N. 93
Enero-junio, 2026
ISSN: 1012-9790 • e-ISSN: 2215-4744
DOI: https://doi.org/10.15359/rh.93.5
Correo electrónico revistadehistoria@una.cr
Licencia: By NC ND 3.0 Internacional
Fecha de recepción: 03/10/2025
Fecha de aceptación: 12/11/2025
Cincuenta años no es nada… se dice fácil
Fifty years is nothing... easier said
Cinquenta anos não é nada... é fácil dizer
Elizabeth Fonseca Corrales*
Resumen:
Con base en la conferencia de Elizabeth Fonseca Corrales, se presenta un recorrido por los cincuenta años de la Revista de Historia. Se destaca su papel en la consolidación de la disciplina histórica en Costa Rica y Centroamérica. La exposición se divide en dos etapas principales. La primera (1975-1985) aborda los difíciles inicios de la revista en la Universidad Nacional, superando crisis que amenazaron su continuidad. La segunda etapa inicia en 1985 y se caracteriza por la consolidación del proyecto, impulsada por un convenio de coedición entre la Universidad Nacional y la Universidad de Costa Rica en 1986. La autora relata su experiencia como editora durante 17 años, describiendo la evolución de los procesos editoriales, los desafíos tecnológicos y temáticos. Finalmente, reflexiona sobre el fin del convenio interuniversitario en 2012 y el legado de la revista en la formación de una comunidad de historiadores regionales.
Palabras claves: Costa Rica; difusión; gestión editorial; historia; historiografía.
Abstract:
Drawing from Elizabeth Fonseca Corrales’s lecture, this article offers a journey through the past fifty years of the Revista de Historia. The article also highlights the journal’s role in the history discipline in Costa Rica and Central America. The analysis is organized into two main stages. The first focuses on the period 1975–1985, examining the journal’s challenging beginnings at the National University (UNA), overcoming the crises that threatened its continuity. The second stage examines the period beginning in 1985, marked by the consolidation of the project, driven by a 1986 co-publishing agreement between the National University and the University of Costa Rica. The author shares her 17-year experience as an editor-in-chief, detailing the evolution of editorial processes and the technological and thematic challenges encountered. Finally, she reflects on the termination of the inter-university agreement in 2012 and on the journal’s legacy in shaping a community of historians in the region.
Keywords: Costa Rica; diffusion; editorial management; historiography; History.
Resumo:
Com base na conferência de Elizabeth Fonseca Corrales, apresenta-se uma retrospectiva dos cinquenta anos da Revista de História. Destaca-se o seu papel na consolidação da disciplina histórica na Costa Rica e na América Central. A exposição divide-se em duas etapas principais. A primeira (1975-1985) aborda os difíceis inícios da revista na Universidade Nacional, superando crises que ameaçaram a sua continuidade. A segunda etapa começa em 1985 e é caracterizada pela consolidação do projeto, impulsionada por um acordo de coedição entre a Universidade Nacional e a Universidade da Costa Rica em 1986. A autora relata sua experiência como editora durante 17 anos, descrevendo a evolução dos processos editoriais, os desafios tecnológicos e temáticos. Por fim, ela reflete sobre o fim do acordo interuniversitário em 2012 e o legado da revista na formação de uma comunidade de historiadores regionais.
Palavras-chave: Costa Rica; difusão; gestão editorial; história; historiografia.
Introducción1
Es para mí un placer participar en este acto, programado para celebrar el quincuagésimo aniversario de la Revista de Historia. Esto se dice fácil, pero tiene un mérito inmenso sostener una publicación periódica especializada durante tanto tiempo. Para poder hacerlo, ha sido necesario pasar por muchas vicisitudes, mostrar flexibilidad, pero, sobre todo, tener mucha voluntad para resolver los problemas que, inevitablemente se presentan en todo quehacer humano.
Para esta conferencia he revisado desde el número 1, de 1975, hasta el 48, del año 2003. Esto me ha permitido dividir la exposición en las siguientes partes: primero, me referiré a los inicios de la Revista de Historia, entre 1975 y 1985. En esa década hubo incluso unos años, durante el gobierno de don Rodrigo Carazo, en que la revista no se publicó y estuvo en riesgo de desaparecer. En un segundo momento, a partir de 1985, pasada la crisis, el proyecto se retoma con fuerza. Lo fortalece la firma de un convenio entre los rectores de las dos universidades públicas, la Universidad Nacional y la Universidad de Costa Rica. Es cuando, a partir de 1986, me incorporo como editora de la revista. Por eso, en la segunda parte, les compartiré mis experiencias como editora, lo que a su vez me permite revisar otros aspectos que coadyuvaron en el desarrollo de la disciplina histórica, no solo en nuestro país, sino a nivel centroamericano. Mi aporte concluye con un breve epílogo.
Los inicios
Sin duda, las mayores dificultades al echar a andar un proyecto se viven en los primeros años. No obstante, al mismo tiempo, se tienen grandes oportunidades, porque hay muchas cosas por definir. El primer número de la Revista de Historia salió en 1975, cuando aún no se completaban dos años de haber sido abierta la Escuela de Historia de la Universidad Nacional. En la presentación del primer número se señala el objetivo de ser una publicación periódica, especializada, para difundir en el país, y más allá de sus fronteras las investigaciones de la comunidad de historiadores, sobre el pasado costarricense y latinoamericano. También ofrecía sus páginas a contribuciones de colaboradores de fama continental y mundial. Y señala: «Como vocero de una escuela histórica moderna, inserta en una universidad dinámica y necesaria, los resultados de las investigaciones que resume deben llegar a toda la comunidad universitaria interesada en América Latina y al público en general, para que dichas investigaciones sobre las estructuras del pasado puedan contribuir a un mayor desarrollo del campo científico y de la cultura».
Tales planteamientos iniciales se comprenden a cabalidad si se tiene en cuenta que la Universidad Nacional surgió en 1973 como la «universidad necesaria», en un contexto en que, en América Latina estaba en boga la teoría del subdesarrollo y la dependencia. Los intelectuales que estuvieron en la fundación de la UNA, con esperanza y optimismo, consideraron que la nueva institución contribuiría a generar y difundir el conocimiento necesario para superar aquellas condiciones. A esa tarea se sumaron numerosos extranjeros, en especial chilenos y argentinos, quienes vinieron a Costa Rica protegiéndose de las dictaduras militares instaladas en sus países de origen.
En la contraportada del primer número de la Revista de Historia, se puede ver cómo se organizó la publicación. Contaba con un director responsable, Dr. Germán Tjarks, de nacionalidad argentina, un secretario ejecutivo, Lic. Jeffrey Casey y un consejo de redacción, formado por tres miembros: Dr. Oscar Aguilar Bulgarelli, Lic. Carlos Luis Fallas y Lic. Jeffrey Casey. Ese primer número contiene dos artículos sobre América Latina, dos sobre temas nacionales y una sección documental sobre la migración china. Los artículos tienen cuadros y mapas, pero no ilustraciones, el tiraje fue de mil ejemplares, y se hizo en el Departamento de Publicaciones de la Universidad Nacional.
La revista número dos, del primer semestre de 1976 abre con un artículo de Ciro Cardoso y Héctor Pérez —brasileño el primero y argentino el segundo—. Ambos radicaron en Costa Rica y dieron un notable impulso a la modernización de la disciplina en nuestro medio. Su «Dependencia y metodología de la Historia en América Latina», es una importante reflexión sobre cómo se escogen los temas y los problemas de la investigación histórica, y con qué herramientas metodológicas se abordan, en un subcontinente marcado por la dependencia cultural. Contiene además un artículo sobre Bolivia, de Lowell Gudmundson, otro sobre la minería en Costa Rica, de Carlos Araya Pochet y, finalmente, uno sobre Tucurrique, firmado por Jeffrey Casey.
El número 3, correspondiente al segundo semestre de 1976, contiene una advertencia preliminar, y el tema de fondo es la esclavitud negra, con un balance de las investigaciones recientes de Magnus Mörner, un artículo sobre la procedencia de los esclavos y otro sobre manumisión y mestizaje.
En el número 4 solo aparecen artículos de colaboradores internacionales. Eso sí, publica el Almanaque Histórico de Costa Rica, preparado por la Comisión Nacional de Conmemoraciones Históricas. Esta revista fue tirada en la Imprenta Trejos Hermanos.
El número 5 introduce una sección documental. Su contenido muestra una amplia presencia de autores extranjeros y un marcado interés por los temas de historia económica y social. Recoge contribuciones de Héctor Pérez Brignoli y Ciro Cardoso, y de dos historiadores estadounidenses, Mark Rosemberg y Jeffrey Casey.
En el año 1978 se publicaron los números 6 y 7. En estos ya hay mayor participación de autores costarricenses, con visiones y metodologías renovadas; es claro el uso más abundante de cuadros y gráficos, lo que denota una mayor difusión de la cuantificación en historia. En ese año el Dr. Germán Tjiars deja de dirigir la publicación.
El número 8 fue el único publicado en 1979. Esta revista parece reflejar los problemas que vive el país en esos años, durante la administración de don Rodrigo Carazo. Contiene pocos artículos, y sale en papel periódico, bajo el sello de la Imprenta Nacional.
En el año 1980, a cinco años de publicado el primer número, se saca un número doble, el 9-10. Este es un mecanismo usado para poner al día la revista, cuando por diferentes motivos ha tenido dificultades para salir con la periodicidad semestral ofrecida. En esta revista se publica por primera vez una nota editorial, la cual deja ver que, el consejo editorial, ha realizado una reflexión acerca del camino recorrido y tiene propuestas novedosas que serán introducidas a partir del siguiente número. Se trata de un reajuste en sus objetivos, contenidos y formato, para adecuarse a nuevas condiciones y necesidades. Dejan saber a los lectores que la revista tiene grandes problemas financieros, y hay «un desfase entre la gran riqueza de la investigación histórica en Costa Rica, durante los últimos años, y la función de la revista como mecanismo transmisor de dichos avances». Además, afirman que en el país hay una nueva generación historiográfica. La nota aparece firmada por el consejo editorial, formado por José Antonio Fernández, Gertrud Peters y Lucilla Góngora.
Segunda etapa. La consolidación del proyecto
El número 11 anunciado tardó en salir. La revista no fue publicada entre 1981 y 1984. No vio la luz sino hasta en 1985, con un nuevo director, el Dr. Mario Samper. A partir de entonces tiene un Consejo Asesor, del cual empecé a formar parte. Como novedad, se introducen las secciones. Se comienza con las secciones América Latina, Costa Rica, Debates, Sección Documental y Crítica Bibliográfica, pero en los siguientes años se introdujeron otras, como Entrevistas, Conferencias, Balances y Perspectivas y Correspondencia.
El número 11 abre con un debate en aquel momento pendiente y pertinente. Se pregunta: ¿Existe una nueva generación historiográfica en Costa Rica? En ese primer debate escribieron Carlos Araya Pochet y Carlos Meléndez Chaverri.
En el primer semestre de 1985 sale un número especial de la revista, titulado Historia, «problemas y perspectivas agrarias en Costa Rica», para presentar los resultados del Simposio del mismo nombre, realizado del 2 al 6 de julio de 1984, en la Facultad de Ciencias Sociales de la UNA. El evento tuvo un carácter inter y multidisciplinario, por lo que se consideró muy oportuno publicar los materiales que generó.
La firma del Convenio UNA- UCR
El número doble 12-13, correspondiente al segundo semestre de 1985 y el primero de 1986, contiene una nota editorial en la cual se anuncia la firma de un convenio entre los rectores de la Universidad Nacional y la Universidad de Costa Rica, para unir esfuerzos y publicar conjuntamente la Revista de Historia por parte de la Escuela de Historia de la UNA y el Centro de Investigaciones Históricas de la UCR, a partir del siguiente número. En mi criterio, el convenio potenció las posibilidades de sacar una revista de mayor calidad. La dirección de la revista quedó entonces a cargo de académicos de la Universidad Nacional, mientras de la edición se ocuparía el Centro de Investigaciones Históricas. Para facilitar el trabajo se seguiría imprimiendo en la Oficina de Publicaciones de la Universidad de Costa Rica. Así fue hasta el año 2012, en que, aparentemente, debido a políticas institucionales de la UCR, el convenio fue rescindido.
La revista 14, correspondiente a julio-diciembre de 1986, la primera que se publica bajo el convenio, contiene una nota editorial, firmada por Edwin González, director de la Escuela de Historia de la UNA, y Víctor Hugo Acuña, director del Centro de Investigaciones Históricas de la UCR, en la cual señalan que la iniciativa de cooperación interuniversitaria partió de la Escuela de Historia de la UNA. Ambos expresan la esperanza de que el esfuerzo redunde en la consolidación y fortalecimiento de la Revista de Historia, como órgano de expresión científica de la comunidad de historiadores.
Tal vez yo no sea la persona más indicada para hacer una valoración sobre los frutos del trabajo conjunto, pero con la objetividad que otorga la distancia temporal de 22 años de haber dejado mis labores como editora de la publicación, me atrevo a afirmar que se cumplió con los objetivos iniciales. La Revista de Historia contribuyó ampliamente a la creación de la comunidad de historiadores, en especial, de los estudiosos de la región centroamericana. No obstante, vale la pena señalar que la realización de los congresos centroamericanos de historia, también favorecieron ese fin, y permitieron el intercambio de experiencias metodológicas y resultados de las investigaciones, y, no menos importante, que los miembros del gremio nos conociéramos personalmente y pudiéramos establecer relaciones de colaboración. El primero de los congresos se realizó en 1992, a iniciativa de la Escuela de Historia de la Universidad Autónoma de Honduras, para conmemorar el quinto centenario de la llegada de Colón al «nuevo mundo». Desde entonces, los congresos se han realizado cada dos años, rotando por las universidades de la región.
Otro aspecto que permitió el contacto cercano entre los historiadores fue la llegada de profesores extranjeros y de estudiantes de diversas nacionalidades, quienes venían a hacer su maestría o su doctorado al Posgrado Centroamericano en Historia de la UCR.
El trabajo de editora de la revista
Cuando empecé como editora de la Revista de Historia no tenía la menor idea acerca de lo que esa tarea implicaba. Poco a poco, fui aprendiendo sobre la marcha. Ser editora implicaba: participar en las reuniones del Consejo de Dirección; conseguir materiales para la publicación, con el apoyo de colegas; leer los materiales y sugerir mejoras de estilo y de contenido —tarea en la que no siempre los consejos son bien recibidos por los autores, porque suele suceder que se sienten cuestionados—; enviar los artículos a las personas escogidas por el Consejo de Dirección para que brinden el dictamen respectivo. Una vez listos los dictámenes y aprobada la publicación del material, se debe ordenar los materiales, elaborar un índice, escribir los abstracts, trabajar en las portadas, definiendo el color y la imagen que llevará la publicación, y, por fin, entregar el material a la entidad encargada de la impresión, la Oficina de Publicaciones de la Universidad de Costa Rica. Una vez hecha la diagramación, me correspondía revisar una y otra vez que el diseño estuviera correcto y el material completo, y, por último, dar el visto bueno para la impresión.
Fui editora de la Revista de Historia durante 17 años. Una de las experiencias más interesantes en esa labor fue el cambio de la tecnología para la impresión. Cuando comencé, en la Oficina de Publicaciones me entregaban lo que se llamaba la «galerada o galeras», pruebas de cómo iba a ser la composición de cada número de la revista. Mi misión era revisar de nuevo los materiales, para verificar que no se hubieran saltado nada —línea, palabra, párrafo, cuadro, mapa o gráfico—, las palabras estuvieran bien divididas y los títulos centrados, y no faltara ninguna imagen.
Armada de un lápiz corrector, de color azul, señalaba los errores y entregaba los materiales a la persona designada para el diseño de la revista en la Oficina de Publicaciones. Si el error era de una letra o una cifra, la parte errónea era recortada con un filoso cutter, en el huequito se pegaba la corrección, con cinta adhesiva, por la parte trasera de la hoja. Esto puede parecer risible, pero era muy eficiente. Me entregaban el material ya corregido, y, si todo estaba bien, daba el visto bueno para la impresión.
El gran cambio llegó cuando aparecieron las computadoras personales, y tanto los autores, los editores y los trabajadores de la Oficina de Publicaciones, tuvimos que aprender a utilizar la nueva tecnología. Este artilugio se inventó a principios de la década de 1981, pero tardó algunos años en llegar a las universidades de nuestro país. Todavía recuerdo el día en que una investigadora norteamericana, de visita en la Universidad de Costa Rica, en el Centro de Investigaciones Históricas nos mostró una gran novedad: su computadora portátil. A decir verdad, río sola cuando recuerdo la imagen de los investigadores reunidos viendo cómo funcionaba aquello; me trae a la memoria cómo, en Cien años de soledad, la gente se reunía para ver el hielo.
En el segundo lustro de la década de 1980, los investigadores comenzamos a cambiar nuestras máquinas de escribir por portátiles. Ya en la década siguiente el cambio se generalizó. Al principio, esto significó que algunos autores entregaban sus materiales escritos a máquina y otros ya digitalizados, respaldados en disquetes. Como las personas de la Oficina de Publicaciones también estaban aprendiendo, el trabajo para la editora se tornó mucho más complejo y pesado. Al principio tenía que revisar la revista tres o cuatro veces, porque siempre venían errores nuevos. Aun así, se fueron faltas. Una vez, después de grandes esfuerzos, yo pensaba que la Revista había salido sin errores. El colega Víctor Hugo Acuña abrió la revista y me dijo: «¿Qué te hace pensar que Universidad de Costa Rica se escribe con minúsculas?». Yo pensé, que bromeaba, pero no. En esa oportunidad aprendí que por más cuidadosa que fuera, la edición de un texto nunca resultaba perfecta. Como diría el poeta salvadoreño Roque Dalton, «las erratas tienen la ubicuidad de los hongos». Ahora, la revisión se facilita, gracias a los correctores automáticos.
Los números de la Revista de Historia que estuvieron a mi cargo como editora fueron del 14, correspondiente a julio-diciembre de 1986, al 47, del primer semestre del año 2003. Empecé con Mario Samper como director, después lo fue José Antonio Fernández, le siguió José Manuel Cerdas, y, finalmente, la dirección estuvo a cargo de Gertrud Peters. Con todos ellos y los demás miembros del Consejo Editorial mantuve siempre una excelente relación, porque compartíamos el interés de hacer de la Revista de Historia una publicación de reconocida calidad.
Además de los retos tecnológicos, a lo largo de esos años enfrentamos muchos otros desafíos. El mayor fue cumplir con la periodicidad anunciada para la publicación: un número semestral. Otro, no menor, fue mantener la calidad de los contenidos, e introducir nuevas secciones, para satisfacer las necesidades y el interés de nuestros autores y lectores, profesores y estudiantes de historia y de otras disciplinas de las ciencias sociales, en el país y en el extranjero. También acordamos introducir cambios en la tipografía, el diseño de portada, la publicación de imágenes, etc.
Los contenidos
No pretendo hacer una revisión historiográfica detallada, sino solo mostrar algunas tendencias, que resultan muy evidentes al ojear los números que me correspondió editar.
En la Sección América Latina, el país sobre el cual aparecen más artículos es Guatemala. Este es un claro indicio de que, a nivel centroamericano, la historia, como disciplina, estaba más desarrollada en Guatemala y Costa Rica. Rara vez, se analiza algún tema en el espacio regional; esto es más frecuente cuando los trabajos se refieren a la época colonial. Como Chiapas formaba parte de Centroamérica durante ese período, también se incluye ese espacio geográfico, hoy parte de México. Esporádicamente aparecen artículos de países sudamericanos: Chile, Argentina, Uruguay, Ecuador.
En la Sección Costa Rica, la mayor parte de los artículos tratan de historia económica y social. Sobresalen los temas concernientes a historia agraria, historia cafetalera, conflictos agrarios y resistencia indígena. Los estudios sobre temas migratorios y el mestizaje también muestran el interés particular de los historiadores y las historiadoras por ese campo. Los trabajos sobre historia política muestran una renovación de las perspectivas. También hay artículos sobre historia de las mentalidades e historia cultural, con temas como ritos mortuorios y consumo.
La Sección de Crítica Bibliográfica procuró publicar comentarios sobre los libros que iban saliendo. Esta y la de Balances y Perspectivas tenían como fin ayudar a los estudiosos de la historia a mantenerse actualizados en una disciplina que estaba en auge y en constante renovación. Entrevistas, se concibió como una sección destinada a conocer los aportes a la investigación histórica de algunas personas distinguidas. La primera entrevista apareció en el número 15. Fue a Héctor Pérez Brignoli, y el tema tratado fue «La cuantificación en Historia».
En Debates intentamos impulsar la discusión de temas controversiales, como por ejemplo la relación entre literatura historia y sociedad; texto realidad y análisis de discurso; también se debatió con motivo de efemérides importantes que se celebraron —como el Centenario de la Democracia Costarricense y el Descubrimiento de América 500 años después—.
La Sección Documental incluyó materiales de gran importancia para los estudiosos, como listas de tesis, recopilaciones bibliográficas, estadísticas parroquiales, etc. La Sección Conferencias inició en el año 2000.
Obviamente, el número de secciones que podía aparecer en cada número de la revista era limitado. Esto dependía de los materiales recibidos. Por ejemplo, el número 47, bien pudo haber sido un número especial, porque se publicó con base en las conferencias ofrecidas en una actividad organizada por la Escuela de Historia de la UNA en el año 2001, titulada «Encuentros por la Historia».
El recurso de publicar materiales de congresos, simposios y otras actividades académicas nos ayudaba a mantener la publicación al día. Por ejemplo, el número 30 publica trabajos expuestos en el Simposio «Modernización tecnológica, cambio social y crisis cafetalera», organizado por la Escuela de Historia de la UNA.
Epílogo
En el año 2003 dejé mi labor de editora de la Revista de Historia, y en 2005 me acogí a la jubilación, para poner todo mi esfuerzo en la política. Mis múltiples ocupaciones me impidieron dar el debido seguimiento a los acontecimientos académicos. Por este motivo, a partir de 2003 mi colección de la revista está incompleta. Tampoco me enteré, en su momento, el 2012, de la rescisión del convenio que había dado origen a la publicación conjunta de la Revista de Historia por parte de la UNA y de la UCR. Lamento esa decisión. Soy firme creyente en que la cooperación, y no la competencia, es lo que hace que un proyecto resulte más exitoso.
Hoy, a 50 años de su aparición, solo me resta desearle muchos años más a la Revista de Historia, aunque ahora sea la Escuela de Historia de la UNA, la que asume su publicación en solitario.
* Costarricense. Doctora en Historia por Universidad de París 1 Panthéon-Sorbonne, París, Francia. Catedrática jubilada por la Universidad de Costa Rica (UCR), campus Rodrigo Facio, San José, Costa Rica.
elifonsecacorrales@gmail.com1 Conferencia impartida con motivo del cincuentenario de la Revista de Historia, Sala de Ex Rectores, Biblioteca Joaquín García Monge, Universidad Nacional (UNA), campus Omar Dengo, Heredia, Costa Rica, 25 de septiembre de 2025.
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