Vol 23, N° 45, Enero-Junio 2025
ISSN: 1409-3251, EISSN: 2215-5325
Reseña critica del libro
Lo rural: reflexiones analíticas en un mundo de cambio1
Critical Review of the Book Lo rural:
reflexiones analíticas en un mundo de cambio
Resenha Crítica do Livro Lo rural:
reflexões analíticas em um mundo em mudança
Jairo Mora Delgado
Profesor titular, Departamento de Producción Pecuaria, Universidad del Tolima
https://orcid.org/0000-0002-1093-4216
Resumen
Este texto constituye la reseña crítica hecha en el lanzamiento de la obra Lo rural: reflexiones analíticas en un mundo de cambio, compilada por Sandra Milena Franco. No obstante, el discurso va más allá de la obra misma. En dicha reseña, se analiza, a la luz de la literatura especializada, cada uno de los capítulos escritos por diferentes autores, pero que, en conjunto, configuran una unidad alrededor del campesinado; especialmente, el libro resalta el mundo de lo rural y exalta su vigencia.
Palabras clave: campesinos, marxismo, capitalismo.
Abstract
This text is the critical review presented at the launch of the book Lo rural: reflexiones analíticas en un mundo de cambio, compiled by Sandra Milena Franco. However, the discussion goes beyond the work itself. In this review, each chapter—written by different authors—is analyzed in light of the specialized literature, yet together they form a coherent unit around peasantry; in particular, the book highlights the rural world and underscores its continuing relevance.
Keywords: peasants, marxism, capitalism.
Resumo
Este texto constitui a resenha crítica apresentada no lançamento da obra Lo rural: reflexiones analíticas en un mundo de cambio, organizada por Sandra Milena Franco. Contudo, a discussão vai além da obra em si. Nesta resenha, cada um dos capítulos — escritos por diferentes autores — é analisado à luz da literatura especializada, mas, em conjunto, configuram uma unidade em torno do campesinato; especialmente, o livro destaca o mundo rural e ressalta sua vigência.
Palavras-chave: camponeses, marxismo, capitalismo
He disfrutado profundamente la lectura de este libro, sobre todo porque aborda temas poco frecuentes en los discursos sobre lo rural, al menos en el contexto colombiano. Quienes nos hemos dedicado al estudio de las sociedades rurales solemos transitar por los textos seminales de Alexander Chayanov, ya sea desde la perspectiva de la economía agrícola o desde la mirada sociológica de Wolf y Shanin. También recurrimos a las aproximaciones antropológicas de Redfield y Scott, o a las reflexiones más arriesgadas que han explorado la complejidad del tratamiento del campesinado en la teoría marxista.
En este último campo, algunos análisis van más allá de la creencia común de que Marx consideraba a los campesinos “idiotas rurales” o de que los comparó con “sacos de papas”, al describirlos como representantes del “barbarismo dentro de la civilización”. Conviene advertir que tales afirmaciones, descontextualizadas, pierden sentido y profundidad.
Probablemente, las críticas a Marx provienen de la lectura realizada por David Mitrany en su obra Marx against the Peasant (1951), en la que examina la concepción del filósofo sobre el campesinado a partir de El manifiesto comunista, El capital y El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Para Marx, el movimiento campesino respondía a una intencionalidad revolucionaria concreta.
Hoy, quienes estudian la ruralidad disponen de textos antes desconocidos en el análisis del problema agrario, en particular los Grundrisse, manuscritos fundamentales para comprender la visión marxista del campesinado. Actualmente se entiende que dicha concepción no fue el resultado de un prejuicio o una actitud despectiva, sino la consecuencia lógica de una interpretación del mundo basada en la estructura de la sociedad capitalista moderna: la burguesía, que vive de su capital, y el proletariado, que sobrevive de la venta de su fuerza de trabajo.
En este esquema, el campesinado era sui generis, pues combinaba ambas condiciones en su vida cotidiana, dentro del espacio productivo de la parcela. Según Marx (1969, p. 408), “el trabajador es propietario, el propietario trabaja; como dueño de los medios de producción es capitalista, y como trabajador es su propio asalariado”. Esta ambivalencia lo colocaba en una posición intermedia, desempeñando dos roles a la vez. En consecuencia, el futuro de esta clase social enfrentaba un dilema: acumular capital y transformarse en burguesía, o vender su fuerza de trabajo como el proletariado, reforzando así la clase llamada a protagonizar la revolución.
Sin embargo, me he apartado un poco del tema, con el único propósito de resaltar que el análisis de documentos seminales constituye una labor encomiable e inaplazable dentro de la academia interesada en la ruralidad. Solo el estudio juicioso de las dinámicas rurales, en sus distintas dimensiones, puede ofrecernos las herramientas necesarias para realizar interpretaciones acertadas y, en consecuencia, tomar decisiones adecuadas.
Ese esfuerzo interpretativo de las fuentes originales lo he encontrado en el libro Lo rural: reflexiones analíticas en un mundo de cambio, compilado por la profesora Sandra Milena Franco y publicado por la Editorial Universidad de Caldas. Se trata de una obra didáctica y novedosa que, como ya he mencionado, aborda temas poco frecuentes y, por ello, resulta especialmente valiosa para quienes estudian las sociedades rurales. Debo decir que disfruté cada uno de los capítulos y que incluso me vi en la grata obligación de estudiar con mayor detenimiento para asumir el honor de presentar este texto.
El primer capítulo, escrito por el profesor Pompeyo José Parada Sanabria, aunque aclara que su propuesta “no pretende establecer una doctrina”, constituye una valiosa introducción para comprender las aproximaciones teóricas que han influido en las distintas formas de estudiar la ruralidad. El autor plantea la necesidad de regresar a los documentos fundacionales para identificar las diferencias doctrinales entre las corrientes que dieron origen a los discursos sobre lo rural.
Desde una lectura rigurosa de los escritos de Durkheim, invita a comprender la dicotomía entre las sociedades rurales y urbanas a la luz de la división social del trabajo. Según este enfoque, la cohesión de las sociedades rurales se basa en la homogeneidad de sus integrantes y en factores comunes como el parentesco, el vínculo con la tierra, la tradición, la religión o la vecindad. Por esta razón, Durkheim denomina a tales comunidades “sociedades de solidaridad mecánica”, lo que refleja rasgos característicos del mundo rural.
En cambio, en las sociedades donde la división del trabajo es más alta, la cohesión se vuelve orgánica, pues surge de la complementariedad de las funciones que cumplen las personas en su individualidad. De este modo, las sociedades industriales, sustentadas en la producción colectiva de las fábricas, constituyen el ejemplo paradigmático. El profesor Parada concluye que “lo campesino y rural encaja, en términos generales, más en la solidaridad mecánica… y más precisamente en las sociedades segmentarias”, mientras que las sociedades urbanas —particularmente las que se sustentan en la industrialización— se corresponden mejor con un tipo de solidaridad orgánica. Resulta interesante observar que, en la tradición europea, lo rural y lo campesino se explican como categorías residuales frente al progreso industrial.
Por contraste, con el surgimiento de la sociología en Estados Unidos en el siglo XVIII, temas como el despoblamiento rural, el abastecimiento de alimentos, las diferencias demográficas, los aspectos ambientales y la movilidad social se convirtieron en asuntos de interés. En esta corriente, lo rural se definió principalmente en relación con lo urbano. El autor destaca los planteamientos de investigadores como Sorokin y Zimmerman, quienes consideraban esta aproximación “menos teórica” que la europea, al ser más aplicada y orientada a resolver los problemas prácticos del campo. De acuerdo con Parada, dicha visión reflejaba los esfuerzos de la sociología rural estadounidense por superar las limitaciones de su primera etapa, durante la primera mitad del siglo XX.
Estos análisis, en cierto modo, se vinculan con el enfoque marxista, centrado en el campesinado como un fenómeno residual de formas precapitalistas que representaban un obstáculo temporal al desarrollo del capitalismo.
Conviene resaltar que este primer capítulo nos permite rastrear las raíces doctrinales de la sociología rural en Colombia. La primera Facultad de Sociología del país, creada en 1959, recibió una marcada influencia de académicos estadounidenses como Everett Rogers, autor de la tesis sobre el desarrollo de Antioquia, y Lynn Smith, discípulo de Sorokin, quien realizó investigaciones en comunidades rurales de Tabio en 1954 y disertó sobre la política de reforma agraria en la década de 1960. Según señala el profesor Parada, este último autor habría asesorado la investigación de Orlando Fals Borda, plasmada en su célebre obra Campesinos de los Andes.
En el segundo capítulo, el libro propone una reflexión teórica sobre diversos elementos del comportamiento social, muchas veces abordados solo de manera tangencial por otros autores en los años ochenta. En ese entonces se analizaron categorías como el estatus de “agricultor líder”, la aversión al riesgo o la prudencia campesina; sin embargo, pocos estudios las habían interpretado como expresiones de reconocimiento o de menosprecio, lo que les otorga ahora un valor analítico dentro de la sociología rural.
El texto plantea “un desplazamiento del paradigma dominante en la representación de la justicia social, centrado en la distribución económica, hacia el paradigma del reconocimiento”. Desde este enfoque, la autora busca comprender las experiencias de valoración y desvalorización vividas por habitantes rurales del departamento de Caldas. En esta perspectiva, categorías como el amor y la solidaridad se configuran como elementos fundamentales de análisis, asociados a las prácticas de dominación cultural, así como a la invisibilización y al irrespeto de las manifestaciones propias de la cultura campesina.
Esta clasificación resulta especialmente relevante, pues en nuestras sociedades rurales el reconocimiento o el menosprecio tienen consecuencias políticas y sociales tan profundas como las derivadas de la humillación o el maltrato físico. Ambos fenómenos se manifiestan en la privación de derechos, la exclusión social y el desprestigio de las formas de vida y de las capacidades humanas. Comprender la importancia de estos aspectos constituye la base para fortalecer el reconocimiento de las mujeres y los hombres del campo, así como para promover la formación de una conciencia rural que debe iniciarse desde la educación de la niñez y de las juventudes campesinas.
El tercer capítulo desarrolla un texto de gran belleza conceptual sobre temas que, en la vida cotidiana, habían sido tratados solo de forma incidental, pero que aquí se elevan a la categoría de asuntos estratégicos de política pública. En esta parte, más allá de un enfoque feminista, el concepto de “cuidado” se presenta como una categoría social con profundas implicaciones políticas. En consecuencia, dimensiones como la salud, la alimentación, el bienestar corporal, la salud mental y la belleza —tanto física como espiritual— adquieren un significado renovado.
En la vida rural, donde el ser humano interactúa constantemente con su entorno natural, el cuidado se concibe en relación con el mundo, con las formas de subsistencia, con el medio físico originario y con todos los elementos que hacen posible la existencia y le otorgan sentido. Aunque el concepto de cuidado tiene una relevancia estratégica en las sociedades rurales, su polisemia puede generar distintas interpretaciones, lo que en ocasiones conlleva a subestimarlo.
El texto de Franco expone con claridad la vigencia y la necesidad de elevar el cuidado a una categoría política, más allá de su tradicional asociación con las labores femeninas realizadas en contextos de desigualdad. En un sentido amplio, el cuidado se reconoce aquí como una dimensión esencial del bienestar colectivo y del desarrollo humano.
El cuarto capítulo ofrece un enfoque novedoso sobre la valoración de la fuerza laboral femenina en el campo, en especial de aquellas trabajadoras dedicadas a la preparación de alimentos. Uno de los temas centrales que aborda es el papel de las mujeres en las haciendas cafeteras, donde la preparación de la comida influye directamente en la decisión de las y los recolectores sobre qué trabajo aceptar. Este apartado se convierte en una de las narraciones más interesantes del libro, al tiempo que cuantifica, con rigor, el gasto energético que la fuerza laboral emplea en las distintas actividades de las jornadas agrícolas propias de la producción y cosecha de café.
Cabe resaltar que existen pocos estudios sobre este tema. Exceptuando un trabajo de maestría en la Universidad Javeriana y una tesis doctoral en curso en la Universidad del Tolima, la literatura que analiza los aportes de la fuerza laboral en términos energéticos es escasa. Tradicionalmente, la atención se ha centrado en la energía contenida en los insumos de los sistemas de producción, siguiendo las líneas pioneras de Pimentel, Fluck y Baird, pero con notorias lagunas en la evaluación del balance energético desde la perspectiva de las trabajadoras y los trabajadores. En este sentido, la cuarta parte del texto constituye una valiosa contribución para llenar ese vacío.
El estudio de Castaño y Arango otorga a la alimentación humana la importancia que merece como proceso vital para la supervivencia, basado en la provisión de energía y nutrientes esenciales. Su investigación recomienda una descripción detallada de las actividades y del tiempo dedicado a cada función, pues la demanda energética varía según el grado de mecanización y la intensidad del trabajo en las faenas agrícolas, mineras, de construcción o forestales.
El texto culmina con una reflexión especialmente llamativa: la formulación del concepto de plus-energía, análogo al plusvalor marxista. Este término alude a la energía excedente que la fuerza laboral gasta y que no recupera mediante la alimentación recibida, lo que genera un excedente de esfuerzo que beneficia a quienes poseen los medios de producción y las haciendas. De esta manera, el análisis evidencia cómo la explotación del trabajo campesino también puede comprenderse en términos energéticos, y no solo económicos.
Por su parte, mi amigo y veterano pensador de las ciencias ambientales y rurales, Isaías Tobasura, presenta un amplio y riguroso análisis sobre la instrumentalidad ambiental. Parafraseando a Harari, señala que “técnicamente —aunque no políticamente— las grandes calamidades que han afligido a la humanidad podrían considerarse superadas: el hambre, las pestes y la guerra, que por milenios agobiaron a las sociedades humanas, hoy se mantienen bajo control. El mapa genético, la clonación y los trasplantes de órganos, antes impensables, nos hacen soñar con la conquista de la felicidad”.
Esta introducción sirve como marco perfecto para abordar las crisis ambientales provocadas por el desarrollo del capitalismo, especialmente en países donde el capital ha adquirido un carácter parasitario y las posibilidades de generar riqueza productiva han sido abandonadas incluso por quienes debían impulsarlas. Para ciertos sectores desclasados, ha resultado más cómodo entregarse a la lógica del capital financiero especulativo o de la reprimarización económica que apostar por un capital productivo y sostenible. En este contexto, el análisis de Tobasura es contundente: la política ambiental termina subordinada a las políticas sectoriales orientadas al “crecimiento económico” y sostenidas en las llamadas “locomotoras del desarrollo”, más que en una auténtica búsqueda de sostenibilidad.
No puedo dejar de mencionar la transcripción de la conferencia de César Pachón, incluida a modo de corolario del libro. Me parece una decisión acertada cerrar la obra con su intervención, pues, fiel a la expresión latina dixi, funciona como mensaje final. Su discurso, pronunciado desde la voz de un ingeniero de origen campesino, recoge las experiencias y luchas del campo colombiano. Pachón conoce de primera mano las dificultades que afectan a las comunidades rurales, ha visto el deterioro del sector agropecuario debido a políticas erradas y ha exigido la renegociación de los tratados de libre comercio.
Como líder de Dignidad Agropecuaria Nacional, ha encabezado marchas de hombres y mujeres del campo en defensa de la dignidad campesina y ha denunciado los atropellos contra la soberanía alimentaria. Su trayectoria representa la lucha persistente —y muchas veces invisibilizada por los medios de comunicación y los gobiernos de turno— por los derechos de los productores agrícolas, lecheros, paperos y cafeteros, así como por el reconocimiento del campesinado como sujeto político.
A manera de cierre complementario, la profesora Catalina Toro presenta un análisis magistral sobre la resistencia campesina frente a los embates de la locomotora minero-energética. Su trabajo invita a la academia a asumir un compromiso social y político más decidido en defensa del campesinado y de la agricultura como pilares de la sostenibilidad y la justicia territorial.
A las profesoras y profesores Isaías, Elmer, Pablo, Sandra, María Teresa y Pompeyo, les expreso mi gratitud por esta obra que tanto me ha deleitado. Estoy seguro de que despertará el interés de estudiantes y docentes de pregrado y posgrado, además de abrir nuevas líneas de investigación sobre lo rural en Colombia y América Latina.
¡Gracias!
Marx, K. (1969). Theories of Surplus Value. Lawrence and Wishart.
Mitrany, D. (1951). Marx against the Peasant. Weidenfeld and Nicolson.
1 Título del libro compilado por Sandra Milena Franco, comentado por el profesor Jairo Mora Delgado en el I Coloquio Internacional Implementación de Acuerdos de Paz y Sociedades Rurales. Manizales, 17 de octubre de 2019.
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