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ISSN 1023-0890 / EISSN 2215-471X
Número 29 • Enero-junio 2022
Recibido: 15/07/21 • Corregido: 12/11/21 • Aceptado: 17/11/21
DOI: https://doi.org/10.15359/istmica.29.2
Licencia CC BY NC SA 4.0

Legados, herencias y rupturas en la literatura haitiana escrita por mujeres1

Legacies, inheritances and ruptures in Haitian literature written by women

Edith Aurora Rebolledo Garrido

Universidad Nacional Autónoma de México1

México

Resumen

En el presente trabajo se propone un análisis de una parte de la literatura haitiana escrita por mujeres. Este artículo se concentra particularmente en tres obras narrativas contemporáneas, que abordan la violencia de Estado durante el régimen duvalierista y sus efectos materiales y simbólicos en las familias haitianas dentro y fuera del país. Utilizando el concepto casa, entendido como el espacio material y simbólico de todas las relaciones de parentesco, se analizarán, de manera puntual, obras literarias de tres escritoras haitianas: Edwidge Danticat, Emmelie Prophète y Évelyne Trouillot. De igual manera, se hablará de cómo en estas obras literarias los progenitores transfieren a su descendencia tradiciones asimiladas por ellos mismos, y que han incorporado a sus vidas cotidianas.

Palabras clave: Literatura, Haití, régimen duvalierista, herencias, casa

Abstract

In this work, we propose an analysis of a fraction of Haitian literature written by women, which focuses particularly on three contemporary narrative works that address state violence during the Duvalierist regime and its material and symbolic effects on Haitian families inside and outside the country. Serving from the concept of “home”, understood as the material and symbolic space for all kinship relationships, literary works by three Haitian women writers, Edwidge Danticat, Emmelie Prophète and Évelyne Trouillot, will be analyzed. Likewise, we will look at how in these literary works parents transfer towards their offspring traditions assimilated by themselves, and which they have incorporated into their everyday lives.

Keywords: Literature, Haiti, Duvalierist regime, inheritance, home

En el presente trabajo se propone un análisis de una parte de la literatura haitiana escrita por mujeres. Este artículo se concentra particularmente en tres obras narrativas contemporáneas, que abordan la violencia de Estado durante el régimen duvalierista y sus efectos materiales y simbólicos en las familias haitianas dentro y fuera del país: El quebrantador2 (The Dew Breaker), antología de cuentos de Edwidge Danticat3, Le testament des solitudes4, novela de Emmelie Prophète5, y La memoria acorralada6 (La mémoire aux abois), novela de Évelyne Trouillot7.

Se analizará cómo en estas obras literarias los progenitores transfieren a su descendencia sus tradiciones que han incorporado a sus vidas cotidianas8. Además de las tradiciones y los rituales, se legan también las palabras (el lenguaje, más allá de un idioma), las acciones, las posturas, los movimientos del cuerpo y las emociones. Estas herencias logran trascender el tiempo y los espacios, pero también pueden sufrir cambios o rupturas. Para los hijos esto posibilita, como se verá a lo largo del presente texto, una suerte de reconciliación consigo mismos y con los otros (en este caso con la madre o el padre), así como también, en otros casos, procesos de negación y ruptura. Las obras literarias que se analizan aquí tratan los legados en las relaciones de parentesco (ya sea de las madres, ya sea de los padres hacia las hijas); no obstante, para los intereses de este artículo se enfatiza en las relaciones de madres e hijas porque éstas aparecen como uno de los temas eje en dichas obras.

Los legados de las madres hacia las hijas, fundamentados muchas veces en prácticas agresivas, se manifiestan como consecuencias de sociedades estructuralmente violentas, mismas que han sido reproducidas también por las propias mujeres al interior de los hogares y de generación en generación.

Asimismo, en los próximos apartados se analizará el concepto casa entendido como el espacio material y simbólico de todas las relaciones de parentesco, de la construcción de la memoria, un lugar que permite resguardar los pensamientos y, al mismo tiempo, posibilita las rupturas. Se analizarán las corporalidades desde el sentido de una herencia; es decir, aquellos rasgos, no solo físicos sino también emocionales, que los progenitores transmiten a su descendencia; y, finalmente, el lenguaje como un vehículo de los legados familiares y la continuidad de la memoria.

La casa: un rincón del mundo o contra el mundo

Una de las características que comparten estas obras literarias haitianas es que la mayor parte del tiempo las tramas se desarrollan dentro de espacios delimitados o cerrados como una casa, un departamento, un hospital; y es justo en estos lugares donde se gestan los conflictos de las relaciones familiares o de parentesco. Sin embargo, estos espacios no solo aparecen como parte de la escenografía o del entorno, sino que se convierten en un elemento crucial de las historias. Así, las casas u otros espacios íntimos y cerrados pueden ser lugares de la memoria o, por contraste, resguardos de las mentes y las corporalidades del pasado. Una de las diferencias más significativas que tienen estos sitios con los espacios abiertos, como calles o avenidas, es la continuidad y velocidad del tiempo; es decir, fuera de las casas (o de los lugares íntimos) el tiempo comúnmente transcurre de forma habitual dentro de la continuidad de los hechos históricos. En las casas el tiempo no se presenta de forma lineal y continua, más bien aparecen tiempos propios de la memoria donde presente y pasado se entrelazan y están en constante movimiento.

En este apartado se hablará del concepto, las referencias y las implicaciones de la casa (y otros espacios cerrados) en algunas de estas obras literarias. Cabe mencionar que en la literatura se evidencian con mayor claridad los diferentes sentidos que adquieren estos espacios. Históricamente, en la literatura escrita por mujeres ha preponderado la casa y los espacios privados como lugares de representación femenina9. Las funciones y representaciones múltiples de la casa se observan en las obras literarias haitianas que relatan cómo desde la casa se observa el devenir de la historia; cómo dentro de la casa se vive la historia; cómo en medio de la casa se hace la historia.

Cuando se propone un análisis de la casa y el espacio en sí (sobre todo en el campo literario) es menester citar La poética del espacio10 de Gaston Bachelard, porque se trata de uno de los estudios más minuciosos que se han llevado a cabo en cuanto a las implicaciones emocionales y físicas de las relaciones casa-ser humano. El autor menciona que la casa funciona, entre otras cosas, como una suerte de guarida o protección contra el mundo: “porque la casa es nuestro rincón del mundo. Es –se ha dicho con frecuencia- nuestro primer universo”11. En La poética del espacio, Bachelard hace un análisis en el que compara el alma humana con una morada, y menciona que al evocar a “las casas” o a “los cuartos” el ser humano aprende a “morar” en sí mismo.

Desde una lectura más centrada en la literatura, existen otros estudios como el propuesto por Ana Gallego en el texto “Imaginarios de la casa en la literatura latinoamericana contemporánea: Lugares de encuentro de la arquitectura y la literatura”12, donde se analiza la importancia no solo social, sino política y cultural de la casa. La autora, por una parte, en la misma línea de análisis de Bachelard, sostiene que la casa es el núcleo de la identidad e intimidad, y a su vez una extensión tangible de las corporalidades. Por otra parte, y aquí es donde los ejemplos de las obras analizadas se vuelven pertinentes, Gallego argumenta que la casa es un lugar de la infancia, la memoria personal y colectiva, y también un “[...] espacio [para] la problematización del aparato ideológico del capitalismo [es decir] una negación de la espacialización doméstica por géneros que impone la norma patriarcal”13. A partir de estas interpretaciones, en algunas obras literarias, sobre todo aquellas que se visibilizaron a mediados del siglo XX con los movimientos feministas, la casa fue también representada como un sitio de opresión, violencia y dominación hacia las mujeres. La reivindicación de la casa, por medio de la concesión de otros significados en la literatura, resulta necesaria porque se trata del primer lugar de pertenencia al mundo, de la formación de los recuerdos y, muchas veces, del desarrollo del lenguaje.

De acuerdo con Gallego, la casa en la literatura contiene y organiza relatos e incluso puede presentarse como un personaje autónomo: un “elemento narrativo protagónico, dinámico y proteico”14; en muchas publicaciones latinoamericanas de mitad del siglo XX es común encontrar a la casa en un papel protagónico. En las obras analizadas en este trabajo no existe como tal un tratamiento de la casa-personaje, pero sí hay una aproximación desde otros planos que igualmente ponen el foco en este espacio.

Además de sus distintas funciones y representaciones, el concepto casa todavía tiene otras acepciones. En “Análisis temático de la casa como imagen y símbolo literarios”15, José Hernández propone un análisis desde tres sentidos de la casa y sus correspondencias con los comportamientos humanos: 1.-Casa como familia, estirpe, clan; 2.- Casa como empresa, actividad laboral o equipo de trabajo; 3.- Casa como edificio para vivir, como habitación o vivienda. De acuerdo con esta clasificación, dos de estos sentidos (la casa como familia y la casa como edificio para vivir) resultan útiles para el análisis de las obras que aquí se analizan:

En la primera acepción -la casa como familia- sirve para definir cuál es la concepción fundamental del tiempo humano, de la vida como proceso temporal. Ya sabemos que, simplificando mucho, caben tres visiones vitales: hacia el pasado, hacia el presente y hacia el futuro.

El tercer significado -la casa como vivienda- es la imagen material de la concepción del espacio humano, de la geografía como ámbito humano, como marco, escena o decorado, como símbolo o emblema de la persona, de la familia, de la sociedad16.

Estos sentidos de la casa como familia y como vivienda se encuentran ligados con las relaciones y los recuerdos que se construyen en los espacios habitados, el apego con estos lugares y el significado que adquiere el permanecer en ellos. En El quebrantador, se relata cómo para Ka (cuyos padres jamás regresaron a Haití) la casa de su infancia en Estados Unidos se convierte en la única conexión con la casa y con el pasado de sus padres en su pueblo natal. La distribución de los espacios en esta nueva morada, los elementos constitutivos y decorativos, la ubicación geográfica (en un barrio haitiano) e incluso el idioma (créole) en el que se comunican dentro del hogar, hablan silenciosamente de aquello que los padres no han querido aún revelar a Ka.

Aunado a lo anterior y según la narración presentada, esta casa en el extranjero posee un sótano en el que se desarrollan otras tramas paralelas a la historia principal. La parte de debajo de la casa también es habitada por una familia de origen haitiano. Aunque ambas familias provienen de un mismo país, poseen distintas versiones de la historia; en cada piso de la casa, uno arriba del otro (el principal y el sótano) se llevan a cabo diferentes narrativas familiares de la historia haitiana. A partir de estas narrativas o versiones o recuerdos, las familias y los hogares se conforman y perduran.

Pero ¿qué otros espacios podrían llegar a percibirse como una casa, en el sentido de una familia o de un hogar? Porque al parecer el ser humano tiene la necesidad de pertenecer y permanecer en un sitio en el que por un momento las emociones, la mente y el cuerpo se sientan seguros. Para María Ángela, de la novela la Memoria acorralada, el hospital donde trabaja empieza a convertirse en un segundo hogar: “[...] todo espacio realmente habitado lleva como esencia la noción de casa”17. Llega un punto en el que María Ángela pasa mucho tiempo en la habitación de Odilia y comienza a percibir este espacio como su espacio íntimo.

Esa habitación de hospital, en ciertos momentos, permite a la protagonista sentir, rencontrarse con la memoria de su madre y repensar la vida en tanto se trata de un espacio que le recuerda su propia finitud. Pero también, en otros momentos (más cerca del final) esta misma habitación, como lo haría una casa, resguarda a María Ángela y la protege asimismo de su pasado. Para la protagonista en ese rincón del mundo solo existen ella, Odilia y la posibilidad de una reconciliación con su pasado:

[...] La habitación parece encogerse para aislarnos de cualquier intrusión exterior; alejando pasado y fantasmas, lamentos y reproches; para sólo dejar un envolvente olor a sal marina y la imagen provocativa de una cadena de pequeñas siluetas que bailan al sol18.

Por otra parte, no siempre el lugar que se habita puede sentirse como un resguardo contra el mundo. Cuando el padre de Ka (conocido como “el quebrantador”) vivía en Haití, dormía en un pequeño cuarto en el que sus pensamientos y remordimientos lo asechaban todo el tiempo. Incluso cualquier lugar, por más lejano que fuera, podría ser un mejor lugar que su propia habitación. La idea de asentarse en otros sitios, lejos de su país, lo motivaba a iniciar una nueva y desconocida vida; una vida completamente distinta y extraña para él porque la casa de su infancia tampoco había sido su refugio del mundo:

Constantemente pensaba en abandonar esta vida, mudarse a Florida o incluso a Nueva York, unirse a las nuevas comunidades haitianas que se habían formado allí para vigilar los movimientos que estaban alentando las invasiones de expatriados en las fronteras. Podría infiltrarse en las galerías de arte o en los cafés improvisados, donde se suponía que los intelectuales exiliados se reunían a beber café y ron y hablar de la revolución19.

Sin embargo, cuando el padre de Ka llega a Nueva York (y edifica su casa y construye un hogar al lado de Anne) las pesadillas continúan atormentándolo. Bachelard menciona que “[...] más allá de todos los valores positivos de protección, en la casa natal se establecen valores de sueño, últimos valores que permanecen cuando la casa ya no existe”20. Para el “quebrantador”, los valores que se constituyeron en su primer hogar y posteriormente en su habitación pequeña en Haití van a permanecer en su memoria por más lejos que se encuentre físicamente de aquellos espacios.

Por su parte, la protagonista de La memoria acorralada reflexiona sobre su deseo de edificar y reedificar espacios que le permitan sentirse en paz con sus propios pensamientos y recuerdos: una morada que justo sea su rincón del mundo y el refugio que la cobije. María Ángela anhela que su nuevo hogar sea distinto al que habitó junto con su madre cuando ambas llegaron de Quisqueya a París. Esta necesidad se entiende a partir de la idea de que las casas son contenedores de historias, de palabras y de recuerdos, pero también guardan cicatrices y perpetúan el dolor:

Actualmente, quisiera construirme espacios múltiples y generosos, íntimos y cómplices, donde sufrimientos y alegrías cohabiten, donde memorias y posibilidades encuentren su sitio. Quisiera no dormir por la noche, por el simple placer de tener vigilias sin pesadillas dentro de mis sueños; mantenerme despierta en espera del alba, por la inenarrable dicha del primer rayo de sol, precioso, único, en la connivencia con la maravillosa claridad que viene21.

Con la intención de dejar abierta una discusión y la posibilidad de otros análisis, en esta última parte se aborda el concepto de los no lugares trabajado por el antropólogo francés Marc Augé22. Se considera pertinente hacer referencia a este concepto porque gran parte de la trama de la novela Le testament des solitudes se desarrolla en un aeropuerto; y justamente de acuerdo con Augé, los aeropuertos entran dentro de la categoría de los no lugares que, en términos generales, se refieren a aquellos espacios que están despojados de toda expresión simbólica de identidad, de relaciones y, por ende, de historia. En estos sitios el ser humano permanece solo y en anonimato; no existe el intercambio de subjetividades porque los encuentros entre las personas suelen ser contingentes con cruces disimulados de miradas; hay una ausencia de las palabras y el lenguaje que fijan los encuentros en las memorias y en las corporalidades. Así, la protagonista de Le testament des solitudes siente su extranjería con mayor fuerza; se encuentra rodeada de gente desconocida con quienes no hay intercambio alguno; y ahí, en apariencia lo único que ella tiene en común con los otros es hallarse en un mismo espacio material. Pero ese anonimato le permite a ella escuchar sus propios pensamientos que le revelan el miedo de volver a la casa de su madre, un sitio que en la memoria no es ajeno a ella:

[...] Estoy sola en un aeropuerto extranjero, mis mangas sobresalen como manos suaves e indefensas, en medio de una multitud que se embarca. No quiero volver, tengo miedo de encontrar la mirada de mi madre en Puerto Príncipe. Vuelven a mí las lecciones de belleza que mi madre no aprendió23 (Traducción propia)24.

Se dice, entonces, que los no lugares no pueden contener ni asegurar la memoria y la identidad; sin embargo, a la protagonista de Le testament des solitudes, el alejamiento de un espacio conocido le permite contemplar internamente, desde otra perspectiva, su pasado. Paradójicamente, ella siente alivio al encontrarse en este no lugar, lejos de la casa de su madre, porque en ese (su primer hogar) sus recuerdos toman forman y resuenan más vivos a pesar del tiempo, como se puede leer:

[...] la vida es bella cuando la miras desde lejos, cuando la miras en otra parte desde la ventana de un aeropuerto. Me imagino que es aún mejor cuando no tienes muchos muertos en la cabeza y te despides al no saber qué hacer con ellos. La lluvia es hermosa aquí, tierna, regular25 (Traducción propia)26.

No obstante, la sensación de alivio y descanso en estos sitios es pasajera, de la misma manera que la estancia en ellos: un no lugar no puede habitarse, no se prolonga en el tiempo y desaparece simbólicamente una vez que la persona sale de ahí; se trata de una construcción hueca que no es capaz de retener lo material (personas) ni lo inmaterial (pensamientos). En estos espacios los seres humanos son ajenos por un tiempo a su propia identidad, a sus orígenes y a sus ocupaciones de vida; funcionan, en cierto sentido, a la inversa de una casa: si en la casa se acumula el tiempo, en el no lugar, quizá, el tiempo se fragmenta; y es justo esta misma separación la que permite a la protagonista de la novela ver la memoria con más claridad y empantanar sus recuerdos:

Estoy en una calle de Puerto Príncipe y busco algunos pedazos de usted, sus voces ahogadas en estos gritos inútiles. Me aterroriza no reconocer estos lugares que aún están habitados por las esperanzas de usted. Mi mente no se ha adaptado a esta nueva concesión de la ciudad; es como dejar de lado sus recuerdos, una pérdida de ciudadanía27. (Traducción propia)28

En esta última cita la protagonista ya está fuera de un no lugar y se encuentra en un espacio abierto: las calles de Puerto Príncipe, que son una suerte de limbo o, más bien, de puente hacia la casa de su infancia. En este punto se observa algo interesante: el país de origen de una persona asimismo funciona, aunque no se trate de una construcción tangible, como una casa que protege y resguarda las corporalidades, pero también que produce y reproduce el dolor y la memoria. Por ello, muchas veces la idea de partir del lugar de origen está ligada a los anhelos de un nuevo comienzo, una nueva vida que sea mejor que la que se tiene. En La memoria acorralada, en El quebrantador y en Le testament des solitudes, los protagonistas salen de su país orillados por las circunstancias, pero también por el deseo de una vida más apacible, o que por lo menos así parezca.

Las herencias como extensiones de la memoria

Cuando las herencias pesan y no pueden rechazarse, las protagonistas de las novelas analizadas tienen la necesidad de reconocerse distintas a sus madres; esto muchas veces implica que admitan que el dolor y los traumas emocionales de sus madres son más fuertes que los de ellas. Aunque no existe forma de medir este tipo de dolor, hay ciertas escalas sociales, incluso políticas, que determinan quién, por las circunstancias vividas, ha sufrido más que otro; y ellas (las hijas) ya en otros contextos reconocen que su dolor es fútil en comparación con el del de sus madres.

Pero no debe olvidarse que en estas historias el dolor aparece como algo acumulable. Las hijas llevan consigo no solo el dolor generado con sus propias vivencias, sino también el dolor que la madre acumuló y, a su vez, el dolor acumulado que la madre heredó de su propia madre. A María Ángela las angustias y los dolores de su madre la persiguen por donde ella vaya:

[...] Tú hiciste tanto con tan poco. Pero yo no soy tú, mamá. Aunque haya heredado tus sueños, a mi pesar. Todas tus historias de los años negros de Doreval me están llenando la cabeza; todos esos relatos volcados en los pliegues de las sábanas, entre la casa y la escuela, de la cocina al cuarto, de Port-du-Roi a las Antillas francesas, de la Martinica a la metrópoli29.

La madre de María Ángela en repetidas ocasiones contó a su hija los abusos físicos y emocionales que sufrió durante su infancia en Quisqueya. La hija, ahora una mujer adulta, conoce esta historia desde que era pequeña; escuchó este relato cada vez que la madre quería aleccionarla o recordarle que a pesar de las circunstancias y de su procedencia, ella podía ser una buena madre o al menos una. A María Ángela le incomodaba que su madre contara esto: ¿qué necesidad había de atormentar a una niña con historias que ella no vivió? En consecuencia, hay un constante reclamo que más adelante en la novela va a convertirse, sorpresivamente, en la base para la reconciliación con su madre y con sus múltiples historias contadas, como se puede leer:

[...] porque puntuaste mi infancia con tus lamentaciones, tu rabia y tu dolor. Todo lo que yo no viví, tuviste el cuidado de contármelo, de repetírmelo hasta que mi memoria lo incorporara. Solo me ocultaste las circunstancias de la muerte de mi padre, como para proteger mi infancia, mientras la contaminabas por otro lado para siempre, a mí, a tú única hija, superviviente de tu único amor trágicamente desaparecido, aquella por la que escogiste abandonar tu país, aquella con la que compartiste los menores resquicios de tu existencia hasta tu último aliento, aquella cuya vida se redujo a dar un sentido a la tuya30.

Sin embargo, con el paso de los años María Ángela se da cuenta de que los recuerdos de su madre en realidad sí le pertenecen: no hay manera de rechazarlos, al menos no completamente; además no es posible olvidar algo que por la constancia de la palabra ya se ha impregnado en la memoria. A la protagonista de La memoria acorralada, los acontecimientos que relata su madre le afectan en un nivel físico, mental y emocional. Ella hace manifiesto que le resulta difícil, aunque lo desee, aventurarse a tener una relación amorosa con alguien; le asusta también la idea de tener un hijo que viva con miedos como ella; el tono y las inflexiones de la voz de la madre (cuando cuenta las historias de sus familiares en Quisqueya) instigan a María Ángela a habitar de inmediato esos recuerdos:

No sé por qué me siento tan afectada por la muerte de ese tío que falleció hace tanto tiempo, antes de yo nacer, pero lo experimento como un dolor punzante y nostálgico; una canción escuchada por casualidad que nunca más se recupera. Quizás porque tu voz tomaba tan fuertes acentos de nostalgia, no me quedaba otra opción que bajar contigo a ese infierno, con toda la familia, en la mañana temprano, en las antecámaras del cuartel general y después en las cercanías de Fort Décember, para recuperar el cadáver tumefacto31.

Entonces, ¿qué maneras existen de incorporar las experiencias ajenas, pero aligerar sus pesos emocionales de forma que permitan a los hijos caminar sin agotar demasiado sus mentes y sus cuerpos? La protagonista de Le testament des solitudes sabe que los relatos de su madre la acompañarán aun cuando no recuerde todo o desconozca los pormenores: “Esta es una historia que me han contado docenas de veces, a la cual no le presté realmente atención pero que se guardó en mi ser, de manera torpe y agradable, como solamente puede ser una herencia materna”3233.

Para la creación de nuevas experiencias de vida, las experiencias de los padres no tendrían que ser necesariamente una carga. Si en verdad no hay forma de no llevar integradas las vivencias contadas de los padres (porque se arraigan a la piel, a los pensamientos y no es posible hacerlas desaparecer), puede que una probable solución sea transformarlas simbólicamente; aprender a reconstruir experiencias propias con aquellos cimientos que entregan los padres, pero con muros distintos que sostengan otras narrativas posibles.

Incluso el recomponer las experiencias que se heredan de los padres puede interrumpir la continuidad de innumerables resentimientos que ya ni siquiera son vigentes: porque los resentimientos y los pesares deberían tener sus espacios y tiempos definidos. En ocasiones cuando los padres, que aparecen en estas obras, hablan de sus iras y de sus abatimientos, es posible leer entre líneas una intención de liberar a sus propias hijas de estos lastres. Al hablar de sus vivencias y revivirlas a través del lenguaje, ellos no buscan agobiar a sus hijas (de hecho, en El quebrantador los padres de Ka le ocultan a ella cosas sustanciales con la voluntad de protegerla) sino de aliviarse a ellos mismos: las palabras cuando se enuncian para otros en voz alta pueden volverse ligeras. El riesgo: la palabra es virtuosa y torpe al mismo tiempo. Las hijas, por su parte, interpretan de otro modo esta acción de pronunciamiento, y esta confusión es la primera barrera para el entendimiento entre los padres y las hijas.

Otra de las características de estas obras literarias es que los relatos están escritos desde las perspectivas de mujeres adultas. Idealmente, en la adultez se está más preparado para enfrentarse o entender todo aquello que los padres necesiten o deban decir. Sin embargo, en estos relatos se evidencia que algunas veces las hijas no están listas o simplemente no desean conocer los detalles de las vidas de sus padres. Ka menciona: “[...] No estoy segura de querer saber más que lo poco que decidieron contarme a lo largo de estos años, pero es evidente que necesita decírmelo, que ha estado tratando de hacerlo desde hace mucho tiempo”34. ¿Por qué genera miedo saber la historia del otro (que en este caso es otro completamente cercano)? Quizá porque en el momento en el que se conocen los detalles que permanecían ocultos se adquiere una suerte de responsabilidad con los padres.

Lo cierto es que a veces la confesión de los padres hacia los hijos pareciera indispensable, como ya se mencionó, para descargar el propio peso de los hechos. Cuando el padre de Ka revela lo que en realidad él hizo en Haití (torturar y matar) intenta justificarse en su presente y da una explicación con la esperanza de que su hija no cambie por completo la concepción que tiene de él: “-Ka, no importa lo que pase, sigo siendo tu padre, el marido de tu madre. Nunca haría nada de eso ahora”35. Pero ella sabe que en esta declaración hay intersticios y que muchos detalles importantes quedarán en el silencio perpetuo: “Y para mí esta frase es una declaración tan significativa como su otra confesión. Fue mi primer indicio de que quizá mi padre estaba equivocado en el modo en que se había representado su vida anterior, que quizá su pasado albergaba más opciones que la de presa o cazador”36.

Ka no es solamente la hija del padre sino la posibilidad de otro futuro. El “Quebrantador” está convencido de que el nacimiento de su hija fue un empezar de nuevo, porque cuando nació su hija sintió que también él volvió a nacer, y tuvo la esperanza de que las cosas podían ser diferentes. Anne insiste a Ka que su padre es un hombre renovado desde que ellas llegaron a su vida: “[...] Tú y yo lo salvamos. Al conocerlo, eso lo hizo dejar de lastimar a las personas. Así es como lo veo. Él es como una semilla arrojada en la roca. Tú y yo, hacemos que eche raíces”37.

Más allá de un rechazo o un reclamo constante, la apropiación del pasado de los padres tiene aspectos más complejos. Cuando las historias de vida de los padres aparecen fragmentadas o incompletas, las hijas, en estas obras, buscan la forma de llenar los vacíos o de encontrar las piezas que completen los relatos. En este sentido, la apropiación por parte de los hijos del lugar de nacimiento de los padres se vuelve necesaria no solo en la búsqueda de una identidad propia sino de llenar los márgenes que rodean el pasado y los orígenes familiares. En “El libro de los muertos”, Ka cuenta que en repetidas ocasiones cuando le preguntan su lugar de nacimiento evoca el lugar de origen de sus padres para sentirse más cerca de ellos: “Nací y me crié en Flatbush Este, Brooklyn, y jamás he visitado el lugar donde nacieron mis padres. Pero contesto “Haití”, porque es algo que siempre he deseado tener en común con ellos38.

También, la disposición, la postura y las reacciones del cuerpo se heredan; puede que obedezca a una cuestión genética o a una cuestión de observación. Es común que los ademanes y las posturas del cuerpo formen parte de aquellas cosas que se enseñan, se heredan y se aprenden, aunque no se tenga una completa conciencia de ello. Se hereda incluso la forma de andar de los padres, las palabras utilizadas; en ocasiones se perciben estas herencias hasta que los hijos tienen sus propios hijos y se observan desde otras perspectivas. No obstante, las hijas de estas historias son capaces de ver aquellas similitudes físicas, psíquicas o gestuales que tienen con sus padres. Cuando Ka está preocupada porque no sabe dónde está su padre, siente un espasmo nervioso que ha observado también en su madre: “-¿Dónde estabas? –siento que me tiemblan los párpados, una reacción nerviosa que heredé de mi madre epiléptica”39. Los ataques epilépticos de Anne se desencadenaron después de que ella vivió un evento traumático en su infancia; ahora su hija hereda a través de la observación un fragmento de su enfermedad.

Las cicatrices que marcan el rostro del padre de Ka también son parte de ella; las cicatrices (o al menos la sensación de ellas), al igual que la memoria, poseen la capacidad de expandirse hasta el cuerpo de los hijos: “A cada paso que da, se frota la cicatriz al costado del rostro y por un extraño reflejo me rasco en el mismo lugar”40. Más allá de su propia voluntad, las hijas que aparecen en estas historias son un reflejo de los padres; la protagonista de Le testament des solitudes declara su incomodidad (que más tarde se convierte en miedo) ante el parecido físico que tiene con sus padres: “[...] Siempre había odiado mis imágenes en el espejo donde me parecía a uno u otro de mis padres. Sabía que era por miedo de asumir todas estas similitudes, esa terrible sensación de pesadez que se adhería a las cosas sin la necesidad de saber dónde encontrar la verdad”41 (Traducción propia)42.

Además de las marcas corporales, el lenguaje constituye una más de las herencias. Estas obras literarias se desarrollan en contextos de diáspora y migración. En estos contextos, los creoles se presentan como elementos identitarios que los progenitores buscan enseñar a sus hijas, no solo a través de las palabras, sino de los gestos y las modulaciones de la voz (los creoles son lenguas que precisan de una fuerza sonora como si cada palabra pronunciada buscara su continuidad en el tiempo).

En el cuento “El quebrantador”, el padre utiliza constantemente palabras en creole para empezar a contar historias a su hija; Ka sabe que con esta acción su padre busca que ella conozca y asimile su lengua natal, porque en esta se encuentran impregnados detalles significativos de su historia y la forma de ver y entender el mundo. Al aprender desde la infancia palabras simples en creole, las protagonistas viven, mediante el lenguaje, la historia de sus padres. Sin embargo, en estas obras se observa cómo la lengua natal puede llegar a convertirse en una carga porque la lengua también es dolorosa. María Ángela cuenta que sentía que traicionaba a su madre cuando suprimía de su lenguaje todas las expresiones y los matices en creole. Por un lado, ella aprende a amar y a respetar la lengua heredada; por el otro lado, la rechaza porque supone en primera instancia una barrera para comprender a su madre:

[...] Con frecuencia te defendías de esa invasión, te apegabas a tu creol que sobre todo no querías que yo olvidara. Como si un balbuceo torpe me fuera a devolver ese padre de quien nunca has querido hablarme, me restituyera una madre feliz, un país desollado. Canturreabas bajito en creol, como si estuvieses pidiendo perdón a un ser amado43.

No solo las reacciones corporales, los rasgos físicos y la lengua se heredan: también las angustias, los miedos, las inseguridades, incluso ciertos patrones de conducta. María Ángela, cuando escribe sobre los miedos y las angustias que la atormentan, reconoce que sus respuestas conductuales y emocionales son parecidas a las de su madre.

Es preciso romper con el hilo

En la obra de teatro Incendios44 del dramaturgo libanés Wajdi Mouawad, Nazira le dice a Nawal, su nieta, lo siguiente: “Nosotros, nuestra familia, las mujeres de nuestra familia estamos atrapadas en la ira desde hace mucho tiempo: yo estaba llena de ira contra mi madre y tu madre está llena de ira contra mí lo mismo que tú sientes ira contra tu madre. Tú también dejaras a tu hija la ira en herencia. Es preciso romper el hilo”45. Nazira le hace prometer a Nawal que no se parecerá a ella y a su madre, y que aprenderá a leer y a escribir para poder grabar su nombre sobre su lápida (aparece aquí la escritura como una de las formas de interrumpir la continuidad de las herencias y al mismo tiempo perpetuar la memoria). En su lecho de muerte Nazira pide a Nawal que salga de su pueblo natal y que lleve consigo su belleza y toda la felicidad posible: “Arráncate de aquí como nos arrancan del vientre de nuestra madre. Aprende a leer, a escribir a contar, a hablar: aprende a pensar, Nawal. Aprende”46. De igual manera, en las obras analizadas, el ejercicio de la escritura constituye una suerte de redención; las protagonistas de estas historias narran sus vidas a la manera de diarios personales o memorias: escribir para sanar, para romper con algunas herencias, pero proteger otras; porque las palabras se olvidan, los recuerdos se desvanecen, pero la escritura es el testamento de la memoria. Se trata, entonces, de un acto de catarsis que incluso María Ángela aprendió de su madre: “Me has dejado tus relatos y tus cuadernos cubiertos de anotaciones febriles donde aparecen inscritas fechas memorables, anécdotas y frases henchidas de bruma y de deseos de vivir”47. Probablemente no todos los padres de estas historias, y de las múltiples historias que se vivieron en cada familia haitiana durante la dictadura, tuvieron la oportunidad de escribir, para ellos mismos o para otros, sus experiencias, sentimientos y pensamientos. La escritura es pues una responsabilidad y un privilegio que solo unos cuantos pudieron o pueden tener.

Al final de estas narraciones se empiezan a vislumbrar las posibles maneras de soltar el peso innecesario del pasado, con el fin de asumir y trascender las herencias. En La memoria acorralada la protagonista hace manifiesta la reconciliación con su madre y su isla, y se pregunta de qué forma puede escribir su propia historia y al mismo tiempo llevar con ella el pasado aprendido: “[...] ¿cómo se rehace la historia? ¿cómo tomártelo a mal cuando sé lo que viviste? ¿cómo tomármelo a mal cuando se lo que viviste no compartir tu pasado y tu desesperanza?48

Las hijas entienden que en muchas ocasiones sus progenitores las criaron y las educaron como pudieron, con las herramientas y los afectos que tuvieron a su alcance, a pesar de sus propias familias y contextos sociales, políticos, culturales y económicos. No debe olvidarse que estas novelas se encuentran ambientadas en los tortuosos escenarios del régimen de los Duvalier en Haití. De esta forma, ellas empiezan a comprender que las oportunidades y el entorno de quienes las criaron fueron distintos a lo que ellas tienen y viven; las hijas aprenden a reconocer también las virtudes y fortalezas de sus progenitores. María Ángela dice a su madre: “Pese a tu larga estancia en los túneles del horror, me inculcaste un profundo respeto a la vida; esta actitud de reverencia que asumías con naturalidad frente a la sonrisa de un niño o a la cólera de las olas; ese movimiento de desconfianza atávica hacia la muerte”49. Por su parte en Le testament des solitudes la reconciliación con la madre y con su pueblo empieza a vislumbrarse cuando la protagonista logra ver la belleza íntegra de su madre; sabe que no puede cambiar el pasado en el pasado, pero sí puede transformarlo en el presente; y que, como escribe Mouawad, “es preciso romper con el hilo”:

Querida madre, tengo miedo de verte hoy. Me da vergüenza explicarte cosas que no pueden explicarse. Probablemente eso significa que no deberías mirarme ni entenderme. Querida madre de ojos extraños y tristes, yo hubiera sido tan hermosa si me hubiera parecido a ti. Realmente no me parezco a nadie. Ni siquiera a mí misma. Muy a menudo he cambiado de opinión y de creencias, a menudo he cambiado de hombro y de amor. Soy portadora de noticias. Tengo miedo. Renuncio a tu legado de trabajos sin paga, de soledades centenarias. Renuncio a tus miradas tistes, tus resignaciones, tus miedos50. (Traducción propia)51

En la novela El club de la buena estrella52, Amy Tan explora las relaciones entre madres e hijos y el significado de pertenecer a la primera generación de asiáticos americanos. Una de las protagonistas de esta novela, An-Mei, sufre una herida en el cuello y de esta manera logra ver y sentir su carne viva; en términos simbólicos esta imagen le permite también experimentar el dolor interior que heredó de su madre. Así, ella entiende que el dolor transmitido (deliberada o indeliberadamente) por su madre debe ser sanado, como se cura la piel de una herida con el paso del tiempo: olvidar el dolor constituye una forma de curar una herida y no dejar cicatrices en el alma. An-Mei declara: “He aquí cómo llegué a amar a mi madre, cómo vi en ella mi propia naturaleza verdadera, lo que había bajo mi piel, en el meollo de mis huesos [...] El dolor de la carne no es nada. Debes olvidarlo, porque a veces esa es la única manera de recordar lo que tienes en los huesos. Debes arrancarte la piel, y la de tu madre, y la de la suya, hasta que no quede nada, ni cicatriz ni piel ni carne”53.

En todas estas historias las mujeres asumen que es necesario romper primeramente con las sumisiones que se les imponen en dinámicas políticas, sociales y familiares; y que es posible reincorporar el pasado y el dolor de los padres de formas más provechosas, más allá de insistentes lamentos y reclamaciones. Reconciliarse con el origen parece ser un acto de responsabilidad y amor.

Bibliografía

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Tan, Amy. El club de la buena estrella. Barcelona: Editorial Planeta, 2014.

Trouillot, Évelyne. La memoria acorralada. La Habana: Casa de las Américas. Traducción del francés: Lourdes Arencibia Rodríguez, 2011.


1 Este artículo forma parte del corpus de mi tesis (en construcción) para obtener el grado de doctora en Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional Autónoma de México.

2 Edwidge Danticat, El quebrantador (Colombia: Grupo Editorial Norma, 2005).

3 En El quebrantador, Danticat presenta relatos interrelacionados que ocurren entre el Haití de los años ´60 y el actual Nueva York, y que tienen como protagonista a uno de los torturadores del régimen de Duvalier. En esta obra se exploran los complejos vínculos del torturador con distintos personajes, entre los que destacan su esposa y su hija.

4 Emmelie Prophète, Le testament des solitudes (Montreal: Mémoire d’encrier, 2007).

5 En 2007, Prophète publicó su primera novela Le testament des solitudes una historia de tres generaciones de mujeres: la abuela, la madre y la hija. Esta novela aborda el deseo de romper las ataduras heredadas de generación en generación, la renuncia al legado de las tareas de servidumbre, las soledades que se repiten, las miradas tristes y los miedos impuestos a las mujeres.

6 Évelyne Trouillot, La memoria acorralada (La Habana: Casa de las Américas, 2011).

7 En 2010 Trouillot publicó la novela La memoria acorralada, en la que retrata los años de dictadura en una isla del Caribe a partir de las memorias opuestas de dos mujeres que vivieron esta época desde distintos emplazamientos; por un lado, una enferma cuya madre vivió y fue víctima de este régimen autoritario y, por el otro lado, la esposa moribunda del dictador (personaje que hace un paralelismo con Simone Ovide Duvalier esposa de François Duvalier).

8 Dichas tradiciones van desde aspectos religiosos y culturales que no siempre se encuentran cargadas de aspectos negativos o violentos, y más bien se configuran como parte de las herencias culturales y ancestrales. Quizá lo que debería llamar la atención aquí es el hecho de que algunas de estas tradiciones aparecieron en contextos de opresión y violencia hacia las mujeres. Justo en ello se puntualizará a lo largo de este artículo.

9 Tradicionalmente las mujeres estaban determinadas a vivir y a hacer habitable el espacio doméstico, sin oportunidades de salir de él. Su incorporación al espacio público, con contadas excepciones, históricamente es tardío respecto de los hombres.

10 Gaston Bachelard, La poética del espacio (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2000).

11 Bachelard, La poética del espacio, 28.

12 Ana Gallego, “Imaginarios de la casa en la literatura latinoamericana contemporánea: Lugares de encuentro de la arquitectura y la literatura”, en Casas de citas. Lugares de encuentro de la arquitectura y la literatura, editado por José Joaquín Parra Bañón (Venecia: Edizioni Ca’ Foscari, 2018), 101-117.

13 Gallego, “Imaginarios de la casa…”, 107.

14 Gallego, “Imaginarios de la casa…”, 108.

15 José Hernández, <<Análisis temático de la casa como imagen y símbolo literarios>>, Draco: revista de literatura española núm. 2 (1990):123-132.

16 Hernández, <<Análisis temático de la…>>, 125

17 Bachelard, La poética del espacio, 28.

18 Trouillot, La memoria acorralada, 147.

19 Danticat, El quebrantador, 204-205.

20 Bachelard, La poética del espacio, 37.

21 Trouillot, La memoria acorralada, 139.

22 Marc Augé, Los no lugares: espacios del anonimato (Madrid: Editorial Gedisa, 1993).

23 Prophète, Le testament des solitudes, 41.

24 « ...] Je suis seule dans un aéroport étranger, j’ai les manches qui dépassent comme des mains molles, impuissantes, dans une demi-foule qui embarque. Je ne veux pas rentrer, j’ai peur de retrouver le regard de ma mère à Port-au-Prince. Me reviennent vos leçons de beauté que ma mère n’a pas apprises ».

25 Prophète, Le testament des solitudes, 40.

26 « [...] la vie est belle quand on la regarde de loin, quand on la regarde de la fenêtre d’un aéroport d’ailleurs. J’imagine que c’est encore mieux quand on n’a pas plusieurs morts dans la tête et des adieux à n’en plus savoir qu’en faire. La pluie est belle ici, tendre, régulière ».

27 Prophète, Le testament des solitudes, 26.

28 « Je suis dans une rue de Port-au-Prince et je cherche quelques morceaux de vous, vos voix, noyées dans ces cris inutiles. Je suis terrifiée de ne plus reconnaître ces lieux pourtant encore habités par vos espoirs. Mon esprit ne s’est pas adapté à cette nouvelle concession de la ville, c’est comme une mise à l’écart de vos souvenirs, une perte de citoyenneté ».

29 Trouillot, La memoria acorralada, 12.

30 Trouillot, La memoria acorralada, 16.

31 Trouillot, La memoria acorralada, 35.

32 Prophète, Le testament des solitudes, 6.

33 « C’est une histoire que l’on m’a racontée des dizaines de fois, à laquelle je croyais ne pas vraiment prêter attention, alors qu’elle se déposait dans mon esprit, lourde et douce, comme le peut être seulement un héritage maternel ».

34 Danticat, El quebrantador, 27.

35 Danticat, El quebrantador, 30.

36 Danticat, El quebrantador, 30.

37 Danticat, El quebrantador, 31.

38 Danticat, El quebrantador, 11.

39 Danticat, El quebrantador, 20

40 Danticat, El quebrantador, 37.

41 Prophète, Le testament des solitudes, 98.

42 « [...] J’avais toujours détesté mes images dans le miroir où je ressemblais à l’un ou l’autre de mes parents. Je savais que c’est par peur d’assumer toutes ces approximations, ce terrible sentiment de pesanteur qui collait aux choses sans même que l’on ait besoin de savoir où se trouve la vérité ».

43 Trouillot, La memoria acorralada, 23.

44 Wajdi Mouawad, Incendios (Montreal: KRK Ediciones, 2009).

45 Mouawad, Incendios, 83.

46 Mouawad, Incendios, 83.

47 Trouillot, La memoria acorralada, 27.

48 Trouillot, La memoria acorralada, 108.

49 Trouillot, La memoria acorralada, 145.

50 Prophète, Le testament des solitudes, 41.

51 « Chère mère, j’ai peur de vous voir aujourd’hui. J’ai honte de vous expliquer des choses que ne s’expliquent pas. Cela veut sans doute dire qu’il ne faut pas me regarder ni me comprendre. Chère mère aux yeux étranges et tristes, j’aurais été si belle si je vous avais ressemblé. Je ne ressemble à personne au fond. Même pas à moi-même. J’ai trop souvent changé de peau et de convictions trop souvent changé d’épaule et d’amour. Je suis une porteuse de nouvelles. J’ai peur. Je refuse votre héritage de corvées, de servitudes, de solitudes séculaires. Je refuse vos regards tristes, vos résignations, vos peurs ».

52 Amy Tan, El club de la buena estrella (Barcelona: Editorial Planeta, 2014).

53 Tan, El club de la buena estrella, 37-38.

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