Revista Letras N.° 78
Julio-Diciembre 2025
ISSN 1409-424X; EISSN 2215-4094
Doi: https://dx.doi.org/10.15359/rl.2-78.9
URL: www.revistas.una.ac.cr/index.php/letras
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El sargento Gérard: novela corta, por entregas, de Carlos Gagini1 (El sargento Gérard: A Short Novel, in Installments, by Carlos Gagini) |
La novela corta El sargento Gérard la publicó Carlos Gagini en la revista Costa Rica Ilustrada. Consta de ocho capítulos y apareció en cinco entregas entre marzo y julio de 1891. Después de esa fecha, no fue objeto de alguna reedición ni de revisiones detenidas, acaso por su publicación a modo de folletín en un periódico de entonces. Por el valor documental de este texto, Letras lo reproduce por tratarse de un escrito poco conocido en la obra literaria de un autor fundacional de la literatura costarricense.
El texto puede dar cuenta de la pluma de Gagini durante su juventud, puesto que se publicó cuando contaba con veintiséis años. Trata la historia de un soldado francés y de su desventurada historia de amor con la hija de un comerciante de París, en el marco de la guerra franco-prusiana (acaecida entre 1870 y 1871). En esta versión se han modernizado la puntuación y ciertos usos del lenguaje, comunes a finales del xix. Además, se ha procurado reservar el uso de notas para los casos indispensables. El tema de la guerra entre Francia y Prusia no es del todo desconocido en las letras de Costa Rica, en vista de que Manuel González Zeledón (Magón) retoma el motivo del enfrentamiento bélico para uno de sus cuentos, el cual lleva el mismo nombre de la guerra en cuestión2.
Encargados de esta edición:
Gustavo Camacho Guzmán3
José Francisco Bonilla Navarro4
Carlos Gagini
I
El 19 de septiembre de 1870, a cosa de las 2 de la tarde, la puerta de Montrouge ofrecía un aspecto de confusión indescriptible. La multitud apiñada a orillas del camino atronaba el espacio con lamentos, gritos, imprecaciones y denuestos al ver pasar en medio de ella, como torrente impetuoso por un cauce erizado de rocas, tropas sin armas y con el uniforme desgarrado, carros de ambulancias, furgones de artillería, los restos, en fin, de un ejército derrotado que corrían a refugiarse en París, atropellándose cual si sintieran ya en sus espaldas las bayonetas de los prusianos. En vano las mujeres interrogaban a los fugitivos y los hombres trataban de detenerlos: aquellos infelices soldados a quienes el terror o la vergüenza parecía haber vuelto idiotas, se encogían de hombros o contestaban con frases incoherentes.
Detrás de un grupo de mujeres del pueblo que metían gran ruido con sus destempladas voces, una joven silenciosa miraba con ansiedad el lúgubre desfile cual si buscase un rostro conocido. De pequeña estatura, esbelta y rubia como una inglesa, aquella niña de dieciocho años, con sus grandes ojos azules, sus facciones correctas y su aire distinguido, habría pasado por una aristócrata si el modesto vestido de percal y las manos callosas no denunciasen la humildad de su origen.
De pronto se estremeció violentamente. Al lado de un pelotón de móviles marchaba solo un sargento de línea, con el kepis calado hasta los ojos, la expresión siniestra y desarmado como sus compañeros. Era un mozo de veintiséis años, alto y robusto, cuyo traje ostentaba dos o tres desgarrones producidos por las balas.
—¡Emilio! —gritó la gozosa joven.
El sargento levantó bruscamente la cabeza.
—¡María! ¿Tú aquí?
—Sí, vine a encontrarte.
—¿Y tu padre?
—Está indispuesto y no ha salido hoy de su cuarto. ¿Y tú? ¿Estás herido?
—No.
Y los dos abriéndose paso por aquella oleada humana se hallaron al fin libres en la avenida de Orleans y se encaminaron lentamente hacia la plaza Denfert.
El gentío, muy numeroso en aquel paraje, formaba animados corrillos donde se discutía con calor y de los cuales salían de cuando en cuando los gritos de: «¡Abajo los zuavos! ¡Abajo la tropa de línea! ¡Vivan los móviles!»
El sargento, seguido de su compañera, penetró en un café y ambos se sentaron en el sitio más apartado. Allí el soldado ocultó el rostro entre las manos, lleno de desesperación, mientras la joven lo miraba conmovida y sin atreverse a articular una palabra.
—No llores, le dijo al cabo de un rato, separándole las manos.
—Los jefes nos han engañado, María; hemos sido derrotados completamente, y París no tiene ya ninguna esperanza.
—¿Por qué no? Si una batalla se ha perdido se pueden ganar otras.
—No: nuestros generales no quieren combatir, sino entregarnos atados a los prusianos.
¡Ah! Lo que hoy he visto no lo olvidaré en mi vida. Éramos treinta mil
Esta mañana, mandados por el general Ducrot, encontramos a los prusianos entre Meudon y Villejuif. El choque fue terrible. Caía en nuestras filas un verdadero diluvio de hierro y plomo y, no obstante, obtuvimos ventajas al principio. Los prusianos resistían a pie firme, pero algunos batallones diezmados comenzaban a vacilar. De repente los enemigos se recobran, marchan hacia adelante arrollándolo todo. —«¡Hurrah, Pruessen!»— gritaban los oficiales; —«¡Vozwœerts immer Vozwœrrts!»— contestaban los soldados. Era que había llegado otro ejército a sostenerlos y nos había cogido de flanco. Eran los bávaros. Yo estaba en el ala derecha con los de línea y los zuavos, y por allí atacaron los bávaros. Ellos fueron los que aplastaron a los zuavos en Woerth, y estos, ¡cobardes!, al recordarlo huyeron despavoridos arrojando las armas. Solo los guardias móviles se mantuvieron firmes hasta el fin… pero inútilmente. El gobierno de la defensa nos está vendiendo, y París no tiene ya ninguna esperanza.
El soldado calló, dando muestras de la mayor desesperación.
El rostro de la joven se había puesto sombrío, y su mirada antes tierna se tornó severa.
—Emilio ¿por qué vuelves desarmado? — preguntó fríamente.
En los ojos del militar brilló un relámpago, y con voz clara exclamó:
—¡Me crees cobarde, María! ¡Mil truenos! ¿sabes dónde está mi fusil? Lo hice mil pedazos en las espaldas de uno de esos malditos bebedores de cerveza.
¿Ves esta desgarradura? Pues es un bayonetazo recibido en el pecho, no por la espalda. ¡Yo cobarde! ¡Yo traidor!
—Basta, basta, repuso ella radiante de orgullo y acariciando entre sus dos manos la diestra del joven; veo que eres siempre digno de mi amor y que mañana no tendré que sonrojarme cuando me llamen tu esposa.
Media hora después, la gallarda pareja amigablemente cogida del brazo, pasando por enfrente del Observatorio, se internó en la calle Méchain y allí se detuvo a la puerta de una casa de modesta apariencia.
—Mañana en el jardín del Luxemburgo, ¿irás?
—Sí, a menos que mi padre siga enfermo.
El sargento se alejó con paso rápido no sin volver a menudo la cabeza para sonreír a la encantadora muchacha que parada en el umbral lo saludaba con la mano.
II
El señor Lemarre, conocido en todo el barrio de Saint-Jacques con el nombre de «tío Marat», era un antiguo comerciante de vinos establecido en otro tiempo en la calle de Arago, a quien sus malhadadas aficiones políticas habían arrastrado a la más completa ruina. Acérrimo enemigo de la monarquía, y particularmente del emperador Napoleón iii, el tío Marat comenzó por descuidar un tanto los trabajos del almacén para asistir a los clubs republicanos que, no obstante la vigilancia de la policía imperial, se habían multiplicado prodigiosamente desde el golpe del 2 de diciembre. Muy pronto en vez de asentar las entradas y salidas en sus libros, el honrado comerciante pasaba en vela hasta las altas horas de la noche forjando artículos que no tenían punto alguno de semejanza con los estudios enológicos que en su juventud enviaba a varios periódicos agrícolas. El señor Lemarre acabó por ser el principal colaborador de La Bandera Roja, diario que fue suprimido al segundo mes de aparición.
Por semejante camino fácil es comprender cómo el almacén de vinos fue desapareciendo paulatinamente hasta ser devorado del todo por los acreedores. Primero huyeron de las bodegas las cajas y toneles; después se vendió la casa de la calle de Arago, después se malbarataron los muebles; mas cuando el tío Marat abrumado de deudas, abandonado por sus amigos y afligido por la suerte de su hija única, pensaba en arrojarse con ella al Sena, una hermana suya tuvo la humorada de morirse legando a su sobrina María (así se llamaba la hija del señor Lemarre) una casa en la calle Méchain. Allí se refugiaron ambos: él ya curado de sus aficiones periodísticas y desempeñando una modesta plaza de dependiente en una tienda vecina, y ella ayudando a su padre a sostenerse con el producto de sus costuras y bordados.
Entonces fue cuando María trabó conocimiento con Emilio Gérard, en casa de una modista hermana de esta.
Emilio Gérard era un excelente muchacho, empleado en una imprenta con sien francos mensuales, y que vivía en compañía de su hermana, la única superviviente de su familia.
No tardaron en simpatizar vivamente los dos jóvenes: estrecháronse sus relaciones en las frecuentes visitas que María hizo al taller de la modista y en las que esta le devolvió acompañada, por supuesto, del impresor. El viejo Lemarre no pareció al principio descontento de aquellos nuevos amigos; pero cuando las intenciones de Emilio fueron demasiado visibles, el antiguo comerciante de vinos manifestó terminantemente a su hija que no toleraría más aquellas relaciones. Los obstáculos en amores son nuevos combustibles arrojados a la hoguera: Emilio y María se amaron con locura, y cuando estalló la guerra con Prusia (tres años después de haberse conocido los dos amantes, María había ablandado al fin el corazón de su padre y obligádole a conceder su mano a Emilio). ¿Cuál era el origen de la repugnancia que mostraba el tío Marat hacia el honrado impresor? No era difícil averiguarlo: el abismo de las ideas políticas los separaba. Un incidente acabó de hacer imposible toda avenencia.
El aquella memorable y borrascosa sesión del Cuerpo Legislativo, el 15 de julio de 1870, él, el señor Lemarre, que aplaudía frenéticamente a Thiers, a Favre, Arago y a los diputados de la minoría republicana que se oponían a la declaración de guerra, había visto a Emilio Gérard en las tribunas dando iguales muestras de aprobación cuando hablaban los ministros o los diputados de la mayoría imperialista; y cuando terminada la sesión se desparramó el pueblo por las calles, el mismo señor Lemarre había visto a su presunto yerno al frente de un grupo de energúmenos que marchaba por el bulevar Montmartre, vociferando: ¡A Berlín! ¡A Berlín!
Desde aquel día Emilio no pudo volver a casa de su futura; y habría tomado alguna resolución desesperada, si un decreto del gobierno no le hubiera obligado a partir hacia la frontera a principios de agosto, en calidad de soldado raso.
Gérard asistió a toda aquella lúgubre tragedia que comenzó con Sarrebruck y terminó en Sedán. Hecho prisionero en esta última batalla, logró fugarse a costa de mil penalidades y fue a ofrecer sus servicios al gobierno de la Defensa Nacional, quien le confirió el grado de sargento.
El 19 de setiembre se halló en el desgraciado combate de Chatillón, cuyas principales peripecias refirió él mismo a su prometida en el café de la plaza Denfert, la tarde en que los presentamos a nuestros lectores.
III
La noche del 19 de setiembre de 1870 fue de zozobra y alarma para los parisienses. La noticia de la derrota había cundido por toda la ciudad exaltando sobremanera los ánimos. En algunos lugares hubo escenas violentas. Varios oficiales que acompañados de mujeres de mal vivir reían y bebían alrededor de las mesillas enfrente de los cafés, fueron insultados por el pueblo, indignado por tan intempestiva alegría. Una casa estuvo a punto de ser saqueada porque en sus balcones aparecían luces sospechosas que, al decir de los transeúntes, eran señales para comunicarse con los enemigos.
A las diez se cerraron todos los establecimientos, pero las calles continuaron llenas de gente que andaba azorada e inquieta, prestando oído atento al menor luido lejano, dando por seguro un ataque repentino de los prusianos. Los pronósticos salieron fallidos. Al amanecer recobró la ciudad la confianza y su buen humor característico.
Muy temprano circuló el parte oficial de la batalla, en el que se leían aquellas célebres palabras que los parisienses convirtieron en un chiste: «algunos de nuestros soldados se replegaron con lamentable precipitación». En adelante, para decir que un soldado no tenía mucho de lo que sobraba al Cid, decían: «Sería capaz de replegarse con lamentable precipitación».
Emilio Gérard, retenido por el servicio, no pudo ir a la calle Méchain; pero a las cuatro de la tarde se encaminó al Luxemburgo, y allí, sentada en un banco, encontró a María ocupada en dar de comer a los gorriones que confianzudamente venían a pararse en su mano. La acompañaba la modista, hermana del sargento, la cual a la llegada de este se escurrió discretamente y se puso a tirar bolitas de pan a los cisnes de los estanques.
El semblante del joven revelaba profunda satisfacción cuando después de saludar a su amada exclamó:
—Ahora sí que va de veras, chiquita. Mañana haremos una salida seria por el lado de Villejuif y ajustaremos cuentas con esos condenados prusianos.
María palideció intensamente.
—¿Mañana…?
—Sí, pero no tengas cuidado: volveré sano y salvo como ayer ¡mil truenos! ¡Pues no faltaba más…! ¿Crees que me voy a dejar ensartar en la lanza de un uhlano como si fuera una rana? Volveré, sí señor, volveré y cuando se acabe la guerra me casaré con una personita que me quiere un poquitín. Pero ¿lloras…?
Dos lágrimas se deslizaban silenciosamente por las rosadas mejillas de la niña.
—Emilio, no vayas; qué será de mí si por desgracia… ¡Oh! No quiero ni pensarlo. Mi padre está muy anciano… yo no tengo más familia que él. Si me falta él, si me faltas tú ¿adónde iré?
El sargento se sintió conmovido.
—No te apenes —le dijo— ya que no puedo dejar de batirme, procuraré no exponerme, vivir para ti y conservar sana la pelleja.
Por la frene del mozo cruzó una nube sombría, y por primera vez pensó en las contingencias de la suerte: la idea de que una bala pudiera cortar su existencia no se le había presentado nunca tan horrible como en aquel instante en que veía dilatarse ante sus ojos un porvenir risueño, un mundo de felicidades al lado de aquella encantadora niña.
Para disipar sus lúgubres presentimientos la invitó a dar un paseo en compañía de su hermana.
Una hora después Emilio se despedía de María para volver al cuartel, y las dos mujeres, subiendo en un simón, dieron la vuelta por el Observatorio y se detuvieron en la calle Méchain, a la puerta del señor Lemarre.
Allí María descendió del carruaje y penetró lentamente en su casa. Cuando subía a la habitación de su padre recordó la cita que Emilio le había dado para el día siguiente a las doce, en casa de la modista, y entonces al pensar que acaso aquella despedida iría a ser para siempre, se detuvo en el descansillo de la escalera y prorrumpió en amargo llanto.
IV
Los alrededores de París, sumidos en profunda oscuridad y cobijados por un cielo anubarrado, no dan señales de vida. A lo lejos se divisa la ciudad constelada de chispas brillantes, con sus grandes edificios que se destacan entre los resplandores del gas como caprichosas recortaduras de papel negro. Por el lado de Villejuif no se oye rumor alguno: allí, sin embargo, en medio de aquella naturaleza adormilada, dos ejércitos se acechan en la sombra, abandonan el uno sus gurbíes y el otro sus tiendas, y van a ocupar sus puestos de combate con esa actividad silenciosa que solo se advierte en las hormigas cuando acopian provisiones y en los hombres cuando tratan de destruirse mutuamente.
Detrás de las alturas ocupadas por los defensores de París, están los prusianos escondidos en los bosques. Ninguna hoguera brilla en ambos campamentos. En una eminencia que forma parte de la línea francesa se hallan en posición dos baterías de artillería, sostenidas por un batallón de infantería cuyos soldados descansan envueltos en sus capotes. Aquellos pobres parisienses, casi todos bisoños en el arte de la guerra, a pesar del cansancio de la jornada, conversaban alegremente en voz baja, sumamente excitados por el encuentro que debía verificarse al amanecer, mientras los veteranos dormían tranquilamente a su lado como hombres que saben por experiencia que es preciso dormir para vencer.
A cosa de las once y media se acercó a aquel paraje un grupo de cuatro jinetes precedidos de un guía con un farol. Todos los soldados despiertos se pusieron de pie, y los oficiales se acercaron respetuosamente al que hacía de jefe de la ronda, exclamando: —¡El general Vinoy!
El general paseó a su alrededor una mirada escrutadora; y así que por medio de lacónicas preguntas se hubo cerciorado de que las tropas se hallaban en sus puestos, interpeló de este modo a un militar de elevada estatura y bigote cano:
—Capitán Malot, ¿hay entre vuestros muchachos alguno que conozca palmo a palmo desde aquí a Versalles?
—Si me permitís, mi general, os traeré algunos y vos mismo podréis escoger el que os guste.
El capitán se alejó y volvió a poco seguido de varios soldados.
—¡Hola, amigos! Necesito que uno de vosotros vaya a Versalles ahora mismo y me venga a contar lo que hay por sus cercanías. No ignoráis que los cascos puntiagudos andan por allí. El que vaya debe conocer el terreno como su propia casa, debe tener la astucia del zorro y el arrojo del león, y no ha de estimar en mucho la pelleja: si vuelve hallará un ascenso. ¿Cuál quiere ir?
—Yo, mi general, dijo una voz. Y a la luz del farol se vio adelantarse a un joven que lucía sobre sus hombros las charreteras de sargento.
Era Emilio Gérard.
—¿Estás decidido?
—Completamente.
—Bien: dejarás el fusil y la mochila; llevarás solo un revólver.
Al decir esto el general Vino y se quitó uno magnífico que llevaba al cinto, y se lo alargó diciéndole: —Procura volver.
Diez minutos más tarde el intrépido sargento dejaba atrás las avanzadas francesas y marchaba a campo travieso a cumplir su encargo. Conocedor del país como pocos, caminaba con paso seguro y rápido. Parecía, no obstante, absorto en profundas meditaciones. ¿En qué pensaba? Fácil era adivinarlo: pensaba en su adorada María, de quien se había despedido aquella misma tarde en el bulevar Arago; pensaba en las lágrimas que la joven estaba vertiendo sin duda por su causa, en la dulce conversación que la víspera había tenido con ella en el Luxemburgo, en lo que María le había dicho dos días antes en aquel mismo banco, testigo de todas sus protestas de amor. La salida que él había anunciado a su amada para el día 21, no se verificó hasta el 22 por la tarde: de suerte que habían podido hablarse otra vez en el mismo sitio y ¡qué de planes forjaron para lo porvenir! ¡Cuánta felicidad soñaron para cuando terminada aquella funesta guerra uniera para siempre un sacerdote aquellas dos almas ligadas ya por inquebrantable afecto!
Por un extraño fenómeno, todos aquellos recuerdos en lugar de infundir desaliento como otras veces en el alma de Emilio, en las presentes circunstancias le daban más ánimo para acometer la arriesgada empresa: no parecía sino que la imagen de María iba a servirle de égida contra los peligros, o que estuviese allí ella en persona para ser juez de sus acciones y premiar con una mirad lo que él hiciese por la patria.
De pronto se detuvo cual se despertase bruscamente de un sueño. Tenía delante un bosquecillo cuyos perfiles podían distinguirse a favor de la escasísima luz de la luna que comenzaba a asomar, y en el seno de aquella oscuridad había creído percibir un ruido metálico y seco, como el de una bayoneta al ser armada.
Antes que hubiera tenido tiempo de reponerse de la sorpresa, una voz ronca gritó a pocos pasos de distancia:
—¿Ver da? (¿Quién vive?)
Entonces comprendió el sargento que había caído imprudentemente en medio de una avanzada prusiana. Su primer pensamiento fue arrojarse al suelo; pero antes de efectuarlo, brilló un fogonazo y una bala pasó silbando a pocas líneas de su frente. Emilio se dejó caer entre unos arbustos y empuñó el revólver. Poco a poco vio salir del bosque unas sombras que avanzaban cautelosamente: eran cuatro soldados prusianos que, con el fusil preparado, venían en su busca. El sargento apuntó con mano firme, disparó y uno de los enemigos rodó por tierra lanzando un rugido. Los otros tres se precipitaron hacia el sitio en que Gérard estaba: este se puso en pie de un salto, tendió de un tiro a otro de sus contrarios recibiendo al mismo tiempo dos balazos a quemarropa, que apenas le rozaron la piel, y trató de escapar; pero los dos prusianos restantes lo atacaron a bayonetazos. Uno de ellos cayó, herido en la cara por el revólver del sargento; el otro tuvo tiempo de clavarle la bayoneta en el pecho, y el valiente francés, forcejeando aún por disparar su arma, se desplomó sin sentido como una masa inerte, en el momento en que llegaban al sitio del combate numerosos prusianos alarmados por el tiroteo.
V
Las ventajas obtenidas por los franceses en la casi victoria de Villejuif hicieron renacer la esperanza en el ánimo de los parisienses: la ciudad, con esa volubilidad que la caracteriza, recobró súbitamente el buen humor, aunque, aleccionada por una dolorosa experiencia, no celebró el triunfo ruidosamente, sino con una moderación digna de aplauso. Todos los que en el combate habían perdido algún pariente o amigo, se mostraban resignados; solo una mujer había caído presa de un accidente cuando regresaron a la ciudad los vencedores de Villejuif. Era la hija de excomerciante en vinos, era María que, al preguntar a los camaradas de su amante por el paradero de este, había sabido la horrible noticia. Emilio Gérard, enviado a una comisión la noche antes de la batalla, no había vuelto a las filas. Un soldado, apostado como centinela en las avanzadas por el lado de Versalles, había percibido esa noche un tiroteo lejano poco después de la partida del sargento. No cabía duda ninguna: el intrépido joven había sido sorprendido por los prusianos y fusilado en el acto.
Por muchos días el desgraciado señor Lemarre desconfió de salvar a su hija de las garras de la muerte: acometida de una fiebre violenta, con el cerebro perturbado por el delirio, pasó María las dos semanas que siguieron a las primeras salidas de los sitiados: cuando aquella enérgica naturaleza, asiéndose a un hilo de vida, logró sobreponerse a la enfermedad y vencer definitivamente el peligro, notose un cambio brusco en su carácter: su vehemencia de sentimientos se cambió en una especie de calma indiferente y dulce: su espíritu, si se permite la frase, se había petrificado convirtiendo a aquella sensible criatura de otro tiempo en un ser anodino, en un cuerpo sin vida. En vano el tío Marat procuraba distraerla durante la convalecencia, ingeniándose para apartar su imaginación de aquel recuerdo persistente, allí estaba la realidad tremenda, el maldecido sitio para deshacer a cada instante la obra caritativa del desgraciado padre. Ruido de cañonazos lejanos, toques de cornetas y redobles de tambores, desfiles de tropas por los bulevares vecinos, relaciones de periódicos y comentarios de los amigos visitantes, he aquí lo que desesperaba al señor Lemarre porque adivinaba que todo eso estaba asesinando a su hija. Pero ¿cómo evitarlo?
Había otra cosa que preocupaba al tío Marat casi tanto como la salud de María. Tal vez recordarán los lectores que el señor Lemarre, al comenzar la guerra, era dependiente en un almacén establecido en su misma calle: pues bien, durante la enfermedad de María, el señor Lemarre recibió un día un aviso de su principal en que le comunicaba que por su poca asiduidad se veía en el duro caso de dejarlo cesante. El trastorno que tan duro golpe produjo en el modus vivendi del tío Marat no hay para qué decirlo: sin recursos, sin amigos que pudiera proporcionarle otra colocación, sin esperanza de poder obtener alguna a causa del sitio, el señor Lemarre veía con angustia cómo sus economías iban mermando rápidamente, devoradas por la enfermedad de su hija, y pensaba con terror en el día en que saliera de su gaveta el último franco.
Por entonces advertíase en la atmósfera de París algo amenazador e indefinible: los prusianos habían logrado encerrar la capital del mundo civilizado en un anillo de acero, incomunicándola con el resto del orbe: las noticias que de los departamentos traían las palomas-correos no eran nada halagüeñas; el bombardeo de la ciudad parecía inminente; sin embargo, no era la impresión que todo esto producía en los ánimos lo que se respiraba en el ambiente, sino algo como los siniestros presagios de la tempestad próxima a desencadenarse, esa fermentación inquietante que precede a las revoluciones.
En efecto, una formidable asociación, debilitada por la mano de hierro del Imperio, cobraba nueva vida bajo el gobierno de la Defensa Nacional.
El señor Lemarre, en los buenos tiempos de sus aficiones políticas y de sus campañas republicanas, había tenido ocasión de estudiar esa asociación y aun de tratar a algunos de sus jefes, esta vez, al observar sus trabajos, sintió despertarse en él algo como cariñosa simpatía hacia aquellas sociedades secretas, cuyo principal objeto era la distribución equitativa de la riqueza, la guerra al capital, la comunidad de bienes.
Si ese visible interés del tío Marat era sugerido por la penuria en que vivía o databa de más antigua fecha, es cosa que no hemos podido averiguar; solo sabemos que a medida que disminuían sus recursos pecuniarios, el excomerciante en vinos leía con más avidez la Linterna, periódico redactado por Rochefort, y concurría asiduamente a las reuniones socialistas de la Maison-Dieu, en Montrouge, donde tuvo oportunidad de relacionarse con Flourens, Blanqui y Félix Piat, cabecillas de la Commune.
María estaba al tanto de las idas y venidas de su padre, no solo por los rumores de la vecindad, sino por los calurosos relatos que él mismo hacía de las sesiones comunistas y de los discursos pronunciados por Vallés, Delescluze y Rochefort. ¡Cosa extraña! La joven, a quien no conmovía nada de lo que a su alrededor pasaba, parecía salir de su automatismo cuando el señor Lemarre exclamaba con ardorosa elocuencia: «El mundo está desequilibrado: los menos viven a costa de los más, les chupan la sangre como insaciables sanguijuelas; y mientras unos cuantos señores holgazanes se regalan en sus palacios con cuanto pueden apetecer, millones de infelices trabajadores se mueren de hambre; mientras los generalotes de parada pasan la vita bona arrellanados en los sillones, los pobres soldados, la carne de cañón como ellos dicen, perecen abandonados miserablemente en los campos de batalla».
Llegó por fin un día en que se agotaron completamente las economías del señor Lemarre, precisamente cuando era mayor la carestía de víveres, y entonces el pobre viejo propuso a su hija que se trasladaran a otra casa pequeña y barata, donde pudiesen vivir con el alquiler de la que entonces habitaban. María aceptó sin objeción, y pocos días después los balcones persistentemente cerrados revelaban a los transeúntes la traslación de sus dueños.
¿Qué fue de ellos en el inmenso dédalo de París? Nadie puede decirlo. La casa permaneció cerrada durante todo el sitio sin que se presentase ningún inquilino, y la vecindad no volvió a ver nunca al tío Marat ni a su hija por aquellos sitios.
Cuando comenzó el bombardeo de la ciudad, entre las numerosas granadas que cayeron en las cercanías del Observatorio, tocó una a la casa del tío Marat, hundiendo gran parte del techo, aunque sin producir afortunadamente ningún incendio. Tampoco esta vez pareció nadie por allí, con gran estupefacción de los vecinos, que no sabían cómo explicarse la misteriosa desaparición del señor Lemarre y de María.
—Sin duda se han muerto de hambre— dijo por fin una vieja.
La hipótesis no era infundada: entonces valía un ratón cinco francos y un pavo quinientos.
VI
¿Qué había sido entretanto del intrépido sargento sorprendido por una avanzada prusiana la noche del 22 de setiembre? Herido, aunque no mortalmente, de un bayonetazo en el pecho, habría sido rematado sin compasión a no haber intervenido un oficial que, admirado de su arrojo, lo hizo conducir a las ambulancias.
No bien se halló en estado de soportar las fatigas de un viaje, fue enviado a Alemania con otros prisioneros, donde lo señalaron por residencia la ciudad de Francfort.
Allí fue recibiendo sucesivamente Emilio las noticias de la guerra, la heroica defensa de París, las salidas infructuosas, la formación del ejército en las provincias, en una palabra, las mil peripecias que alternativamente animaban o desalentaban a los desgraciados compatriotas. Pero entre tantas calamidades, un sentimiento egoísta de muy diversa índole ocupaba casi por completo su corazón: el recuerdo de su amada, de María que, expuesta a los horrores de un sitio encarnizado, no tenía más apoyo que el de un anciano enfermo y sin recursos; de María quien sin duda alguna lo creía muerto, y a quien acaso no volvería a ver nunca.
¡Con qué profunda emoción escuchaba de sus compañeros de infortunio las aventuras de los globos-correos que casi diariamente salían de París! ¡Ay! Bien sabía que entre aquellas cartas no había ninguna para él.
En uno de los últimos días de enero de 1871 conversaba Emilio con otros prisioneros en una esquena de la ciudad, cuando de improviso se oyó un rumor lejano que a poco se convirtió en inmensos clamores. No era posible equivocarse sobre la naturaleza de aquella desusada algazara: los que se oían no eran gritos de dolor ni imprecaciones, sino exclamaciones de extraordinario júbilo. ¿Qué había sucedido para que los flemáticos habitantes de Francfort dieran tales muestras de entusiasmo?
Un grupo de estudiantes que pasó cantando y con una bandera desplegada, puso a Emilio y a sus amigos al corriente de lo que pasaba. Lo que oyeron les heló la sangre en las venas y los dejó mudos de estupor. ¡París había capitulado!
VII
Emilio Gérard volvió a su patria a fines del mes de abril. Un remordimiento, sin embargo, le amargaba la alegría del regreso. Al saber en las calles de Francfort la capitulación de París, entre aquellos franceses prisioneros que escuchaban llorando la noticia, él la había acogido casi con júbilo, aunque un momento después se avergonzó del impulso espontáneo de su alma, porque con el egoísmo absoluto de los enamorados solo había visto en aquel infausto acontecimiento la terminación de su cautiverio y la vuelta al lado de María.
Grande fue su decepción cuando al llegar a Francia supo que se hallaba encendida la guerra civil entre los comunistas, que se habían adueñado de París y el Gobierno legal refugiado en Versalles. Un decreto de este último lo obligó a ingresar en las filas del ejército que a las órdenes de Mac-Mahon debía poner sitio a la capital.
De buena gana hubiera querido Emilio penetrar solo en París para buscar a María, pero la vigilancia ejercida por los federales hacía imposible semejante tentativa. Hubo, pues, de resignarse a aguardar pacientemente la victoria definitiva de los versalleses, la cual no podía tardar, gracias al rigor con que el mariscal Mac-Mahon estrechaba el cerco.
En efecto, en pocos días cayeron en poder de los sitiadores las fortificaciones exteriores de la ciudad; y por fin, el 21 de mayo entraba en París por la puerta de Saint Cloud el cuerpo del ejército del General Douai.
Sabidas son las sangrientas peripecias que precedieron al desenlace del drama, los combates homéricos en las barricadas, el encarnizamiento de los vencedores y la horrible venganza de los comunistas que redujeron a cenizas muchos de los principales monumentos de la ciudad.
Por una rara coincidencia, la división a que pertenecía Emilio debía operar por el lado del Observatorio, hacia el cementerio de Montparnasse donde se habían fortificado sólidamente los federales, y pasó por la calle Mechain, hacia cuya mitad estaba la casa del señor Lemarre.
Imposible es describir la emoción con que el sargento desfiló delante de aquellos balcones en los que tantas veces había visto la gentil figura de María, y que ahora cerrados daban a la fachada el aspecto de un rostro sin vida. Uno de los vecinos que se asomaban a las puertas para ver los pantalones encarnados, lo enteró de la misteriosa desaparición del tío Marat y de su hija. La noticia no podía ser más desconsoladora: ¿cómo encontrar a María en el inmenso dédalo de París?
VIII
En medio de la calle y apoyada en el cementerio de Montparnasse, se alzaba amenazadora la barricada, sobre cuya cresta resplandecían las bocas de las ametralladoras y los cañones de los fusiles como brillantes escamas de una serpiente gigantesca. El choque fue espantoso: los federales combatían con la energía de la desesperación; los versalleses, rabiosos y resueltos a no dar cuartel y pensar que toda aquella sangre era francesa y que el enemigo común, el invasor detestado se hallaba aún a las puertas de París, contemplando con horror aquella vergonzosa lucha fratricida.
Cuando las balas de cañón hubieron abierto brecha suficiente en la barricada, la columna de asalto se lanzó impetuosamente contra ella y la tomó después de una viva resistencia. Entonces comenzó una serie de combates parciales, luchas cuerpo a cuerpo, al arma blanca, a pistoletazos; los versalleses fusilaban inmediatamente a los prisioneros, sin distinción de edad, categoría ni sexo (pues había también mujeres entre los insurrectos).
Emilio Gérard, arrastrado por el oleaje de los combatientes, vio de pronto al través del humo de la pólvora y a pocos pasos de distancia una escena singular. El capitán de su compañía, un joven rubio y de elevada estatura, acababa de matar de una estocada a un federal que lo acosaba a bayonetazos; pero en aquel instante una mujer desgreñada y cubierta de harapos le disparó a boca de jarro un tiro de revólver y se preparaba a hacer fuego nuevamente sobre el oficial herido, cuando Emilio se puso de un salto al lado de su jefe y levantó el fusil para aplastarla. Pero en el momento en que la mujer furiosa se revolvía contra él dispuesta a hacer fuego, ambos se quedaron petrificados, lanzando a la vez un grito de horror. ¡Aquella mujer desgreñada y harapienta era María! Entonces comprendió Emilio todo lo que había pasado: el comunista muerto por el oficial y que yacía ensangrentado a sus pies no era otro que el señor Lemarre. La hija acababa de vengar al padre.
¡Mátala, mátala! Gritó el jefe herido y próximo a caer, dirigiéndose al sargento: éste por toda contestación arrojó el fusil y se precipitó en los brazos de su amada, con grande estupefacción de los soldados que habían acudido al socorro del oficial.
¡Fusiladla! Ordenó este a sus subalternos.
—¡Perdón para ella! — exclamó Emilio Gérard con voz entrecortada por los sollozos: —¡es mi prometida! ¡Perdonadla, capitán!
Pero ya el oficial rubio no escuchaba: había caído sin vida en brazos de sus compañeros.
Los versalleses se lanzaron furiosos sobre María para ejecutar la sentencia; mas el sargento corrió como un león a salvarla. Rechazado violentamente por sus camaradas, perdida ya toda esperanza y oyendo las conmovedoras palabras con que su amada se despedía de él, una inspiración súbita cruzó por la mente del desgraciado sargento, y poniéndose al lado de la joven dijo a los soldados:
—¡Deteneos! ¡Yo también soy comunista! ¡Fusiladnos juntos!
María quiso protestar, pero Emilio le pasó el brazo izquierdo por el cuello, tapándole la boca, mientras que arrancándose con la mano derecha las insignias de sargento, gritaba con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡Viva la Commune! ¡Abajo ese bandido de Mr. Thiers!
Los versalleses se echaron rápidamente el fusil a la cara y dos segundos después el estruendo de las descargas apagó el rumor del beso en que se fundieron aquellas dos almas enamoradas al volar a las misteriosas regiones de la eternidad.
1 Carlos Gagini, «El sargento Gérard», Costa Rica Ilustrada. Época 2: Capítulo i-ii, n.º 23, 2 de marzo de 1891, pp. 178-179; Capítulo iii, n.º 24, 20 de marzo de 1891, p. 189; Capítulo iv, n.º 25, 31 de marzo de 1891, p. 194; Capítulo v, n.º 27, 25 de abril de 1891, pp. 211-212; Capítulos vi-viii, n.º 30, 8 de julio de 1891, p. 234.
2 Manuel González Zeledón, «La guerra Franco-Prusiana». Cuentos (San José: Editorial Costa Rica, 1980) 195-201.
3 Universidad Nacional, Heredia, Costa Rica. Escuela de Literatura y Ciencias del Lenguaje. Correo electrónico: gustavo.camacho.guzman@una.cr;
https://orcid.org/0000-0003-2670-4594.
4 Universidad Nacional, Heredia, Costa Rica. Escuela de Literatura y Ciencias del Lenguaje. Correo electrónico: jose.bonilla.navarro@una.cr;
https://orcid.org/0000-0003-0234-7780.
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