Revista Letras N.° 78
Julio-Diciembre 2025
ISSN 1409-424X; EISSN 2215-4094
Doi: https://dx.doi.org/10.15359/rl.2-78.1
URL: www.revistas.una.ac.cr/index.php/letras

portada

El canon literario desde la clave
de la violencia
1

(The Literary Canon Through the Lens
of Violence)

Gabriel Baltodano Román2

Universidad Nacional, Heredia, Costa Rica

Resumen

Se analizan los procesos de formación del campo y el canon literario centroamericano, a partir de la crítica literaria centrada en el estudio de la violencia. Mediante la revisión de ciertas formaciones críticas, en el periodo comprendido entre 1980 y la actualidad, se explican algunos procedimientos de evaluación del quehacer intelectual y estético de los escritores regionales, de sus vínculos con la vida social de los países centroamericanos y del valor atribuido a sus obras en las tradiciones nacionales, en el constructo de unas letras regionales y unos discursos particularmente relevantes.

Abstract

This article analyzes the development processes of the Central American literary field and canon, based on literary criticism focusing on the study of violence. By reviewing certain critical forms, between 1980 and now, an explanation is provided for some of the main mechanisms used to evaluate the intellectual and aesthetic work of regional writers, their links with the social life of Central American countries and the value attributed to their works within national traditions and in the construct of regional letters and particularly relevant speeches.

Palabras clave: crítica literaria, historia de la crítica, literatura y violencia, literatura centroamericana contemporánea

Keywords: literary criticism, history of criticism, literature and violence, contemporary Central American literature


La violencia ha sido siempre importante en nuestra literatura, tal como lo ha sido en nuestra historia; pero hasta el naturalismo, las manifestaciones de este problema, aunque sintomáticas y frecuentes, no fueron el resultado de su predominio en una determinada sensibilidad generacional.

Ariel Dorfman

Introducción

El ensayo Imaginación y violencia en América (1970), de Ariel Dorfman es un hito de la crítica literaria contemporánea. la influencia de esta obra fue determinante en el desarrollo de los estudios regionales durante el último cuarto del siglo xx. En primer término, porque este ambicioso trabajo dio cuerpo a una vieja presunción extendida entre los historiadores de la literatura —según tal, la violencia constituye el problema fundamental de las letras hispanoamericanas modernas y actuales—; en segundo lugar, porque estableció los criterios para periodizar las sucesivas fases en las que la imaginación literaria habría abordado la temática de la violencia y; en tercer lugar, porque sustituyó la perspectiva disciplinaria por aproximaciones que se apoyaban en los nuevos conocimientos y métodos de la historia y la sociología.

A cincuenta años de su publicación, todavía permanecen presentes en los debates intelectuales y en los trabajos académicos determinados argumentos de fondo acerca de las correspondencias directas que supuestamente existen entre el problema de la violencia, las cuestiones de la identidad, la cultura política regional y los desarrollos de la literatura moderna y contemporánea. Aunque la idea básica era, por mucho, anterior a este ensayo, Dorfman dio amplios sustentos a su interpretación de la novela hispanoamericana como expresión sui géneris de los conflictos sociales. Es conocida la diferencia que él estableció entre dos momentos de la novelística regional. En su criterio, el primer periodo, comprendido entre el final del siglo xix y la década de 1940, se caracterizó por documentar la violencia detrás de la historia continental, el telurismo y la explotación a manos del pueblo a manos de la oligarquía y el imperialismo. En la fase subsiguiente, entre 1950 y 1970, la enajenación producida por un entorno opresivo y la subjetividad misma de las víctimas habrían sido las preocupaciones más relevantes de los escritores hispanoamericanos.

Según Dorfman3, en este segundo periodo, «los narradores bucean en las conciencias arrinconadas por la violencia, viendo los dilemas desde adentro, encerrando al lector en esa ficción». Este principio le permitió explicar la distancia que separaba a la literatura finisecular y moderna, fundada en la denuncia de la miseria y el análisis de sus causas, de la novela contemporánea, centrada más bien en el examen de las consecuencias personales y colectivas de la violencia ejercida sistemáticamente sobre los individuos. Es evidente que dio por sentada la omnipresencia de la injusticia en la vida cotidiana de la región. Antes, incluso, del establecimiento de las dictaduras militares, estuvo plenamente consciente de las tensiones anunciadas por el autoritarismo y por las reacciones subversivas. En su libro, la subjetividad de la violencia está determinada no solo por la opresión, sino también por la búsqueda de identidades alternativas y utopías políticas.

Sería inadecuado afirmar que este estudio clásico descansa sobre una concepción meramente esencialista de la violencia en Hispanoamérica. En realidad, su enfoque trasciende las cortapisas del enfoque tradicional. Es más preciso sostener que este trabajo muestra el cruce de caminos de su época, el paso entre las teorías filosóficas y culturales de la ontología identitaria de la violencia regional y las tempranas reflexiones acerca del lugar del sujeto heterónomo en unas sociedades históricamente caracterizadas como autoritarias. En nuestro criterio, el escrito de Dorfman da cuenta, desde el momento mismo de su aparición, de los cambios a lo interno de la teoría de la violencia y de las complejas articulaciones entre la crítica y el canon literarios y la emergencia de nuevos paradigmas de intelección de la violencia.

En la media centuria tras su publicación, se han sucedido distintas concepciones del fenómeno de la violencia y los estudios literarios latinoamericanos se han transformado en torno a su principal piedra de toque, al mismo tiempo que cambiaban la realidad social y política, la literatura y los modelos hermenéuticos dominantes. Con la aparición del libro de Dorfman, la violencia se convirtió, sin duda, en la principal clave interpretativa de las literaturas regionales, ora a partir de las explicaciones centradas en el expolio, la dominación y la criminalidad, ora a partir del recuento de las atrocidades de la dictadura, los conflictos armados, el narcotráfico y otros numerosos hechos traumáticos. A todas luces, su exégesis de la trayectoria de las letras hispanoamericanas incidió en la estimación dada a las obras y los autores hispanoamericanos; en suma, en la conformación misma del canon literario.

Desde luego, tales procesos se han desarrollado conforme a diversas ascendientes. Dados los límites de extensión de este artículo, no nos referiremos a cada una de ellas ni a su estricta cronología; únicamente, nos ocuparemos de aquellos casos que resultan particularmente significativos para nuestra argumentación. En la década de 1990, por ejemplo, la influencia del feminismo posmodernista, los intensos debates en torno a la restitución de la memoria en sociedades que padecieron de represión política, los dilemas y los conflictos irresolutos de la transición democrática, las controversias acerca del impacto social de las políticas neoliberales y la globalización, las nuevas brechas sociales y el auge de la criminalidad ligada al mercado de las drogas ilegales alentaron nuevas tendencias en el campo de los estudios sobre la violencia y sus relaciones con la literatura. Monografías como La violencia del discurso. El Estado autoritario y la novela política argentina (1992), de Kathleen Newman prosiguieron el relevo de las visiones teóricas de la violencia, entendida ahora como un fenómeno de índole más bien simbólica.

Evidentemente, la renovación de perspectivas no ha cesado en los últimos decenios. Antes bien, el panorama se ha tornado cada vez más amplio y complejo, pues no solo se han sobrepuesto orientaciones diversas e, incluso, contradictorias, sino que estas aproximaciones se han compaginado con problemas inherentes al campo intelectual hispanoamericano. Así, las cuestiones relativas al compromiso social y el posicionamiento ético y político de los intelectuales, un criterio de evaluación de la relevancia de los textos literarios, se han posicionado en el debate en torno a la violencia. Propósitos abstractos como denunciar los excesos, poner en evidencia los mecanismos de exclusión, hacer que las capas cultas sean conscientes de la gravedad de la violencia y sensibilizar a los lectores acerca de los efectos de la crueldad fueron asimilados, primero, a actitudes críticas ante el sistema; y más tarde, se han convertido en enseña de los movimientos culturales que claman por mayor justicia social e igualdad.

El compromiso de la crítica se adosa al compromiso del escritor; no es casual que la crítica de la violencia haya descansado, con frecuencia, en una hermenéutica de la intencionalidad. Los discursos interpretativos sobre discursos artístico-literarios forman un cuerpo del saber en permanente construcción, revisión y modificaciones. En ese cuerpo del saber subyacen, a su vez, expectativas político-sociales, proyectos estético-ideológicos, divergencias y convergencias con otros universos de la acción social: el poder político, las ideologías en el plano de las formaciones sociales, los afectos y los procesos de ruptura, afirmación y revisión de patrones culturales, incluidos los cánones estético-literarios. En el periodo contemporáneo, la formación del canon literario centroamericano ha tenido a los estudios sobre violencia como clave primordial.

En este sentido, este artículo resume determinados hallazgos del proyecto de investigación titulado Hacia una historia de las ideas estético-literarias en Costa Rica y Centroamérica. Esta iniciativa, auspiciada por la Universidad Nacional (Costa Rica) y adscrita al Programa de Estudios en Literaturas Regionales (Preslitere), aspira a conformar un espacio de conocimiento, fiable, sistematizado y analítico, en torno al desarrollo de la crítica literaria contemporánea. El estudio de la crítica literaria que utiliza a la violencia como clave interpretativa nos ha permitido profundizar en el mejor entendimiento de los procesos de construcción del canon literario en el periodo comprendido entre 1980 y la actualidad.

Tres interpretaciones de la violencia

A partir del examen de los contactos entre las teorías de la violencia y los estudios literarios, Chihaia4 distingue tres paradigmas que han determinado el quehacer de la crítica en el periodo contemporáneo. En primer lugar, habría que considerar la larga tradición del discurso letrado y filosófico cerca de la ontología de la violencia latinoamericana; si bien esta corriente explicativa tuvo raíces en el pensamiento decimonónico y republicano y en las tesis del telurismo de las décadas de 1920 y 1930, experimentó un auge a mediados del siglo xx como resultado de los debates en torno a la identidad regional. En segundo término, se debe reparar en la influencia de las teorías postestructurales acerca de la heteronomía y la anomia, pues en la década de 1970 se trabaron los primeros contactos de la crítica regional con el modelo foucaultiano de violencia programada. El tercer esquema general inició su desarrollo por esos mismos años e implicó un giro en el concepto de violencia, pues mediante la visibilización de las estructuras que dan sustento a la brutalidad contra diferentes grupos humanos, se expusieron los mecanismos detrás de la exclusión social y la violencia simbólica descrita por Bourdieu.

Antes de explicar los principales alcances de estos paradigmas y, en apartados ulteriores, sus articulaciones con el trabajo realizado por la crítica literaria centroamericanista y su incidencia en la formación del canon, cuando no del mismísimo campo literario centroamericano, es importante recordar que dichas interpretaciones han coexistido durante la época contemporánea y con frecuencia convergen en el trabajo de los especialistas. En el fondo, desde diferentes ángulos, han dado sustento a la proposición general de que la violencia ha sido la gran fuerza modeladora de la producción literaria moderna y contemporánea y, en consecuencia, de que el modo de abordar este flagelo por parte de los autores constituye el mejor criterio para evaluar la representatividad y la relevancia de los discursos estético-literarios producidos en la región.

En los últimos veinte años, la reflexión metateórica ha cobrado importancia, toda vez que pone de manifiesto los fundamentos detrás de los discursos que han dado forma a esa particular manera de entender la tradición literaria del istmo, la realidad misma del istmo. Aunque este artículo se centra en el caso centroamericano, muchas de las tendencias descritas son comunes a las literaturas hispanoamericanas y latinoamericanas. Puede que también lo sea el espíritu de reivindicación de unas culturas cuya percepción, tanto externa como hegemónica, ha sido reducida, in extremis, a la esfera de las pasiones terribles y sanguinarias del furor.

En este punto de la exposición, tampoco huelgan algunas aclaraciones elementales acerca del impacto de los discursos críticos producidos en la metrópolis y las reacciones que estos suscitan a lo interno de nuestros medios culturales, ora mediante la reproducción conveniente, ora mediante la apropiación con fines específicos, ora mediante la controversia. El establecimiento de criterios de evaluación de los discursos literarios ha obedecido, desde luego, a dinámicas tanto endógenas como exógenas, a complejas interacciones entre los estereotipos del otro, las demandas del mercado del libro, los hábitos de los consumidores, la diplomacia cultural y las agendas, las fuentes y las sedes de la investigación académica sobre los hechos considerados como representativos de lo centroamericano.

En virtud de la índole de este trabajo, solo nos referiremos a determinados hitos del debate internacional acerca de la violencia, sin que ello suponga una minusvaloración de las ricas aportaciones de la teoría cultural latinoamericana ni obvie los fértiles intercambios entre el pensamiento latinoamericano y el conocimiento generado por la academia europea y estadounidense. Conviene recordar que una parte considerable de la crítica centroamericanista se desarrolló fuera del ámbito geográfico, universitario y cultural del istmo, motivo por el cual, participa de tendencias surgidas en las metrópolis. Por lo demás, dada la amplitud del tema, el tratamiento de la avenencia y la divergencia entre modelos explicativos escapa a las posibilidades y límites de nuestro artículo.

La violencia esencial y privativa de América Latina

En el umbral del siglo xx, la teoría decimonónica de la degeneración racial se extendió por toda América Latina. De cara a la celebración del centenario de las primeras independencias, esta explicación pseudocientífica ofreció una respuesta —convincente y rápidamente admitida por la intelectualidad oligárquica— a las interrogantes relativas al demorado y tortuoso proceso de modernización de las naciones hispanoamericanas. Desde una perspectiva positivista, darwinista y propia de la mentalidad colonial, tratados como Manual de patología política (1899), de Agustín Álvarez; Continente enfermo (1899), de César Zumeta; Enfermedades sociales (1905), de Manuel Ugarte y Pueblo enfermo (1905), de Alcides Arguedas concibieron a la violencia como un vicio, entre otros muchos, connatural al indígena y al mestizo.

El sesgo organicista de dicha teoría, si bien dominante en la explicación racializada de la agresividad, no dejaba de lado la influencia de un entorno social adverso y opresivo ni restaba importancia a los factores históricos como la barbarie de la Conquista y los siglos de dominación colonial. La ruina de las civilizaciones y los pueblos prehispánicos y las constantes vejaciones habrían convertido al indígena en un hombre envilecido. Esta degradación continuó en el verdor republicano, cuando los proyectos liberales vieron al pueblo llano como un obstáculo para el progreso. En este sentido, las tesis acerca de la fatalidad de la raza refrendaban la existencia de un ciclo circunscrito a la marginalidad y la violencia5.

A este conjunto de argumentos siguió una réplica. En las décadas de 1920 y 1930 se publicaron importantes ensayos dedicados al tema del carácter regional. En su mayoría, se trataba de contestaciones a los proyectos oligárquicos de unidad nacional y de reacciones ante la decadencia de Europa, tras la Gran Guerra, y ante el expansionismo estadounidense. Por estas mismas circunstancias, estos escritos se caracterizaron por el abordaje crítico del legado cultural de Occidente y de los procesos de modernización, a la vez que abogaron por una redefinición de lo americano. El indigenismo fue una corriente decisiva, aunque no exenta de contradicciones. Intelectuales como Castro Pozo, Valcárcel, Mariátegui, Haya de la Torre y Martínez Estrada hicieron hincapié en la singularidad de Latinoamérica.

La reinvención de lo latinoamericano no fue un producto exclusivo de la intelectualidad regional. Según De Imaz6, también desempeñaron un papel determinante pensadores europeos, como Keyserling, Ganivet y Ortega y Gasset, y estadounidenses como Waldo Frank. Las contribuciones de estas figuras fueron decisivas, pues no solo reforzaron las tesis acerca de la singularidad latinoamericana, sino que, además, describieron la especificidad a partir de supuestas diferencias con Occidente: quimera y utopía antes que verdad y pragmatismo, ansías de modernidad que encubrían el lastre de las tradiciones y las supercherías, y pasión y violencia que desplazaban a la racionalidad. Por lo demás, no habría que perder de vista una tercera vertiente discursiva, harto significativa, el telurismo, y sus tesis acerca de la degeneración, en el inhóspito medio americano, de las razas de ascendencia ibérica.

Como se comprende, fueron muchos los intentos por explicar las condiciones —con frecuencia percibidas como desventajosas— en las que las sociedades latinoamericanas ingresaban en la modernidad y afrontaban sus desafíos económicos, políticos, sociales y culturales. El pesimismo y la afirmación señalaron los extremos del debate. A partir de grandes expectativas y con base en los conocimientos históricos y científicos disponibles, nuestros intelectuales sentaron las bases de un pensamiento y una retórica que representaban a la región con un organismo cuyas salud e integridad se veían constantemente amenazadas por patógenos sociales como la violencia.

Tales aspectos no eran extraños al ser latinoamericano; por el contrario, se los describió como principios constitutivos de su naturaleza; eran taras históricas y culturales que ponían en riesgo los ideales de progreso. En ocasiones, excesos de la sangre latina que corría por las venas de unos pueblos temerarios. Este potente discurso sobre la enfermedad fue, a su vez, la base de muchos de los discursos acerca de la identidad7. Este fundamento persistió en ensayos posteriores como El laberinto de la soledad (1950), de Octavio Paz. Desde una perspectiva diferente, pero complementaria, su autor recalcó ciertas limitaciones de nuestras sociedades, sus vicios más arraigados. No es casual que su definición de la idiosincrasia del mexicano descanse en la lacra de la violencia fundacional de la Conquista.

En la base de estas formaciones discursivas, originadas a finales del siglo xix y con numerosas ramificaciones en la primera mitad del siglo xx, Coletta8 ha advertido una reveladora paradoja, por la cual la intelectualidad regional salvó la distancia que separaba las esperanzas depositadas en la modernización del continente del pesimismo y la displicencia con que las elites cultas contemplaban a unos pueblos considerados como inferiores, ineptos, incapaces, desfasados e inmaduros. La solución de continuidad yacía en un solapado escepticismo de fundamento racial, en la ideación de una modernidad decadente, cuyos sucesivos marcos de referencia convirtieron al pensamiento regional en un detenido ejercicio de diagnosis.

Allende la especificidad de tales debates, el pronóstico de la violencia ha ocupado, sin duda, un lugar prominente durante la primera mitad del siglo xx. En América Latina, la ontología de la violencia se apoyó en una mezcla de indicios y factores como la herencia histórica de la fundación, el destino trágico de la barbarie y la nefasta impronta del proceso civilizatorio, entendido, desde muy temprano, como un agravamiento generalizado de las diferencias y las exclusiones. En realidad, el fortalecimiento del sentido de comunidad corrió en paralelo con la disparidad social. Al mismo tiempo que los proyectos nacionales uniformaban a los sectores urbanos, acomodados y medios, el sistema económico y las normas culturales reforzaban la marginalidad, definida como el resultado del choque y la coexistencia inequitativa de las culturas tradicional y moderna9.

La distinción de las elites ricas, poderosas y cultas implicaba, al mismo tiempo, la implementación de un canon prestigioso y la afirmación de las distancias sociales. Diagnóstico indispensable, mala conciencia o acicate del cambio, la hermenéutica del ser latinoamericano estuvo condicionada por la denuncia de una violencia que, si bien proverbial, ha resultado escandalosa desde el comienzo de tales reflexiones filosóficas. Comprender los orígenes de esa violencia ancestral que se oponía al desarrollo como una barrera inexpugnable fue la obsesión de varias generaciones de intelectuales latinoamericanos.

La ontología de la violencia ha dado lugar a una estética de las literaturas regionales. Con base en ella, la crítica presupone que ciertas formas elaboradas del discurso literario pueden dar parte de los daños, evocar emociones intensas y situaciones lamentables e impresionar y concienciar a los lectores respectos del flagelo de la violencia. No solo están en juego la representatividad y la relevancia de los hechos literarios, sino el compromiso mismo de la crítica. La valoración del posicionamiento ético y político, del análisis crítico del presente y de la comunicación fluida y directa con el público constituyen rasgos dominantes del sistema literario hispanoamericano10.

La violencia programada y dirigida

Desde el comienzo de la década de 1960, se tuvo conocimiento de los novedosos trabajos de Michel Foucault en Hispanoamérica. La originalidad de este pensador no pasó desapercibida entre los circuitos y las redes intelectuales transatlánticos, que propiciaron el consumo inmediato de sus libros en francés y su pronta traducción al español. Canavese11 explica que, desde el inicio, las propuestas teóricas de Foucault se estudiaron de conformidad con las perspectivas locales y en atención de las coyunturas regionales, pues la mediación de la academia estadounidense fue más bien tardía. Incluso, el impacto su pensamiento trascendió los círculos académicos.

Las obras de Foucault fueron leídas con interés por públicos muy diversos y, a finales de la década de 1970, empezaron a ocupar un lugar en los planes de estudio y la investigación de la academia latinoamericana. La aceptación de sus ideas tuvo por marco la fuerte politización del subcontinente, generada por los movimientos revolucionarios y anticoloniales, la experiencia de la dictadura y la urgencia de repensar y reorganizar el deficiente sistema democrático. Determinados planteamientos de Gramsci, Althusser y Foucault sentaron las bases de un estrecho vínculo entre el pensamiento radical, la teoría y la práctica política.

En lo concerniente a los estudios de la violencia, la publicación en 1975 de Surveiller et Punir: Naissance de la prison marcó un hito. Tan solo un año después, este libro ya contaba con una traducción al español y, treinta años después, alcanzaba la treintena de ediciones, hecho que lo convierte, seguido por Microfísica del poder (1979), en el texto del filósofo francés con mayor circulación en América Latina12. Las razones detrás del éxito editorial se relacionan con la utilidad del enfoque que comparten ambos trabajos y con la adaptabilidad de las explicaciones al análisis de la violencia en la región.

Conviene recordar que, a partir del desarrollo de su genealogía del poder, Foucault explicó cómo las naciones modernas, si bien conceden libertad y garantías jurídicas a sus ciudadanos, han desarrollado un complejo aparato de control que dirige su influencia a todas las esferas de la conducta humana y se extiende por los distintos ámbitos de la vida cotidiana. Esta estructura sujeta al individuo mediante relaciones de poder y se pone de manifiesto a través de instituciones sociales como la cárcel, el hospital y la escuela, entre las más significativas. En dichos centros se hace todavía más evidente la microfísica del poder, pues quienes ingresan en ellos pierden su libertad y autonomía y se ven sometidos a estrictas prácticas disciplinarias, cuando no a la coacción directa.

En la teoría foucaultiana, el examen de estas instituciones permite entender los métodos de control; esto es, las tecnologías asociadas con la prescripción de regímenes de vida. La vigilancia y la represión son actividades fundamentales en ciertas formas de gubernamentalidad; en especial, cuando fracasa la adhesión voluntaria de creencias y códigos de conducta específicos, esto es, el germen mismo del denominado poder liberal. Esta concepción del poder, como un sistema de relaciones complejas y variables cuya estabilidad depende de los cambios sociales y las transformaciones del conocimiento, supone la puesta en marcha de una amplia gama de dispositivos y tecnologías.

Aunque Foucault hizo hincapié en el hecho de que los Estados modernos no fundan su poder en el uso de la violencia, los investigadores latinoamericanos debieron adecuar su sistema explicativo a las condiciones propias de las democracias inestables y los regímenes autoritarios de América Latina. El legado marxista condicionó el empleo de determinadas nociones, pues estaba claro que en muchos de nuestros países la contención y el castigo de las actuaciones políticas y sociales se seguía realizando mediante actos brutales, con frecuencia, a manos de las autoridades civiles y militares. No se debe perder de vista que, en el debate intelectual de las décadas de 1970 y 1980, tuvo un peso considerable la impronta del pensamiento postcolonial y con ella, la adaptación de las teorías occidentales al medio local.

Al reflexionar en torno a las construcciones políticas que se ocultan bajo el concepto de legalidad, Foucault abrió un inmenso filón para la investigación de la violencia. La distancia que separa a la delincuencia de la sedición está dada por el nivel de amenaza que la una y la otra representan para el orden establecido. En tanto que el crimen común opera en los límites del orden social, la subversión, en sus diferentes manifestaciones, pone en entredicho el esquema dominante en su conjunto. No es solo que la violencia acalle la heteronomía, sino y ante todo, que produce la subjetividad de la víctima, el silencio generalizado y la falta de respuesta ante los abusos del poder.

Si la vigilancia convierte al individuo en mera fuente de datos, la violencia sella su asignación a la clase de los objetos. En Microfísica del poder, Foucault se valió del examen del holocausto y las purgas estalinistas para demostrar las concomitancias entre la acción política de los totalitarismos y la violencia programada y dirigida de las diferentes instituciones del Estado. Allende los ejemplos, dejó claro que el principio de utilidad trascendía toda clase de adscripciones y convertía a la violencia en un elemento constructivo, capaz de generar subjetividades, relaciones y comportamientos sociales y formas de ejercicio político.

Pese a que Foucault no concibió a la brutalidad como una pieza esencial de su teoría general, propuso una visión muy original de la represión. A diferencia de otros modelos conceptuales, como los propuestos por Marx, Weber y Elias, el poder disciplinario descrito por Foucault no es estrictamente organizado ni tiene un actor específico tras de sí, es más bien el producto de una lógica, de unas relaciones políticas, en suma, de una racionalidad constituida. Desde esta perspectiva, la coerción no obedece a pulsiones destructivas ni a bajas pasiones humanas, sino que busca conformar un orden, sigue un programa y se orienta hacia el fortalecimiento de una forma específica de orden social. Para Foucault, la violencia no riñe con la racionalidad, sino que la expresa cabalmente13.

La voluntad de poder (ansia de dominio) y la voluntad de verdad (deseo de comprensión) forman una unidad, toda vez que el conocimiento/poder14 se manifiesta mediante tecnologías específicas; esto es, mediante sistemas articulados de técnicas y dispositivos que participan de la regulación social e individual, convierten al saber en un elemento estratégico capaz de engendrar medios concretos de dominación que sostienen y legitiman estructuras sociales específicas y orientan a los sujetos hacia vidas e idearios correspondientes con las visiones hegemónicas de la realidad. Las tecnologías son múltiples y se transforman conforme cambia la sociedad, los balances de fuerzas y el saber.

La discusión teórica latinoamericana recuperó la relevancia de la violencia como tecnología de dominación. Este enfoque vino a modificar la comprensión de las metas de la violencia. De previo a la difusión del pensamiento foucaultiano, los intelectuales de izquierda solían concebir la represión como un medio de aniquilamiento de la disidencia y la resistencia. A partir de su influjo, empezaron a entenderla, además, como un proceso homogeneizador que se basa en la producción de conocimiento acerca de los sujetos considerados como anómicos, por un lado, y en el acallamiento de la heteronomía, por otro.

Según este principio, la violencia política fue percibida como un problema mucho más complejo, atravesado por numerosas formas de brutalidad y exclusión social. El ejercicio del dominio abarcaba dimensiones desapercibidas hasta entonces por los estudiosos. De cara a este nuevo panorama conceptual, la narrativa revolucionaria y la literatura fueron abordados por la crítica como agentes formativos y desestabilizadores de la inestable dinámica del poder autoritario. Mucho del trabajo realizado en las décadas subsecuentes parecía estar inspirado en uno de los principios éticos de Foucault: «El sufrimiento de los hombres nunca debe ser un mudo residuo de la política, sino que, por el contrario, constituye el fundamento de un derecho absoluto a levantarse y a dirigirse a aquellos que detentan el poder»15.

La violencia y las estructuras socio-culturales

En el proceso de renovación teórica de los estudios de la violencia, a finales del siglo xx, también fue decisivo el aporte de la nueva sociología, en especial, la teoría de la violencia simbólica de Pierre Bourdieu. El tema de la dominación fue una preocupación constante en el quehacer del científico social francés. Al margen de las tesis clásicas del marxismo, que concebían a la dominación como un enfrentamiento constante y, a veces, violento entre los grupos hegemónicos y los sectores subalternos, Bourdieu se interesó por las complejas y muy variadas relaciones que se establecen entre las instituciones sociales y las fuerzas políticas, económicas, sociales y culturales.

Tales relaciones no están condicionadas, exclusivamente, por la ideología, sino que surgen como resultado de intercambios heterogéneos y regulaciones intrínsecas a actividades sociales particulares. En este sentido, constituyen, por sí mismas, un campo específico de la acción social. En atención a este hecho, Bourdieu se cuestionó el verdadero alcance de la función ideológica de las instituciones, esto es, las explicaciones tradicionales acerca de los procesos de alienación del ser humano y de legitimación del orden político. En su abordaje, la dominación política se genera mediante la violencia simbólica, una fuerza básica, pero difícil de advertir.

Conforme avanzaron sus investigaciones y se diversificaron los objetos de estudio que estas abordaban, el sociólogo francés profundizó en el análisis de las disposiciones incorporadas por la comunidad, pero presentes en cada individuo, esto es, de las costumbres, los usos fosilizados y las prácticas adquiridas, de la normas tácitas e inscritas en la vida cotidiana, en el lenguaje y en el cuerpo mismo, en suma, del habitus, un sistema de esquemas de generación y apreciación de prácticas. Tratados como La reproducción. Elementos para una teoría del sistema de enseñanza (1970), La distinción. Crítica social del gusto (1979) y El sentido práctico (1980) fueron fundamentales para que se desarrollara, durante el último cuarto del siglo xx, una comprensión más cabal de la forma en la que los grupos hegemónicos se construyen a sí mismos, se legitiman, producen y transmiten modelos y condicionan el desarrollo de los sujetos y sus comunidades.

Una de las principales novedades de este modelo explicativo se derivaba del énfasis puesto en los pormenores de las interacciones sociales bajo las cuales se esconden las estructuras que tales intercambios realizan y fortalecen. La teoría de Bourdieu explicaba la construcción y las manifestaciones del espacio social como resultado del campo de poder. El campo de poder está dado tanto por las posiciones de poder como por las estrategias puntuales que objetivizan el orden social. Un claro ejemplo de ello se encuentra en las denominadas estrategias de condescendencia:

por las cuales los agentes que ocupan una posición superior en una de las jerarquías del espacio objetivo niegan simbólicamente la distancia social que no deja por eso de existir, asegurándose así las ventajas del reconocimiento acordado en una denegación puramente simbólica de la distancia («es simple», «no es orgulloso», etc.) que implica el reconocimiento de la distancia (las frases que he citado implican siempre un sobreentendido: «es simple, para ser un duque», «no es orgulloso, para ser un profesor universitario»16.

Puesto que las emociones (timidez, vergüenza, ansiedad y culpabilidad, entre otros ejemplos) y los vínculos sociales (parentesco, amistad y amor) incorporan sanciones sociales de clase, jerarquía, sexo, raza y otras matrices de diferenciación social, la violencia simbólica convierte al individuo en el principal ámbito de su acción. La materialidad del orden se manifiesta en el cuerpo particular —que no en la masa amorfa de la clase social— y lo define como el medio idóneo para la ejecución de los consensos sociales. En este sentido, la violencia simbólica hace del cuerpo de los dominados el instrumento privilegiado de la dominación17. Quienes se alejan de las expectativas instituidas, no solo sufren presiones, sino que pueden verse coaccionados por muy diversas instituciones, métodos y vías.

La violencia simbólica genera estructuras mentales a partir del desarrollo de condicionamientos concretos, relativos a la interacción social cotidiana. Este hecho se pone de manifiesto en una premisa del sistema explicativo de Bourdieu; según tal, la naturalización del orden social es el mayor propósito de la violencia simbólica, pues esta fuerza cumple su cometido en tanto parece ausente de las relaciones de poder, cuando se reproduce mediante ritos, gestos, espacios, usos y censuras silenciosas que encumbren la dominación18.

Aunque la teoría de Bourdieu hace hincapié en la violencia estructural, un fenómeno más bien difuso —si bien capital—, su lectura en el contexto latinoamericano redundó en la revisión de las articulaciones entre campus, habitus y brutalidad. A partir de esta interpretación localizada, se hizo evidente, por una parte, que la violencia simbólica formaba parte integral de las distintas dinámicas sociales, con lo que la investigación académica profundizó en el análisis del sexismo, el heterosexismo y otras muchas formas de discriminación y marginación, menos atendidas, hasta entonces, que la represión política. Por otra parte, se asumió que, en los Estados fallidos y autoritarios, la dominación no suele valerse únicamente de estrategias sutiles, sino que, con frecuencia, el habitus se inscribe en el cuerpo también mediante la violencia.

Si bien el propio Bourdieu19 llegó a describir la violencia simbólica como una inadvertida, omnipresente, mas escamoteada, es oportuno recordar que, durante el servicio militar, el joven Bourdieu fue testigo de la prolongada y sangrienta guerra de liberación nacional, iniciada en 1954, que precedió a la independencia de Argelia en 1962. Por ello, no se puede obviar el reconocimiento de la violencia extrema en su teoría20. En realidad, tal y como propone Moraña21, la lectura latinoamericana de la teoría sociológica de Bourdieu insistió en la imposibilidad, ya advertida, por el propio Bourdieu, de desligar la violencia simbólica de la violencia directa.

La perspectiva derivada de tales discusiones reconoce que coexisten, entonces, la represión, los hechos brutales y unas formas de opresión casi imperceptibles. Las acciones violentas son concretas y temibles, a la vez que intangibles y dilatadas, ocurren en el campo de batalla, pero también en la retaguardia de la actividad ciudadana. Lo fundamental no es diferenciarlas, sino penetrar en sus profundas conexiones y en la manera en que ellas exhiben la racionalidad oculta de normalización del poder, las jerarquías y la dominación.

Esta paradoja estuvo asociada, desde luego, a un giro en los estudios de la violencia; a partir de la teoría de Bourdieu, los investigadores se interesaron tanto por la dominación institucionalizada de los grupos subalternos de la sociedad como por los medios más insidiosos del modelado social. Es necesario recordar que la obra de Bourdieu alimentó nuevos debates académicos en torno a la modernidad, la dependencia, la circulación de bienes simbólicos y prácticas, el discurso del poder y el papel de la intelectualidad; por lo demás, generó críticas y precipitó la consolidación de una crítica y una teoría culturales con bases y métodos propios. En el caso latinoamericano, tanto los procesos de modernización como la constitución de los Estados nacionales, de identidades y de antagonismos sociales, el patriarcado, el racismo y la exclusión de las minorías implicaron formas de violencia simbólica, mediante las cuales, se produjo y se mantiene la hegemonía de distintos sectores.

Violencia y literatura centroamericana contemporánea:
el quehacer de la crítica

En «(De)formaciones: violencia y narrativa en Centroamérica», Mackenbach y Ortiz Wallner22 describen dos grandes núcleos de representación de la violencia en la literatura centroamericana contemporánea. En primer término, durante las décadas de 1970 y 1980, el discurso literario estuvo dominado por temáticas y estéticas asociadas a la denuncia de la opresión política, económica y social. Esta conceptualización de la violencia daba relieve a las despiadadas actuaciones de los gobiernos autoritarios y el ejército; al mismo tiempo que justificaba la defensa armada de los oprimidos y la violencia necesaria de los revolucionarios. En un nivel complementario, tales nociones legitimaban, a partir de las relaciones entre el estado de las cosas en Centroamérica y el papel de la intelectualidad comprometida, ciertas maneras de asumir el oficio literario y de llevar a cabo las distintas funciones institucionales de la crítica. En segundo lugar, desde la década de 1990, se advierte un distanciamiento respecto del modelo previo; como resultado de ello, la representación y la ficcionalización de la violencia abandonan el imaginario mítico-revolucionario y adquieren nuevas formas, en las que los excesos, si bien más presentes que nunca, carecen de motivo y significado. Este cambio socavó el valor hermenéutico de la denuncia y suscitó otras direcciones de trabajo crítico en los decenios subsiguientes.

La primera tendencia ha consistido en señalar la presencia constante y primordial de las manifestaciones estéticas de la violencia en las distintas etapas de desarrollo de la cultura literaria centroamericana. Este modelo explicativo se asienta en la larga tradición letrada —comentada en un apartado previo— en torno a la excepcionalidad de la violencia latinoamericana y observa la pauta argumental de que la violencia ha supuesto una fuerza básica en el modelaje de la historia local. Sus premisas dirigen el trabajo de la crítica hacia la construcción de conexiones entre el texto, el entorno social y el posicionamiento ético y político del autor.

Con esta clave, se ha presupuesto que la escritura literaria constituye, antes que nada, una vía para representar la violencia, sensibilizar a los lectores y denunciar los atropellos y las injusticias. Estas explicaciones dieron forma a la idea de que la experiencia, el testimonio y el combate de la violencia política conforman un dominio central de las letras centroamericanas. No es casual que una de las operaciones consuetudinarias de esta modalidad de trabajo de la crítica consista en subrayar la valía de los marcos de referencia (histórica, política, social y personal) presentes en los textos literarios, en discursos que son definidos como productos derivados, antes que de la mera escritura con voluntad artística, de la vivencia concreta, el conocimiento y la conciencia política de unos intelectuales enfrentados a un medio social excepcionalmente conflictivo.

Esta clave hermenéutica hizo necesarios y comunes los acercamientos teóricos que distinguían y concatenaban las dimensiones de la historia y la ficción, la escritura testimonial y el relato, la cultura y la subjetividad, el mundo representado y los medios de representación. Más allá de las falacias de la mímesis y de la cuestión del realismo, «la crítica hegemónica fundó la concepción de la literatura centroamericana como una práctica ideológica de la lucha por la liberación nacional y un amplio sector de la institución literaria se limitó a ser, más que una práctica, un instrumento de indagación y análisis político-social fundamental de los procesos revolucionarios centroamericanos»23.

Esta perspectiva había sido ideada en un contexto de fuerte politización, a la luz de la teoría literaria marxista (en especial, de las tesis de Lukács acerca de la novela como epopeya, primero burguesa y, eventualmente, proletaria). No deja de ser revelador que, en un hito de la crítica regional como La novela centroamericana. Desde el Popol-Vuh hasta los umbrales de la novela actual (1982), de Ramón Luis Acevedo, definiera, por esos mismos años, a la narrativa contemporánea como un medio de discusión de la realidad social.

Este enfoque fue particularmente útil para analizar y difundir, allende el istmo, la producción literaria de las décadas de 1970 y 1980, periodo en el que la región centroamericana vivía las expresiones más cruentas de la Guerra Fría. Los conflictos armados en Guatemala, Nicaragua y El Salvador entre grupos insurgentes de izquierda, gobiernos autoritarios, milicias conservadoras y frentes contrarrevolucionarios dejaron una estela de violencia, miles de muertes y profundas crisis humanitarias. Con la Declaración (1986), el Proceso (1986-1987) y el Acuerdo de Esquipulas (1987) se sentaron las bases del proceso de paz en Centroamérica y aun cuando persistieron muchas de las problemáticas del periodo más convulso en los decenios subsiguientes, el panorama social y cultural de la década de 1990 fue muy distinto.

El fin de las luchas armadas, el fracaso de las utopías políticas y las dificultades derivadas de la transición hacia nuevos modelos de vida política, social y económica trajeron consigo inestabilidad, zozobra y desilusión. Para captar el ambiente cultural de aquel periodo y para explicar la literatura de la posguerra y el escepticismo postmoderno, los historiadores de la literatura aludieron al desencanto y el cinismo como claves fundamentales del giro estético. En Estética del cinismo. Pasión y desencanto en la literatura centroamericana de posguerra (2010), Cortez24 propone que la visión cínica del mundo, la perspectiva dominante en las letras centroamericanas contemporáneas, permitió a la literatura regional desprenderse de los códigos impuestos por la poesía social, el testimonio y la escritura comprometida.

Disconforme con la etiqueta «literatura de posguerra», Rojas25 ha señalado que muchos de los relatos publicados en los últimos decenios, si bien carecen de la sensibilidad típica de la literatura comprometida y guardan correspondencias con los movimientos actuales de la narrativa hispanoamericana, expresan la imposibilidad de escapar del pasado bélico, de la «esclavitud de la memoria, del recuerdo». En este sentido, son obras que incorporan la temporalidad histórica del periodo de los conflictos armados y persisten, desde otros códigos estéticos, proyectos artísticos y espacios representados, en la búsqueda de respuestas.

En unos y otros, la violencia ocupa un lugar fundamental, a pesar de que los esquemas de representación y el tratamiento estético hayan variado profundamente. Según Liano26, en las letras contemporáneas, la literaturización de la violencia implica, primero, una concepción distinta de la crueldad, pues ella aparece representada ahora como una gran corriente subterránea, subjetiva y estructural, que se manifiesta en todos los dominios y se caracteriza por la ausencia de sentido; segundo, una normalización de la violencia presente en el lenguaje, que deja entrever los mecanismos de la marginación y la exclusión social y; tercero, un punto de partida para la experimentación con los recursos poéticos y narrativos, en vistas a que el discurso literario se convierta, por su factura misma, en un artefacto capaz de evocar determinadas facetas de la violencia y sus efectos en la comunidad y el individuo.

Más allá de las controversias específicas, habría que concebir la nueva literatura centroamericana como un conjunto complejo y heterogéneo, en el que la violencia es imaginada en arreglo con diferentes nociones y en atención de dispares manifestaciones sociales. Evidentemente, los dilemas éticos del pasado se extienden hasta la actualidad; sin embargo, también es cierto que la obra de numerosos escritores ha alcanzado nuevos desarrollos y que las aportaciones de los jóvenes escritores se vienen acumulando en los albores del siglo xxi. La eclosión de motivos, propósitos y acercamientos, iniciada en la década de 1990, no ha cesado y se ha enriquecido con novedosos recursos, géneros y ensayos artísticos. Con todo, ya no convendría circunscribir la corriente dominante de la literatura centroamericana al examen de las experiencias y las repercusiones de la violencia.

Campo y canon literarios: a modo de conclusión

El tópico de la ubicuidad de la violencia ha determinado el desarrollo de la crítica literaria contemporánea. La brutalidad de la represión política, los excesos políticamente motivados de los revolucionarios, las estrategias y los medios de marginación y exclusión social, la subjetividad de las víctimas, la metamorfosis de los agresores tras los procesos de paz, la agresividad oculta en los códigos, la estética de la crueldad, el trauma y la memoria, todos estos asuntos en su conjunto y en sus distintas articulaciones, han sido cuestiones medulares del análisis y la valoración de los discursos literarios producidos en la istmo a lo largo de las últimas cinco décadas.

Tales cuestiones han sido los fundamentos de la más reciente conformación del campo literario centroamericano; sus derivas actuales, los pilares empleados para reorganizar la historiografía literaria. En su exégesis de la obra de Horacio Castellanos Moya, un autor considerado clave para comprender las transformaciones antes descritas, Ortiz Wallner27 señala: «En el campo literario, las lecturas críticas que se amparaban a la centralidad de los factores extraliterarios y a la denuncia social directa fueron cediendo ante la expresión de una ruptura en las formas narrativas». A su juicio, la literatura de la posguerra produjo una apertura de las nociones, los conceptos y los instrumentos de la crítica. Tal viraje corrió en paralelo con los cambios del discurso literario, ahora interesado por la violencia ya no estrictamente política, sino cotidiana, normalizada y estructural.

Con el examen del canon literario, este principio general deviene realidad concreta. En especial, cuando se considera el caso de dos géneros tradicionales: la lírica y la narrativa. En el primero de los ejemplos, la poesía social y revolucionaria fue seguida de una poesía cada vez más interesada por el erotismo, el tono intimista y la experimentación. En lo concerniente a la narrativa, la novela de disidentes y guerrilleros y las narraciones testimoniales han sido desplazadas por muy diversas formas como la ficción criminal, la literatura fantástica, la ciencia ficción y la escritura ensimismada. Estos movimientos explican las disparidades entre obras póeticas como El turno del ofendido (1962), de Roque Dalton, Canto a un país que nace (1978), de Ernesto Cardenal, La estación de fiebre (1983), de Ana Istarú y Tejiendo los sucesos en el tiempo (2002), de Calixta Gabriel Xiquín; entre relatos como La montaña es algo más que una inmensa estepa verde (1982), de Omar Cabezas, La mujer habitada (1988), de Gioconda Belli, La diáspora (1989) de Horacio Castellanos Moya, Huracán corazón del cielo (1995), de Franz Galich, Cruz de olvido (1999), de Carlos Cortés, Piedras encantadas (2001), de Rodrigo Rey Rosa y De fronteras (2007), de Claudia Hernández.

Antes que de agotar un listado siempre provisional y en todo caso, poco representativo, según se lo mire —un canon literario constituye un espacio simbólico en permanente disputa— se trata de advertir cómo los estudios de la violencia, desde diferentes paradigmas conceptuales y a la luz de sucesivas fases histórico-culturales, han sido fuerzas excepcionales en el modelado del campo y el canon literario centroamericano. El peso de la violencia ha sido el criterio con que se ha explicado la literatura regional de las décadas de 1970 y 1980, así como de las modificaciones que esta experimentó en el periodo de la posguerra. Otros géneros problemáticos y muchas facetas de la literatura centroamericana fueron obviadas, pues quedaron fuera del radio de los estudios de la violencia y su impronta en la crítica literaria.

El concepto de intelectual comprometido y sus nexos con la denuncia de la violencia se convirtieron en nociones desfasadas tras los cambios políticos y sociales ocurridos en la década de 1990; ello no fue obstáculo, sin embargo, para que nuevos compromisos (desde la agenda feminista, culturalista y decolonial, entre otros muchos empeños loables) siguieran proyectando una imagen en la que la discusión de la violencia constituye la materia prima de la literatura centroamericana. Si bien la violencia sigue presente en numerosas esferas de la vida pública, cotidiana y privada de las naciones centroamericanas, el germen mismo del sistema literario ha provocado interesantes disidencias, rupturas y bifurcaciones, por las que el panorama de las letras regionales se exhibe ensanchado.


  1. 1 Recibido: 12 de agosto de 2024; aceptado: 4 de febrero de 2025.

  2. 2 Programa de Maestría en Estudios de Cultura Centroamericana. Correo electrónico: gabriel.baltodano.roman@una.cr; https://orcid.org/0000-0002-2100-302X.

  3. 3 Ariel Dorfman, Imaginación y violencia en América (Barcelona: Anagrama, 1972) 10.

  4. 4 Matei Chihaia, «La violencia como marco interpretativo de la investigación literaria», La violencia como marco interpretativo de la investigación literaria. Una mirada pluridisciplinar a la narrativa hispanoamericana contemporánea (Tubinga: Narr, 2019) 9-29 (11-12).

  5. 5 Óscar Osorio, Violencia y marginalidad en la literatura hispanoamericana (Santiago de Cali: Programa Editorial de la Universidad del Valle, 2005) 68.

  6. 6 José Luis de Imaz, Sobre la identidad iberoamericana (Buenos Aires: Sudamericana, 1984) 298.

  7. 7 Michael Aronna, Pueblos enfermos: The Discourse of Illness in the Turn-of-the-Century Spanish and Latin America Essay (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1999) 12-33.

  8. 8 Michaela Coletta, Decadent Modernity. Civilization and «Latinidad» in Spanish America, 1880-1920 (Liverpool: Liverpool University Press, 2018) 8-9.

  9. 9 Gino Germani, El concepto de marginalidad. Significado, raíces históricas y cuestiones teóricas, con particular referencia a la marginalidad urbana (Buenos Aires: Nueva Visión, 1980) 34.

  10. 10 Juan Carlos Piñeyro, «La imposibilidad de una literatura comprometida». Literatura y compromiso. Juan Wilhelmi y Inger Enkvist, Eds. (Lund: Lunds Universitet-Romanska Institutionen, 2004) 94-114 (101-102).

  11. 11 Mariana Canavese, «Variaciones sobre Michel Foucault: acentos, puentes y contrapuntos en América Latina», Estudios de Filosofía Práctica e Historia de las Ideas 20 (2018) 2018: 1-24 (6).

  12. 12 Canavese, 21.

  13. 13 Siniša Maleševic, El auge de la brutalidad organizada (Valencia: Publicacions de la Universitat de València, 2020) 54-55.

  14. 14 El término conocimiento/poder (pouvoir/savoir) fue acuñado por Foucault como parte de sus estudios sobre la genealogía del poder y se refiere a las concomitancias y las articulaciones entre conocimiento, dominación y tecnología. Ver Ellen K. Feder, «Power/knowledge». Michel Foucault: Key Concepts. Dianna Taylor, Ed. (Durham: Routledge, 2014) 43-50.

  15. 15 Michel Foucault, La vida de los hombres infames (Madrid: La Piqueta, 1990) 314.

  16. 16 Pierre Bourdieu, «Espacio social y poder simbólico», Cosas dichas (Barcelona: Gedisa, 2000) 127-142 (131).

  17. 17 Ana Teresa Martínez, Pierre Bourdieu: razones y lecciones de una práctica sociológica. Del estructuralismo genético a la sociología reflexiva (Buenos Aires: Manantial, 2007) 317-318.

  18. 18 Louis Pinto, Pierre Bourdieu y la teoría del mundo social (México: Siglo XXI, 2002) 135.

  19. 19 Pierre Bourdieu, «Efectos de lugar». La miseria del mundo. Dr. Pierre Bourdieu (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica de Argentina, 1999) 119-124 (122).

  20. 20 Denis Baranger, Epistemología y metodología en la obra de Pierre Bourdieu (Buenos Aires: Prometeo Libros, 2004) 89-90.

  21. 21 Mabel Moraña, Bourdieu en la periferia. Campo simbólico y campo cultural en América Latina (Santiago de Chile: Editorial Cuarto Propio, 2014) 6.

  22. 22 Werner Mackenbach y Alexandra Ortiz Wallner, «(De)formaciones: violencia y narrativa en Centroamérica», Iberoamericana VIII, 32 (2008): 81-97 (82).

  23. 23 Mackenbach y Ortiz Wallner, 85.

  24. 24 Beatriz Cortez, Estética del cinismo. Pasión y desencanto en la literatura centroamericana de posguerra (Guatemala, F&G Editores, 2010) 131.

  25. 25 Margarita Rojas, «Literatura en Guerra: la narrativa contemporánea en Centroamérica», Letras, 49 (2011): 27-50 (49).

  26. 26 Dante Liano, Visión crítica de la literatura guatemalteca (Guatemala: Editorial Universitaria USAC, 1997) 265-266.

  27. 27 Alexandra Ortiz Wallner, «Literatura y violencia. Para una lectura de Horacio Castellanos Moya», Centroamericana, 12 (2007): 85-100 (86).

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