Vol 23, N° 45, Enero-Junio 2025
ISSN: 1409-3251, EISSN: 2215-5325

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Aportes de la cosmovisión territorial Arhuaca en la reconfiguración del modelo económico y territorial en Colombia

Contributions on Arhuacos Territorial World Views in the Reconfiguration of the Economic and Territorial Model in Colombia

Aportes da cosmovisão territorial Arhuaca na configuração do modelo econômico e territorial na Colômbia

“La última raíz de la visión del mundo es la vida. Esparcida sobre la tierra en innumerables vidas individuales, vivida de nuevo en cada individuo y conservada en la resonancia del recuerdo” (Dilthey, 1974, p. 41)

Diego Alejandro Camargo Castro

Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, Colombia

diegoalejandro.camargo@uptc.edu.co

https://orcid.org/0000-0002-1428-9605

DOI: https://doi.org/10.15359/prne.23-45.2

Fecha de recepción: 07/08/2024 Fecha de aceptación: 06/11/2024 Fecha de publicación: 14/02/2025

Resumen

Este articulo tiene por objetivo reconocer los aportes de la cosmovisión arhuaca en una reconfiguración del modelo económico y de desarrollo instaurado en Colombia y, en las formas de relacionamiento, concepción del territorio y de las relaciones que allí se establecen con otros y la naturaleza. Esto comprendiendo la urgente necesidad de dar paso a nuevas maneras de concebir el mundo y la vida como un complejo entramado de relaciones de interdependencia para el bien-estar de las comunidades y el planeta. Además, de responder al discurso desarrollista que se impone y se extiende en Occidente hegemónicamente.

En primer lugar, se hace una revisión de fuentes sobre este modelo económico y de desarrollo en Occidente, de sus implicaciones sobre las dinámicas que se dan en los territorios y, posteriormente, a los que proponen los Arhuacos desde su cosmovisión.

Palabras clave: conocimientos indígenas; territorio; desarrollo económico; desarrollo sostenible; bienestar social.

Abstract

This article aims to recognize the contributions of the Arhuaca worldview in a reconfiguration of the economic and development model established in Colombia and, in the form of relationships, their conception of the territory and the relationships established there with others and nature. This expresses the urgent need to give way to new ways of perceiving the world and life as a complex network of interdependent relationships for the well-being of communities and the planet. In addition, it responds to the developmental discourse that is imposed and spread hegemonically in the West.

Firstly, a review of sources on this economic and development model in the West is made, then its implications on the dynamics that occur in the territories, and subsequently those proposed by the Arhuacos from their worldview.

Keywords: Indigenous Knowledge; Territory; Economic Development; Sustainable Development; Social Wellbeing.

RESUMO

Este artigo tem como objetivo reconhecer as contribuições da cosmovisão Arhuaca na reconfiguração do modelo econômico e de desenvolvimento instaurado na Colômbia e nas formas de relacionamento, concepção do território e das relações que ali se estabelecem com outros e com a natureza. Isso compreendendo a urgente necessidade de abrir caminho para novas maneiras de conceber o mundo e a vida como um complexo entrelaçado de relações de interdependência para o bem-estar das comunidades e do planeta. Além disso, responde ao discurso desenvolvimentista que se impõe e se estende hegemonicamente no Ocidente. Em primeiro lugar, é feita uma revisão de fontes sobre este modelo econômico e de desenvolvimento no Ocidente, suas implicações nas dinâmicas que ocorrem nos territórios e, posteriormente, sobre as propostas dos Arhuacos a partir de sua cosmovisão.

Palavras-chave: Conhecimentos Indígenas; Território; Desenvolvimento Econômico; Desenvolvimento Sustentável; Bem-estar Social.

Introducción

Los indígenas arhuacos conciben su territorio como un organismo vivo en el que cada una de las partes cumple una función específica para su buen funcionamiento. La vida es concebida como un entramado cósmico de la selva, cada organismo que habita en ella, el ser humano y los espíritus. No hay división entre el territorio físico y el territorio simbólico-espiritual, no son excluyentes, es su unión la que posibilita la experiencia vital de la vida y la expresión viva de su cultura.

En la cosmovisión arhuaca, el territorio les fue entregado desde el inicio del mundo, con un orden, con unas normas para su uso y relacionamiento con él y todos los seres que lo conforman. Para garantizar este orden y administración del territorio en su comunidad es fundamental el papel de sus líderes espirituales -los mamos-, quienes se encargan del direccionamiento de la comunidad, de servir de intermediarios entre las necesidades de la comunidad y las fuerzas naturales y espirituales del mundo. Su cosmovisión propone, entonces, unos principios básicos de relación con el territorio: de armonía, cuidado, vida comunitaria y orden. Este orden entendido como las indicaciones entregadas desde la ley origen de cómo vivir y relacionarse con el mundo. Esta relación implica, además, una serie de normas, deberes con su uso y una organización administrativa. Esta organización y dirección la encabezan también los mamos –líderes espirituales–, intérpretes de los mandatos de sus guías espirituales.

Los mamos o mamas son las máximas autoridades en estas comunidades. Son seleccionados desde antes de nacer para formarse como mediadores sociales, curanderos tradicionales y guías espirituales. Practican una medicina basada en sus creencias mágico-religiosas, centrada en el ámbito espiritual y en valores esenciales como la rectitud, el amor altruista, la verdad, la no violencia y la paz. Su objetivo es promover y garantizar el respeto y acatamiento de la Ley de Origen (ley de Se, Seyn, Zare, Shenbuta), que es la norma fundamental que rige a los cuatro pueblos de la Sierra, ya que “cuando el corazón se enferma, se enferma todo el cuerpo” (Procuraduría General de la Nación, 2019, p. 12).

Por otra parte, encontramos una cosmovisión occidentalizada del mundo, dirigida por un modelo de desarrollo, donde lo espiritual y lo material se separan de manera sistemática, el hombre y la naturaleza se contraponen y el territorio se convierte en un bien transable, en una propiedad (Barrientos Aragon, 2011). La naturaleza se concibe como objeto y el hombre como dominador. Se establecen también dos tipologías del territorio: social y físico. Desde una perspectiva física, el territorio es una fracción de tierra con ciertos atributos físicos y legales asignados Quiroga Sanabria (2009, como se citó en Niño Izquierdo y Devia Castillo, 2011), que se modifica debido a las actividades humanas (Arreola Muñoz, 2006). Socialmente, se entiende como un “modelo relacional”: un tejido en lugar de áreas, representado como un organismo vivo que se nutre, se multiplica y establece relaciones con otros organismos (Quiroga Sanabria, 2009).

Ahora, es en el relacionamiento de los individuos con su territorio donde encontramos la diferencia fundamental entre ambas concepciones del mundo; las comunidades indígenas entienden el territorio como un sistema complejo donde debe primar una relación de equilibro naturaleza-seres humanos, contrario a la occidental, caracterizada por un desbalance en esta relación, enmarcado por una visión antropocéntrica del mundo, la cual sitúa al hombre en un lugar jerárquico superior a los espacios naturales y los demás especímenes que residen en el planeta.

Este modelo deja, además, un limitado espacio para el diálogo —intercultural— que conlleva a la reflexión-acción frente a la necesaria reconfiguración de las prácticas occidentales con y sobre el territorio, pues propone búsquedas y fines diametralmente opuestas a las de las comunidades indígenas, a las del pueblo arhuaco, tan necesario en la actualidad en vista de los desafíos socioambientales del país y el mundo. Contrario a esto, se ha dado una imposición de este modelo económico también a estas comunidades, lo cual ocasiona la ocupación de su territorio, la pérdida de espacios sagrados, de sus prácticas culturales y la necesidad de ejercer una continua resistencia y lucha por la recuperación de su territorio.

Colombia se suscribe, por lo tanto, en un modelo de desarrollo determinado por el capital económico global, sustentado principalmente en el usufructo de los recursos naturales de cuyas implicaciones no han sido tampoco ajenos los pueblos indígenas. El contacto con la cultura occidental ha significado desplazamiento y una amenaza latente para la preservación de sus tradiciones, creencias y los espacios donde se desarrolla su cultura y por la cual pervive su comunidad.

Y no es solo el bienestar de los pueblos ancestrales el que se ha visto amenazado por las prácticas económicas, industriales y bélicas que ha traído este modelo de desarrollo hegemónico en Occidente, han sido las comunidades y grupos históricamente puestos en los márgenes de los fines desarrollistas y de mercado de este sistema, campesinos, afrocolombianos y clases populares. En Colombia la disputa por la tenencia de la tierra ha sido la que ha desencadenado un conflicto de décadas y por la que se han perpetuado las prácticas más perversas e inhumanas en los territorios el desplazamiento forzado, la acentuación de la pobreza, la desaparición forzada, las masacres, la persecución y el asesinato de líderes sociales y una ola de sobreexplotación de los recursos han sido solo algunas de las prácticas que sostiene el interés particular de unas partes minoritarias en el país y que han tenido el respaldo del modelo económico y de desarrollo actual.

Entonces, construir de manera colectiva nuevas narrativas del mundo, de nuestro lugar en la naturaleza y de nuestros principios de relaciones con el territorio y la otredad debe ser una respuesta perentoria al discurso y prácticas desarrollistas y, es en esta construcción donde debemos dar lugar a nuestros pueblos originarios, sin duda, su aporte a nuestra construcción de sociedad responde a un sentido más cercano a la realidad de nuestras comunidades, de las necesidades fundamentales para el ser, la vida y el planeta que la sostiene.

Marco teórico

El filósofo alemán Wilhelm Dilthey fue quien introdujo y desarrolló en un inicio el concepto de cosmovisión. Según él, la visión del mundo que cada individuo construye es el resultado de un conjunto de experiencias a lo largo de la vida, las cuales se manifiestan repetidamente a través del recuerdo. A esto se le denomina “experiencia vital”, pues se erige a partir de experiencias particulares reiterativas, conformando nuestra propia comprensión del entorno. Dilthey también sostiene que el pensamiento científico no puede examinar cada conocimiento particular sobre el origen de la vida porque este varía según la experiencia vital de cada individuo. (Dilthey, 1974, como se citó en Torreblanca Contreras, 2013, p. 18).

Todo lo que nos somete como costumbre, uso, tradición, se basa en tales experiencias de vida. Pero siempre, tanto en las experiencias individuales como en las generales, el grado de certeza y el carácter de su formulación son completamente distintos de la validez universalmente científica (Dilthey, 1974, como se citó en Torreblanca Contreras, 2013, p. 18).

De acuerdo con Dilthey, aunque existen diferentes concepciones del mundo, todas comparten una estructura común, la cual es una conexión unitaria en la que, basándose en una imagen del mundo, se determinan las cuestiones sobre el significado y el sentido del mundo, y de ahí se derivan el ideal, el bien supremo y los principios fundamentales de la conducta en la vida (Dilthey, 1974, como se citó en Santiago, 2011, p. 519). Así, propone tres tipos de cosmovisiones:

1. El Naturalismo: plantea que la naturaleza es la única realidad completa y que no existe nada fuera de ella. La vida espiritual se diferencia solo en forma, como conciencia, debido a las propiedades contenidas en ella, en relación con la naturaleza física. Esta definición vacía de la conciencia es el resultado de la realidad física según la causalidad natural (Fernández, 1992, como se citó en Santiago, 2011).

2. El Idealismo de la libertad es una creación del espíritu ateniense: la energía creativa y dominante de este espíritu se convierte en el fundamento para entender el mundo en las obras de Anaxágoras, Sócrates, Platón y Aristóteles (Fernández, 1992, citado en Santiago, 2011).

3. El Idealismo objetivo: es una actitud mental en la que el individuo se siente unido a la conexión divina de todas las cosas y, por ende, se relaciona con todos los miembros de esa conexión. Esta actitud encuentra la solución a todas las disonancias de la vida en una armonía universal de todas las cosas, experimentando un estado de ánimo en el que el individuo se siente uno con el complejo divino de las cosas y conectado con todos los demás miembros de ese complejo (Fernández, 1992, citado en Santiago, 2011).


La cosmovisión de los pueblos indígenas se sitúa en esta última categoría, la cual se basa en una concepción holística del mundo, donde experimentan un estado de ánimo particular en su relación con el territorio. Este vínculo es íntimo y complejo, y se manifiesta en la interacción de las personas con sus sitios sagrados o lugares destinados a rituales ceremoniales (Bastidas Calderón, 2010, como se citó en Niño Izquierdo y Devia Castillo, 2011).

Sin embargo, en nombre del pensamiento occidental, estas culturas ancestrales han sido negadas, perseguidas, invisibilizadas y, en muchos casos, exterminadas. La civilización occidental se expande con una concepción diferente del mundo, materializada en un modelo de desarrollo que justifica la colonización y el sometimiento de los pueblos; ideologiza, enajena y mutila la identidad individual y colectiva (Restrepo y Martínez, 2010 como se citó en Mejia Gonzalez et al., 2021).

Este modelo desarrollista puede definirse como el grupo de prácticas y tácticas surgidas del discurso de posguerra sobre el tercer mundo, al incluir los procesos que permitieron la implementación de dichas prácticas. Las dificultades del llamado “subdesarrollo” no se resuelven mediante un conjunto de saberes preexistentes, sino que son moldeados por los discursos fundados de personas expertas de diferentes áreas como la economía, el sector agropecuario, la salud pública, la nutrición, el periodismo, la comunicación, entre otras. De esta manera, el desarrollo que reconocemos es, en cierto sentido, la suma de estos discursos. Fue una relación inicial de dominio (entre los países del centro y los de la periferia) la que permitió que del “desarrollo” emergiera como un campo discursivo y de conocimiento posible (Escobar, 1986). El desarrollo, como discurso ideológico reforzado por diversas propuestas de conocimiento, fue crucial para la legitimación de este pensamiento en América Latina.

La historia de América Latina ha sido escrita bajo la influencia del eurocentrismo, con modelos europeos que han guiado la historia de los países latinoamericanos. A través de mecanismos ideológicos y económicos, estos modelos han logrado invisibilizar las propuestas alternativas de los pueblos ancestrales, presentándolas como insuficientes o incompletas. En Latinoamérica, los discursos teórico-filosóficos de la modernidad se han traducido en una práctica política imperial, lo cual ha creado una cultura de sumisión, explotación, marginación y exclusión que persiste hasta la actualidad (Restrepo y Martínez, 2010 como se citó en Mejia Gonzalez et al., 2021).

En la cosmovisión occidental, la modernidad se establece como el paradigma dominante, capaz de influir en todos los ámbitos humanos: arte, cultura, ciencia, literatura, entre otros. Sin embargo, la cara oculta de la modernidad se manifiesta en la explotación, dominación, exclusión y negación de toda alteridad. Este proyecto justifica prácticas excluyentes, xenofóbicas, patriarcales y opresivas (Mejía González et al., 2021). Para ampliar estas ideas, la modernidad se basa en una serie de argumentos teóricos (Robles, 2012, como se citó en Mejía González et al., 2021):

• La civilización occidental se considera la más avanzada y superior en comparación con el resto del mundo.

• Esta superioridad occidental impone la obligación ética de culturizar a los pueblos considerados como primitivos.

• El desarrollo económico y el acaparamiento del capital son vistos como el camino a seguir.

• El sistema educativo debe alinearse con la epistemología dominante.

• La violencia se justifica como medio para avanzar en la modernización y erradicar la “barbarie” del mundo.

• Oponerse al proceso civilizatorio se interpreta como una negativa a la “emancipación” de la ignorancia.

• Se considera necesario sacrificar la naturaleza y a los pueblos considerados inmaduros.


Este modelo se ha establecido y continúa avanzando como un proceso político, epistémico y económico hegemónico, que bloquea cualquier posibilidad real de diálogo con otras culturas. El principio del diálogo implica la diversidad de creencias y valores, que, más allá de aceptar la existencia de otros puntos de vista, se enuncia como respeto, reconocimiento de su legitimidad e interés en percibir sus razones (Argueta, 2009).

La pluralidad de pensamiento implica la posibilidad de aceptar otras formas de entender la vida, el mundo y nuestras relaciones con él. En términos de “ontología política”, muchas luchas étnico-territoriales pueden considerarse luchas ontológicas, que defienden diferentes modos de vida. Estas luchas obstaculizan el plan globalizador de crear un mundo uniforme. Y son esenciales para las transformaciones ecológicas y culturales hacia un mundo donde coexistan múltiples mundos (el pluriverso). Que representan la vanguardia en la búsqueda de modelos alternativos de vida, economía y sociedad (Escobar, 2016).

La crisis planetaria actual, heredada del sistema capitalista, hace que este sea el momento adecuado para considerar un modelo de civilización diferente, basado en la comprensión del complejo entramado vital de lo natural, espiritual y humano. Por lo tanto, es necesario abrirse a una nueva forma de entender el mundo, mientras se acoge a los relatos propios de nuestra América, los cuales están llenos de posibilidades esperanzadoras, plurales y de encuentro del hombre con la naturaleza, su cultura y su ser (Mejía González et al., 2021).

El territorio, la configuración territorial en Colombia y el modelo de desarrollo

Más allá de la mirada geográfica y geopolítica que identifica al territorio como el espacio absoluto donde se desarrollan interacciones entre el hombre, el Estado, los ecosistemas, el suelo y los medios de vida (Leff et al., 2003); desde una perspectiva integral se concibe al territorio como una construcción social e histórica, dispuesta espacial y temporalmente, en donde se desarrollan relaciones entre la sociedad y la naturaleza, allí se gestan relaciones de poder y las dinámicas sociales, culturales, económicas y políticas de la sociedad (Toledo y Barrera-Bassols, 2008).

Y aunque la definición de territorio ha sido objeto de estudio de innumerables investigaciones de las ciencias sociales, en Latinoamérica, la comprensión del territorio va más allá de lo teórico, y se enfoca en comprender el territorio como la construcción social de las comunidades que han sido marginadas históricamente (Ávila Sánchez, 2005). Esos grupos excluidos, a través de su organización en movimientos sociales y por medio de movilizaciones, han batallado por el derecho al buen vivir y han promovido el concepto del territorio como algo mucho más grande y complejo (Garavito González y Cortés Millán, 2023).

De esa manera, los grupos sociales excluidos por los sistemas gubernamentales que responden al modelo de desarrollo capitalista, manifiestan su lucha a través de la materialización de su visión holística e integral de los lugares, los recursos y las interacciones sociales que allí se dan y lo identifican como un “territorio” (Kretschmer, 2013). Así, en el contexto de la lucha social, el territorio surge como una protesta a los procesos de desterritorialización que las comunidades subordinadas han vivido por no hacer parte del modelo de desarrollo imperante (Barraza López, 2023).

Un modelo de desarrollo que no ve la diversidad cultural como riqueza y la aprovecha como una ventaja para el avance del país, y que por el contrario percibe la multiculturalidad como un obstáculo para el progreso económico; es un modelo que no da cabida a la integración de la sociedad colombiana y prima el interés económico sobre el social y el ambiental.

Colombia, a lo largo de su historia, ha transitado por modelos de desarrollo que son estrictamente dependientes de las necesidades de los países considerados como “desarrollados o primermundistas”. De esta forma, el modelo de desarrollo económico colombiano se ha visto encaminado a ser rigurosamente extractivista y proveedor de materias primas, dejando a un lado la transformación y el valor agregado de los productos (Hidalgo Romero, 2023). Este tipo de situaciones que a través de los años han sumido en una encrucijada a Colombia, también han permitido el desarrollo de dinámicas económicas que han financiado y generado sinnúmeros de conflictos violentos, los cuales han afectado a la población civil urbana y rural de país.

En el país, grupos armados al margen de la ley de orden guerrillero insurgente, a pesar de su lucha no han detenido el avance de la política neoliberal extractivista, ni mucho menos han mermado el modelo capitalista reinante en el territorio colombiano. Sin embargo, tal y como lo menciona Vargas Reina (2010), la lucha armada entre las fuerzas del Estado y los grupos al margen de la ley, sí han afectado a la sociedad y han desterritorializado un sinnúmero de comunidades que se han visto avocadas a desplazarse a las grandes urbes. Este tipo de fenómenos en un país, en constante guerra, ha facilitado el despojo de tierras al campesinado y a comunidades rurales, lo cual ha promovido la concentración de la propiedad rural en muy pocas manos.

Conforme avanza la lucha por la tierra en Colombia, también lo hace la lucha de las comunidades por preservar sus territorios. Esas comunidades, sometidas a presiones propias del conflicto armado, experimentan constantes procesos de desterritorialización y territorialización (Tovar, 2019).

En conclusión, el Estado colombiano ha sido un impulsor, tanto por omisión como por acción, de los grupos que han provocado la violencia en el país. Su papel como regulador y administrador de justicia se ha revelado ineficaz, debido a la estrecha relación del Gobierno con las empresas encargadas de gestionar el capital económico.

Reconfiguración territorial

Reflexionar sobre los modelos de desarrollo en Latinoamérica inevitablemente nos lleva a analizar el capitalismo depredador y salvaje que predomina en el continente. Así, el capitalismo ha condicionado de forma negativa la vida de la población, pues ha condicionado las dinámicas sociales que se ajustan al modelo de desarrollo económico reinante, el cual, a su vez, está en constante transformación (McLaren, 2012). Así, la forma de vida está en constante adaptación al modelo económico dirigido desde el norte, y que impacta de manera constante y negativa en las regiones del sur.

Este fenómeno excluye directamente a los países sin poder económico, sometiéndolos a los intereses de las naciones del primer mundo, las cuales ejercen formas de exclusión directa sobre territorios y poblaciones enteras. Colombia, a pesar de ser ecológicamente rico y poseer un potencial de desarrollo, que incluso su población a veces no puede vislumbrar, no escapa a esta realidad. El fuerte dominio norteamericano ha condicionado la política económica, dando lugar al aumento del nivel de exclusión y deterioro de lugares y poblaciones enteras en el país (García Cantillo et al., 2020).

Así, los modelos de desarrollo depredadores subalternizan comunidades, vulneran sus derechos y las relegan a lugares que no satisfacen sus necesidades ni les permiten desarrollarse de forma plena ni promover sus culturas y tradiciones. Estas comunidades subalternizadas, que habitan los sectores rurales de Colombia, son increíblemente diversas. Sin embargo, se puede identificar algunas que a lo largo de la historia han sido golpeadas, despojadas o desplazadas, como las personas campesinas, las comunidades afro, las comunidades indígenas y la comunidad rom.

A lo largo del tiempo, estos sectores excluidos han perdido sus lugares de origen debido a presiones externas y la complicidad de las fuerzas gubernamentales. Un Estado indolente y carente de acciones para proteger a estas poblaciones actúa como cómplice en el incremento de la desigualdad y la exclusión de los pueblos originarios.

El territorio es una forma de lucha social (Ávila Sánchez, 2005). Como se mencionó anteriormente, el territorio es una construcción compleja que surge de grupos sociales que han sido sometidos y abandonados. De esta manera, estos han sido moldeados y reconfigurados a lo largo del tiempo, impulsados por la lucha social que ha llevado a la conquista y recuperación de espacios ancestralmente utilizados para el desarrollo de las comunidades (Toledo y Barrera-Bassols, 2008).

Pensar en la reconfiguración del territorio en pro del bienestar de las poblaciones colombianas implica otorgar a las comunidades sometidas voz, voto y respeto en las decisiones sobre los lugares que habitan. Estas comunidades deben decidir, desde un sentido colectivo y de protección, cómo se van a desarrollar los territorios, permitiéndoles incluir en la visión de desarrollo, los saberes ancestrales que siempre han abogado por la conservación de ecosistemas frágiles y vitales tanto para el hombre como para la naturaleza.

La inclusión de la cosmovisión indígena, en este caso la arhuaca, en el desarrollo de los territorios colombianos demanda un cambio radical en el modelo de desarrollo hacia uno más integral y holístico. Este nuevo modelo tiene como eje principal la conservación de los espacios naturales para el bienestar de las comunidades y el equilibrio de la naturaleza, con lo cual se fortalece el vínculo del ser humano con la madre tierra, una figura a la que se cuida y se le debe respeto (Bernal Conde, 2014).

La cosmovisión arhuaca permite determinar los territorios según su vocación ancestral, agropecuaria y económica. Así, la visión arhuaca del territorio desdibuja la idea de que el territorio es simplemente construido, lo cual refuerza en cambio la noción de un territorio que crece y se desarrolla con las comunidades, un territorio que debe ser protegido y cuya relación con el ser humano debe ser dignificada y fortalecida generación tras generación (Niño Izquierdo y Devia Castillo, 2011).

Incluir la cosmovisión arhuaca en la perspectiva actual del territorio colombiano, sin duda alguna, enriquecería la visión integral de este. Colocando por encima de cualquier otro aspecto, el ambiental; promoviendo la defensa y el buen uso de los recursos naturales, respetando los ecosistemas y permitiéndoles a los espacios naturales regenerarse de manera adecuada.

El modelo económico en Colombia

Como se mencionó en el apartado anterior, el modelo de desarrollo en Colombia ha sido la materialización del capitalismo voraz que se originó y fortaleció en Europa. Su implementación en Latinoamérica, agravado con políticas neoliberales, desencadenaron el fracaso del progreso económico de la región. Al tener en cuenta lo anterior, el principio fundamental del modelo económico colombiano es el capitalismo hegemónico, cuyo objetivo es el lucro monetario de familias y grupos empresariales determinados (Nieto Ríos, 2021). Por lo tanto, no se puede considerar ni siquiera como un modelo de desarrollo medianamente inclusivo; de hecho, la esencia del capitalismo se basa en la segregación, el abuso y la sumisión de grupos sociales y espacios naturales para un beneficio monetario, sin siquiera cuantificar el daño social y ambiental generado en estos procesos arrasadores. Tal como menciona Pérez Martínez (2004), lucrarse con la fuerza del trabajo de los demás magnifica un modelo que de por sí es excluyente y segregador, sin tener un objetivo colectivo determinado; de hecho, su principio reinante es la individualidad.

El modelo de desarrollo actual, al tener un fin estrictamente económico, no contempla la justicia social, la justicia ambiental ni la repartición y aprovechamiento justo de los recursos (Nájar Martínez, 2006). Tampoco considera el respeto hacia ningún tipo de entorno o población. De acuerdo con lo anterior, en un país megadiverso como Colombia, rico en recursos naturales y dominado por el extractivismo, el país se convierte en una fuente de materias primas para satisfacer las necesidades de las poblaciones extranjeras (Contraloría General de la República, 2013). Dicho de otra manera, es un Estado sin interés en proteger sus recursos ni en utilizarlos para su propio desarrollo, sino más bien en comercializarlos al mejor postor.

El modelo económico actual, indolente hacia la sociedad y devastador para el medio ambiente, condena a la nación colombiana a dinámicas violentas y conflictos por la tierra y los recursos (Pérez Martínez, 2004). En conclusión, este modelo de desarrollo económico no ha traído más que guerras para Colombia.

Metodología

Esta investigación se dio en el marco del Diplomado Diálogos Interculturales en Derechos Humanos y Cultura de Paz Territorial, realizado en el resguardo Jimain de la comunidad Arhuaca en Pueblo Bello, César. El interés de la investigación fue conocer la manera en que la comunidad entiende y concibe su territorio desde su cosmovisión y, a partir de allí, entablar un diálogo intercultural enriquecido por las miradas y experiencias de las personas participantes del diplomado.

Desde el punto de vista metodológico se adoptó una perspectiva cualitativa con un método etnográfico. Se usó el método de muestreo no probabilístico a través del muestreo por conveniencia intencional y planeada, según un criterio estratégico, para el cual fueron seleccionados miembros de la comunidad Arhuaca de Jimain con los mayores conocimientos del sistema de organización de su comunidad, con roles de liderazgo y de distintos grupos etarios. Las técnicas empleadas para obtener la información fueron la observación participante, la observación focal y los grupos de discusión.

Entre las prácticas convencionales en la comunidad abordadas en el estudio se destacan las de relacionamiento de la comunidad Arhuaca con su territorio, lugares sagrados y de pagamentos y usos, normas y cuidado de recursos naturales, extrapolando los hallazgos a las prácticas dadas en occidente y entendiendo la necesidad en este último de la reconfiguración de su concepción territorial desde los aportes de la cosmovisión arhuaca.

Participantes en la investigación

• Comunidad arhuaca

• Estudiantes del diplomado

• Docentes de la Universidad Santo Tomas (observadores-investigadores)

El método

El método etnográfico busca presentar episodios que son fragmentos de vida documentados en un lenguaje natural, y además intenta representar lo más exactamente posible cómo los individuos sienten, qué saben, cómo lo conocen y cuáles son sus creencias, conocimientos y formas de ver y comprender el mundo (Guba, 1978, como se citó en Reichardt y Cook, 1982).

La observación participante

La observación participante se realizó de manera endógena, para esto se estableció inicialmente una intención dialógica en los espacios, con base en una relación sujeto-sujeto entre las personas participantes e investigadores. Mijaíl Bajtín (citado en Mardones Spano, 2023) define la dialogicidad como la capacidad de comprender el enunciado de otra persona, orientarse con relación a él y situarlo dentro del contexto adecuado. Por otro lado, Paulo Freire (citado en Accorssi et al., 2014) plantea dicho concepto como una relación de diálogo en construcción entre los sujetos participantes de una dinámica social. Esta concepción va más allá del simple diálogo, implicando acción, reflexión y un proceso constante de transformación social para construir relaciones sociales ecuánimes. Desde esta perspectiva se ubicó y entendió el discurso de cada participante y su significado.

Con una función indagatoria, desde esta técnica, se buscó principalmente conocer cuál es el significado del territorio para la comunidad Arhuaca, de las prácticas dadas en él y cómo está representado y constituido dentro de su cosmovisión. Para lograr este objetivo durante los cuatro (4) días de inmersión en el territorio, se hizo una observación directa de las prácticas de la comunidad en su vida cotidiana, recorridos y visita a lugares sagrados y de reunión de la comunidad. Se recolectó información descriptiva desde las prácticas observables y testimoniadas por algunos de ellos y ellas tratadas en formato audio-visual.

Los arhuacos tienen una asociación simbiótica-íntima con su territorio, cada espacio les fue entregado en el origen del mundo con un fin sagrado, es vital para la vida y, en esa misma medida es su deber cuidarlo y así la cultura que a través del él pervive. Es en la armónica relación hombre-naturaleza-territorio que se entreteje el sentido místico y fundamental de la vida, la cual, manifiestan, no ha entendido occidente.

Por otra parte, fue a través del desarrollo de los espacios pedagógicos en el marco del diplomado donde se pudo socializar y discutir estas prácticas y el discurso arhuaco, ampliarlo desde sus testimonios y saberes.

Grupos de discusión

Para lograr un diálogo intercultural entre todas las personas participantes del diplomado, se utilizó la técnica de grupos de discusión, lo cual facilitó la interacción entre la comunidad arhuaca, estudiantes y docentes-investigadores. Los grupos de discusión pueden considerarse una variedad de las entrevistas grupales semidirigidas, cuyo objetivo es obtener información cualitativa mediante la interacción del grupo sobre temas propuestos por quien investiga (Cortazzo, 2006).

Inicialmente, se propusieron una serie de preguntas para guiar la conversación. Aunque estas se centraron en la comunidad arhuaca, fomentaron una actitud dialógica entre todas las partes, lo cual permitió compartir experiencias y reconocer diferentes perspectivas territoriales desde la visión cultural de cada participante. Valles (1999) “clasifica los grupos de discusión dentro de la categoría amplia de entrevistas grupales y presenta diversas técnicas para su abordaje” (p. 287).

El grupo actúa como un marco de referencia para entender las representaciones ideológicas, los valores y las formaciones imaginarias y afectivas predominantes en un contexto, clase o sociedad específicos (Ortí, 1989, citado en Valles, 1999).

De acuerdo con Cortazzo (2006), esta técnica no directiva se centra en el habla de los sujetos sin restricciones. Es especialmente útil en investigaciones participativas, pues permite una devolución inmediata al grupo y una elaboración y síntesis por parte de este. Esto rompe la dicotomía sujeto/objeto y le permite a la persona investigadora no solo ver su propia interpretación, sino también contar con la de las personas participantes, facilitando un intercambio constante y enriquecedor.

Esta discusión posibilitó, además, el cumplimiento del objetivo principal del diplomado: generar una conversación de frente a la concepción arhuaca del mundo, de las relaciones que se establecen entre el medio y los seres que lo integran y, propiciar así una reflexión de esta en occidente.

Durante el desarrollo del diálogo, participantes del diplomado y quienes conforman los pueblos afrocolombianos manifestaron identificarse con el sentido de arraigo al territorio que expresaban los arhuacos, en la forma como sus prácticas solo cobran un sentido por darse allí, en el espacio sobre el cual ellos han sentado el sentido fundamental de su identidad y la existencia como tal. Contrario al testimonio de las personas situadas en las prácticas occidentales, que reconocían su privación de un sentido identitario vital con su territorio.

Grupo focal

Actualmente, los grupos focales y de discusión son herramientas valiosas para recolectar datos a través de los diálogos, pues permiten obtener información sobre las opiniones de un grupo de profesionales respecto a un tema específico (Wilkinson, 2004, como se citó en Hernández De la Torre y González Miguel, 2020). Tal como lo menciona Silveira Donaduzzi et al. (2015), un grupo focal es un proceso interactivo donde las personas participantes comparten ideas, permitiendo que sus opiniones sean validadas o desafiadas. Durante la discusión, se negocian temas construidos colectivamente. No obstante, es crucial señalar que la técnica del grupo focal no pretende llegar a consensos; quienes participan pueden conservar sus opiniones originales, cambiarlas o adoptar nuevas perspectivas basadas en las reflexiones del grupo. El sello distintivo de esta técnica es el uso explícito de la interacción, las actitudes y los puntos de vista sobre un fenómeno determinado, desarrollándose en interacción con otras personas (García Calvente y Mateo, 2000, como se citó en Hernández De la Torre y González Miguel, 2020, p. 117).

En las sesiones de discusión fueron propuestas algunas preguntas para dirigir la conversación entre las partes. Las preguntas planteadas fueron diseñadas bajo las siguientes categorías:

1. Preguntas de introducción

2. Preguntas claves

3. Preguntas de cierre


Para los propósitos de esta investigación, el uso de este instrumento como opción metodológica permitió acceder a información significativa a través de las discusiones, tanto desde las respuestas proporcionadas por las personas participantes de la comunidad arhuaca, como de las réplicas o intervenciones de las demás personas participantes. Este intercambio de ideas conllevó a una discusión crítica de las formas de relacionamiento de las culturas occidentales con su territorio qu,e vista desde el código de principios arhuacos, requieren una apremiante resignificación.

El procedimiento de análisis de datos se basa en la secuencia propuesta por Silveira Donaduzzi et al. (2015), así:

1. Fase de pre-análisis: consiste en organizar el material obtenido de las grabaciones del grupo y transcribirlo para construir el corpus de la investigación. A partir del análisis temático del pre-análisis, se crean las categorías.

2. Fase de exploración del material: una vez organizado el material, se procede a buscar fuentes para la revisión teórica de las categorías, apoyándose también en todos los datos obtenidos del material recolectado en los espacios de discusión, que luego se organizan según los temas tratados en este artículo.

3. Fase de tratamiento de los resultados: se desarrolla la idea central del artículo y se discuten los hallazgos.


El trabajo de campo y la interpretación de los resultados estuvo a cargo del equipo de docentes que dirigieron el diplomado. A partir de los hallazgos derivados y la teoría consultada, se llevó a cabo una interpretación científica de la información centrada en los marcos teóricos conceptuales y el discurso arhuaco de su cosmología. Fue así como, desde una observación objetiva de sus dinámicas, se pudieron distinguir formas de articulación significativa entre las dos concepciones del mundo en el marco de su cosmovisión territorial.

Resultados y discusión de resultados

La cosmovisión territorial propia del pueblo arhuaco permite integrar la naturaleza y los seres humanos a través de la espiritualidad. En este tipo de concepciones del territorio es fundamental tener en cuenta la relación íntima que tienen los espacios naturales con el modo de vida de los pueblos originarios (Rojas y Segovia Nieto, 2021). De esta manera, se puede comprender con mucha mayor claridad cómo el uso productivo de la tierra está condicionado por las prácticas agropecuarias y ambientales que le permiten al pueblo indígena pervivir sin generar un daño significativamente invasivo en la tierra.

Concebir el territorio como lo hacen los pueblos originarios implica respetar los espacios naturales en pro del bienestar, por encima del interés económico de los individuos (Bernal Conde, 2014). Este tipo de ideas liga la espiritualidad con el quehacer del hombre y considera que la labor humana en las actividades productivas influye de manera determinante en la tierra y sus recursos, condicionando su capacidad de regenerarse, de producir y, por lo tanto, de generar bienestar a una población.

Una visión tan naturalista del desarrollo y conservacionista de los espacios naturales y los recursos le ha permitido a la comunidad indígena Arhuaca y, en general, a las comunidades indígenas que habitan la Sierra Nevada de Santa Marta, vivir y replicar generación tras generación su modo de vida. Identificando los espacios o ecosistemas frágiles que la comunidad valora como sagrados y brindándoles un tratamiento especial en favor de su conservación (Bernal Conde, 2014).

Tal como apuntan Niño Izquierdo y Devia Castillo (2011), la idea de desarrollo de la comunidad Arhuaca prioriza el medioambiente por encima del desarrollo social. Esta particularidad les ha permitido conservar, luchar y resistir en un territorio que les ha garantizado el pervivir de las comunidades.

Considerar la riqueza cultural de las comunidades indígenas en el territorio nacional debe permitir plantear un modelo de desarrollo para un país pluriétnico y pluricultural que contemple la cosmovisión de los grupos originarios en el uso y aprovechamiento de los recursos naturales como ejes del desarrollo de la sociedad. Diseñar un modelo de desarrollo que incluya las perspectivas y cosmovisiones espirituales de los pueblos y comunidades indígenas en relación con el medioambiente y los recursos hídricos permite conocer y respetar los tiempos de recuperación de los ecosistemas y aprovecharlos de la mejor manera, sin sacrificar el bienestar ambiental y de las comunidades (Mestre, 2007).

De acuerdo con las nuevas teorías sobre el decrecimiento sostenible, como lo menciona Bermejo et al. (2010) plantear un modelo económico para una nación ecosistémicamente rica como Colombia generaría un beneficio absoluto y acoplaría al país en la nueva dinámica económica, social y política enmarcada en la sostenibilidad ambiental.

El panorama mundial no es distinto, pues en la actualidad se plantea el progreso de las naciones primermundistas basadas en el decrecimiento sostenible. Esta situación se presenta, al ver como los modelos económicos capitalistas y dependientes de los recursos obtenidos de la economía extractivista de los países tercermundistas, estaban llevando a las naciones y al planeta a vivir dinámicas migratorias y de violencia causadas por la pérdida de ecosistemas y recursos que sostenían el modo de vida y garantizaban la seguridad y soberanía alimentaria de comunidades en países del continente africano, asiático y sudamericano.

Un modelo de producción donde la obsolescencia programada reina; es un modelo cuyo principio de consumismo condiciona las dinámicas sociales y limita las dinámicas ambientales para la recuperación de los ecosistemas frágiles (Fernández Rey, 2014). Además, es un modelo que no cuantifica el daño que genera a diario en el medioambiente y tampoco garantiza resarcir el daño ambiental causado al planeta.

Conclusiones

Es necesario trascender de la mera idealización de un territorio colombiano estático e incluir los aportes de la cosmovisión de los pueblos originarios para la reconfiguración de este. De esa manera, generar una concepción del territorio que respete los espacios naturales, contemple las verdaderas necesidades de las poblaciones y articule la productividad con la conservación del medio, le permitirá a la naturaleza el tiempo adecuado para su restauración y conservación.

Un modelo de desarrollo en Colombia que reconfigure la percepción territorial, teniendo en cuenta la cosmovisión y la perspectiva conservacionista de los pueblos de la Sierra Nevada, especialmente la cosmovisión arhuaca, supondrá la erradicación del modelo extractivista y mercantilizador de los espacios y recursos naturales en Colombia. Este cambio de modelo permitiría dejar atrás el tipo de desarrollo económico que actualmente rige, y que ha intentado dar un valor monetario a todo.

Permitir que los pueblos indígenas, campesinos y otros grupos sociales excluidos sean escuchados implica concebir un territorio común y plural, con iguales derechos y deberes para todas las personas. La obligación de escuchar para construir, la necesidad de planear en conjunto y en beneficio de la mayoría, dejarían de lado la percepción egoísta y el modelo capitalista arrasador que solo pretende enriquecer monetariamente a unos pocos grupos, sin importar el bienestar de los demás, lo cual genera profundas brechas en la sociedad colombiana y aumenta la segregación y la injusticia.

Colombia, tras los cambios sociales post Proceso de Paz con las FARC, ha intentado construir un país más inclusivo, que brinde una vida digna, sin miedo y con un Estado que garantice las mismas oportunidades para toda las personas sin excepción. La base social fuerte y más inclusiva, que ha dejado atrás los horrores de la guerra, debe hacer realidad el modelo territorial colombiano incluyente, conservacionista y participativo, poniendo por encima de cualquier interés particular y colectivo, la protección de los recursos naturales, para garantizar el acceso, la conservación y el disfrute de la naturaleza como garantía del buen vivir.

Una sociedad que conozca y apropie la cosmovisión de los pueblos originarios estará un paso adelante en la eliminación de la discriminación. Conocer las culturas y tradiciones ancestrales con las que han crecido y avanzado como sociedad los pueblos indígenas, permite aprender, respetar y apropiar prácticas mucho más incluyentes y beneficiosas para nosotros como sociedad.

Así mismo, crear espacios sociales que tengan en común la conservación y protección de espacios naturales le permitirá a la sociedad formar un territorio colectivo, que propenda por las generaciones futuras y las oportunidades para los infantes de conocer y disfrutar de un territorio que les garantice las condiciones para desarrollarse plenamente.

Un país que sufre transformaciones estructurales en pro de la sociedad colombiana requiere un cambio en su modelo económico actual, exclusivo per se. Y debe dar un vuelco a la inclusión y cambiar radicalmente su tipo de desarrollo territorial que está mercantilizado. De esta manera, la sociedad colombiana exige un cambio trascendental en el aparato estatal, y también un cambio como nación, donde se vele por el respeto, la comprensión y la equidad. Esto solo será posible si la sociedad colombiana exige y establece un modelo territorial inclusivo que no vulnere la dignidad de ningún miembro de la sociedad, sin importar su edad, identidad sexual o condición socioeconómica.

Es innegable la extraordinaria coherencia de los pueblos originarios para mantener generación tras generación un equilibrio entre la persona y la naturaleza, formando un vínculo íntimo con el territorio que habitan. En concordancia con lo anterior, los planes de desarrollo de las diferentes regiones y departamentos del país deben abrirse a un diálogo vinculante con todas las partes de la sociedad, para aportar a la formulación de dichos planes y considerar la cosmovisión indígena, poner siempre a la naturaleza como el eje rector del desarrollo, entendiendo que está por encima de lo social, lo económico y lo político; solo así podrá existir un cambio realmente estructural en el modelo y la percepción del desarrollo en Colombia.

Para finalizar, desarrollar un modelo territorial social será un cambio significativo para la población colombiana, sobre todo para aquellas poblaciones que han sido relegadas y olvidadas por los Gobiernos que han respondido a lógicas capitalistas. Esto generará un mejor país, con más oportunidades y con la firme convicción de que lo más importante es la protección y conservación de los ecosistemas que garantizan el buen vivir de las poblaciones, aportando a la justicia social.

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