|
|
|
|
|
|
Resumen
La poesía de Magdalena Camargo Lemieszek es una de las más importantes de la región actualmente. Dueña de una poesía donde los paisajes oníricos convergen con la sonoridad de un verbo insoslayablemente poderoso, lleva al lector a diversas esferas de la memoria, ahí donde el ser humano presenta su vulnerabilidad, su estado primigenio, y le devuelve quizás esa dignidad perdida en la infancia, tópico que se presenta en su obra, pero con giros hacia su estado presente, hacia una pregunta incómoda sobre el ser, sus virtudes y sus momentos trágicos. Es para resumirlo de una manera, una obra que no es complaciente y no deja indiferente a nadie.
Palabras clave: Magdalena Camargo Lemieszek - poesía panameña – literatura de Panamá- literatura femenina – literatura centroamericana
Abstract
The poetry of Magdalena Camargo Lemieszek is one of the most important in the region today. Owner of a poetry where dreamscapes converge with the sound of an unavoidably powerful verb, she takes the reader to various spheres of memory, where the human being presents his vulnerability, his primal state, and perhaps returns that dignity lost in the childhood, a topic that is presented in his work, but with twists towards its present state, towards an uncomfortable question about the being, its virtues and its tragic moments. To sum it up in one way, it is a work that is not complacent and leaves no one indifferent.
Keywords: Magdalena Camargo Lemieszek- Panamanian poetry – Panamanian literature – women’s literature – Central American literatura
Padre, aquí están mis manos.
Yacen sobre la hierba, inertes,
como si no hubiesen conocido movimiento.
Como si nunca hubiesen estado unidas a mi cuerpo,
nacido conmigo, sostenido una piedra
y aplastado, con esa misma piedra, los caracoles del jardín,
o dibujado figuras en la nieve
cuando mi boca no había conocido todavía las palabras.
Ya no las reconozco.
Podría decir, incluso, que nunca fueron mías.
Ahora se hace tarde.
El sol se oculta del lado opuesto al acostumbrado,
no busca la montaña.
Se dirige lentamente al bosque,
dejándose caer sobre las ramas,
y la tierra tiembla
porque las raíces se agitan con violencia,
presintiendo la música del incendio,
la imagen del bosque encendido como una hoguera que brilla para nadie,
y el fuego danzando como el oficiante de un rito
cuya cadencia alguna vez conocimos,
pero ya hemos olvidado.
Y sin que una sola hoja arda
el sol se hunde hasta posarse en la tierra,
como si el fuego hubiese perdido toda consistencia,
y como una fruta que dividimos con las manos
el sol se abre
y la luz es un licor viscoso
y desde la semilla surge la silueta de un hombre
sin rostro y sin sombra.
Solo un contorno oscuro que deambula para recobrar lo que ha perdido.
Y sé, así como la criatura que intuye el aliento de la fiera oculto tras la fronda,
que soy la presa y el tesoro.
Y vendrá aquella silueta y se detendrá frente a mí
y me tenderá su mano para llevarme consigo.
Y yo devolveré el gesto, olvidando por completo el peso del acero,
las amapolas que brillan a mi lado,
y que me pertenecen esas manos que yacen,
inertes,
en la hierba.
(págs. 9-10)
CONVERSACIÓN CON DAMA QUE RECOGE SETAS EN EL BOSQUE
En mi país la tristeza es un pájaro negro que uno se bebe.
Se le mira primero en el vaso,
un círculo de líquido oscuro e inmóvil,
es un impulso lejano el que mueve tu mano,
casi un hilo que puedes distinguir brillando en el aire.
El cristal se te antoja frío al rozarte los labios,
como un dedo húmedo que con su gesto llama al silencio.
Ya en el paladar sientes el líquido más espeso,
y pesa tanto que crees, por un momento, perder el equilibrio,
inclinas la cabeza hacia atrás
y el cielo está ahí, incontenible, más abisal que nunca.
No es un trago amargo, como algunos dicen,
es una miel salobre que recuerda al oleaje del mar
que danza siempre llamando a las tormentas.
Ya en la garganta adivinas que va tomando su forma
y para cuando llega al pecho es una avecilla negra
y su fino plumaje tienen ese resplandor siniestro
de la luz que florece sobre las navajas.
El pájaro se posará sobre un ligamento o una vena
y ejecutará, como un doloroso bautizo,
un canto breve que no llegarás a oír
porque se dejará caer como un guijarro en la corriente.
Desde entonces algunas noches soñarás
con una torre blanca junto a la costa
y el océano será blanco también
porque la luna alargó su mano para tocarlo.
Soñarás con máscaras terribles
que te hablarán en otra lengua
que te resultará desconocida pero al mismo tiempo tan propia
como si tú la hubieses inventado.
Y sabrás lo que te dicen.
Y harás lo que te ordenan.
Aquella música irá poblando tu pecho,
construyendo una majestuosa ciudad,
mineral y umbría.
Andarás más lento y observarás el musgo que crece sobre las ramas con cierta nostalgia
y al ver los faros creerás que alguien te está llamando
y te afligirá no saber quién,
por qué, a dónde.
La gente dirá, con cierto desdén, que has enfermado,
se alejarán uno a uno, como los animales que se esconden,
buscando cobijo en el invierno
y no reconocen la belleza en la nieve
ni en los árboles desnudos
que parecieran haber invertido sus raíces,
ansiosos de crecer desde la tierra del mismo modo que del aire.
Dirán también que te miras distinto
y ciertamente al buscarte en el espejo
sentirás que al otro lado hay una sombra,
y que no puedes distinguir los rasgos de su rostro.
Para entonces la ciudad tendrá también sus habitantes.
Ellos se alimentarán de ti,
darán de comer a sus hijos la médula
que sostiene la columna de tus vértebras,
una sustancia vertical que a su vez engordará su hambre.
Te conocerán, mejor de lo que te conoce nadie.
Conversarás con ellos algunas noches
sobre el ritmo en el que los campos de amapola se recuestan con la brisa,
y aquel ciervo que miraste en el sendero
y viste alejarse lentamente hacia la espesura
llevándose algo de ti dentro de sus ojos,
y aquel campanario desde donde veías volar a las palomas,
como un último manojo de promesas.
Vendrá el momento en el que el canto del pájaro se hará liviano
y por primera vez llegará a tus oídos.
El peso de la ciudad con sus murallas te resultará ominoso
y decidirás que has tenido suficiente.
Escogerás en el calendario un día propicio,
que tenga oculto algún significado.
Pasarás los siguientes años fabricando con esmero
una nave digna, infalible, capaz de sortear tiempos menos favorables.
Y te acostarás a dormir, cada noche,
esperando la llegada
de ese día.
(págs. 12-15)
HISTORIA DEL MARINERO VARADO EN LA MONTAÑA
Una tormenta tomó la barca con las manos
y la arrojó a un monte tan alto y tan lejos de las aguas
que diez vidas hubiese tomado al marinero
siquiera adivinar la línea de la costa con sus ojos.
Inconsolable, el hombre se hizo una casa con los restos de su bote,
un lecho digno con las velas rasgadas,
guardó el mástil para su pila funeraria,
olvidó su fecha y lugar de nacimiento,
cambió de nombre
y enterró bajo la casa cado uno de sus mapas.
El marinero decía que la tierra
no era más que un reflejo imperfecto de los mares,
un caballo de oropel,
fruto del aburrimiento de dios,
quien, serpenteando sobre el piélago adamantino,
hundió su brazo de fuego entre corales
y arrancó, como una rama,
una blanca costilla del océano,
la lanzó sobre el perfil del horizonte
y de su peso surgieron llanos y montañas,
el sinuoso contorno de los continentes,
y el racimo apretado y negro de los valles.
Tanto añoraba la tierra el día de su origen,
que se agrietó con el torrente impetuoso de los ríos
y abrió su propia carne con los lagos.
Y la tierra dio luz al viento,
moldeado como una alegoría al mar y sus corrientes,
moneda de dulzura
y tempestad.
Por eso la hierba de los campos es el margen de los vientos,
y el polvo es una arena demasiado liviana
y el ramaje de los bosques, una anémona enferma,
y las piedras que caen por los desfiladeros,
caracoles que cantan el oleaje de las sombras.
(págs. 16-17)
Instituto de Estudios Latinoamericanos (IDELA),
Universidad Nacional, Campus Omar Dengo
Apartado postal: 86-3000. Heredia, Costa Rica
Teléfono: (506) 2562-4242
Correo electrónico istmica@una.cr