N. 93
Enero-junio, 2026
ISSN: 1012-9790 • e-ISSN: 2215-4744
DOI: https://doi.org/10.15359/rh.93.8
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Licencia: By NC ND 3.0 Internacional

sección costa rica

Fecha de recepción: 13/06/2025
Fecha de aceptación: 13/10/2025

Las fuerzas hidráulicas y el beneficio húmedo del café: 1800-1870

Hydraulic power and wet coffee processing: 1800–1870

As forças hidráulicas e o benefício úmido do café: 1800-1870

Carlos Naranjo Gutiérrez*

Resumen:

Este artículo sigue los pasos del cultivo del café en el Valle Central. El vigoroso apoyo de los poderes públicos, después de la Independencia y la receptibilidad de la semilla, por parte de los productores se combinaron para producir un nuevo paisaje en la ecúmene de las cuatro provincias. Es casi seguro que la semilla de café se asentó en los mismos espacios agrícolas de los cultivos coloniales (tabaco, caña de azúcar, trigo y maíz), se inició la siembra en San José y Cartago, más lentamente en Heredia y Alajuela, contribuyendo a una rápida transformación de la economía de las instituciones y de las costumbres, cuyos efectos se hicieron sentir plenamente en el siglo XIX. Se podría evocar, a este respecto, el importante papel desempeñado por el agua en el procesamiento de la fruta, recurso fundamental para la creación del mito, «El Grano de Oro».

Palabras claves: agua; bosques; café; caña; Costa Rica; hierro; historia.

Abstract:

This article follows the paths of coffee cultivation in the Central Valley. The vigorous support from public authorities after Independence and the receptiveness of the seed by producers combined to create a new landscape in the ecumene of the four provinces. It is almost certain that the coffee seed settled in the same agricultural spaces as the colonial crops (tobacco, sugarcane, wheat, and corn) with planting beginning in San José and Cartago, and more slowly in Heredia and Alajuela, contributing to a rapid transformation of the economy, institutions, and customs, the effects of which would be fully felt in the 19th century. In this regard, one could recall the important role played by water in the processing of the fruit, a fundamental resource for the creation of the myth, «The Golden Grain».

Keywords: water; forests; coffee; sugarcane; Costa Rica; iron; history.

Resumo:

Este artigo acompanha os passos do cultivo do café no Vale Central. O vigoroso apoio dos poderes públicos, após a Independência, e a receptividade dos produtores à semente combinaram-se para produzir uma nova paisagem na ecumene das quatro províncias. É quase certo que a semente de café se estabeleceu nos mesmos espaços agrícolas das culturas coloniais (tabaco, cana-de-açúcar, trigo e milho), tendo-se iniciado o plantio em San José e Cartago, mais lentamente em Heredia e Alajuela, contribuindo para uma rápida transformação da economia das instituições e dos costumes, cujos efeitos se fizeram sentir plenamente no século XIX. A este respeito, pode-se evocar o importante papel desempenhado pela água no processamento do fruto, recurso fundamental para a criação do mito, «O Grão de Ouro».

Palavras-chave: água; florestas; café; cana; Costa Rica; ferro; história.

Introducción

El crecimiento de la economía costarricense durante el siglo XIX y los cambios significativos ocurridos en el país y, particularmente en la Depresión Tectónica Central —Valle Central— constituyen el tema central de este trabajo. No obstante, el foco de esta narración es la omnipresente fuente antigua de energía, gracias a ella la riqueza desplegó sus alas para aprender a volar: el agua. Si bien, el agua había sido, desde tiempos inmemoriales, una ventaja natural, fue la sorpresa del cultivo del café lo que la puso sobre la mesa. Una exploración rápida de las diversas obras históricas realizadas sobre la Costa Rica colonial revela que, las décadas de finales del siglo XVIII y los albores del siglo XIX contemplaron el despertar de una nueva economía en el Valle Central. Naturalmente, fueron esos años los primeros testigos de una reciente organización política de la tierra, la cual iba a experimentar cambios fundamentales; del mismo modo, el incremento de la población hizo necesario utilizar al máximo los recursos agrícolas y forestales de las áreas cercanas a las villas. Empecemos con un detalle del espacio geográfico que vamos a describir:

El valle Central, con una altura de 600 a 1500 metros sobre nivel del mar, contiene terrenos ondulantes y varias áreas planas, interrumpidas solamente por los meandros inciso de angostos cañones fluviales a 100 ó 450 metros debajo de la superficie general. En los fondos de esos valles, se exponen los sedimentos marinos del basamento cenozoico del Arco Interno: el resto del Valle Central está cubierto en gran parte por recientes depósitos volcánicos y aluviales (Crosby 1942: Malavassi y Madrigal 1967). La división continental se ubica a unos 1550 metros sobre el nivel del mar en los cerros de La Carpintera, formados por el volcanismo plio-cuaternario. Estos cerros dividen el Valle Central en una sección oriental sobre la vertiente del Caribe, drenada por el Rio Reventazón y sus tributarios, y una sección occidental sobre la vertiente del Pacífico, drenada por el Virilla y Grande tributarios del río Tárcoles.1

Uno de los rasgos distintivos del renacimiento de las cuatro villas —Cartago, Heredia, San José y Alajuela— fue el potencial de la tierra, las abundantes precipitaciones, el aprovechamiento de las aguas de los ríos, el acceso a los materiales de construcción —arena, piedra y barro—, el clima favorable y los excelentes recursos naturales de los bosques; estos factores aportaron la base para un sostenido aumento de la población y la progresión de las aldeas, durante el siglo XVIII.2 En la mayor parte del Valle Central la agricultura se fundamentaba en los cereales panificables, entre ellos, el maíz, el más abundante y el trigo, el arroz, los frijoles, los cubaces —Phaseolus vulgaris y demás verduras, las cuales constituían los elementos más importantes de la dieta. El historiador Carlos Meléndez argumenta sobre el particular y refiriéndose al trigo precisa:

El siglo XVIII parece haber sido un periodo en que el cultivo del trigo fue lentamente abarcando más territorios y con ello produciendo una nueva actividad en el comercio del cereal, que se volvió a enviar no solo a Panamá sino además a Nicaragua. Con el crecimiento urbano de los principales centros de la región occidental, empezó a buscarse nuevas tierras en las que se cultivara el trigo. Juzgando su expansión por las citas de los molinos tenemos:

1783; Piedra Grande (San Rafael de Heredia).

1788: Paso del Guayabo (Río Segundo, al O. de San Joaquín de Flores).

1818: Murciélago (Tibás).

1822: Ojo de Agua (Sur de Alajuela).

1837 Torres (N. de San José).3

Otra actividad básica, en ese siglo, fue la ganadería, estimulada por la comercialización con sus vecinos de Panamá y Nicaragua, debido a la dificultad para almacenar plantas forrajeras, el mantener al ganado en los alrededores del vecindario, la roturación de tierras baldías, y, sobre todo, la transformación de los terrenos comunales en suelos de pasto, proporcionando al hato el alimento durante el año. El aprovisionamiento de la proteína animal para la población era bien diferenciado, ya que para una parte de esta su fuente primordial obtenida del ganado vacuno y del cerdo, entretanto, las personas de bajos recursos tenían que valerse de los productos de los numerosos bosques y la cacería, en especial la de los venados. Los bueyes, caballos, burros y mulas se utilizaban para el transporte y como animales de tiro. La elaboración de cueros, utilizando la corteza del árbol de nance —Byrsonima crassifolia—, simplificó el curtido de pieles.

Hacia 1780, es notorio un ensanchamiento de las siembras de tabaco y de caña de azúcar. Las tierras fértiles, en especial, la de los barrios del sur de la villa de San José, con sus bosques, que proporcionaban maderas de gran calidad para la construcción de trapiches, herramientas e implementos para construir galerones y suministrar combustible —leña—, supuso una ruptura asombrosa con la rutina del pasado. Resulta interesante ver como:

Durante la primera mitad del siglo XVIII la mayor parte de la producción de los trapiches estaba destinada al consumo interno, pero en la segunda mitad de la centuria, se exportaba, principalmente hacia Panamá. Los comerciantes repartían mercancías entre los campesinos con el fin de obtener el azúcar que luego embarcaban en Puntarenas con destino a Panamá.4

Entre tanto, a fínales del siglo XVIII y principios del XIX, se iban asomando ciertos progresos técnicos en el utillaje agrícola,5 surgiendo una que otra actividad manufacturera. Por ejemplo, la fabricación de teja cobró un impulso para la techumbre de casas, edificios públicos e iglesias, hasta el punto de que cada villa tenía su propio barrio de tejeros. Los hornos de alfarería eran pequeños y sencillos, dedicados no solo a la confección de tejas, sino también a utensilios de cocina y, muy tarde, al cocimiento de ladrillos y baldosas. A todas estas actividades económicas, se agrega una, sumamente beneficiosa para un reducido grupo de productores: el tabaco. Pese a los principios restrictivos del tabaco, el último tercio del siglo XVIII, cultivo y comercio creció en volumen y, poco a poco, se convirtió en la principal actividad económica, especialmente en San José, Cartago, Heredia y Alajuela, es decir, en todo el Valle Central, zona de los mayores núcleos de población y se encontraban suelos de magníficas condiciones, pero, también hubo cultivos en Guanacaste, donde hoy está la ciudad de Bagaces.6

Uno de los mayores desafíos a lo largo del siglo XIX era la sanidad pública. Aun cuando las autoridades administrativas, hacían esfuerzos por dotar a la población del abastecimiento de agua potable, como fue el caso de la villa de San José,7 sin excepción, ninguna ciudad del Valle Central, de comienzos y mediados del siglo XIX tenía un suministro de agua de calidad y tan segura. La mayoría se abastecía de las acequias, los manantiales o del río más próximo, era imposible separar el agua del vertido de excrementos animales, humanos y de las lavanderas. En estos ambientes, no era sorprendente que las fiebres y enfermedades del aparato digestivo fueran males endémicos y que la tasa de mortalidad, por esas razones, fue muy elevada.

Las instalaciones hidráulicas del siglo XIX

El cultivo de la caña de azúcar

Fue en las primeras décadas del siglo XIX cuando la energía hidráulica tuvo el despegue más definitivo. Los años en torno a 1821-1843 marcaron el inicio de una serie de golpes de fortuna en los Montes del Aguacate —actuales cantones de Atenas y San Mateo— de la provincia de Alajuela, donde aparecieron unos yacimientos de oro de enorme riqueza, como escribió el historiador Carlos Araya Pochet. Esta coyuntura atrajo a unos cuantos empresarios nacionales y extranjeros8 con una reconocida experiencia en la extracción y trituración del mineral, marcando el inicio de nuevos cambios técnicos en el país. Las «factorías» —mejor dicho molinos—, alimentadas de las aguas de los ríos Machuca y Barranca, donde se escogieron los mejores lugares para el emplazamiento de las rastras, las ruedas de piedra y algunas obras hidráulicas, junto al trabajo humano de los barreteros, la energía de los caballos y los bueyes, fueron de vital importancia para poner en marcha la floreciente industria del oro. Como tantas otras innovaciones técnicas de las operaciones mineras, el oficio artesanal del empedrado resultó una de las transmisiones técnicas más perdurables y eficaces, verbigracia, el camino que unió el Monte del Aguacate con el Valle Central y el puerto de Puntarenas en el Pacífico, vital para satisfacer las necesidades de industrias venideras.

Dejando aparte la aventura minera del Monte del Aguacate, fue la provincia de San José, el centro de gravedad económica de la joven República. Las principales innovaciones técnicas del primer cuarto de la centuria decimonónica se produjeron en este espacio geográfico. Aunque resulta enmarañado hacer un ejercicio comparativo de los emplazamientos hidráulicos en el periodo de 1800-1825,9 entre las provincias del Valle Central, el mayor obstáculo estriba en las escasas referencias históricas antes de 1825, empezamos a superar la barrera, gracias a unos de los primeros censos que publicó la Municipalidad de San José en esa fecha. Sin ambages, este escueto documento es un auténtico parteaguas, debido a lo imperioso de recoger tributos para sus arcas, fue el acicate para otras municipalidades del país empezar a inventariar con la mayor eficiencia posible las industrias instaladas en sus contornos. El Censo de Trapiches y Molinos de San José y sus barrios,10 es un pequeño y estimulante banco de datos: recoge información sobre personas propietarias, monto de los impuestos, instalaciones y, sobre todo, una rica variedad de datos geográficos que nos permite por primera vez acercarnos a la ecúmene más apegado a la realidad.

Figura 1
San José y sus barrios. Distribución de trapiches y molinos (1825)

A map of a country with many dots on it.

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Fuente: ANCR. Serie Municipal. Sig. 86, fs. 5-8v.

Está clara la importancia del cultivo de la caña al comienzo del siglo XIX, la cual comprendía una amplia gama de tareas y requería diferentes niveles de destrezas. El trapiche era una empresa modesta, construido en horcones o adobe cubierto con tejas, colocaba tres o cuatro mazas sobre una misma línea, la mayoría de las machacas era de roble, laurel o quina, de una o dos pailas de hierro o cobre, moldes, bateas y canoas de madera. Las faenas de siembra, corte y transporte eran complementadas con las operaciones del trapiche. Normalmente, el mismo propietario se encargaba de los controles técnicos del proceso como la molienda, las pailas, las hormas de barro para purgar el azúcar, o bien era asistido por un trabajador cualificado, como el boyero, que dirigía el manso o caballo para mover el trapiche, transportaba la caña y acarreaba la madera. A medida que la población crecía, la geografía física del Valle Central se iba transformando por los cambios imperativos de la actividad humana.11

El censo recoge ciento doce trapiches y dos molinos ubicados, la mayoría de ellos, al sur, al sureste y suroeste de la ciudad de San José que cubrían una gran mancha verde de cañaverales drenados por los ríos Tiribí, Damas, Jorco, Cucubres y Cañas. A primera vista los barrios de Palo Grande (21) y Alajuelita (19) constituían un poco más de una tercera de los establecimientos; Dos Cercas (10), Patarrá (10) y San Antonio (7), este cordón austral, seguramente desde tiempo atrás de la Independencia, fueron los suelos más ricos y primitivos para la siembra de la caña. Otra cuenca importante fue la de los ríos María Aguilar y El Ocloro, estos favorecían con sus aguas a los trapiches de Dos Rillos (20), El Sapote (3), Turrujal (2) y El Mojón (2). Los trapiches de la parte norte de la ciudad como los del barrio El Murciélago (4), eran impulsados por la fuerza de los ríos Virilla, Tibás y Quebrada de los Cangrejos. Al oeste de la ciudad los barrios de Cubillo (1) Uruca (4) y Mata Redonda (9) eran empujados por las aguas de la acequia del Tiribí y Torres. Es casi seguro que los intentos coloniales de surtir a las poblaciones de trigo tuvieron poco éxito, en parte debido a la resistencia de muchos agricultores, a las pocas tierras aptas y a la falta de herramientas de hierro, es lógico que, después de la Independencia, el cultivo estuviera de capa caída. De hecho, sabemos muy poco sobre la ubicación de los campos,12 al parecer la labranza iba alejándose de la ciudad y su entorno, sin embargo, los molinos (2) quedaban en la periferia norte de San José y obtenían recompensa del agua del río Torres.

Figura 2
Micro-cuenca del río Tiribí
A map of a country with rivers and mountains.

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Fuente: elaboración propia.

Para 1825, las cuatro ciudades del Valle Central permanecían rodeadas de campos y de potreros de propios, comunes y la legua donde se desplazaban los agricultores y arrendatarios todos los días a roturar las tierras y sembrar, granos, cereales, tubérculos, verduras, pastoreo, recoger la leña y extraer materias primas para la elaboración de enseres para las industrias artesanales. En el caso de San José, los potreros de los Dos Ríos, del Murciélago en las Capellanías, Alto del Barrio de Ipís, La Uruca, Turrujal, Pavas y Escazú, entre otros, dieron pie a que, muchos productores cosecharan también para el mercado. Otras iniciativas del ayuntamiento fue promulgar órdenes para mejorar y ordenar el espacio urbano dentro de la ciudad con trazados más rectos, ensanchamiento de calles, callejones y conducción de agua potable. El siguiente bando municipal es una prueba directa de ese progreso urbano:

Sala Municipal de San José febrero 22 de 1833

Se dispone: 1. Que para la venta de lozas se destina la calle de la señora Ramona Hernández: 2. para el dulce y azúcar los costados de la calle del Padre Umaña y ciudadano Francisco Arrieta: 3. para los cerdos la calle de la señora María Chavarría: 4. Para el ganado la calle del ciudadano Camilo Mora y ciudadano Bacilio Carrillo: 5. para vestias de venta la calle del padre Esquivel y ciudadano Antonio Castro: 6. para las carretas el costado de la calle del ciudadano Eusebio Rodríguez: 7. para los sombreros la calle del ciudadano Joaquín Mora: 8. Las vestias de vacío se destina la calle del ciudadano Juan Diego Bonilla, quedando la plaza destinada exclusivamente para toda clace de mercaderías en los terminos siguientes: El frente del Cabildo a la orilla de la calle una línea para arroz, frijoles, papas, y cacao. En seguida de esta hacia el Centro de la Plasa otra línea de ventas de sal, maíz, verduras, y frutas; y á los costados de la plasa las de Arrieta, Carrillo y Alvarado las demás ventas de pan, melcochas para quedando a cargo del Presidente de la Municipalidad tomar las providencias que le parescan convenientes para la ejecucion de este acuerdo.13

En la década de 1830, el paisaje agrícola del Valle Central fue cambiando de prisa, cultivos coloniales como el trigo y el tabaco jamás volvieron a recuperar su prosperidad e importancia anteriores, sin embargo, la actividad tabacalera se abrió camino en otros campos y levantó incipientes núcleos rurales. Prácticamente, la hoja de tabaco viajaba más allá de todos los barrios de San José, el desmonte del bosque de los cerros de Villa Vieja, Carpintera, Peine de Mico, Mata Plátano y El Alto de Ipís, merced a la fertilidad de estos terrenos, aseguraba a los productores una nueva prosperidad. Entretanto, en 1837 debido a la imperiosa necesidad de recaudar el impuesto sobre de bienes inmuebles, esencial fuente de ingresos del gobierno municipal volvió a realizarse un nuevo registro de las industrias cañeras. Los años de 1825-1837, resultaron un periodo de una relativa prosperidad económica y presagio de innumerables oportunidades, que nunca antes habían existido, pues detengámonos a considerar a continuación varios puntos. En términos meramente cuantitativos el número de trapiches aumentó con el paso de los años; empero, el porcentaje fue bajo; 1825 (112); 1837 (122). Aunque lo cuantitativo es imprescindible, para nuestro gusto, los pequeños contrastes geográficos son las novedades más sustanciales. Adelantándonos un paso la entrada en escena de la semilla del cafeto en los últimos años del siglo XVIII o principios del XIX transgredió completamente el mapa cañero de los barrios de San José, verbigracia, Mata Redonda, Murciélago, Dos Ríos, La Uruca y Del Mojón. Un ejemplo, las tierras feraces del Llano de Mata Redonda desde tiempos remotos habían sido resguardo de los cultivos de trigo, maíz y caña de azúcar y áreas de pastoreo,14 la perseverancia de llevar el suministro de las aguas de la acequia del Tiribí hasta lo más profundo de la parte occidental de la ciudad precipitó aceleración del nuevo cultivo, en detrimento de la caña. Una historia semejante fue la del Valle del Murciélago, situado al norte del río Torres, además, drenado por una saca de agua antiquísima del río Ipís y una complementariedad de pisos ecológicos, concretó un logro para sembrar una diversidad de cultivos comercializables. Con la migración de grupos familiares o iniciativa individual, se iban erigiendo barrios,15 levantando edificaciones, abriendo caminos, puentes, desmantelando, a su paso el bosque, acciones que dieron lugar a una reconversión del Valle del Murciélago. A diferencia de los barrios reseñados anteriormente, quizás el cuartel de Dos Ríos fue uno de los primeros lugares donde la caña entró en un amplio declive una vez que las semillas de café conquistaron los suelos de la parte oriental de la ciudad y las acomodadas familias ampliamente reconocidas en el plano político, se entregaron con entusiasmo al nuevo cultivo.16

Figura 3
Micro-cuenca del río Torres
A map of a river with a red line going through it.

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Fuente: elaboración propia.

Vale también la pena abordar con algunos detalles la ecúmene meridional de la ciudad. Aventurémonos a decirlo, que en el barrio de Palo Grande pronto las huellas del cafeto aparecían visibles en el paisaje, lo que implicó un corrimiento de los cañaverales hacia los barrios del fondo: De Cañas, Aserrí y Patarrá. Por último, visto en conjunto, la ecúmene cañera escarmentó transformaciones rápidas, dejando atrás los lugares originales y habilitando nuevos nichos ecológicos para su explotación y ocupación. Los cañaverales fueron los responsables en el cambio de los caminos de herradura para caballos y mulas, sustituidos por vehículos de ruedas de carga multiplicada.

El cultivo de café

Durante los últimos años han sido diversos los académicos que han tratado de darnos una explicación coherente de la evolución de la caficultura decimonónica, es característico que muchos relatos hayan girado en torno a las circunstancias sociales, políticas, económicas y ecológicas, hasta constituir una explicación coherente capaz de dar cuenta de la historia del café. Desde mi punto de vista, la perspectiva que nos concede la abundante y diversa información de periódicos, revistas y la masa documental archivística, hacen posible intentar una reconstrucción histórica de los recursos naturales —bosque y agua— como energía primaria para la aceleración de la industria del cafeto. En nuestra reconstrucción histórica, la cual no es de modo alguno de nuestra originalidad, pues, basándonos en pruebas plausibles obtenidas por observaciones de otros estudiosos, es factible divisar dos fases bastante heterogéneas entre sí. La primera época de 1816 a 1838. El periodo primigenio inicia con un ancestro común: el descubrimiento del cafetal de Felix Velarde en 1816 y concluye con la innovación consistente en el aprovechamiento del recurso hídrico, en otras palabras, la invención del beneficio húmedo por parte del catalán Buenaventura Espinach (1838). La segunda etapa corresponde a la fase entre 1838 y 1870. Gracias a la innovación del agua, la demanda de líquido creció de manera exponencial para el consumo doméstico e industrial. El empedrado, la rueda, el vapor, el hierro, la presa, entre otros, izaron la bandera de las infraestructuras hidráulicas y de colofón el bosque.

Pocos historiadores se atreverían a poner en entredicho que, el cultivo de café tuvo sus inicios en el propio centro de la ciudad de San José. No hubo nada que alterara de modo tan radical el paisaje de la ciudad y su entorno. Fue un territorio cafetero por excelencia. Siempre resulta tentador encontrar en la documentación quien fue pionero a la hora de introducir alguna novedad, en este caso y hasta el momento, el cráneo del Presbítero Felix Velarde lleva la corona de laurel.17 No obstante, sea cual fuere el mérito personal, lo importante es que entre las tres primeras décadas del siglo XIX, era mucho menos que una planta exótica. Es una pena que se sepa tan poco sobre la domesticación de la planta por parte de los primeros agricultores, pues no hay evidencias documentales para despejar ese nebuloso reino de impresiones; por tanto, el primer paso necesario es resumir un conjunto de factores que confluyeron sobre la caficultura hispanoamericana. La necesidad de la realeza española y sus cortesanos de imitar a la acreditada caficultura francesa en Martinica y Haití proyectó la conveniencia de implantar en el Caribe hispano la baya del café. Es muy probable que el Jardín Botánico de Madrid, establecido en 1755 y su interés por aclimatar especies en Nueva España sean los primeros contactos, asimismo, el relato de mercaderes y uno que otro cronista imaginativo con intenciones educativas vislumbraron un prometeico auge comercial. También en la mayoría de los lugares los primeros clérigos tuvieron un papel relevante en el fomento de nuevas actividades económicas.18

Para la década de 1780, la América española apenas había empezado a desarrollar su propia actividad cafetalera. Mientras el Caribe francés reflejaba un conocimiento profundo del café, no es accidental que para esa fecha la colonia de Saint Domingue producía más de la mitad del café mundial y exportaba tanto azúcar como Jamaica, Brasil y Cuba juntos.19 El avance categórico galo se cimentó en la sofisticación tecnológica de siembra, en la inventiva de lavar la fruta y el refinado sistema de «beneficio de patio». Sin embargo, la multitudinaria revuelta de esclavos de la década de 1790 liderada por el negro liberto Toussiant L’Ouverture quebrantó la prosperidad económica de la isla. El azar quiso que la Revolución de Saint Domingue fuera un momento providencial para la historia de la caficultura hispana, pues la huida en tropel de cientos de franceses y su desembarco en el oriente de Cuba20, trasplantaron exitosamente, todas las innovaciones más importantes de la primera época de la caficultura. En palabras del historiador Moreno Fraginals entre 1790 y 1830 la Isla pasa de una posición secundaria en los mercados de azúcar y café a ser el primer productor mundial, y a estas dos mercancías agrega otras como aguardiente de caña, mieles finales —melaza—, miel de abeja y cobre.21

De hecho, los ecos de la euforia económica de «la perla de las Antillas», favoreció el arribo de cientos de inmigrantes blancos españoles y de un grupo destacado de ingenieros civiles y militares, cuyas habilidades especiales quedaron de manifiesto en el diseño de infraestructuras hidráulicas sobre todo en la Habana. Por tanto, es muy verosímil que no haya habido rincón donde las autoridades imperiales exigieron a sus colonias a buscar verdaderas oportunidades comerciales para sí mismas, a uno de los productos agrícolas más valioso del siglo decimonónico; en consecuencia, esto dio marcha a una expansión del café en las dos primeras décadas del siglo XIX en el continente americano. Teniendo en cuenta todo esto, aún estamos muy alejados de establecer una conexión histórica entre la caficultura cubana y el clérigo Felix Velarde, pero, sabiendo lo que sabemos del contexto en el cual nació la caficultura nacional, es casi seguro, luego de terminar la homilía dominical, llevara a los feligreses —aristócratas y plebeyos— al cafetal donde hacía alarde propagandístico del prometedor grano. Al mismo tiempo, es un hecho irrebatible que la historia de la República no se puede contar sin referirse al árbol de café.

La situación cambió drásticamente a partir de 1820 y sobre todo, después de 1830. Se ha escrito mucho que la industria cafetalera tuvo sus inicios en la principal zona agrícola del país: la ciudad de San José. En la década de 1820, puede verse claramente, a través de varias ordenanzas y disposiciones municipales, un afán para sacar de la estrechez económica a sus vecinos. El surgimiento de un sinfín de cafetales en la ciudad, sino también, un aumento importante en los barrios periféricos, muchos labradores fueron abandonando el cultivo de granos para dedicarse al café y caña de azúcar. Una agricultura más rentable y con un prometedor comercio internacional provocó una cascada de cambios que transformó el centro de la ciudad. A medida que la atención viraba hacia el café el asunto del agua adquirió más importancia hasta convertirse en crucial trascendencia. En 1825, la acequia que serpenteaba las principales calles de la ciudad era una ruina, el mantenimiento anual de la cimentación antigua servía para minimizar el daño; no mantenían, por sí misma, un estado de seguridad. No tuvieron otra que experimentar con el empedrado,22 Un detalle interesante fue la seriedad con la que las autoridades asumieron el proyecto, adquiriendo vida propia, pues, entre 1827 y 1828, llevaron el agua al Llano de Mata Redonda, Los Anonos y el potrero de Pavas, los centros neurálgicos del oeste cafetalero de la ciudad.23 Empero, seguía siendo raro que la gente dispusiera de agua potable limpia, máxime, en la ciudad.

Huelga decir, que los años treinta resultaron un decenio muy fructífero en todos los campos de la caficultura. Sin ambages, el acceso comercial europeo de nuestro café, condujo a un ciclo innovador, específicamente, en la siembra y procesamiento del grano. Es cierto que las plantas prosperaban por doquier, mientras la fase de transformación del grano avanzó, por así decir, a trompicones. De modo comprensible en un principio, la mayor parte de los productores y jornaleros no tenían idea que hacer con la semilla una vez recogida, el auge de las cosechas hizo que los primeros emplazamientos fueran las propias viviendas de la ciudad, casas una a la par de la otra, en calles sin alcantarillas y sin medio alguno para apartar la basura de las puertas de las moradas, de enero a marzo la ciudad estaba entregada, a cielo abierto, a las actividades del beneficiado. En época de verano el aventamiento del café triturado con el pilón, plagas de mosquitos atraídos por el irresistible aroma de la broza inundaban la ciudad ocasionando discusiones, peleas y reyertas entre los vecinos, ante tal situación las autoridades prohibieron aventar el café al frente de la calle y, una vez concluida la faena, inmediatamente debían quemar el basurero en su solar, bajo la pena de dos pesos multa a los contraventores.24

En la época del procesamiento del grano, la topografía urbana convirtió esta situación en un problema nuevo. Como escribió el Presidente Municipal de San José, en enero de 1834, alrededor de las calles de la ciudad se advierten derrames de agua corrompidas de café y otras putrefacciones perjudiciales para la salud pública.25 Evidentemente, esta observación inesperada nos deja una incertidumbre sobre el relato heroico de la invención beneficiado húmedo, según parece, el problema era más sencillo, pues, el grano se beneficiaba en el mismo solar. Ahora bien, con el transcurso del tiempo el vaticinio del político municipal, las aguas putrefactas de las mieles del café, la suciedad, la falta de higiene, la contaminación atmosférica y del agua fueron una de las causas de las enfermedades gastrointestinales del siglo XIX.

Otro detalle destacable de esta década fue la aparición de la obra fundacional del francés Alejandro B. C. Dumont: Consideraciones sobre el cultivo del café en esta Isla, publicada en Cuba en 1822.26 El opúsculo fue reeditado en 1835, en la Imprenta La Paz propiedad del cafetalero Miguel de Jesús Carranza Fernández, un acaudalado cafetalero y comerciante, dueño de grandes fincas en San Juan del Murciélago, El Mojón, Zapote, Curridabat, San Francisco de Dos Ríos y Palo Grande. Hemos de tener en cuenta que no existía sistema alguno de educación organizada y que la mayoría de la población era iletrada, no obstante, fue un libro revolucionario que contribuyó, esencialmente, al florecimiento de la caficultura nacional.

Mientras tanto, el foco cafetalero de la provincia de Cartago se iniciaba en la villa de La Unión ubicada a una distancia aproximada de once kilómetros al oeste de la ciudad de Cartago. Aquí los primeros escarceos los habían dado varios habitantes oriundos de La Unión y residentes de la ciudad de Cartago, pues la administración municipal desde los primeros años de la Independencia, se subscribió enérgicamente al establecimiento del café en sus barrios. Con una privilegiada hidrografía cuya principal arteria era el río Tiribí, al que se le unen los ríos Chiquito, La Cruz, Chagüite, Bosque y las quebradas Monte, Carpintera, Fierro, Cantillo y Vega, daban un futuro esplendoroso a la comunidad. Según parece, una de las primeras referencias que tenemos a mano, es un decreto de 1825 firmado por el Alcalde Constitucional del Pueblo de Tres Ríos, quien expresa como sigue el interés por el café:

…se publique Bando previniendo á todos los vecinos que cada uno siembre el número de matas de café que sea más cómodo a las proporciones de cada cual, cometiéndose la execusion del negocio en el Barrio de los Conejos al C. Diego Conejo, en este Pueblo al C. José Soto, que en toda La Carpintera al C. Santiago Coto, los que tendrán especial cuidado en que todo el mes de mayo se halle en planta la siembra de este apreciable vegetal dando cuenta de esta Municipalidad en su ves con lista de los sembradores y numero de matas que cada uno haya sembrado como no baja de veinte.27

A principios de la década de 1820, el Gobierno, después de una racha de malas cosechas de tabaco en la ecúmene de la ciudad, decidió trasladar las siembras a Mata de Plátano, El Chaco, Murciélago, Peine de Mico y al norte de la parroquia de Tres Ríos en el punto nombrado Puente de Tierra próximo al río Tiribí y a las tierras yermas del cerro de La Carpintera. Irónicamente, la población de la parroquia de Tres Ríos —entiéndase La Unión— en el pasado, había estado en la mira de la Factoría de Tabaco por sus siembras clandestinas, sin embargo, gozaban de un prestigio de entendidos en el cultivo. Los partidarios del acuerdo vaticinaban una rutilante prosperidad e incluso esperaban una nueva edad de oro, en un principio generó un interés y algunas mejoras, pero los beneficios fueron escuálidos y al final de la primera mitad del siglo quedaba uno que otro productor de la hebra28. El impulso del café, tabaco y la relativa facilidad de acceso a los recursos del bosque, constituyó una sólida columna vertebral para muchos varones agricultores que buscaban el éxito económico. A medida que avanzaba la década, Tres Ríos atrajo a ciudadanos —y muchas de sus esposas e hijos— de las ciudades de Cartago y San José, en 1829, el ciudadano Cura Párroco recapitulaba sobre la evolución de su parroquia. Según el sacerdote «merced de la distribución de tierras y su posición de dominio particulares y por la bondad del clima —primero la voluntad del Altísimo— el vecindario cada día crecía entre 1800-1829 la población pasó de cien almas a unas setecientas. La causa de este aumento, se debía a la compra de tierra que algunos han hecho con el ánimo de venirse de otros lugares a este».29

Entretanto, los efectos de la intensificación de los cultivos tradicionales, la novedad del café y la urbanización pusieron de manifiesto un nuevo problema: los derechos comunales del bosque. De hecho, la Ciudad de San José, en pocas generaciones dio paso a campos de cultivos de alimentos básicos y cría de ganado a poca distancia a caballo o a pie de la floresta. Las primeras señales de alarma aparecieron en el área forestal del Común del Potrero de Pavas donde «cada vez un mayor número de agricultores de los barrios de Mata Redonda y Rincón de Cubillos siembran granos que aniquilan los montes y los más pobres sacan leñas verdes no sólo para uso particular sino también para venderlo en la ciudad».30

Aunque el bosque de la ciudad no proveyó seguridad inmediata para la madera y satisfacer la demanda de materiales de construcción, muchos vecinos, para encontrar una salida a sus necesidades acabaron destruyendo la montaña, robando leña y cazando furtivamente en las espesuras de Tres Ríos. A partir de 1821 comenzó a aumentar la cantidad de denuncias por extracción ilegal de árboles de laurel, guachipelín, cedro, bejuco, leña y otros materiales, así las «malas costumbres» iban en aumento hasta emplear la fuerza para llevarse las maderas que tanta utilidad les ofrecía en esa ciudad —entiéndase, San José—.31 Ahora bien, hasta 1830 los linderos de las tierras baldías de San José y La Unión no estaban bien demarcados, un acuerdo municipal de La Unión de establecer la Guardia de Cívicos para impedir el tránsito por los carriles y caminos que conducían a la montaña indignó a sus semejantes de San José, pues las consideraban baldías de uso común.32 En 1834, las municipales acordaron prohibir el sistema tradicional de la cuña del corte de madera, pues de una troza se obtenía únicamente cuatro tablones, mientras con una sierra un labrador sacaba todas las tablas que quisiera33. Otra amenaza para el bosque fue el empleo de la «bueyada» en las sacas de rastras de madera, ya que el suelo quedaba surcado profundamente y los caminos destruidos. En 1837 la desesperada situación alcanzó su clímax cuando el Alcalde del Cuartel dio la orden a los jueces pedáneos de mandar a citar a todos los vecinos de los barrios, que hicieran la ronda de la montaña cuatro hombres, diariamente, para contener el destrozo de leñas y maderas que estaban causando los vecinos de San José.34

Tabla 1
Infractores en el Bosque de La Unión

Fecha

Invasión a tierras forestales e infractores

Delitos

Noviembre 26 1821

Vecinos de San José

Extracción de leña y madera

Julio 27 1826

Vecinos de los Barrios de Mojón,

Zapote y María Aguilar.

Destrozo de la montaña; extracción de leña, maderas y otras producciones de las tierras del Común.

Marzo 24 1828

Vecinos de San José.

Madera, leña, vara, bejuco, cañas y otras cosas.

Agosto 3 1829

Vecinos de San José.

Pastan ganado de vecinos de San José y Cartago en las tierras de La Carpintera.

Diciembre 21 1829

Vecinos de San José.

Pastan ganado de vecinos de San José y Cartago en las tierras de La Carpintera.

Octubre 4 1830

Vecinos de la Ciudad de San José y Curridabat.

Destrozo de los montes.

Rastras de madera.

Octubre 8 1830

Vecinos de la Ciudad de San José.

Corte de madera.

Irrespeto a la Guardia Cívica.

Agosto 9 1833

Vecinos de la Ciudad de San José.

Arrasan la montaña.

Agosto 19 1833

Vecinos de algunos barrios de

San José.

Corte de leña y madera sin la indemnización correspondiente.

Noviembre 25 1836

Vecinos de San José.

Sacan leña de la montaña. Rastras de leña.

Marzo 1 1837

Vecinos de San José.

Destrozo de leñas.

Mayo 1 1837

Vecinos de San José.

Destrozo de leñas y maderas.

Julio 17 1837

Vecinos de Cartago.

Extracción de caña, bejuco, madera y demás.

Agosto 11 1837

Vecinos de San José.

Extraen leñas y otros y otros artículos a los terrenos de los tejeros.

Setiembre 11 1837

Vecinos de San José.

Sacan leñas de las tierras que pertenecen a este pueblo.

Enero 12 1838

Vecinos de San José.

Extracción de madera, leñas, bejuco y caña.

Noviembre 16 1838

Vecinos de San José.

Decomiso de leña y madera.

Fuente: ANCR. Serie Municipal. Sig. 4, f. 11-11v; Sig. 179, f. 21-21v-22; Sig. 351, f.9-9v; Sig. 368, f.22 y 36; Sig. 358, fs. 72-74v; Sig. 318, fs. 76-76v-77; Sig. 409, fs. 30-30v-31-31v; Sig. 551, f. 71; Sig. 425, f. 14-23-26 543, Sig. 1359, fs. 3-24.

Asombrados ante el brillante vaticinio de los productores de café de San José, la década 1830 presenció la cresta de efervescencia por parte de los ediles municipales de implementar, por cualquier vía, la adopción de la semilla. Se puso en marcha la obligación de sembrar en los solares del centro del pueblo, café, verduras, flores y otros frutos apreciables como granadas, membrillo y limones.35 En algún momento, a finales de la década de 1820, un grupo de ciudadanos ricos de San José y Cartago posaron sus ojos en las fértiles tierras de La Unión, no pasó mucho tiempo para que empezaran a surgir los afamados cafetales de Tres Ríos, un principio, la ventaja natural del pueblo y el suministro constante y regular de agua suficiente de la cuenca del río Tiribí para alimentar los reputados cafetales. La época dorada empezó en 1835, cuando un enorme e importante avance fue llevado a cabo por Ramón Ximenez, comerciante y cafetalero originario de la provincia de Cartago, aprovechó las aguas del río Chagüite e instaló el primer chancador, con lo cual puso los cimientos de la de la prestigiosa industria.36 Entre tanto, Ximenez había conseguido con su “máquina maravillosa” desencadenar una reacción, allende de la villa de su invención tecnológica como veremos más adelante.

Las referencias que poseemos sobre el inicio del café en el resto de la provincia de Cartago son extraordinariamente parcas. En la documentación conocida: v.gr. Municipal y Gobernación, dos de las series más completas, el café no se menciona y las escasas referencias tampoco permiten hacerse una idea, ni siquiera aproximada, sobre su epicentro. Todavía en 1838, la Municipalidad de Cartago se quejaba ásperamente de las costumbres antiguas arraigadas en su vecindad:

Tomando en consideración el abandono en que se yase el fomento de la agricultura por efecto de la apatía o morosidad con que siempre la ven los labradores, queriendo dedicar únicamente al cultivo de maises i otros granos puramente comunes, i excluirse de la siembra aquellos frutos que como son el trigo, caña, café, a mosion de uno de los individuos de esta Corporación se resolvió: 1. Qe se escrito por medio de bando a todos los vecinos de este vecindario a efecto de qe en los solares contiguos a las casa de habitación siembre cada uno quinientas matas de café.37

Más sorprendente resulta la velocidad con que la semilla de café se difundió en la nueva villa de Paraíso. El colapso ocasionado por fenómenos naturales en 1832 y 1833, en el pueblo de Ujarrás, ubicado al sureste de la ciudad de Cartago en lo profundo del Valle Central, con una antiquísima tradición precolombina y colonial, el Jefe de Estado Rafael Gallegos, decretó trasladar la población a los Llanos de Santa Lucía. Aunque no era un lugar extraño, pues se hallaba a una distancia alrededor de siete kilómetros, sin embargo, para muchos agricultores, en un principio, el trastorno que suponían los nuevos cambios resultó amargamente fatigoso, desmontar el bosque virgen, adaptarse a tierras de mayor altitud, habilitar el suelo para la siembra de granos e invertir buena parte del tiempo en edificar sus viviendas, concentró todo su esfuerzo en los primeros días.

La rápida urbanización de las cuatro ciudades y sus barrios vecinales del Valle Central, como ya hemos observado, inició una desaforada carrera por los recursos de las áreas forestales, dejando a las autoridades municipales incapaces de lidiar con el torrente de forasteros, situación que inevitablemente derivó en un problema endémico a lo largo del siglo. La villa de Paraíso, con un entorno prodigioso de recursos naturales no escapó a esta vorágine, pocos años después de su fundación se escuchaban las quejas, que muchos vecinos de los barrios de la Ciudad de Cartago se introducían a las tierras pertenecientes a esta villa y, arbitrariamente extraían la mejor leña y bejuco, asimismo, insultaban a los vecinos e irrespetaban a las autoridades lo cual producía fatales consecuencias.38

Ahora bien, al mismo tiempo que al Llano de Santa Lucía llegaba gente trabajadora, por otro lado, prósperos cafetaleros y comerciantes de la ciudad de Cartago emprendían una transición a una agricultura especializada y orientada al mercado. Entre los nombres que nos han llegado figura el de Vicente Fábrega Arroche, un reconocido político, comerciante fundó y desarrolló su propia empresa en la que al cabo del tiempo, le ayudaron sus hijos. En 1837 Fábrega puso en práctica un molino para limpiar café, abasteciendo el beneficio con las aguas del pozo de la aldea39. En un pasaje muy interesante la Municipalidad de Paraíso, siguiendo las recomendaciones del texto de Alejandro B. C. Dumont advertía a sus parroquianos:

… todo individuo que tenga plátanos en el territorio de esta villa base la multa de dos pesos es obligado a plantar dentro de los arboles de café debiendo observarse la distancia de tres varas en cuadro de árbol a árbol, lo que se verificara en el mes de mayo próximo venidero.40

Figura 4
Micro-cuenca río Grande de Orosi
A map of a river with a red area labeled "Desert of the Caravans."

Descripción generada con IA

Fuente: elaboración propia.

La década de 1820 fue especialmente dura para los vecinos de Alajuela, una sucesión de malas cosechas provocadas por el calor y los inviernos secos dificultó a los productores no poder recoger grano en cantidad suficiente, pues el producto recolectado no llegó a la mitad de lo cosechado, el arroz, el frijol, el maíz, el pastoreo de yeguas, caballos, potrancas y mulas fueron actividades exoneradas a pagar el derecho de las sementeras del Común en resarcimiento de la desventura. Para tener una impresión del clima que imperaba en la ciudad de Alajuela, en una página del libro de actas, la siguiente entrada recoge un bando municipal, emitido pocos días antes de la Independencia:

…Que en vista del inbierno tan seco que pasa para el año benidero en los daños en el modo posible mandaran que todos siguen las siembras de los granos que puedan sembrar en esta estación como son frijoles, trigo, arroz y que ningún dueño de tierra o sercos que los tengan sin cultivar pueda negarcelas al que se las piden para el efecto pagando su tierra correspondiente bajo apercibimiento que el que negase su tierra.41

Precisamente ese año la naturaleza parecía revelarse contra los productores alajuelenses, las actas municipales permiten inferir un interés por la meteorología, desde julio el Ayuntamiento conocía de primera mano los efectos peligrosos de los tórridos inviernos, varias soluciones aplicaron para amainar los efectos de la naturaleza. La primera medida fue cerrar el potrero de Nuestro Amo a los vecinos acomodados, en especial, a los dueños de ganado foráneos quienes se habían beneficiado del potreraje en el mejor periodo de lluvias: «la desocupen lo más pronto que sea posible solo se podía ingresar si era vecino a sembrar la tierra, recoger la leña y el bejuco».42 En el mes de agosto, seguían pastando los animales y otros cultivando los montes sin licencia, el asunto había provocado tensiones, pues a las extensas tierras de los comunes, sobre todo, Nuestro Amo, la Guácima, Ojos de Agua, El Coyol y Turrúcares se le sacaba más provecho, el gobierno municipal creó los rondines con jurisdicción de Jueces de Campo, que desempeñaron un papel crucial en la vigilancia.43

La funesta debilitación de la agricultura, los munícipes no la ocultaban, al año siguiente actuaron sin miramientos, como muestra una disposición: «…2. Que procurando por el aumento de la agricultura e industria se mande que indispenzablemente los labradores deben sembrar doscientas matas de algodón cada uno que deberá ser bisitado por Alcaldes de los Barrios el que no lo verificase sufrirá la multa de dos pesos».44

Pasaban los años y la escasez de agua seguía cebándose con las cosechas de granos, los agricultores habían comenzado a adaptarse a las circunstancias introduciendo cambios como adelantar las siembras, no obstante, los resultados demostraron ser menos eficaces. En 1824, el Jefe Político Superior de la Provincia, estaba dispuesto a experimentar con nuevos cultivos en los campos del Común, bajo la supervisión del Procurador: que respeto a que lla es tarde para sembrar estos granos se siembren chagüites, cubaces, chiverres y demás verduras y que respeto a mandar el Gefe político se franque campos a los labradores se sembraran estas sementeras en la montaña.45

En 1825 la Tertulia Patriótica de Alajuela, sociedad integrada por la clase alta de la localidad, alzaba la voz por la situación en la zona de los Comunes del Norte. Es sabido que todo pueblo disponía un Común donde los más pobres de la comunidad podían cultivar sus cercos, llevar sus animales a pastar y aprovisionarse de leñas o maderas y bejucos. Posiblemente, las pérdidas económicas, debido a las malas cosechas como consecuencia de la escasez de agua, provocó que muchos agricultores consuetudinarios dejaran de sembrar uno o varios años, o reciclaran la tierra para producir otros frutos: guayabas, guácimos y nances. Diversos productores sacaban la madera de cedro para venderla en la ciudad, otros robaban el maíz recién nacido, o practicaban el abigeato de ganado ajeno. Según los Tertulianos había que acabar en lo posible con modos de vida y algunas prácticas, desde luego, endureciendo la ley y terminar con el derecho que tenía cada individuo al terreno únicamente durante el tiempo que lo cultivara. Asimismo, el ancestral derecho de las leñas, maderas y trabajar los cedros en la montaña serían del primero que se las llevara.46 En un sistema social que empezó a ser claramente mercantil, poco a poco ya no había lugar para los pobres.

Es interesante como un miembro de La Tertulia propietario de extensas tierras y dueño de un trapiche, el ciudadano Manuel Alvarado, expresó que su ingenio tenía poca agua y le era indispensable sacar por el lado norte del río Itiquis o por el sur de Las Siruelas, los amigos le recomendaron Las Siruelas, concesión otorgada posteriormente, por la Municipalidad.47 Es seguro que las condiciones climáticas empezaron a cambiar después de 1826, pues ninguna fuente volvió a mencionar la contrariedad, empero, como lo demuestra el cuadro de abajo, los problemas endémicos del bosque continuaban:

Tabla 2
Infractores en los bosques de Alajuela

Fecha

Invasión a tierras forestales e infractores

Delitos

Julio 14 1821

Potrero Nuestro Amo.

Pastoreo de animales de vecinos sin permiso. Extracción de leña y bejuco.

Agosto 21 1821

Tierras del Común.

Pastoreo de animales y cultivo de los montes sin licencia.

Octubre 16 1823

Tierras del Común.

Vecinos de otras jurisdicciones las tienen ocupadas con animales y siembras de arroz, frijoles y quitan la corteza de los nances para curtir cueros.

Abigeato.

Diciembre 20 1824

Tierras del Común.

Destrozo de la montaña.

Noviembre 20 1825

Tierras del Común del Norte.

Corta de cedros y otras maderas

Julio 24 1830

Breñas de Nuestro Amo.

Daños a las milpas causado por el ganado de los vecinos de Heredia.

Junio 27 1834

Tierras de la Guácima.

Destrucción de las milpas por invasión del ganado de vecinos de Heredia.

Fuente: ANCR. Serie Municipal Alajuela: Sig.139, Acta Municipal,14 de julio 1821, f.21-21v; Sig. 444. f.5; Sig.115. Acta Municipal de Alajuela. 16 de octubre 1823, f. 52-52v; Sig. 514. Acta Municipal de Alajuela. 20 de diciembre 1824, f. 38; Sig. 113. Acta de la Tertulia de Alajuela Patriótica de Alajuela, 20 de noviembre de 1825, fs. 33-33v.; Sig. 233. Acta Municipal de Alajuela, 24 de julio de 1830, fs. 27-27v.; Sig. 524. Acta Municipal de Alajuela, 27 de junio de 1834, f. 45.

En la década de 1830, los agricultores seguían sembrando casi los mismos productos que hemos venido mencionando, quizá los plátanos y la caña se agregaron a ese universo de policultivo. Muchos ediles alajuelenses eran bastante críticos con su cuartel por la mentalidad temerosa, fiel a la tradición y profundamente conservadora con las costumbres agrícolas. En tanto, las ciudades de San José y Cartago prosperaban al aliento de la semilla de café sus parroquianos pagaban caro esa obstinación, sin lugar a duda, eran las voces nuevas de la emprendedora agricultura de mercado. En mayo de 1834 una disposición del Gobierno Supremo tuvo un efecto de estruendo gigantesco que hizo volar por los aires los campos de la Legua del Vecindario. Para no perder las ventajas de comodidad y riqueza que presenta el café los primeros 5000 pies contra viento y marea marcaron un hito en la provincia.48

Las transformaciones desencadenadas en el Valle Central, algo después de la independencia generaron un giro en el ámbito urbano de San José, cuyos habitantes estaban muy por delante de los demás aldeanos principalmente de Heredia y Alajuela. En la ciudad de Heredia, las contingencias de los agricultores tenían otro tipo de naturaleza, a saber, a los más indigentes la Municipalidad siempre y cuando fuera vecino de las villas de Heredia y Barva le suministraba pólvora para la cacería de venados en los bosques.49 Para los pobres la carne de venado era, sin duda, un producto valioso y es que los monteadores también practicaban un comercio lícito de carne de gamo. Los monteadores casi siempre comían los venados capturados en su propia mesa, sin embargo, las correrías de los ciervos fueron decantando en una práctica delictiva, pues los tramperos no tuvieron escrúpulos en hacer daños en los cercos o milpas de las tierras del Común siendo castigados con tres pesos de multa y veinticuatro horas de cárcel.50

A lo largo de la mayor parte del siglo XIX la gente humilde de las aldeas de Heredia cultivaba las milpas y labranzas en las tierras del Común, mientras los más ricos utilizaban esos mismos campos para el pastoreo del ganado en época de verano. En varios documentos de la década de 1820 quedó registrada una anormal climatología que empujó a muchos terratenientes de Heredia y Alajuela a salir de sus propios potreros y echar su ganado en el Común lo que contribuye a explicar las constantes quejas «que no dejan milpa que no se han comido en perjuicio de los vecinos pobres».51 Probablemente, una racha de malas cosechas dejó un testimonio escrito que se conserva de la Municipalidad de Barva desencadenó la presión sobre todo cultivador del Común

...hombre o mujer que no tuviese plátanos sembrados siembre por lo menos cien matas. Igualmente todos sembrarán dos medios de maíz para arriba quedando el cuidado de seladores quienes darán cuenta el día primero de mayo de los que no hubieran cumplido con lo mandato en este acto para que el que hubiese desobedecido se le aplique tres días de sepo y se le ponga un grillete y se ponga a trabajar en su propio trabajo y que llegue a noticias de todos.52

Podría asegurarse con bastante certeza que hoy sabemos muchas cosas sobre la historia del café, desafortunadamente, diversas de las fuentes que consultamos nos dan una impresión parcial y geográficamente sesgada, quedando muchas zonas oscuras que los historiadores del tema han de explorar todavía, es el caso de Heredia. No queda claro en los documentos porqué las autoridades municipales heredianas, a diferencia de sus homólogas se tomaron con calma y poco ánimo el cultivo del café. En resumen, los datos recogidos hasta ahora nos dejan una imagen que necesita metamorfosear.

Tabla 3
Infractores en los bosques de Heredia y Barva

Fecha

Invasión a tierras forestales e infractores

Delitos

Noviembre 06 1820

Tierras de indios naturales de Barva.

Invasión de ganados de ladinos y de Alajuela.

Noviembre 08 1822

Tierras del pueblo de Heredia.

Incursión de ganado de vecinos de Heredia y Alajuela a las sementeras de los pobres.

Mayo 17 1823

Montes de la Provincia.

Sebastián Ulate saca leña ilegalmente.

Julio 21 1823

Tierras del Barrio de San Rafael.

Rastras de leñas

Febrero 16 1824

Tierras del Común de Barva.

Hurto de plátanos y leña.

1826

Tierras del Común de Barva.

Irrupción del ganado de los vecinos de Heredia en las milpas.

Abril 24 1828

Tierras del Barrio de San Juan.

Vecinos de Alajuela se introducen a cortar leña y tumbar el bosque.

Agosto 25 1828

Tierras del Común de Barva.

Cazadores furtivos de venados.

Mayo 30 1831

Tierras del Común de Barva.

Cazadores furtivos de venados y daños a las sementeras.

Noviembre 27 1830

Tierras del Común de Barva.

Caminos intransitables por las rastras.

Junio 4 1831

Tierras de los vecinos de Santo Domingo y San Pablo.

Caminos intransitables por las rastras.

Junio 16 1833

Sementeras en los paraje de Pará, Parasito y Peine de Mico.

Introducción del ganado de vecinos de San José.

Marzo 22 1834

Río de Pará.

Destrozo de la montaña por los vecinos de la Ciudad de San José.

Marzo 5 1835

Montaña de los vecinos de San Pablo.

Extracción ilegal de maderas y leñas.

Julio 17 1835

Sementeras en el Común de Barva.

Impiedad de los bueyeros y sus rastras de leña.

Abril 4 1835

Montaña lado norte. Paraje de las Caricias (San Isidro).

Destrucción de la montaña.

Febrero 24 1837

Montaña al lado norte y este.

Quemas y extracción de palmitos.

Marzo 9 1837

Tierras del Inglés.

Destrucción de la montaña.

Fuente: ANCR. Serie Municipal. Barva. Sig. 486,1820, fs. 11-11v.; Sig. 4279. Acta Municipal de Barva, 4 de marzo 1822, f.10; Sig. 1213. Acta Municipal 8 de noviembre 1822, f.25-25v; Municipal. Sig. 145. Acta Municipal de Heredia, 17 de mayo 1823, f. 10; Sig. 145. Acta Municipal de Heredia, 21 de julio 1823, f. 26; Sig. 1831. Acta Municipal de Barva, 16 de febrero 1824, fs. 7-7v; Sig. 58. Varios Municipalidad de Barva 1826, fs. 40-40v; Sig. 380. Acta Municipal de Heredia, 18 de enero 1828, f. 6v-7; Idem. Acta Municipal de Heredia, 24 de abril 1828, f. 12; Sig. 373. Acta Municipal de Barva, 25 de agosto 1828. f. 22v-23; Idem. Acta Municipal de Barva. 30 de mayo 1828, f. 27; Sig.196. Acta Municipal de Barva. 27 de noviembre 1830, f.74; Sig. 312. Acta Municipal de Heredia, 14 de marzo 1831, fs. 19-19v; Idem. Acta Municipal de Heredia, 4 de junio de 1831, fs. 54-54v; Sig. 343. Acta Municipal de Heredia. 16 de junio 1833, fs. 50-50v; Sig. 518. Acta Municipal de Heredia, 22 de marzo 1834, fs. 24-24v; Sig. 1195. Acta Municipal de Heredia, 5 de marzo 1835, f. 15; Idem. Acta Municipal de Heredia, 4 de abril 1835, f. 21; Sig. 416. Acta Municipal de Heredia, 12 de febrero 1836, fs. 12-12v; Sig. 564. Acta Municipal de Heredia, 24 de febrero 1837, fs.9v-10.

Mientras iba disipándose la euforia del oro en los Montes del Aguacate, algunos mineros extranjeros y comerciantes costarricenses beneficiados del mejor periodo aurífero invertían sus capitales en el negocio del café. Familiarizados con las rudimentarias máquinas movidas por agua de los yacimientos muchos mineros acumularon un conocimiento considerable que ayudó a materializar ideas para el procesamiento del café. Según la opinión del escritor Gonzalo Chacón Trejos, una de las aventajadas mentes de la metalurgia fue Buenaventura Espinach Gual —Barcelona 1799-Cartago 1866—. Como es conocido las minas formaron parte integral de la infraestructura económica del imperio español, junto a los ingenios hidráulicos, probablemente la sapiencia del catalán derivaba de esa tradición. En 1824 llegó al país y desde los primeros días dedicó gran parte de su tiempo y energía a la perforación. No pasó mucho tiempo hasta que el Gobierno le pidiera redactar la Ordenanza de Minería, dos años después, arrendó un yacimiento en el centro minero del Aguacate con resultados bastante halagüeños. Según el cuentista, fue en la provincia de Cartago en 1838 donde puso a funcionar el primer patio enlozado, circulado de corredores con sus respectivas pilas de calicanto, maquinaria de fuerza de bueyes para destripar la fruta, trillas, retrillas, aventadores, zarandas y demás útiles para el procesamiento.53 En 1847, trazó el primer plano de larga distancia, para el aprovisionamiento de agua de buena calidad desde Río Segundo a la ciudad de Heredia.54 Los historiadores del café hemos colmado de honores a Espinach, pues, su fama está totalmente justificada, sin embargo, al mismo tiempo, olvidamos a otros coetáneos suyos que produjeron avances cruciales en la industria decimonónica. Vamos a tratar de ampliar la galería con el nombre de otros pioneros.

El auge de los beneficios y trapiches movidos por agua supuso a los ojos de los contemporáneos una ruptura sensacional con la rutina del pasado. En el mismo año de la invención de Espinach, a la Municipalidad de San José empezaron a llegar las solicitudes de concesiones de agua para los patios de beneficios. Una de las primeras autorizaciones se le otorgó a Felix Mora de la acequia que corre por el barrio de la Uruca para una máquina de pelar café;55 la segunda, a Antonio Pinto de la Acequia Grande para el mismo propósito;56 la tercera a Juana Fernández.57 Mientras a otro ciudadano se le prohibía la concesión de un molino de trigo dentro de la Ciudad, por la contaminación58

A finales de la década, entró en escena la caficultura herediana, aunque las pruebas directas no arriman el hombro para visualizar los campos cafetaleros de estos años, sin embargo, múltiples referencias contextuales dan pie para imaginar tiempo atrás un gran escenario de cultivos de granos, verduras, caña y café en Santo Domingo, San Pablo, El Uriche, San Rafael regados por los ríos La Bermúdez, Pirro, Tibás, Tierra Blanca, Turú, Tranqueras, Tures, Las Lajas, Caricias, Parasito, Pará, Turales, Quebrada de Monge, Porrosatí, La Sorda, Virilla y diversos manantiales fueron claves para el futuro de los establecimientos hidráulicos. Por otra parte, La Ciudad y los barrios de San Francisco, San Antonio, San Pablo, San Joaquín, entre otros, existían grandes fincas con suficientes hectáreas donde cultivaban granos, caña, tubérculos y café. Las plantaciones cafeteras en el norte de la Ciudad, donde las quebradas de Barva, Seca, Burío, La Guaria Honda, Padre Rojas, Las Chorreras del doctor Flores, La Arena, los Ojos de Agua del difunto Marcos y del Potrero del Fondo; los ríos Mancarrón, Segundo, Ciruelas, La Hoja y Porrós, por la cantidad y calidad del agua valieron para implantar la nueva semilla. En 1839, en las actas municipales de Barva, encontramos una interesante noticia directa, según el Presidente de la Municipalidad, los hijos de la Villa están sembrando cuarenta y dos mil pies, y entre estas muchas darán su fruto a principios del año próximo. Al mismo tiempo, reconocía que el enemigo para la agricultura del café es una hormiga colorada que ataca a la hoja quedando perdido el trabajo.59

Los cambios que tuvieron lugar en la década de 1840 se produjeron a consecuencia de una prolongada expansión del café hacia zonas más alejadas de las cuatro ciudades, aguijoneada por las novedades registradas durante las primeras exportaciones internacionales. En estos años no resultaba difícil viajar por el mundo cafetalero del Valle Central sin toparse, tanto en distritos rurales como en los propios centros de las ciudades, con un diminuto establecimiento de mampostería sin maquinaria más compleja que una pila, una trilla, una retrilla, un quebrador, un aventador y un piso de tierra. Aún más elaborados eran los grandes beneficios equipados con técnicas más depuradas y con numerosas piezas de metal.60 Quizá la innovación tecnológica fue la introducción de la fragua, ignoramos exactamente dónde y cuándo apareció o si recurrió al fuelle con mano de obra humana o animal, sin embargo, comenzó a existir un mercado para el taller de fundición de hierro, el modesto negocio de piezas de ingeniería, casi desconocido en el territorio valle centralino antes del despegue cafetero, se hizo célebre merced a la fabricación en «serie» de cilindros de piedra, muñoneras de bronce de trapiches de hierro, molinos para limpiar café y bocinas de carretas.61 De repente, la seguridad y las grandes ganancias que ofrecía el comercio internacional del grano se desempeñó como moneda para las transacciones locales:

En el barrio de San Joaquín, jurisdicción de la ciudad de Heredia se vende un potrero de tierras compuestas, que contiene ochenta i cuatro manzanas con buenas cercas, cincuenta mil pies de almácigo de café mui bueno, abundantes aguas, leña, bejuco, carrizo, arena i piedra de río, al precio de treinta pesos manzana, pagadera la mitad en el mes de febrero del año entrante en dinero ó café a cuatro pesos quintal i la otra mitad en el subsiguiente año en los mismos términos dichos sin ningún redito; el que quiera aceptar esa propuesta puede solicitar á su legítimo dueño que lo es el señor José María Zamora de la misma ciudad.62

Para tener una perspectiva de conjunto de las transformaciones sociales y económicas de la década de 1840 y los decenios sucesivos vamos a partir de varios censos que sigue conservando el Archivo Nacional: Lista de Hacendados de Café 1843;63 Lista de Hacendados de los cuatro departamentos San José, Cartago, Heredia y Alajuela 1846,64 Lista que comprende los hacendados de café pertenecientes al Norte de la Ciudad y sus barrios 1846;65 Lista de los Hacendados —Barrios de San Juan, Los Santos, San Vicente 1846—;66 Lista de Hacendados y Comerciantes en café que existen en el Departamento de Cartago 1847.67 Curiosamente, el mismo año que desembarcó William Le Lecheur para abrir la ruta directa el comercio cafetero con Europa, la Secretaría de Gobernación, publicó, en 1843, unas de las primeras listas de cafetaleros a «nivel nacional». Pese a las generalizaciones de estos extraordinarios documentos, diversas limitaciones fueron subsanadas con otros datos dispersos en un sinnúmero de fuentes, las cuales posibilitan inferir profusas cosas en relación con el utillaje de los establecimientos. Aunque los registros en mención no reflejan los múltiples y finos matices de la nueva estructura cafetalera, ni son exhaustivos en la descripción de las unidades productivas, al menos sí sirven, para destacar que los encuestados de los censos provenían, en su mayoría, del grupo en cuyas manos se concentraba el poder económico y político, en otras palabras, la clase que sociológicamente llamamos la oligarquía cafetalera. Con todo si nos tomamos el trabajo de hurgar los censos cafetaleros, son una excelente representación del nuevo paisaje agrario.

A todas luces la composición de los censos muy similar, sin embargo, para nuestro gusto el documento más interesante y revelador de los cafetaleros nacionales es la Lista de Hacendados de los cuatro departamentos San José, Cartago, Heredia y Alajuela 1846, y la razón es sencilla, es el mejor padrón en términos cuantitativos.

Figura 5
Lista que comprende los hacendados de café en los cuatro departamentos (1846)

Fuente: ANCR. Serie Gobernación. Sig. 27242, fs. 16-16v-17-17v.18.

A primera vista, la mayor parte de las grandes haciendas cafetaleras se ubicaban en las cercanías de la capital de San José, y, desde luego, fue la gran zona productora, ciento noventa y dos fincas que representan el 80,2 % afirmaban la vocación especializada de la provincia. Una vez que los cartagineses advirtieron las grandes posibilidades de sus tierras para el cultivo, empezaron a ocuparse de sus siembras a nivel departamental veintisiete cafetales representaban el 11,2%. Ciertamente, el ritmo de Heredia iba más lento, pues catorce unidades productivas implicaban un 5,8% y los últimos ecos llegaban a Alajuela con seis fincas constituyendo apenas un 2%. Estas cavilaciones son interesantes, empero, es mejor preguntarnos cómo era el desplazamiento del café a nivel micro por el Valle Central. Una ojeada rápida al gráfico, la Ciudad de San José nos proporciona una visión de un paisaje dominante rodeado de árboles de café, acompañado de plátanos y uno que otro cedro negro para darle sombra al fruto. El protagonista principal fue el histórico valle del Murciélago y sus barrios, quizás aquella campiña original policultivista, estaba en transición a un entorno de una agricultura especializada. En los barrios del sur, Desamparados y Palo Grande, dominados desde finales del siglo XVIII por el cultivo de caña de azúcar, podríamos aventurar que el café llegó para perturbar esa armonía que parecía inmutable. Al este, los barrios del Mojón Zapote y Curridabat colindantes con los cafetales de La Unión de Cartago dejaban trazas inequívocas del mejor café del siglo XIX. Al oeste los barrios de Mata Redonda, Pavas, Uruca y Ánimas caracterizados desde tiempos coloniales, por una agricultura tradicional, las transformaciones cada vez más profundas del arbusto, los capitales, las empresas comerciales y los grandes cafetales hicieron que las capas más bajas del campesinado emigraran fuera del Potrero de Pavas a buscar, leñas, madera, adobes y bejucos.

Entretanto, en las tierras de Cartago la caficultura se desplazaba al oeste de la ciudad, ensanchándose hacia el este sobre el valle de Santa Lucía en Paraíso. Pero los progresos técnicos donde mejor se manifestaban en Tres Ríos. Muy pronto las cosechas de café de La Unión adquirieron fama de abundantes y una calidad muy valorada en el mercado internacional. Estos predicamentos parecían estar de acuerdo con la expansión económica y los progresos técnicos en el beneficiado de la fruta. Un anuncio de la venta de un inmueble, publicado un lustro después, nos permite conocer algunos detalles del arquetipo de esas haciendas:

Aviso

Se vende una finca sita en Tres Rios á corta distancia de la plaza de dicho pueblo, por un precio mui cómodo. Ella se compone de 59 manzanas de tierra poco más o menos en su mayor parte de plantas i perfectamente aseguradas con cerca de espino i poró. 17.000 árboles de café frutales con buena cosecha. 1759 comenzando a frutar 2.824 de dos años de sembrado 10.000 matas de almácigo. Una arboleada hermosa de frutas de varias clases, 12 cajuelas de maíz de sembradura, caña blanca, potrero i una porción de monte con abundante leña, una casa para habitación bastante cómoda con algunos muebles, un patio enlozado para el asoleo del café, rodeado de tapias con sus almacenes correspondientes, i algunos útiles para el trabajo de la hacienda.68

En el centro de la Ciudad, el barrio de San Nicolás ubicado a dos kilómetros al noroeste, se destacaba gracias a las condiciones favorables del río El Molino, el vital polo molinero del municipio y las grandes haciendas estaban confinadas sobre todo al sur, en el valle del Guarco, en el barrio de San Francisco, zona predominantemente alta y desaguada por los ríos Agua Caliente y Navarro, formaron célebres haciendas cafetaleras.69 En los barrios de Chircagres y La Arenilla, ubicados a un kilómetro al noreste y dos kilómetros al oeste, respectivamente del centro, se alzó una que otra hacienda.

En Heredia se cultivaba el café, en distintas comarcas, particularmente en los barrios del oeste, San Francisco, La Lagunilla, Mercedes, San Joaquín y, en menor medida, San Antonio. Con la creciente inversión de capital, por parte de algunos antiguos mineros, entre otros, Manuel Cacheda Gil, Buenaventura Espinach, Esteban Morales, Pío Murillo y las herederas del español Pedro Solares y Berros, sumado a ellos otras aristócratas familias de la provincia, verbigracia, Flores, Ulloa, Zamora fundaron las haciendas más grandes y tecnificadas de la provincia. Sus instalaciones movidas por el agua de los ríos Bermúdez, Quebrada Seca, Burío, Pirro, Quebrada La Guaria y Segundo, eran portentos técnicos para la época, los patios enlozados, la trilla, la retrilla, las presas, las taujías, aventadores y los galerones para los jornaleros funcionaban en todas ellas.70 Curiosamente, en las fronteras este y oeste de la ciudad otro gran caficultor del período, Esteban Morales, fundó grandes haciendas en la Breña del Rey —hoy cantón de San Isidro— y la hacienda Los Potrerillos, en el barrio de San Antonio —actual cantón de Belén—, ambas fincas se nutrían del agua del río Bermúdez.71

Cabe destacar que la mayoría de los cafetales de la provincia de Heredia estaban localizado al oeste de la ciudad. En 1846 el cultivo estaba en plena expansión en los barrios de Las Mercedes, San Francisco, San Joaquín, Lagunilla y San Antonio, los cambios se revelaban mejor en San Joaquín. Aunque no vivió en San Joaquín el tiempo que pasó en Costa Rica, el nombre de Buenaventura Espinach aparece asociado a los propietarios principales de la ciudad y el barrio. Las referencias consignadas en los Protocolos Lara y Chamarro nos permiten obtener información inestimable sobre los cafetales del cuartel, muchos llegaban a rozar con los mejores emplazamientos del país y patios enlozados de cien varas cuadradas para secar el café.72

De la caficultura de Alajuela hablamos poco a causa de una tupida telaraña, imposibilita ubicar exactamente la secuencia de acaecimientos y su distribución espacial. Hubo que esperar muchos años para que las cosas cambiaran de repente.

En verdad, el rápido aumento de productores y beneficios se debió a la aceptación del café en el mercado internacional y en gran medida a la adopción del agua en el procesamiento. La nueva invención transformó el conocimiento y la manera de procesar el grano, las intensas precipitaciones durante buena parte del año, recogidas en las cuencas de aportación de las zonas altas de las montañas y distribuidas por un sinfín de quebradas, ojos de agua, cúmulos de riachuelos y ríos principales, el elemento agua era barato, aunque no gratuito había que pagar las concesiones, abundante y uniforme en época de transformación de la fruta, acentuaba el valor del grano y daba una base más rentable para la industria. En los años cuarenta del siglo XIX asistió a un giro radical hacia el agua, un selecto grupo de cafetaleros sobre todo calculaban ansiosamente por anticipado los beneficios que les reportaría el recurso hídrico, ya que no existía restricción importante alguna, puesto que, para las autoridades municipales proporcionaba una fuente de ingresos. La rentabilidad del café, incrementó pronto un rápido ensanchamiento de las acequias, el levantamiento de presas, puentes de calicanto y la bifurcación de los antiguos canales tendió progresivamente a incorporar nuevas áreas rurales para convertirlas en zonas de producción agrícola. Al mismo tiempo, el taller del herrero, un modesto fuelle de fragua antes del despegue cafetero llegó a su punto final y su transición a la factoría de fundición de hierro fue una floreciente industria. A lo largo de los años siguientes durante el auge del café se convirtieron en los principales artesanos fabricantes y diseñadores de peroles, pailas, parrillas, masas de hierro para los trapiches, ejes y bocinas de carretas y la flamante rueda hidráulica.73 Más allá de las tapias de adobes y guachipelín de los emplazamientos de café siguieron predominado las técnicas ancestrales:

… Convendría pues que todos los hacendados de café en grande i en pequeño pusiesen toda su atención en cosecharlo con la mayor limpieza i aseo, haciendo cualquier sacrificio para enlozar sus patios i establecer sus máquinas de ruedas últimamente adaptadas con ventajas conocidas en el País i que lo demasiado económicas o sencillas podría multiplicarse. El sistema de sacar café con carretas cargadas rodando sobre él, debe abandonarse por que sale demasiado sucio a causa de que no puede evitarse que las bestias de se hace uso lo dañen con su estiércol i orines.74

En el último lustro de la década de 1840, gracias al calentamiento del mercado internacional, tuvo lugar la primera oleada de ruedas hidráulicas. El acceso al agua determinó la ubicación de los primeros beneficios, de ahí el aluvión de solicitudes de concesiones, San José, Heredia, Cartago y Alajuela, en el orden respectivo, salvo excepciones, la mayoría contaron con el beneplácito de las autoridades municipales. Todo parece indicar que en medio de los árboles del Potrero de Pavas y a orillas de la acequia Madre, del río Tiribí, surgió un nuevo hidropaisaje. Un atisbo apresurado a los Censatarios de los terrenos de Pavas de 1840, puede asegurar fácilmente que eran los candidatos ideales para hacer una inversión considerable en una rueda hidráulica, la cual tenía varios costes: la propia rueda, presas, acequias, el sistema de taujías para traer el agua de las presas, con esa nueva técnica energética el café llegó a las casas de Londres. Gracias a varias fuentes indirectas, José María Montealegre y Mariano Montealegre tuvieron amistad ni más ni menos con Richard Trevithick constructor de máquinas de vapor75 y Juan Rafael Mora.76 Una de las mejores descripciones que tenemos a mano es el emplazamiento de Santiago Fernández en su hacienda El Robledete, en Palo Grande de Desamparados, el cual consistía cuatro pilas de calicanto, aventadores, batidores, quebradores, patio enlozado, molino de trillar de hierro, retrillas y rueda hidráulica, también Domingo Carranza tenía otros muy similares en el mismo lugar y en San Francisco de Dos Ríos. Lógicamente, la puesta en funcionamiento de una rueca tenía sus contratiempos, eso fue lo que le sucedió al Dr. Francisco Brealey, en su hacienda Los Espinos en Barva, una figura muy respetada en Heredia, un hombre con una fortuna labrada desde la llegada al país en los años treinta y una familia con renombre en el mundo cafetalero.77

La sociedad entre infraestructura, agua y modernización duró, a lo largo de los siguientes cincuenta años en diferentes contextos, generando nuevos derroteros en torno al uso de las corrientes hidrológicas como fuente de energía. Estos elementos fueron de mucha importancia para la conquista de los mercados exteriores y dentro de las novedades del período, otro punto de inflexión hay que situarlo en 1850. El 23 de enero de 1850, los cafetaleros Mariano Montealegre y Santiago Fernández aprobaron la máquina inventada por Luis Tonkin para quebrar el café y separar la primera cáscara del grano, aunque no sabemos las cotas de las ventas, sí conocemos que el artefacto tuvo una gran recepción en los años venideros.78

En 1851, el gobierno de Juan Rafael Mora reconocía con optimismo los cambios y progresos que venían sucediendo en Costa Rica durante el postrero decenio, a renglón seguido los hermanos Tomás y Jaime Russell, dueños de una hacienda de café y caña en Hatillo y de una fundidora de hierro en la ciudad, congregaron a una multitud de curiosos para presenciar la demostración de ruedas hidráulicas, molinos de hierro y herrería; como resultado de estas innovaciones y a medida que los plantadores de caña sembraban más y más hectáreas, principalmente, en el occidente de Alajuela: Atenas, Grecia y Palmares fomentaron la industrialización de la caña en la provincia. El mes de marzo de 1851, fue la rampa de despegue de las máquinas de vapor, los hermanos Russell instalaron en el beneficio de John De Jongh Van Coervarden, en San Francisco de Dos Ríos todos los componentes del armatoste —el hierro, el cobre, el latón, la caldera y las tuberías de vapor—, según la opinión de los creadores, con la aplicación de este nuevo procedimiento el fruto ofrecía un aspecto igual en color y calidad79. Tan solo dos meses posteriores, a orillas del río María Aguilar instalaban la segunda máquina de vapor en otro beneficio de su propiedad en Zapote.80

Pese a estos avances a mediados del siglo XIX, las calles de la ciudad seguían siendo sucias y apestosas, las carretas cargadas con grandes cantidades de granos rodaban sobre una superficie de barro, el agua de la lluvia se empantanaba en las vías repletas de socavones, la vida urbana se iba complicando, la conservación de la salud pública y el ornato eran preocupaciones que salían a la luz continuamente en los documentos, la necesidad de conducir el agua de la ciudad por una cañería formal fue el proyecto megalómano del periodo. Con ese propósito en 1852, aunque desconocemos quien tuvo la pericia técnica en la elaboración de los planos, lo cierto que estas cartas, acto seguido, fueron puestos al servicio de un proyecto más ambicioso. El problema de la obra era que los gastos ascendían a dieciocho mil pesos, los cuales chocaban frontalmente con los escuálidos recursos del Tesoro de Propios, sin embargo, la salvación de la obra vendría de la cooperación, la filantropía y la usura de los principales cafetaleros.81 Como todo en esa etapa de desarrollo, los proyectos hidráulicos iban a ráfagas, la administración Mora Porras financiaba algunos con capital privado, mientras que otros eran con préstamos particulares, subsidios o inversión gubernamental creía fervientemente en materializar la vieja utopía hidráulica de aumentar las aguas del río Torres, mediante la conexión con una presa y un canal sólido de empedrado del río Tiribí, marcó uno de los tantos ejemplos de colaboración entre las finanzas del estado y la inversión privada.82 Un año más tarde de la Campaña Nacional, el Gobierno Supremo buscó entre los habilidosos inmigrantes europeos, ya que, muchos tenían un oficio o negocio, o bien, otros familiarizados con las últimas innovaciones hidráulicas, integró una comisión, a cargo de Francisco Kurtze, Guillermo Witting y A. Bottero, quienes recomendaron la conducción de las aguas con tubos de hierro del extranjero.83

En términos generales, es innegable que el precio del café a nivel internacional iba inclinando la balanza a favor de la utilización del agua en el procesamiento del grano. En la década de 1860 el número de emplazamientos creció a una velocidad sin precedentes por todo el Valle Central, sobre todo y, en particular en las regiones del oeste de la provincia de Alajuela. En pocos lustros las soledades de aldeas pasaron a convertirse en pequeñas villas, vinculadas mediante estrechas redes comerciales. El paisaje llano, el clima y una tierra fértil fueron vitales para que la planta de caña de azúcar cobrara una importancia inconmensurable, la recién llegada casi de forma inmediata alcanzó un éxito rotundo, desempeñando un papel decisivo en el desarrollo de la tecnología y la organización de las unidades productivas. La metamorfosis del viejo trapiche josefino de horcones de cedro, bueyes y mulas, tomó forma de grandes edificios, construcciones fabriles y de viviendas, maquinarias —rueda hidráulica, caldera de vapor, evaporadora, clasificadora de hierro, centrífugas, tren de pilas, tanques de hierro para mieles, caldo y agua—. Se trata, en efecto, del implante del ingenio azucarero.

Los verdes cañaverales y las chimeneas humeantes fueron elementos homogeneizadores del paisaje occidental de Alajuela, los trapiches e ingenios molían un considerable porcentaje de la producción nacional, las abundantes corrientes fluviales de los ríos Rosales, Tacares, Pilas, Prendas, Achiote, entre otros, movían las ruedas hidráulicas instaladas a sus orillas, una innovación de enorme trascendencia fue utilizar mano de obra china para cuidar las máquinas y laborar en la zafra.84 A mediados de la década de 1870 llegó la máquina de vapor y con ello el «ingenio al estilo cubano». Coetáneamente a la expansión cañera y cafetalera por el poniente alajuelense, el cultivo del trigo daba sus últimos bandazos en Grecia, los molinos de finales del siglo XIX dejaron testimonios de estas experiencias. Otra de las materias primas importantes que se cultivaba en el occidente fue el cultivo de la yuca, las pruebas halladas de molinos y maquinaria para elaborar harina y almidón diseminados en Atenas y Grecia, satisfacían una creciente demanda de los ciudadanos capitalinos, con lo que la actividad tuvo efectos muy duraderos hasta entrado el siglo XX.

A inicios de la década de 1860 el número de beneficios de café se expandía a una velocidad sin precedentes por todo el Valle Central, así pues, como hemos venido reiterando las aguas de la cuenca del río Tiribí fueron por largo tiempo la solución para todos los menesteres de la ciudad y allende, también disputas enconadas entre los ciudadanos de a pie, comerciantes emergentes eran un engorro para los cafetaleros. Simultáneamente, iban aumentando los patrimonios de los cafetaleros de Tres Ríos, sus emplazamientos industriales tenían pocos iguales en el país en tecnología, tamaño y eficiencia, e incluso algunas fincas añadían una segunda edificación para acelerar los tiempos de la manufactura del grano. En un paisaje agrícola densamente poblado de beneficios de café cualquier construcción de un nuevo canal de bifurcación desencadenaba primero gritos y luego los puñetazos. Es alentador cuando la curiosidad da buenos y tentadores resultados para observar este tipo de disputa. Uno de los jaleos más célebres se inició desde 1844, los cafetaleros Ramón Ximenez y Ramón Bustamante, presentaron un escrito ante el Municipio, para sacar una paja de agua del río Chigüite y aumentar la saca del río Tiribí. Desde los primeros días, los vecinos del barrio del Pilar ocho prestigiosos hacendados aguas abajo y la misma Iglesia pegaron el grito al cielo, los grupos alegaban que por el interés de dos individuos no se estima conveniente dar el permiso que se solicita.85 Pasaron años, en realidad, para que la calidad de café de Tres Ríos alcanzara prestigio internacional y el surgimiento de las modernas ruedas hidráulicas reclamaba mayor volumen de agua las disputas aparecen frecuentemente en la documentación. En 1861, resucitó de nuevo la querella, en esta ocasión la heredera Dolores Jiménez de Sancho, valiéndose de una posición de poder económico y político modificó el curso del riachuelo y la saca de la vecindad. Los lugareños hostiles argumentaban que en tiempos de verano la cantidad de agua era muy pequeña y, además, las mieles del café discurrían por la calle.86 Sabemos que estas reyertas fueron parte de la vida cotidiana, las autoridades administrativas duraban varios años en buscar un equilibrio delicado entre la ciudadanía y los intereses de los cafetaleros, sin embargo, casi siempre los industriales salían airosos como fue el caso de Dolores Jiménez agraciada por las intensas lluvias de los años subsiguientes en 1865, obtuvo al fin el derecho de las aguas.87

Figura 6
Disputa de Aguas: caso Dolores Jiménez

Fuente:

A finales de la década de 1850 y principios de la venidera respaldados por los buenos precios internacionales, los cosecheros comprendieron que tenían que unificar el sistema de procesar la fruta. Una nueva clase de pequeños productores iban quedando rezagados en ese proceso de modernización, la agricultura de subsistencia, el pago en especie empezaba a cambiar, el aumento de la importancia del dinero en la economía los forzaba a probar suerte, entregando su café a las grandes haciendas para lavarlo, secarlo, escogerlo y seleccionarlo en distintas clases. Los primeros años de esta nueva relación comercial fueron tranquilos, con escenarios favorables para el pequeño productor, pero siempre a merced de la rapiña.88

El último lustro de la década de 1860 tuvo dos eventos creativos, a mediados de diciembre de 1866, en el patio del beneficio de Guillermo Thompson, conocido con el nombre de El Laberinto, ubicado en las afueras de la ciudad de San José, Luciano Tartiere puso en práctica un sofisticado método de secar el café por medio del «sistema calórico latente».89 De modo parecido, el cafetalero, Bruno Carranza patentizó una máquina para beneficiar café en su hacienda de Los Yoces [sic].90

Conclusiones

El objetivo de este pequeño documento fue ofrecer una sucinta panorámica de los primeros años del cultivo del café. El desarrollo de las fértiles tierras de la Ciudad de San José y sus barrios, desde finales de los tiempos coloniales, perdieron rápidamente la envoltura forestal, por culpa de las plantaciones de trigo y caña, amén, de las siembras de maíz. Historia o leyenda sobre el primer encuentro con el café, lo cierto nos dio muy bien, durante los primeros veinte años después de la Independencia, la planta caminó a pasos de gigante originando una gama de cambios agrícolas en el paisaje josefino. La década de los treinta resultó años espléndidos para la expansión del cultivo en las cuatro principales provincias, gracias al beneplácito del mercado europeo por nuestra fruta. En cierto sentido, el avance decisivo en la tecnología del procesamiento del café llegó en el último lustro, con el método húmedo, forjando el mito de «grano de oro».

Todas las décadas del siglo XIX han dejado su sedimento, quizá ninguna como la de 1840. El desarrollo cafetalero de 1840, fue lo bastante rápido como para merecer el calificativo de revolución agrícola. Las repentinas y elevadas alzas de las clases finas —lavadas y escogidas a mano— remozaron las vetustas instalaciones y los métodos de procesar el grano añadido a las ventajas físicas para la utilización del agua y la fuerza hidráulica, desató un interés sin igual. Las generosas cuencas de los ríos Tiribí y Torres en San José, Grande de Orosi y Agua Caliente en Cartago, Virilla, río Segundo y Siruelas en Heredia y la del río Grande en Alajuela al finalizar el decenio en sus riberas habían instalados más de doscientos cincuenta beneficios húmedos.

Lo que diferencia al perfeccionamiento técnico de la caficultura de la segunda mitad del siglo XIX no es solo una entelequia, sino el progreso de los conocimientos y la introducción de varias invenciones y novedades que repercutieron sobre la industria cafetalera. La década de 1850 tuvo dos momentos álgidos, como fueron la Guerra Nacional y la peste del cólera, naturalmente estas desventuras infligieron daños económicos y restricciones al crecimiento de la caficultura. Haciéndole compensación al decaimiento producido por esas eventualidades, el cultivo reemprendió un nuevo camino, el alza continúa de la libra de café en el mercado de Nueva York durante toda la década de 1860, el número de establecimientos industriales duplicó a los ciclos anteriores y muchos productores sacaron partido a sus invenciones.

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  1. * Costarricense. Máster en Historia. Profesor e investigador jubilado, Escuela de Historia, Universidad Nacional (UNA), campus Omar Dengo, Heredia. carlosnaranj@gmail.

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  5. 4 Elizabeth Fonseca Corrales, Patricia Alvarenga Venutolo y Juan Carlos Solórzano Fonseca, Costa Rica en el siglo XVIII (San José, Costa Rica: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2001), 321.

  6. 5 Benjamín Hernández, «La estructura de la tecnología agrícola en Heredia (1800-1820)», Avances de Investigación, núm. 58 (1991).

  7. 6 Marco Antonio Fallas, La factoría de tabacos de Costa Rica (San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica, 1972), 31.

  8. 7 Cleto González Víquez, La acequia del Tiribí y Pavas en su aspecto jurídico (San José, Costa Rica: Imprenta Nacional, 1925), 4: «¿Cuál fue el agua que trajo el Padre Pomar —Juan de Pomar y Burgos—? No lo sé a punto fijo. Lo que si aparece y consta, de modo auténtico, es al comienzo del siglo XIX, San José se surtía del río Torres, por medio de una acequia madre que entraba por las alturas del Este, que luego se distribuía en cursos menores por los solares del escaso poblado, por los barrios de Cubillos y La Puebla y que después caminaba hacia La Sabana y Pavas».

  9. 8 Carlos Araya Pochet, «La minería en Costa Rica: 1821-1843», Revista de Historia, núm. 2 (enero-junio, 1976): 94, https://www.revistas.una.ac.cr/index.php/historia/article/view/11925

  10. 9 Archivo Nacional de Costa Rica. A partir de aquí entiéndase, ANCR. Serie Protocolos Coloniales Heredia. Sig.000652. 19 de setiembre 1814, fs. 31-32. Otro documento ANCR. Serie Congreso. Sig. 440, Octubre 23 1826, recoge dos molinos en Barva, Heredia. La siguiente transcripción es uno de los primeros relatos que hallamos en el Archivo Nacional sobre las disputas de agua: «Transacción de litigio que presentan el Presbítero Nereo Fonseca y Pedro Soto, por cuando el Juzgado Económico peleaban los vecinos del Ojo de Agua defendiendo el agua de Quebrada Seca para poner su molino para uso del vecindario y el Padre Fonseca para uso de un potrero. Ante el vicario han transado de modo que el agua para uso del vecindario sea pemeramente [sic]; que para uso del molino sea en los meses que van del 1 de mayo al último de febrero, para uros del potreo en los meses de marzo y abril. Ciñéndonos una revisión exhaustiva de fuentes documentales como los catálogos testamentarios y protocolos coloniales, es casi imposible hacer una reconstrucción histórica de los establecimientos hidráulicos, pues los datos son dispersos y frágiles, v. gr. hallamos dos molinos en Heredia y un trapiche en Agua Caliente de Cartago, desde luego esta visión es de dudosa veracidad».

  11. 10 Serie Municipal. Sig.86, fs. 5-8v. A partir de este documento sustituimos los nombres originales de los cantones, distritos, barrios, caseríos y sitios por los denominados en la División Territorial Administrativa de Costa Rica. Según Decreto núm. 85 del 5 de mayo de 2009.

  12. 11 ANCR, Serie Municipal. Acta Municipal La Unión, Enero 26 de 1829, f.6: «El futuro cantón cafetalero de la Unión experimentaba esos cambios… 3.Vista una nota de ayer en que el C. Padre Cura de este Pueblo solicita se le certifique sobre la extencion y aumentos de la población la diferencia que haya de los años pasados a este y si para esta causa se solicita para el mismo vecindario que el cura reciviese de pie en él, como lo ha hecho se acordó certificar que a merced de la distribución de tierras y su acotación a dominio particular no menos que la bondad del clima —primero la voluntad del Altísimo— este vecindario cada día crece considerablemente pues de todas partes vienen familias enteras a situarse en el por manera que según los sensos quando el finado Padre Mora lo administro apenas alcanzaba a cien almas, en un tiempo del padre Calvo a mas de trescientas, el año 825 a quinientas y pico y en el dia a setecientos próximamente calculándose para las muchas compras de tierras que algunos han hecho con animo de venirse de otros lugares á este y para los matrimonios que continuamente se celebran que en muy buen tiempo habrá una población de mas de mil almas».

  13. 12 ANCR, Serie Municipal. Sig. 4306. Acta Municipal de Heredia, 8 de julio de 1843, f. 16-16v. Esta referencia es de la pocas que logramos hallar, donde los habitantes de El Zapote manifestaban tener sembradíos en la montaña de Barva y Santo Domingo de Heredia.

  14. 13 ANCR, Serie Municipal. Sig. 496, f. 22-22v.

  15. 14 ANCR, Serie Municipal, 86, f.13v.

  16. 15 Cleto González Víquez, «Límites entre San Juan y San Vicente», La Gaceta. Diario Oficial, 10 de agosto 1906, pp.180-81-82. Desde 1825 hasta 1840, sucedieron un constante lamento por la incertidumbre de su administración política, en 1840 el gobierno de Braulio Carrillo hizo una demarcación definitiva: Cuartel Número 8 San Juan del Murciélago 193 casas; Cuartel Numero 9 San Pedro del Murciélago 111 casas; Cuartel Número 10 San Vicente del Murciélago 142 casa; Cuartel Número 11 San Isidro del Murciélago 160 casas; Cuartel Número 12 La Uruca y San Francisco del Murciélago 121 casas; Cuartel Número 13 San Gabriel del Murciélago 200 casas; Cuartel Número 14 San José del Murciélago 198 casas.

  17. 16 ANCR, Serie Municipal. Acta Municipal de San José, febrero 23, 1835, f.107v. En esa fecha fue presentada una reclamación por una saca de agua de varios vecinos de los barrios de Zapote, Dos Ríos y del pueblo de Curridabat, por la apropiación del Presbítero Ciudadano Nicolás Bonilla, quien a la postre fue un prominente cafetalero y su hacienda una de las mejores. Otro ejemplo, la hacienda de Ramón Castro, padre del fundador de la República José María Castro Madriz, quien la bautizó tiempo después con el nombre de La Pacífica.

  18. 17 Hall, 34.

  19. 18 Felipe Fernández Armesto y Manuel Lucena Giraldo, Un imperio de ingenieros. Una historia del Imperio español a través de sus infraestructuras (España: Taurus Editorial, Tercera Reimpresión, 2023), 320.

  20. 19 Kenneth Morgan, Cuatro siglos de esclavitud trasatlántica (Barcelona, España: Crítica, 2017), 140.

  21. 20 Francisco Pérez de la Riva, El café. Historia de su cultivo y explotación en Cuba (La Habana, Cuba: Habana Cuba, 1944), 150.

  22. 21 Manuel Moreno Fraginals, Cuba/España España/Cuba. Historia común (Barcelona, España. Crítica, Grijalbo Mondadori. 1995), 171.

  23. 22 ANCR. Serie Municipal. Sig. 242. Cuaderno de Oficios del Gobierno Político. 5 de septiembre 1825, f. 26.

  24. 23 ANCR, Serie Gobernación. Sig. 8579, f. 20-20v.

  25. 24 ANCR, Serie Municipal. Sig. 345. Acta Municipal de San José, 22 de marzo de 1833, fs. 71-71v.

  26. 25 ANCR, Serie Municipal. 502. Acta Municipal de San José, 10 de enero de 1834, f. 3-3v.

  27. 26 Pérez de la Riva, 150. Dumont, fue un antiguo oficial de la república francesa que emigró a Cuba al asumir el poder Napoleón I pasando a residir en Matanzas. Véase el texto completo en: Luko Hilje Quirós, «El libro pionero de Dumont sobre el café, en el siglo XIX», Revista Comunicación, vol. 18,núm. 2 (agosto-diciembre, 2009): 45-65, http://redalyc.uaemex.mx/src/inicio/ArtPdfRed.jsp?iCve=16611985007

  28. 27 ANCR, Serie Municipal. Sig. 848, f. 1.

  29. 28 ANCR, Serie Hacienda. Sig. 14020, f. 1.

  30. 29 ANCR, Serie Municipal. Sig. 368. Acta Municipal La Unión. Enero 26 de 1829, f. 6.

  31. 30 ANCR, Serie Municipal. Sig. 453. Acta Municipal La Unión. Setiembre 6 de 1813, f. 44.

  32. 31 ANCR, Serie Municipal. Sig. 179. Acta Municipal La Unión. Julio 27 de 1826, fs. 21v-22.

  33. 32 ANCR, Serie Municipal. Sig. 318. Acuerdos Municipales de San José. Octubre 8 de 1830, fs. 76-76v-77.

  34. 33 ANCR, Serie Municipal: Sig. 531. Acta Municipal de San José. Julio 21 de 1834, fs. 52v-53.

  35. 34 ANCR, Serie Municipal: Sig. 425. Acta Municipal de La Unión. Mayo 1 1837, f. 14.

  36. 35 ANCR, Serie Municipal. Sig. 1910. Acta Municipal de La Unión, 1830, f. 9.

  37. 36 ANCR, Serie Municipal. Sig. 1630. Acuerdos Municipales La Unión.

  38. 37 ANCR, Serie Municipal. Sig. 1365. Acta Municipal de Cartago, 22 de febrero de 1838 fs. 24v-25.

  39. 38 ANCR, Serie Municipal. Sig. 569. Acta Municipal de Paraíso. 1837.

  40. 39 Ibíd. fs. 30-30v.

  41. 40 Ibíd. Acta Municipal de Paraíso, 13 de enero de 1837, f. 2.

  42. 41 ANCR, Serie Municipal. Sig. 139. Acta Municipal de Alajuela, 3 de setiembre 1821, fs. 21-21v.

  43. 42 Ibíd. Acta Municipal de Alajuela, 14 de julio de 1821, fs. 16-16v.

  44. 43 ANCR, Serie Municipal. Sig. 444. Acta Municipal de Alajuela, 21 de agosto de 1821, f. 5.

  45. 44 ANCR, Serie Municipal. Sig. 66. Acta Municipal de Alajuela, 26 de marzo de 1822, fs. 22-22v.

  46. 45 ANCR, Serie Municipal. Sig. 514. Acta Municipal de Alajuela, 27 de octubre de 1824, f. 22-22v.

  47. 46 ANCR. Serie Municipal. Sig. 113. Acta de la Tertulia de Patriótica de Alajuela. 20 de noviembre de 1825, f. 33-33v.

  48. 47 Ibíd. f. 35.

  49. 48 ANCR, Serie Municipal. Sig. 524. Acta Municipal de Alajuela, 30 de mayo de 1834, f. 39v.

  50. 49 ANCR, Serie Municipal. Sig. 4279. Acta Municipal de Heredia, 4 de marzo de 1822, f. 10.

  51. 50 ANCR, Serie Municipal. Sig. 373. Acta Municipal de Barva, 25 de agosto de 1828, f. 22v-23 y 30 de mayo 1831, f. 27.

  52. 51 ANCR, Serie Municipal. Sig. 58. Varios de la Municipalidad de Barva. 1826, fs.40-40v.

  53. 52 ANCR, Serie Municipal. Sig. 1831. Acta Municipal de Barva, 16 de febrero 1824, fs.7-7v.

  54. 53 Gonzalo Chacón Trejos, «Don Buenaventura Espinach Gual y el desarrollo de la industria cafetalera en Costa Rica», Revista del Instituto de Defensa del Café, vol. 7, núm. 45 (1938): 567-571.

  55. 54 ANCR. Serie Municipal. Sig. 4949. 1847, f .9. Muy caballerosamente escribía: «Señor Presidente Municipal de la Ciudad de Heredia. He reunido con mucha satisfacción la nota No. 11 del 11 del que rige por la que veo que esa Municipalidad ha tenido a bien nombrarme para formar el plano de la obra que debe para conducir las aguas a esa ciudad y hacer el presupuesto de los costos de la empresa.

    A pesar de no tener los conocimientos que se requieren para llevar a cabo con perfección un plano de esta naturaleza, sin embargo, impulsado por los vivos deseos que tengo de ser útil a esa ciudad hare todo lo que este a mi alcance para llevar los deseos de ese vecindario sin que por ello exija una recompesa que la satisfacción intención que de ello me pueda resultar. Tan luego como sea posible hare un viaje a esta ciudad con el indicado objeto…». Cartago, Agosto 16, 1847, f. 9.

  56. 55 ANCR. Serie Municipal. Sig. 473. Libro de Actas Municipales de San José. Acta Municipal de San José,7 de setiembre de 1838, f. 50.

  57. 56 Ibíd., Acta Municipal de 22 de octubre de 1838, f. 59.

  58. 57 Ibíd., Acta Municipal de San José, 22 de octubre de 1838, f. 59.

  59. 58 Ibíd., Acta Municipal de San José, 24 de diciembre de 1838, f. 59.

  60. 59 ANCR, Serie Municipal. Sig. 867. Libro de Actas Municipales de Barba, Acta Municipal de Barva, Octubre 21 de 1839, s. f.

  61. 60 Ciro Flamarion Santana Cardoso, «La formación de hacienda cafetalera costarricense en el siglo XIX», en: Enrique Florescano, Haciendas, latifundios y plantaciones de América Latina (México, Siglo XXI, editores, 1975), 656.

  62. 61 Mentor Costarricense, 2 de noviembre de 1844, p. 258. Uno de los primeros establecimientos de esta naturaleza fue el del maestro José Velarde. Su local se hallaba a cien varas norte de la Iglesia del Carmen. En 1844 puso a la venta una de las primeras máquinas de quebrar café.

  63. 62 Mentor Costarricense, Sábado 25 de febrero de 1843, p. 32.

  64. 63 ANCR, Serie Gobernación. Sig. 8835.

  65. 64 ANCR, Serie Gobernación. Sig. 27242, fs. 16-16v-17-17v-18.

  66. 65 ANCR, Serie Gobernación. Sig. 7368, fs. 6-6v.

  67. 66 ANCR, Serie Fomento. Sig. 4366, f. 11.

  68. 67 ANCR. Serie Fomento. Sig. 4137, f. 25.

  69. 68 La Gaceta del Gobierno de Costa Rica, p. 656, enero 4 de 1851.

  70. 69 ANCR, Serie Protocolos Coloniales de Cartago. Sig. 001132, mayo, 2 de 1846. El Censo de 1846, no es una buena guía para observar los intersticios de las haciendas, mientras otras fuentes históricas ahondan en pequeños detalles. En un remate de la hacienda de Manuel Núñez acaecido en 1846 quedó una reseña que podemos generalizarla sobre la descripción de una hacienda: Protocolización del acto de remate de una hacienda en el Paraje Navarro Grande en ejecución contra Manuel Nuñez, dueño, seguido por deudas. La hacienda tiene 13.300 matas de café, patio y trilla, una suerte de caño, un trapiche y un tejarcito.

  71. 70 ANCR, Serie Municipal. Sig. 469, fs. 82-82v. La evidencia más clara que conocemos es la hacienda de Manuel Cacheda en la Pitahaya de La Lagunilla. En 1844, el español solicitaba un aumento del caudal del agua para atender sus sesenta mil pies que ya tenía en fruta. En 1867, la hacienda en manos de su heredera, tenía veintiocho peones.

  72. 71 ANCR, Serie Protocolos Lara y Chamarro. Sig. 497, Tomo 5, 1843.

  73. 72 ANCR, Protocolos Lara y Chamorro. Documento 496. Tomo 2, f. 4; Documento 497. Tomo 5.

  74. 73 Mentor Costarricense, 2 de noviembre de 1844, p. 258. Uno de los primeros establecimientos de esta naturaleza fue el del maestro José Velarde. Su local se hallaba a cien varas norte de la Iglesia del Carmen. En 1844 puso a la venta una de las primeras máquinas de quebrar café. En 1851, Russell y Compañía crearon una fundidora que suministraba pieza para los trapiches y beneficios de café.

  75. 74 Mentor Costarricense, 12 de abril de 1845, p. 321.

  76. 75 Gavin Weightman. Los revolucionarios industriales. La creación del mundo moderno 1776-1914 (Barcelona, España: Editorial Ariel, 2008), 71.

  77. 76 Gaceta Oficial, 21 de marzo de 1863, p. 4. y Gaceta Oficial, noviembre 11 de 1872, p. 4: «En la hacienda de las “Pavas” que fue del finado don Juan Rafael Mora i últimamente del Señor Montealegre, hai en venta una rueda para agua, toda de hierro, de muy buena construcción y fortaleza. Sus dimensiones son 12 ¼ pies ingleses de diámetro y 3 ½ de ancho”».

  78. 77 Gaceta Oficial, 20 de febrero de 1864, p. 3. El diario estatal aportó una descripción vivida del accidente del médico.

  79. 78 ANCR, Serie Gobernación. Sig. 27394. Enero 24 de 1850, f. 1.

  80. 79 ANCR, La Gaceta del Gobierno de Costa Rica. Marzo 1 de 1851, p. 685.

  81. 80 La Gaceta del Gobierno de Costa Rica, marzo de 1851, p. 685.

  82. 81 ANCR, Gobernación. Sig. 54891. Febrero 23 de 1852.

  83. 82 ANCR, Gobernación. Sig. 53743. Noviembre 28 de 1855.

  84. 83 Francisco Kurtze, Guillermo Witting y A. Bottero. Informe vertido por la Comisión que el Supremo Gobierno consultó para averiguar cuál era el mejor modo de construir la cañería que debe conducir el agua al interior de la capital, 1858, San José, Imprenta La Paz.

  85. 84 La Gaceta Oficial, 21 de octubre de 1876, p. 6. El ingenio de Luis Pinto Castro, en Santa Gertrudis de Grecia, producía 400 quintales de dulce y empleaba a veinticinco chinos.

  86. 85 ANCR, Serie Municipal. Sig. 592. 12 de febrero de 1844, f. 44v.

  87. 86 ANCR, Serie Fomento. Sig. 9786, 16 de febrero de 1861.

  88. 87 ANCR, Serie Fomento. Sig. 004558, 1865.

  89. 88 Gaceta Oficial, 12 de marzo de 1870, p. 2. En un acuerdo de la Gobernación de la Provincia de San José, se dispuso a visitar todos los beneficios de café de la provincia con el fin de tomar conocimiento de las medidas estén conforme a la medida oficial de media fanega.

  90. 89 ANCR, Serie Congreso. Sig. 6890. El inventor afirmaba entre otras bondades que: «1. Economía de capitales invertidos en patios de cal y canto, pilas, trillas y valor del terreno ocupado, el cual casi siempre pertenece a la parte mas valiosa de la finca. 2. Economía de brazos, puesto que no es necesario depositar el café en las pilas, menearlo, tenderlo en los patios, recogerlo y estenderlo diariamente durante muchos días, omitiéndose igualmente el costo de la operación llamada trilla. 3. Economía notable de tiempo, puesto que cuatro horas son suficientes para secar el fruto pasado por un quebradero y tenerlo completamente seco, pudiéndose asegurar que desde la operación de coger el café hasta tenerlo ensacado y listo para exportación no transcurren mas que seis horas. 4. Economía en el valor de los aparatos que se emplean lo que calculado para beneficiar treinta quintales en doce horas no escedera de la suma de mil pesos. Sabiendo la ventaja que pueden ser hechos en el país pronta y facilmente como también la de exigir un edificio reducido y poco costoso. 5. Economía en la conducción al puerto; puesto que facilitándose el beneficio gradualmente, y desde principio de la cosecha se remesará el café que se vaya colectando, lo cual impedirá que se hagan grandes acopios, que es lo por lo comun produce el alza de los fletes, sobre todo, cuando se aprosima la estación lluviosa. 6. Mejora la calidad en el fruto, tanto por no haber perdido parte de sus aromas en los muchos días que ha estado espuesto al sol y al sereno, como por el ningún polvo, ni otra sustancia estraña que se le adhiere ni la perdida de color que siempre sufre por la humedad que recibe». fs. 1-1v.

  91. 90 Costa Rica, Leyes y Decretos Decreto XIII, 13 de junio de 1867.

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