e-ISSN: 2215-4078
Vol. 13 (1), enero – junio, 2025
https://doi.org/10.15359/rnh.13-1.21210
Recibido: 12/05/2025 / Revisado: 09/06/2025 / Aceptado: 13/06/2025
Licencia: CC BY NC SA 4.0
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Luma y su propio cielo Luma and Her Own Sky Luma e Seu Próprio Céu |
Mario Cascante Barquero
Universidad Nacional, Costa Rica
Heredia, Costa Rica
mario.cascante.barquero@est.una.ac.cr
https://orcid.org/0009-0004-6569-3829
En un tranquilo bosque, junto a un hermoso lago de aguas cristalinas, vivía una pequeña tortuga llamada Luma. Era curiosa, soñadora y pasaba horas observando el cielo azul, maravillada por las aves que surcaban el aire con tanta elegancia.
Cada mañana, Luma veía cómo las aves revoloteaban entre las ramas, los colibríes danzaban junto a las flores y las águilas se elevaban majestuosas hasta perderse en el horizonte.
—¡Debe ser increíble volar tan alto y sentir el viento acariciando la cara! — suspiraba Luma con ansia.
Convencida de que ella también podía alcanzar el cielo, decidió intentarlo. Primero, trepó con esfuerzo hasta la cima de una roca con gran entusiasmo y saltó batiendo sus patas como si fueran alas, sin embargo, en lugar de elevarse, cayó de espaldas sobre la hierba.
—Tal vez necesito unas alas de verdad — se dijo a sí misma.
Así que recogió hojas grandes, secas y las ató a sus patas con unos bejucos que encontró y con una renovada esperanza, subió nuevamente a la roca y saltó. Pero, en lugar de planear, cayó al suelo aún más rápido que antes, cubierta de hojas y polvo.
—¡Esto no está funcionando! — murmuró desanimada.
Sin rendirse, ideó un tercer plan. Le pidió ayuda a su amigo Lorenzo, un loro de un plumaje verde y brillante.
—Lorenzo, ¿podrías llevarme a volar contigo?
El loro, que era muy amable, aceptó el desafío. Sujetó a Luma con sus garras con gran esfuerzo y comenzó a elevarse. Al principio, todo parecía ir bien. Luma sintió el viento en su rostro y su corazón latió con fuerza por la emoción, pero, cuando Lorenzo subió en lo alto del cielo, la tortuga miró hacia abajo y se llenó de pánico.
—¡Bájame!, ¡bájame! — gritó aterrorizada.
Lorenzo descendió de inmediato y dejó a Luma suavemente en el suelo.
—Tal vez volar no es para ti — le dijo con dulzura.
Luma suspiró, sintiéndose derrotada. Se arrastró con lentitud hasta la orilla del lago y miró su reflejo en el agua.
—¡Nunca seré especial como los pájaros!— susurró con tristeza.
Justo en ese momento, un pez plateado emergió de las profundidades y le habló con curiosidad.
—¿Por qué estás tan triste, Luma?
—He intentado volar de todas las maneras posibles, pero siempre he fracasado. La verdad creo que nunca podré hacer proeza extraordinaria.
El pez sonrió y agitó su cola.
—Quizás, volar no sea lo tuyo, ¿alguna vez has intentado nadar?
Luma parpadeó sorprendida y recordó que sabía nadar, pero nunca le había prestado mucha atención. Intrigada, se deslizó al agua. Sin darse cuenta, comenzó a moverse con una agilidad que jamás había experimentado en tierra.
Cada vez que pateaba suavemente, avanzaba con rapidez. Se sumergió más y más recorriendo grandes distancias sin esfuerzo. Luma nadó entre las algas, persiguió a los peces y sintió la libertad de moverse con ligereza en un mundo nuevo y fascinante que nunca había notado.
—¡Esto es increíble! —exclamó con alegría.
Por primera vez, Luma no deseó volar nunca más, pues comprendió una enseñanza profunda: pesar de que no tenía alas, poseía un don especial, se movía en el agua como nadie más.
Desde ese día, nadó por el océano con orgullo y felicidad. Ya no envidiaba a las aves, descubrió que todos los seres tienen habilidades únicas.
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