la Latin American Research Review; todos tratando la historia de la posindependencia. La problemática, los métodos y el público lector implicados en esos libros demuestran que no necesariamente hay un abandono de las preocupaciones contra el apartheid y de temáticas afines que nos ocupaban a nosotros, los de las generaciones de los años 1960 y 1970; pero sí es una nueva generación con temáticas y planteamientos nuevos que son muy interesantes. Creo que, en ese sentido, lo afroamericano se está revitalizando con una fuerza que, seguramente, se está nutriendo de la pesadilla que estamos viviendo, antinmigrante, antipoblación de color –no solo en EE. UU., sino en prácticamente toda la región noratlántica-. En ese sentido, lo veo muy positivo y si en algo puede contribuir a detener ese lamentable fenómeno, en buena hora.

Como historiador ubicado tanto en Estados Unidos como en Centroamérica, ¿qué peso considera ha tenido el giro lingüístico en la historiografía contemporánea?

Como lo mencionaba antes, considero que el impacto en Costa Rica tiene nombres y apellidos: a final de cuentas fueron Álvaro Quesada y Tatiana Lobo y su influencia en la dupla Palmer-Molina, lo que fue extraordinario a finales de los años 1980 y prácticamente en todos los años 1990.23 Sobre otros países centroamericanos prefiero no opinar, porque creo que mi conocimiento es bastante limitado. Aquí, en Estados Unidos, es curioso pues entré en 1982 a enseñar y no se escuchaba prácticamente nada al respecto. Con la renuencia a leer en idiomas distintos al inglés, y menos aun el francés, las cosas llegaron con mucho rezago. Se empezó a notar claramente para la segunda mitad de esa década. Se tradujo el nombre de aquella corriente como estudios culturales o Cultural Studies. Casi nadie hablaba de Linguistic Turn, pues eso parecía muy afrancesado y los historiadores difícilmente iban a hacer eso. Yo llegué a enseñar un curso, “Latinoamérica y la posmodernidad”, por casi quince años; siendo uno de mis cursos recién sepultados, esperando la jubilación. Yo admiraba mucho sus aportes, su forma de revelar los supuestos implícitos en toda narración, todo planteamiento, todo valor, periodización, etc.

Pero como he dicho varias veces en Costa Rica, si la más sincera forma de admiración es la imitación, hay que reconocer que la derecha logró captar las implicaciones de esto muy temprano. Ya para las presidencias de Reagan y los dos Bush, el Partido Republicano lo tenía claro a la perfección: su lema fue “nombrar es enmarcar, es afirmar”. Y lo lograron de una manera extraordinaria y uno lo ve mucho antes de Trump y sus posverdades y sus “hechos alternativos”.24 Ese amaño ideológico fue lo que el Partido Republicano perfeccionó en los años 1980 y aun después, para manipular a la base social más reaccionaria, algo que, para su gran sorpresa, el candidato “foráneo” Trump convirtió en la razón de ser del partido y no solo en su estrategia electoral. Actualmente sigue siendo Republicano solo el nombre de ese partido. Supongo que ahora no haría falta mencionar, para Costa Rica, cómo la blasphemy de jour es “ideología de género”.25 Entonces, uno ve muy claramente que el giro lingüístico no es monopolio de los académicos de la izquierda liberal, literatos o historiadores, todo lo contrario. Pero, como decía el mismo Reagan: “creo, pero verifico”. Admiro mucho lo que se ha hecho con ese enfoque, pero no estoy ciego, ni dejo de percatarme del empleo que se hace desde el otro bando. Es una cosa que uno ve muy claramente en los años 1990, en Guatemala, cuando, por ejemplo, Mario Roberto Morales, el literato más talentoso, fue un feroz crítico de la “ideología pan-maya” y que incluso intentó, hasta cierto punto, convertirla en algo terrible que hoy parecería comparable con el discurso de la “ideología de género” en Costa Rica, claro está, para deslegitimarla como blasphemy de jour.

Siendo un poco más generoso con el tema cierro contándoles una experiencia muy fresca, porque hace un mes estuve en la conferencia anual de los historiadores latinoamericanistas en Estados Unidos, en Washington, y uno de los propósitos era entregar el premio anual de “servicio distinguido de por vida” a un colega amigo muy querido, Eric Van Young, historiador, sobre todo de México. Él fue mi profesor en Minnesota; empezó como agrarista; luego pasó a ser el más destacado historiador cultural colonial sobre México y eso lo llevó luego a su libro La otra rebelión, que reinterpreta la independencia mexicana de modo muy distinto a la versión oficialista, subalterna, progresista, incluso como primer intento de reforma agraria.26 Más bien él plantea el proceso como una serie de rebeliones localistas, prácticamente sin ningún ligamen estructural, tipo siglo XIX o XX. Actualmente está intentando terminar una biografía de Lucas Alamán, quien mandó a matar a Vicente Guerrero, por lo que mi simpatía por ese personaje es muy limitada. Pero él intenta convencer al lector de que no fue simplemente un pillo asesino. Parece que lleva unas dos mil páginas y no puede terminarlo; ¡algún día lo va a terminar! Y decía, cuando recibió el premio, después de cuarenta minutos de una charla magistral, que esperaba encontrar lectores entre la nueva generación, que no hubiesen bebido de las aguas de los estudios culturales: él mismo reconoció que la onda de todo aquello ya pasó. Uno ve que entre los libros que ganan los premios anuales son sumamente escasos los libros que caben dentro de ese planteamiento o que sorprenden con ese tipo de planteamiento. Más bien la producción corresponde mucho más con lo que yo siempre he dado en llamar: un “materialismo no arrepentido”. Es curioso escuchar a Eric Van Young declarar el amor a la biografía, habiendo sido agrarista en su momento y estructuralista toda la vida, y a la vez escribiendo, hasta cierto punto, un epitafio de aquel planteamiento o al menos de su apogeo. Creo que no es que ya estemos en otro universo, pero sí a muchos kilómetros de distancia. No me entristezco de ese cambio, porque yo creo que es saludable y era inevitable; al final de cuentas creo que las modas aportan, pero también pasan.

¿Quisiera agregar algo que se pudo haber quedado fuera en la entrevista?

Cuando me invitaron a Mérida, en Yucatán, a presentar una ponencia en un seminario del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), en 2012, una de las cosas que me impactó, sobremanera, fue ver que había plazas para historiadores, que había centros con financiamientos, que alguien los tomaba en serio, que alguien les hacía caso, tanto en lo financiero, como en lo presupuestario, en lo institucional, en los medios, etc.

Y me hizo reflexionar mucho sobre el estatus de la historia en el país más vulgarmente “posverdad” en la actualidad. La Historia, como decía Henry Ford hace mucho, es considerada “basura” y el pueblo estadounidense está sufriendo no solo de una amnesia autoinfligida, sino de un desprecio extraordinario por la Historia y las heridas que esto acarrea. Lo menciono aquí en el sentido de rezago institucional que se cuestiona “¿para qué más Historia?”. Trabajo en una universidad que hace menos de diez años tenía 12 historiadores, 11 plazas de tiempo completo y si no tenemos cuidado, el año entrante tendremos 8, o tal vez 7; más la presión para suplir otras plazas vacantes sobre todo para los campos de Ciencia, Tecnología, Medicina, entre otros similares. Me parece que ustedes tienen que valorar no solo el cambio que yo he presenciado en Costa Rica con respecto a la creación de algo que era impensable hace cuarenta años en el campo académico. Es algo que, si se compara con otras latitudes, está bastante bien surtido de profesionales y de capacidades de investigación, y que ojalá que sirva, igual que en el CIESAS de Mérida, como un ícono y como un imán para investigadores y gente que todavía cree que la Historia tiene algo que decir. Tengo mis momentos, quizás no de pesadilla, pero sí de pensamientos muy grises sobre la situación en Estados Unidos, que tampoco nunca ha sido como muy fuerte en memoria histórica, pero que ya demuestra un desprecio abierto por la Historia como tal. Entonces, tal vez eso, como recuerdo, no es tan optimista para mí, pero para ustedes hay que tomarlo en cuenta. Ustedes tienen sus influencers27 y blogueros ahí, claro, pero tienen una base institucional mucho más sólida.

15 de febrero de 2018


* Costarricense. Doctora en Historia, catedrática, Universidad de Costa Rica (UCR). Correo electrónico: rina.caceres@ucr.ac.cr

** Costarricense. Magister Scientae en Historia, catedrático, Universidad Nacional de Costa Rica (UNA). Miembro del Consejo Editorial del Museo Histórico Cultural Juan Santamaría (MHCJS). Correo electrónico: jmcerdasa@gmail.com

1 Teleconferencia realizada desde la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad Nacional, Heredia y Mount Holyoke College, Massachusetts, EE. UU.

2 La transcripción de la entrevista estuvo a cargo de Andrey Isaac Monge Araya.

3 Elizabeth Fonseca Corrales y Mario Samper Kutschbach, “Entrevista a Lowell Gudmundson”, Revista de Historia (Costa Rica) 16 (julio-diciembre, 1987): 11-31, URL: http://www.revistas.una.ac.cr/index.php/historia/article/view/3223.

4 El Colegio Universitario Mount Holyoke, en Massachusetts, es para mujeres y personas transgénero.

5 Ciro Flamarion Cardoso y Héctor Pérez Brignoli (comps.), Tendencias actuales de la historia social y demográfica, Colección SepSetentas No 278 (México, D.F.: Secretaría de Educación Pública, 1976); Ciro Flamarion Cardoso y Héctor Pérez Brignoli (comps.), Historia económica y cuantificación, Colección SepSetentas No 279 (México, D.F.: Secretaría de Educación Pública, 1976); Ciro Flamarion Cardoso y Héctor Pérez Brignoli (comps.), Perspectivas de la historiografía contemporánea, Colección SepSetentas (México, D.F.: Secretaría de Educación Pública, 1976).

6 El presbítero Benjamín Núñez, a la sazón rector de la Universidad Nacional y quien había sido activo fundador de esta; además de prominente miembro del Partido Liberación Nacional, desde sus orígenes.

7 Se refiere al Concurso de Autobiografías Campesinas (CONAUCA), de la Escuela de Planificación y Promoción Social, realizado a finales de la década de 1970. Las autobiografías concursantes fueron impresas en mimeógrafo de manera completa, las cuales están disponibles en las principales bibliotecas del país; y una selección de ellas fue publicada por la Editorial de la Universidad Nacional (EUNA) en 1979. Inmediatamente después, se lanzó el Concurso de Autobiografías de Obreros y Artesanos (Proyecto CONOA), cuyos manuscritos originales permanecen en la Biblioteca Joaquín García Monge, de la UNA.

8 El director y creador del Proyecto de Historia de Costa Rica, profesor Carlos Monge Alfaro, tuvo la iniciativa de impulsar, en 1977, lo que fue el Centro de Investigaciones Históricas (CIH), el cual inició a finales de 1979, unos meses después de su fallecimiento. La entidad se convirtió, en 1994, en el actual CIHAC –https://cihac.fcs.ucr.ac.cr/–.

9 Carolyn Hall, geógrafa, Samuel Stone y José Luis Vega Carballo, sociólogos, aportaron sustanciales contribuciones al conocimiento e interpretación de la historia costarricense, particularmente durante las décadas de 1970 y 1980.

10 Álvaro Quesada Soto (1945-2001), profesor e investigador de Literatura de la Universidad de Costa Rica. Se le considera un innovador en el estudio de la historia de la literatura costarricense por la reinterpretación que de ella hizo. Sus obras más destacadas en el decenio de 1980 son: La formación de la narrativa nacional costarricense (San José, Costa Rica: EUCR, 1986); La voz desgarrada: la crisis del discurso oligárquico y la narrativa costarricense (San José, Costa Rica: EUCR, 1988).

11 Óscar Arias Sánchez, Grupos de presión en Costa Rica (San José, Costa Rica: ECR, 1971).

12 Iván Molina Jiménez y Steven Palmer (eds.), Héroes al gusto y libros de moda. Sociedad y cambio cultural en Costa Rica (1750-1900) (San José, Costa Rica: Plumsock Mesoamerican Studies; Editorial Porvenir, 1992).

13 David Díaz Arias, Crisis social y memorias en lucha: guerra civil en Costa Rica (1940-1948) (San José, Costa Rica: EUCR, 2015); Mercedes Muñoz Guillén, Niñas y niños del 48 escriben (San José, Costa Rica: EUCR, 2001).

14 Dr. Sherman Thomas Jackson, destacado académico del área de la Química, en la UCR.

15 Jacobo Schifter Sikora, Lowell Gudmundson Kristjanson y Mario Solera Castro, El judío en Costa Rica (San José, Costa Rica: EUNED, 1979).

16 La enfiteusis, o censo enfitéutico, es un régimen compartido de tenencia de la tierra que lleva consigo la disociación entre el dominio directo, correspondiente al propietario, y el útil, el de la persona que usa la finca.

17 Lowell Gudmundson, “Campesino, granjero, proletario: formación de clase en una economía cafetalera de pequeños propietarios (1850-1950)”, Revista de Historia (Costa Rica) 21-22 (1990): 151-206, URL: http://www.revistas.una.ac.cr/index.php/historia/article/view/3310.

18 Frase del filósofo presocrático Heráclito de Éfeso.

19 Isis Campos Zeledón y Kike Molina Figuls, Si no es Dinga... (Documental, 2014).

20 Véase: https://drclas.harvard.edu/revista-harvard-review-latin-america.

21 Christine DeLucia, Memory Lands: King Philip’s War and the Place of Violence in the Northeast (New Haven, EE. UU.: Yale University Press, 2018); Lauret Savoy, Trace: Memory, History, Race, and the American Landscape (Berkeley, California, EE. UU.: Counterpoint Press, 2016); Carolyn Hall, El café y el desarrollo histórico-geográfico de Costa Rica (San José, Costa Rica: ECR, 1976) y Costa Rica: una interpretación geográfica con perspectiva histórica (San José, Costa Rica: ECR, 1984); Joanne Rappaport, Cumbe Reborn: An Andean Ethnography of History (Chicago, EE. UU.: University of Chicago Press, 1993); The Politics of Memory: Native Historical Interpretation in the Colombian Andes (Durham, EE. UU.: Duke University Press, 1998).

22 Tom Reiss, El conde negro: Gloria, revolución, traición y el verdadero Conde de Montecristo (Barcelona, España: Anagrama, 2018). La primera edición en inglés es de 2012.

23 Tatiana Lobo, escritora, cuyas publicaciones comprenden varios géneros, incluyendo novela histórica y crónicas coloniales, de las cuales se citan las dos primeras publicaciones: Asalto al Paraíso (1992); Entre Dios y el Diablo: mujeres de la Colonia (1993).

24 Según la Real Academia Española (2017): “Posverdad: Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”.

25 Literalmente, “blasfemia del día”.

26 Eric Van Young, The Other Rebellion: Popular Violence, Ideology, and the Mexican Struggle for Independence (1810-1821) (Stanford, California, EE. UU.: Stanford University Press, 2001).

27 Influencers: Generadores de opinión, con credibilidad, sobre temas específicos en redes sociales. Algunos han adoptado el término en castellano: “influenciadores”.


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