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Revista de Teología / Estudios Sociorreligiosos
Vol. 19 N° 1, Enero-Junio 2026
ISSN 2215-227X • EISSN: 2215-2482
Recibido: 22/01/2026 - Corregido: 15/04/2026 - Aceptado: 14/05/2026
Doi: https://doi.org/10.15359/siwo.19-1.9

URL: https://www.revistas.una.ac.cr/index.php/siwo
Licencia (CC BY-NC 4.0)

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El dataísmo: ¿una nueva religión?1

Dataism: A new religion?

Dataísmo: uma nova religião?

José Luis Meza-Rueda*

Pontificia Universidad Javeriana

Bogotá, Colombia
joseluismeza@javeriana.edu.co
https://orcid.org/0000-0002-6520-2653

Camilo Alfonso López-Saavedra***

Pontificia Universidad Javeriana

Bogotá, Colombia
clopez.s@javeriana.edu.co
https://orcid.org/0000-0002-2273-887X

«Según el dogma biológico actual,
emociones e inteligencia no son otra cosa que algoritmos».
(Harari, Homo Deus, 455)

Resumen

El dataísmo, como ideología, redefine al ser humano, la sociedad, la naturaleza y a Dios. El artículo analiza su basamento en el Big Data e Internet de las Cosas, junto con los algoritmos presentes en las decisiones y la “datificación” de la vida. Luego, expone sus rasgos religiosos teniendo en cuenta las dimensiones narrativa, doctrinal, ritual, experiencial, ética, social y material. Finalmente, identifica algunos riesgos antropológicos (reducción humana a un nodo algorítmico), soteriológicos (negación de la trascendencia espiritual) y morales (subordinación de la conciencia a la IA), cuestionando la neutralidad de los datos y la lógica de mercado subyacentes.

Palabras clave: Dataísmo, transhumanismo, infocracia, antropología religiosa, inteligencia artificial.

Abstract

Dataism, as an ideology, redefines human beings, society, nature, and God. The article analyzes its foundations in Big Data and the Internet of Things, along with the algorithms involved in decision-making and the “datafication” of life. It then examines its religious characteristics, considering narrative, doctrinal, ritual, experiential, ethical, social, and material dimensions. Finally, it identifies certain anthropological risks (the reduction of humans to algorithmic nodes), soteriological risks (the denial of spiritual transcendence), and moral risks (the subordination of consciousness to AI), questioning the neutrality of data and the underlying market logic.

Keywords: Dataism, Transhumanism, Infocracy, Religious Anthropology, Artificial Intelligence.

Resumo

O dataísmo, como ideologia, redefine o ser humano, a sociedade, a natureza e Deus. O artigo analisa seus fundamentos no Big Data e na Internet das Coisas, juntamente com os algoritmos presentes nas decisões e a “datificação” da vida. Em seguida, expõe suas características religiosas, levando em conta as dimensões narrativa, doutrinária, ritual, experiencial, ética, social e material. Por fim, identifica alguns riscos antropológicos (redução do ser humano a um nó algorítmico), soteriológicos (negação da transcendência espiritual) e morais (subordinação da consciência à IA), questionando a neutralidade dos dados e a lógica de mercado subjacentes.

Palavras chave: Dataísmo, Transhumanismo, Infocracia, Antropologia da Religião, Inteligência Artificial.

El dataísmo es una ideología, una forma de ver la realidad, una “nueva religión” que cada vez toma más fuerza. Los estudiosos interesados en este fenómeno están llamados a hacer una lectura crítica que, reconociendo sus bondades, devele sus postulados y la manera como está reconfigurando —o, desfigurando— al ser humano y, de paso, su relación con los otros, la naturaleza y el trascendente. En el primer apartado se hace una aproximación nocional al dataísmo. En el siguiente se exponen sus formas religiosas. Y en la última parte se presenta una reflexión acerca de su propuesta religiosa teniendo como horizonte la triada Dios-ser humano-mundo.

1.Una aproximación al dataísmo

Gracias a la tecnociencia estamos viviendo tiempos de vértigo en los que, cuando apenas nos vamos acomodando, llegan otros cambios más drásticos que vuelven a poner a prueba nuestras capacidades y, en no pocas ocasiones, las exceden. Tristan Harris en el docudrama The Social Dilemma (2020) expresa un tanto absorto: «Estamos entrenando y condicionando a toda una nueva generación de personas que, cuando se sienten incómodas o solas, recurren a un pacificador digital».2

Al parecer no soportamos nuestra debilidad, imperfección y soledad, sin embargo, en ellas radica nuestra humanidad como aparece representada en uno de los diálogos de la película Upgrade (2018) en el que la inteligencia artificial Stem le dice a Grey Trace: «No tiene sentido que los humanos funcionen mal a propósito», a lo que responde Grey: «Eso es porque tus recuerdos están llenos de unos y ceros, amigo, en cambio nuestros recuerdos están llenos de todos los errores que hemos cometido».3

David Brooks mencionó por primera vez el término dataísmo en 2013, filosofía del momento que estaba provocando un salto cualitativo gracias al uso de cantidades descomunales de información: «La revolución de los datos nos está brindando formas maravillosas de comprender el presente y el pasado, ¿transformará nuestra capacidad para predecir y tomar decisiones sobre el futuro?»,4 se preguntaba Brooks (2013, p.1). Dos años después, Steve Lohr (2015) remarcó la incidencia del dataísmo en la toma decisiones en todos los ámbitos al afirmar que esta se haría basándose más en datos y análisis, y menos en la intuición y la experiencia. Así, el dataísmo tiene como centro los datos y presupone que los algoritmos pueden recabar información para intelegir y tomar mejores decisiones que los seres humanos.

En 2015 Yuval Nohah Harari popularizará el término dataísmo en su libro Homo Deus al considerarlo como una ideología y, más aún, como una nueva religión. El historiador israelí parte de la premisa de que los datos son la base para comprender la realidad o, dicho de otra manera, ella es datificable. Los datos son fuente de autoridad porque gracias a ellos podemos entender y cambiar lo que sucede en todo orden. En este sentido la investigadora holandesa José van Dijck (2016), reafirmando el carácter ideológico del dataísmo, dirá que este muestra características de una creencia generalizada en la cuantificación objetiva y el seguimiento potencial de todo tipo de comportamiento humano a través de tecnologías de medios en línea.

El dataísmo tiene como dinamismo el Big Data y como plataforma el Internet-de-todas-las-cosas (Internet of Things - IoT). El primero se define como la capacidad del sistema informático para recoger, almacenar, procesar y analizar datos diversos en grandes cantidades y en tiempo real y, así, descubrir patrones, identificar relaciones ocultas y generar nueva información que pueda mejorar la toma de decisiones. Este se plantea como una revolución del conocimiento.

De otra parte, el IoT es el ecosistema de dispositivos interconectados que recibe, recopila y envía datos a través de la web para alimentar el Big Data. En ambos, los algoritmos tienen un papel crucial ya que son los encargados de procesar los enormes volúmenes de información para extraer la que es útil. Su relación es simbiótica; un ejemplo son los vehículos autónomos; ellos dependen del IoT, el cual genera datos sobre el tráfico y su entorno en tiempo real, mientras que el Big Data los analiza para hacer predicciones que les permite transitar eficientemente por el sector geográfico en el cual están localizados.

Al lado del Big Data y el IoT, nos hemos venido familiarizando con otros neologismos como datificación,5 machine learning (aprendizaje automatizado), smart cities (ciudades inteligentes), infocracia e inteligencia artificial, cuyas nociones y puesta en marcha han sido posibles gracias a datos y algoritmos. Por esto, el dataísmo considera que:

El universo consiste en flujos de datos, y que el valor de cualquier fenómeno o entidad está determinado por su contribución al procesamiento de datos. La corriente sostiene que las mismas leyes matemáticas se aplican tanto a los algoritmos bioquímicos como a los electrónicos, de esta manera se desploma la barrera entre animales y máquinas, también se espera que los algoritmos electrónicos acaben por descifrar los algoritmos bioquímicos y los superen. (González, 2022, p. 1)

Ahora bien, como no hay humano que pueda procesar la voluminosa cantidad de datos generados a cada instante, dicha tarea ha sido delegada a los algoritmos informáticos cuya capacidad es mucho mayor que la del cerebro humano. Un algoritmo «es una secuencia de tareas destinada a conseguir un cálculo o un resultado particular» (Finn, 2018, p. 38); dicho de otra manera, «es una lista finita de instrucciones para calcular una función, una directiva paso a paso que permite un procesamiento o razonamiento automático que ordena a la máquina producir cierto output a partir de un determinado input» (O’Neil, 2018, p. 57).

Hay billones de algoritmos funcionando cada segundo. Un ejemplo es el de Google, el cual, aunque creamos que nos orienta en la búsqueda, nos recomienda lo que vamos a encontrar de acuerdo con los datos capturados del usuario gracias a la huella digital dejada en sus decenas de aplicaciones. Por eso, «una búsqueda sobre un tema particular puede arrojar resultados diferentes de acuerdo con el usuario que la realice» (García y Valle, 2020, p.21).

Lo expuesto hasta aquí permite entender la razón por la cual los dataístas confían en los macrodatos y los algoritmos más que en el conocimiento, el sentido común o la sabiduría humana. Pero ¿hay problema en ello? No para quien considere que se trata de un asunto neutral y, por tanto, no logra ver sus aguas subterráneas.

El dataísmo considera que, primero, los organismos son algoritmos y la vida es «datificable»; segundo, no es necesario que la inteligencia esté vinculada a la conciencia y, tercero, pronto existirán algoritmos extremadamente inteligentes no-conscientes capaces de conocernos mejor que nosotros mismos. Estos principios suscitan preguntas: ¿será cierto que los organismos son simplemente algoritmos? ¿será más valiosa la inteligencia que la consciencia? ¿qué cambios habrá en la sociedad, la política, la economía, la cultura y la vida cotidiana cuando los algoritmos nos superen en nuestro autoconocimiento?

Tales cuestionamientos no son menores. De hecho, estudiosos de todas las disciplinas se están pronunciando sobre los fenómenos que están sucediendo en diversos campos como lo reporta Xindong Wu y su equipo: «Con el rápido desarrollo de redes, almacenamiento de datos y capacidad de recopilación de datos, el Big Data se está expandiendo rápidamente ahora en todos los dominios de la ciencia y la ingeniería, incluidas las ciencias físicas, biológicas y biomédicas» (Xindong, Xingquan, Gong-Qing y Wei, 2014, p. 97).

Por su parte el grupo de Silvia Lago (2018) afirma que las plataformas tecnológicas son espacios políticos, constructos tecnoculturales e infraestructuras performativas que codifican y modelan actividades sociales gracias a su arquitectura computacional. El dataísmo no solo está lejos de la neutralidad,6 sino que ha hecho del ser humano el resultado de un juego algorítmico, del cual devienen otras nociones antropológicas como la del hombre-máquina (De Castro, 2021) y la del sujeto-objeto de consumo, con bien lo advierte Sadowski:

Los datos son en la actualidad elementos centrales y esenciales para cada vez más sectores del capitalismo contemporáneo. Capitalismo en el que, por cierto, se destaca la valoración económico-política de los datos y su interrelación con el propio sistema económico capitalista, bajo ideas como la del capitalismo de vigilancia, el capitalismo informativo, el capitalismo comunicativo o el capitalismo de plataforma. Diversas industrias enfocadas en temáticas de tecnología, infraestructura, finanzas, manufactura, seguros y energía están tratando, en la actualidad, a los datos como una forma de capital o de recursos. (Sadowski, 2019, p. 1).

Al respecto, el humano es fuente de datos valiosos para las ciencias, pero también para el mercado. Nuestro código genético, iris, huellas dactilares, voz, fisionomía, metabolismo, actitudes, comportamientos, hábitos, deseos, por nombrar solo algunos aspectos, se traducen en datos bastante apetecidos por los laboratorios que, a la postre, representan jugosos réditos: «La Comisión Europea ya señaló que el mercado global de datos médicos para el 2025 podría alcanzar los 69 mil millones de dólares impulsado por una mayor adopción de almacenamiento en la nube, iniciativas gubernamentales a gran escala y una creciente demanda de dispositivos portátiles». (Pérez-Campillo, 2022, p. 187).

Ahora bien, lejos de demonizar los avances tecnológicos, sí es necesario hacer caer en cuenta cómo la «algoritmización» de la vida ha llevado a lo que Byung Chul Han denomina el «barbarismo de los datos» por el cual «la creencia en la mensurabilidad y cuantificabilidad de la vida domina toda la era digital» (Han, 2014, p. 91).

No se niega la bondad de los avances tecnocientíficos y el uso que estos hacen del Big Data. A manera de ejemplo, Lorena Pérez-Campillo (2022) reporta que en China se ha implementado un sistema denominado Ping An Good Doctor, que consiste en un médico virtual impulsado por IA. El sistema emplea datos provenientes de 300 millones de consultas previas que han recopilado información a través de interacciones textuales y de voz, abarcando tanto los síntomas como el historial médico del paciente. Con base en esta información genera un diagnóstico preliminar. Un médico real supervisa o ajusta las conclusiones mediante videoconferencia y ofrece comentarios adicionales.

La plataforma cuenta con 228 millones de usuarios y opera las 24 horas brindando asistencia médica sin la presencia física de personal sanitario. Los usuarios, por diversas razones, no tendrían la posibilidad de acceder a un médico o especialista, pero gracias al sistema pueden hacerlo. Además, este posee un porcentaje altísimo de eficacia debido a la cantidad de datos que lo soporta.

El ejemplo anterior deja ver que tales plataformas tecnológicas son posibles gracias a que muchas personas han renunciado al derecho de privacidad por tener una mejor salud. Harari resalta su carácter benéfico: «Si conectamos todos los puntos, y si concedemos a Google y a sus competidores acceso libre a nuestros dispositivos biométricos, a los análisis de nuestro ADN y a nuestro historial médico, conseguiremos un servicio médico que lo sabrá todo, que no solo combatirá las epidemias, sino que nos protegerá del cáncer, los infartos y el alzhéimer» (Harari, 2016, p. 402).

No obstante, la bondad dataísta queda opacada por otras realidades que están bajo la sombrilla de la infocracia, entendida como el «régimen de la información». Si lo es, se puede suponer que los procesos sociales, políticos y económicos están influidos –tal vez, determinados– por el procesamiento de información, la inteligencia artificial y los algoritmos. Quien tiene la información, tiene el poder. Pero, la infocracia es tan sutil, que el ser humano cree poseer la capacidad de autoagenciamiento:

Los individuos no se sienten subyugados, dominados, ni mucho menos obedientes o dóciles, sino al contrario, se piensan libres creativos y auténticos, sin ser plenamente conscientes de que a la par de estar permanentemente vigilados a través de los datos y registros que van dejando en su utilización tecnológica, también se encuentran de cierta forma moldeados en sus pensamientos y opiniones de acuerdo con la información que consumen. (Ramos-Chávez, 2024, p. 121)

2.El dataísmo y sus formas religiosas

Harari (2016, pp. 216-236) considera que el dataísmo es el movimiento religioso que satisfará las expectativas de las futuras generaciones porque, como todo relato religioso, propone un juicio ético, una declaración fáctica y una directriz, idea con la cual comulga el profesor Andrés Reina de la Universidad del Valle (Colombia): «El dataísmo no solo juzga la viabilidad y pertinencia de nuestros perfiles sociales, sino que nos conoce, nos gobierna y nos recomienda acciones específicas para acceder a los múltiples privilegios económicos y biológicos que disponen los sistemas de poder» (Reina, 2021, p. 6).

Sin embargo, para dar cuenta de las formas religiosas del dataísmo iremos más allá de la triada mencionada por el historiador israelí y, en cambio, tendremos en cuenta la estructura propuesta por Ninian Smart (1996) en su obra Dimensions of the Sacred.

El especialista escocés considera que todo movimiento religioso posee siete dimensiones: narrativa o mítica (relatos referidos a Dios, a las actividades de los dioses u otros seres espirituales, a los maestros o a la colectividad, a los iluminados o aquellos que han tenido una experiencia religiosa); dogmática, doctrinal o filosófica (proposiciones más o menos sistemáticas o reflexiones que dan cuenta de las creencias); práctica y ritual (actividades cúlticas, predicación, oración, meditación, sacrificios, ritos de transición y otras ceremonias sagradas); experiencial (experiencias que viven los sujetos ya sean dramáticas o rayando con la vida cotidiana); ética o moral (códigos de comportamiento que buscan coherencia con las narrativas y la experiencia de lo sagrado); social e institucional (formas de organización comunitaria y de poder); y material (cosas, artefactos, lugares y sacramentales con significados religiosos). En lo que sigue estableceremos los elementos dataístas que dan contenido a esta estructura.

Las narrativas míticas están fundadas en la creencia de que «el dataísmo es nuestro nuevo Dios» (Harari, 2017, p. 36). En su relato unificador se concibe a sí mismo como un sistema cósmico, una gran matriz, un súper-organismo, que está en todas partes, así como el dios de muchas religiones.

Los transhumanistas lo denominan «Holos» («Todo») ya que en él se integran las máquinas, los seres humanos y la naturaleza: «En Holos incluyo la inteligencia colectiva, combinada con el comportamiento colectivo de todas las máquinas, más la inteligencia de la naturaleza […] Todo el mundo estará en él. O, simplemente, todo el mundo será él» (Kelly, 2017, p. 284). Como ninguna esfera escapará a Holos, todo lo que esté en ella será visto, vigilado o controlado. Es la ejecución de un agenciamiento de vigilancia (surveillant assemblage) que raya con una dominación despiadada y totalitaria (Haggerty y Ericson, 2000, pp. 605-622).

Así como los dioses crean, el dataísmo, en el cual confluyen los avances en info-, nano- y biotecnología, puede crear especies u organismos no biológicos como la IA generativa, los cyborgs, las realidades de simulación virtual o la clonación mental. Esta última está ligada a lo que ellos llaman «vida artificial o virtual», en yuxtaposición a la vida comunicada por la divinidad.

En particular, el concepto de clon mental se refiere a una réplica digital de la propia conciencia, dotada de una naturaleza cibernética. En un futuro los seres humanos coexistirán en dos plataformas: una de carácter biológico y otra digital. Esta segunda estará compuesta de una «mindlife» o archivo mental, que almacenará nuestros pensamientos, emociones y experiencias, y de una «mindware», la cual funcionará como un sistema operativo encargado de procesar la información contenida en la «mindlife» permitiendo la recreación de una entidad que refleje nuestra personalidad (Huberman, 2018).

Metáforas religiosas como la del «árbol de la vida» de los mayas, «la red de Indra» del hinduismo o el «pratītyasamutpāda» budista son equivalentes homeomórficos del Holos que todo lo integra, incluido el ser humano. Como los algoritmos son las sagradas escrituras del dataísmo, ellas «revelan» que nada puede escapar del sistema. Si algo está desconectado, no tiene sentido, no tiene «vida». Los individuos son nodos o nudos de un sistema de procesamiento de información más grande.

Como parte de la dimensión doctrinal o filosófica, su dogma por excelencia es la «libertad de información», el cual satisface las necesidades espirituales de los dataístas, otorgando poder simbólico a quienes confían en el ejercicio algorítmico, la nueva racionalidad de la humanidad que, como afirma Han (2021, p. 18), sustituye el pensar comunicativo y narrativo.

El algoritmo desarrollado por los ingenieros de sistemas carece de la capacidad para integrar los relatos humanos; tampoco facilita los procesos de escucha y diálogo, fundamentales para construir el nosotros comunitario. Su naturaleza se define por la frialdad del cálculo, donde todo se reduce a datos, excluyendo así los elementos cualitativos que caracterizan nuestras interacciones.

Al parecer, para el dataísmo no importa el conocimiento, y menos la sabiduría, lo importante son los datos. Como su énfasis está en el libre intercambio y procesamiento de información, el bienestar de cualquier sistema, sea un organismo, sociedad o planeta, depende de la capacidad de procesar datos de manera eficiente.

El dataísmo promete un futuro donde el aumento en la capacidad de procesamiento de datos conducirá a una mejor comprensión del mundo, una optimización de la vida humana y una trascendencia de las limitaciones biológicas (Floridi, 2014). No obstante, humanos y demás especies son un medio para tal fin. Siendo simples herramientas, serán seres obsoletos en el momento en que no cumplan su función de aportar información (Lanier, 2018).

La noción de «habitus» de Bourdieu (1976, p.44), esto es, aquella disposición inconsciente inscrita en las relaciones sociales y simbólicas que estructuran las prácticas humanas, permite identificar cómo en el dataísmo se distribuye tal disposición entre sus seguidores haciendo posibles diversos ritos, sin mayor consciencia de sus fines y medios, dando lugar a la dimensión práctica y ritual. El Holos, gracias al aporte de los dataístas, almacena, clasifica y evalúa en tiempo real millones de datos elaborando sofisticados patrones de conducta y creando simulaciones inmediatas basadas en modelos predictivos.

El algoritmo de adquisición y procesamiento de datos se ha transformado en una nueva «piedra filosofal»; un proceso que, en su complejidad, se asemeja a una liturgia mistérica para el entendimiento humano. Su comprensión y dominio parecen estar progresivamente reservados a los sistemas de inteligencia artificial, alejándose cada vez más de la posibilidad de ser plenamente comprendidos o controlados por el ser humano, como señala Han (2022, p.60).

Los seguidores (followers) se reúnen en canales, redes sociales, foros o blogs, como si se tratase de templos, para tener sus eucaristías digitales (Han, 2022, p. 18-19). Luego de cada publicación, que podría ser una oración, vendrá un like a manera de «amén». El «me gusta» es una expresión de comunión con ese grupo congregado sincrónica o asincrónicamente alrededor de algo que interesa. La redención se completa cuando el seguidor consume lo ofrecido, ya sea porque lo compra o porque lo usa gratuitamente olvidando el adagio: «Si en Internet algo es gratis, tú eres el producto».

Los rituales del dataísmo no tienen aquel carácter simbólico-existencial inherente a la condición humana, la cual se ve comprometida por la fragmentación del tiempo y la aceleración de las dinámicas sociales que genera el neoliberalismo digital. Esto, que parece inocente, no lo es porque «los ritos son acciones simbólicas. Transmiten y representan aquellos valores y órdenes que mantienen cohesionada una comunidad. Generan comunidad sin comunicación, mientras que lo que predomina [en el dataísmo] es la comunicación sin comunidad» (Han, 2020, p.11).

La dimensión experiencial del dataísmo es bastante particular. Como sus seguidores creen que su conocimiento es superior gracias al Big Data, el IoT y la IA, su modus cognoscendi es distinto y nada parecido al del pasado (Pérez-Luño, 2021, p. 22). Algunos consideran que las experiencias humanas no son valiosas, a menos que se publiquen y formen parte del Big Data. Estas permiten la configuración de una subjetividad digital expresada en la máxima: «Dejo huella digital, luego existo», parafraseando a Descartes.

La «experiencia digital» ocurre a cada momento y en todos los ámbitos gracias a la multiplicación de los aparatos digitales que, interconectados, están presentes en escenarios comerciales, políticos, recreativos, educativos, domésticos e, incluso, en aquellos tan íntimos como el sexual (Maureira-Velásquez y González-García, 2023, p. 2). Un axioma del credo dataísta es: «Si experimentas algo, grábalo. Si grabas algo, súbelo. Si subes algo, compártelo» (Caixa Bank, 2020, p.1).

No obstante, como señala Han (2022, p. 47), tal experiencia no deja de ser «autista» porque ocurre una clara «expulsión del otro» puesto que no hay alteridad ni tampoco comunicación. Nadie se interesa por ingresar en el espacio del próximo y, si se atreve, no será para dialogar sino para conseguir información que le beneficie. Empero, este asunto no deja de ser paradójico porque, si bien los sujetos exponen su intimidad y elementos que son parte de su fuero interno, esto no los hace más cercanos entre sí; posiblemente tengan miles de seguidores que los conocen hasta el más mínimo detalle, pero no habrá un vínculo afectivo fundado en la amistad, la fraternidad o el amor. Una comunidad supone el conocimiento recíproco de aquellos que la conforman, pero ¿se cumple esto en la comunidad digital?

En relación con la dimensión ética Han (2022, p. 66) considera que el dataísta cumple fielmente dos mandamientos. El primero, optimizar el flujo de datos mediante una conexión progresivamente más amplia con los medios, incrementando tanto la producción como el consumo de información. El segundo mandamiento establece la necesidad de integrar todo al sistema, incluidas aquellas personas que se resisten a ser conectadas, así como los objetos.

Personas y objetos deben estar conectadas para que el flujo de datos cumpla su cometido. Así, por ejemplo, un refrigerador supervisará la cantidad de huevos disponibles y notificará a la tienda cuando sea necesario realizar un nuevo pedido; los automóviles se comunicarán entre sí y trazarán la mejor ruta para llegar a su destino; los árboles en la selva reportarán condiciones meteorológicas y niveles de dióxido de carbono, así se podrá prever si habrá escasez de agua o exceso de ella. Por esto, el mayor pecado para los dataístas es obstaculizar el flujo de datos, ya que la libre circulación de la información se considera el bien supremo.

Los seguidores que asumen con rigor los mandamientos dataístas y los viven al extremo pueden alcanzar tal grado de «santidad» produciendo un sentimiento de admiración por parte de los otros seguidores como si se tratara de mártires. En 2013, Aaron Swartz, autor del libro Guerrilla Open Access Manifesto (2008)¸ se suicidó en su apartamento al haber sido enjuiciado por liberar cientos de miles de estudios científicos que había descargado tiempo atrás bajo la convicción de que tal información era importante para todos y, por tanto, cualquiera debería tener acceso a ella. No son pocos los devotos de Swartz.

Si quisiéramos anotar algo con respecto a la dimensión social, en esta nueva «iglesia» se destacan los creadores de contenido por cuanto fungen como ministros o pastores: «Los influencers son venerados como modelos a los que seguir. Ello dota a su imagen de una dimensión religiosa. Los influencers, como inductores o motivadores, se muestran como salvadores. Los seguidores, como discípulos, participan de sus vidas al comprar los productos que los influencers dicen consumir en su vida cotidiana escenificada» (Han, 2022, p.19).

Al lado de ellos, están otros que hacen su apostolado en la minería de datos, trabajo que consiste en identificar información útil para establecer los algoritmos funcionales (Amoore, 2020). La data mining es una etapa central dentro de la gubernamentalidad digital en la que se generan correlaciones y patrones a través del procesamiento masivo de información. Este proceso de extracción sistemática permite discernir conexiones entre variables que, aunque no manifiesten una causalidad directa, sugieren comportamientos y tendencias útiles para la toma decisiones, la predicción de eventos y la construcción de modelos predictivos.

Además, están los consumidores de información, no menos importantes que los anteriores. Dice Celis Bueno: «Cada vez que consultamos una red social, nos convertimos en trabajadores no remunerados, ya que durante el tiempo que estamos conectados a la plataforma esta produce ganancias por medio de la comercialización de los datos obtenidos de nuestras acciones» (2017, p. 44). Su magia está en retener al sujeto la mayor cantidad de tiempo posible. Él cree que puede detenerse cuando quiera, pero no es cierto; como un adicto, pasa horas y horas consumiendo información sobre asuntos banales y, adicionalmente, registrando información que será usada provechosamente por otros agentes.

En este punto vale la pena preguntarse, ¿influencers, mineros de datos y consumidores están a la orden de quién? Existe un poder más invisible que visible que reconoce material e inmaterialmente su trabajo. Lo que no resulta extraño decir es que dicho poder es económico y está enriqueciendo escandalosamente a unos pocos.

El dataísmo, como ya dijimos, es omnipresente y modela todos los ámbitos. Enaltece a sujetos y objetos para que sean los ídolos y fetiches del momento. Una vez que desciende su popularidad o interés –que a lo mejor es provocada por el mismo sistema–, sabe cómo hacer para que la mirada se voltee en otra dirección. Si se quiere, es una nueva forma de la lógica de mercado que nos ha acompañado en las últimas décadas.

Y, finalmente, acerca de la dimensión material Antolínez-Uribe (2023, p. 122) afirma que el dataísmo, al no tener un lugar físico de culto, tiene un espacio de encuentro en lo virtual, donde las prácticas cotidianas digitales, como la producción y el consumo de información, actúan como rituales modernos. Las religiones convencionales tienen templos, espacios santos y objetos sagrados; el dataísmo los tiene, pero digitales, como «las plataformas [que] no son solo arquitecturas técnicas, sino también formas institucionales» (Bratton, 2014, p. 1).

Las plataformas digitales son los templos dataístas. Todo lo que se suba a ellas tiene el potencial de ser un objeto sagrado: una imagen, una selfie, un video, un blog, una canción, un meme, un código, un time-lapse, una red social. Esta es la ofrenda de los seguidores; son ellos mismos. Al hacer algo gratis provocan el beneficio de quien está detrás; de lo contrario, deben pagar por ello como si se tratara de un estipendio.

Para cerrar este apartado debemos recordar que la capacitas fidei de hombres y mujeres los constituye en homo religiosus. Como es imposible no creer, no son pocos los seres humanos de hoy los que han abrazado el evangelio del Big Data. La buena nueva del dataísmo fortalece su fe, su esperanza y su amor: su fe en el poder de la información, su esperanza en respuestas certeras gracias al análisis de grandes volúmenes de datos para, supuestamente, tomar mejores decisiones, y su amor por la libre circulación de la información. La pregunta que emerge es: ¿y esta nueva religión permitirá el alcance de lo humanum, como bien lo expresa Panikkar?

Cada ser humano tiene que conquistar lo humanum en un forma única y personal. La tarea de toda religión es dar una visión y posibilidad concretas de cómo el ser humano (individualmente o colectivamente) puede alcanzar lo humanum. Y para ello hay muchos caminos. Un nombre tradicional para el conjunto de esos caminos es religión. La religión es un sendero hacia lo humanum, ya se le llame salvación, liberación o de cualquier otra manera genérica. (Panikkar, 2000, p. 27)

3.Triada Dios-ser humano-mundo en la propuesta dataísta

De acuerdo con la exposición anterior queda claro que el dataísmo a través de sus formas religiosas encierra una idea particular de Dios, del ser humano y del mundo en cuanto trinidad radical (Meza-Rueda, 2009, pp. 98-104; Pérez-Prieto y Meza-Rueda, 2016, pp. 295-304).

Antes de entrar en materia viene bien recordar qué es la trinidad radical, para lo cual nos basaremos en el pensamiento de Raimon Panikkar. El pensador indocatalán acuñó el neologismo intuición cosmoteándrica para expresar aquella “visión de la realidad que comprende lo divino, lo humano y lo cósmico, como los tres elementos constitutivos de la realidad sin subordinación alguna entre ellos” (Panikkar, 1999a, p. 26). Así, la realidad es trinitaria y, por tanto, tiene una dimensión divina, una humana y una material. Si las subjetivamos, resulta la tríada Dios-ser humano-mundo o trinidad radical fundada en una relación interdependiente (Pérez-Prieto, 2018, pp. 228-234). Panikkar ilustra la visión cosmotéandrica7 con una analogía:

Quizá una mandala –el círculo– ayudaría a simbolizar esta intuición. No hay círculo sin un centro y sin una circunferencia. Estas tres cosas no son lo mismo y, no obstante, no son en modo alguno separables. La circunferencia no es el centro, pero sin centro no habría circunferencia. El círculo, invisible en sí, no es ni la circunferencia ni el punto central, y sin embargo es circunscrito por una e implica al otro. El centro no depende ni del círculo ni de la circunferencia, ya que es un punto sin dimensiones, y no obstante no sería el centro –no sería absolutamente nada en este contexto– sin los otros. El círculo, visible sólo desde la circunferencia, es materia, energía, es el mundo. Y ello es así porque la circunferencia, el hombre, la conciencia, lo envuelven. Y estas dos son lo que son porque hay un Dios, es, como les gustaba decir a los antiguos, una esfera, cuyo centro está en cualquier parte y cuya circunferencia no está en sitio alguno.

¿Qué podemos decir del mandala completo? Tenemos que distinguir lo divino, lo humano y lo cósmico: el centro no hay que confundirlo con la circunferencia, y ésta no debemos mezclarla con el círculo, pero no podemos permitirnos el separarlos. Al fin y al cabo, la circunferencia es el centro “agrandado”, el círculo es la circunferencia “rellena”, y el centro mismo actúa como verdadera “semilla” de los otros dos. Hay una circuminsessio, una perichôrêsis de los tres. (Panikkar, 1999b, pp. 50-51)

Este mandala ayuda a entender por qué no hay tres realidades: Dios, el ser humano y el mundo; pero tampoco hay una, o Dios, ser humano o mundo. La realidad es cosmoteándrica. Dependiendo de la perspectiva que asumamos, daremos prelación a un aspecto o a otro; pero una determinada opción no significaría negación de lo otro, aunque así haya ocurrido a lo largo de la historia: «Dios, Hombre y Mundo están, por así decirlo, en una íntima y constitutiva colaboración para construir la realidad, para hacer avanzar la historia, para continuar la creación […] Dios, Hombre y Mundo están comprometidos en una única aventura y este compromiso constituye la verdadera Realidad» (Panikkar, 1998, p. 93).

Tal compenetración hace que esta relación sea constitutiva y, al mismo tiempo, irreductible. Sus «elementos» se pueden diferenciar, pero no separar. No hay ni monismo, ni dualismo, se trata de una relación a-dual (advaita). Esto es lo característico del principio cosmoteándrico.

Supuesta la comprensión de lo anterior, resulta claro que el dataísmo desconfigura la realidad cosmoteándrica al desdivinizar a Dios, deshumanizar al ser humano y desnaturalizar el cosmos. Más aún, el dataísmo fragmenta la trinidad radical porque anula a Dios, reduce al ser humano e instrumentaliza al mundo.

Si bien la balanza de la historia ha pendulado para promover teocentrismos, antropocentrismos o cosmocentrismos en diversas épocas, hoy urge más que nunca una mirada armónica, dialógica e interdependiente entre Dios, el ser humano y el mundo y, por tanto, el reconocimiento de las dimensiones divina, humana y material de la realidad. El dataísmo, lejos de reconocer esta urgencia, hace una apuesta por un oculus mentis deformado, enterrando en el subsuelo el oculus fidei y despreciando el oculus carnis8.

3.1Dios

El dataísmo no tiene el más mínimo interés en Dios o, más bien, busca su reemplazo seduciendo al ser humano por «alguien» que le resulte más atrayente. Decimos «alguien» porque, aunque se trata de una cosa (de algo), es tal su sofisticación, que se presenta como un ente que parece tener vida propia, como se si se tratara de un «alter ego» al cual se puede acudir para charlar o pedir su ayuda, consejo o información porque se presume conocedor de todo. Baste caer en cuenta en la manera como interactuamos con cualquiera de los bots o chats. Lo hacemos como si se tratara de un amigo o colega olvidando que detrás hay una máquina cibernética o informática. Al respecto, Han afirma que la «inteligencia artificial es apática, es decir, sin pathos, sin pasión, solo calcula» (2021, p. 56).

Los atributos de un Dios omnipresente, omnisciente, omnipotente han sido cooptados por el dataísmo. Los avances de la tecnología están en todo lugar como una red que lo abraza todo. Los celulares inteligentes, conectados a cámaras, permiten ver –por no decir vigilar– todo y a todos.

La inteligencia artificial está facilitando la creación de un nuevo panóptico digital. Además, la tecnología tiene un mayor conocimiento de aquello que está en la red e, incluso, de lo que no está. Por eso, su obsesión es seducir a muchos incautos para que hagan uso de la red y, aunque nieguen o elijan las «cookies», caigan como insectos en una telaraña. Los avances digitales son tan poderosos que son capaces de responder a problemas en minutos, problemas que los humanos no habían logrado resolver en años.

No obstante, vale la pena hacer caer en cuenta que el dios dataísta es un constructo material, aunque de alta complejidad, y dependiente de un macro-hardware y un macro-software, que lo ubica en un campo contingente y divisible. Si pensamos en cualquier artilugio tecnológico tangible o intangible, nos damos cuenta de que su existencia es gracias a los diseños humanos y que su funcionalidad depende de energía externa.

Los artefactos y creaciones tecnológicas no poseen subsistencia propia. Además, cualquier concreción del dataísmo carece de un carácter personal, subjetividad, relacionalidad, mutualidad o afectividad. Aunque pueda simular empatía, no es empático; no puede amar, redimir o interactuar de un modo genuinamente personal ya que su estructura es no-consciente y no-espiritual.

3.2Ser humano

Al parecer el dataísmo está colocando en jaque al humanismo y, por tanto, cualquier apuesta que considere la valía o centralidad del ser humano. Como dice Pérez-Luño, su pretensión es «sustituir el paradigma antropocéntrico del humanismo por el paradigma tecnocéntrico» (2021, p. 32). Como tal ideología va de la mano con el posthumanismo, este término nos hace caer en cuenta que el prefijo «post» significa que habrá algo más valioso que supere lo humano o, tal vez, otra manera de ser humano que estará al servicio de la tecnología, no lo contrario. «Nos encaminamos hacia una era trans y posthumana en la que la vida humana será un puro intercambio de información. El hombre se deshace de su ser condicionado, de su facticidad que, sin embargo, lo hace ser precisamente lo que es» (Han, 2021, p. 93).

Entonces, ¿qué le espera al ser humano? Al parecer no es el paso del homo sapiens al homo deus de Harari, sino al homo digitalis, que será despojado de lo humano. Falto de afecto, comunicabilidad, relación y espiritualidad. No posee una dimensión simbólica, sino una ritualidad vacía que se traduce en una aceleración temporal que busca el mayor rendimiento posible. Los sujetos de esta especie permiten el acceso de otros a su vida personal a través de redes sociales, imágenes y dispositivos de captura, diluyendo las fronteras entre lo público y lo privado.

Paradójicamente, dicha apertura no genera una auténtica comunión. Por el contrario, tal intrusión se limita a la observación de preferencias, deseos y proyectos ajenos bajo una curiosidad morbosa y pasajera, un consumo superficial de información y una atención efímera que se desvanece por el flujo incesante de la masa digital. Ejemplo de ello son los autorretratos: «La selfie anuncia la desaparición de la persona cargada de destino e historia. Expresa la forma de vida que se entrega lúdicamente al momento. Las selfies no conocen el duelo. La muerte y la fugacidad les son del todo ajenas» (Han, 2021, p.52).

En este orden de ideas, es necesaria una protesta contra el homo digitalis por cuanto estrecha con creces las posibilidades de lo humano, su búsqueda de sentido, y su esplendor y magnificencia. Las palabras de Panikkar son más que pertinentes para ilustrar lo que queremos decir:

Basta con observar que el hombre experimenta la profundidad de su propio ser, las inagotables posibilidades de relacionarse, su carácter no-finito (es decir, infinito), puesto que el hombre no es un producto acabado y no puede poner límites a su propio ser. El hombre siempre descubre y siempre siente algo más como un facto constitutivo de su propio ser, descubre otra dimensión inmanipulable e incontrolable. Siempre hay más que aquello que los propios ojos ven, la mente descubre o el corazón toca. Este siempre más es la dimensión divina. (Panikkar, 1999, pp. 56-57)

Ante la fragmentación del ser humano propiciada por el dataísmo, el cual concibe cada dimensión como si se tratase de componentes separables, descartables o reemplazables, hemos de remarcar que el humano es uno, una realidad cosmoteándrica (Meza-Rueda, 2009), unidad no-dual de cuerpo, alma y espíritu que lo vincula de forma total e irreductible con los otros seres humanos, con el Misterio y con la naturaleza.

Si es uno, también es singular e irrepetible. Por tanto, sería inconcebible pensar en clones o duplicados como lo proponen Haggerty y Ericson (2000), quienes consideran que el cuerpo humano puede ser captado por un conjunto tecnológico de monitoreo abstraído de su territorialidad para luego reensamblarlo en una virtualidad pura con el nombre de «doble informático». O, por su parte, Kurzweil (2005), quien cree que en un futuro cercano será posible transferir la conciencia humana a soportes digitales; Bostrom (2014), que reconoce el potencial de la «carga mental» (mind uploading) y la posibilidad de transferir la mente humana a sistemas cibernéticos; o More y Vita-More (2013), quienes vislumbran un futuro en el cual la información cognitiva puede ser replicada y transferida a formatos tecnológicos.

Todo ellos consideran que lo verdaderamente importante del ser humano es su psique y, por tanto, su obsesión es salvar la información de la mente (datos) en un hardware que no sea corruptible como lo es el cuerpo. En cuanto concreciones de la propuesta transhumanista de inmortalidad (Meza-Rueda, 2024), niegan la valía de la dimensión material-corporal-biológica y soslayan su dimensión espiritual.

Vale la pena insistir, si el ser humano es una realidad te-antropo-cósmica, sus dimensiones divina, humana y material le son constitutivas. Ninguna de ellas es inferior o «vergonzante» con respecto a las otras. El humano no se reduce a un animal racional, ni a un ente espiritual, ni a un ser cosmogénico. La existencia humana trasciende los parámetros espaciotemporales, pero no los niega, porque sabe que la trascendencia es posible por la inmanencia. Su ser no se limita al intelecto ni se restringe a una mera autoconciencia reflexiva, por importante que sea. Cualquier expresión de su ser será posible gracias a que es una unidad total de cuerpo, alma y espíritu (soma-psique-pneuma) y, por tanto, es cuerpo, es alma y es espíritu. No tiene un cuerpo, un alma o un espíritu.

Resulta obvio que quedan asuntos importantes pendientes sobre la idea humana dataísta que desbordan el propósito de este texto sobre las cuales habría una palabra por decir. Baste nombrar algunos: (1) la libertad y, en particular el derecho a ejercerla, la cual es considerada como una pretensión ilusoria ya que la tecnobiología y la neurociencia muestran que las decisiones humanas son producto de la carga genética, el funcionamiento de los circuitos cerebrales y el influjo del medio ambiente (Pérez-Luño, 2021, pp. 17-40). (2) La dignidad humana, por cuanto el dataísmo instrumentaliza y mediatiza a las personas en función de su modelo de progreso, y niega la existencia de un yo singular, auténtico e irrepetible porque es imago Dei. (3) La alteridad, ya que, frente a la crisis de la escucha del otro, lo que prevalece es un culto a un yo dominador e individualista (Han, 2022, pp. 47-48).

Y el trabajo, sobre el cual el dataísmo, fiel a sus creencias posthumanistas, piensa que la robótica y la IA ayudarán al ser humano a emanciparse del mandato bíblico “Ganarás el pan con el sudor de tu frente” (Gn 3,19), como si el trabajo se tratase de un castigo que nada o poco tiene que ver con la realización humana.

3.3Mundo

Recordemos que el dataísmo concibe el mundo o el cosmos como un entramado de flujos de información en el cual toda entidad, ya sea del ámbito fisicoquímico o del sociobiológico, es un nodo en una red global. Cada elemento aporta un cúmulo de datos o, si se quiere, es datificable. El valor de cualquier fenómeno radica en su capacidad para generar, transmitir o analizar diversos registros porque, entre otras razones, la realidad es reducible a ecuaciones matemáticas. Los organismos biológicos son sistemas algorítmicos que procesan información ya sea para reproducirse, adaptarse o sobrevivir (Harari, 2016, pp.104-112). Así, el cosmos carece de significado intrínseco más allá de su función como sustrato para la circulación informacional.

El dataísmo reconoce que el cosmos evoluciona, pero de manera lenta, por eso, gracias a la ciencia y la tecnología es posible acelerar y perfeccionar el flujo de datos. Si se quiere, va más allá del método científico-empirista posicionándose en un paradigma «cuantificacionista» en el que el Big Data reemplaza la sociedad del conocimiento. Su pretensión es que la tecnología tenga una función teleológica maximizando la eficiencia del procesamiento universal de la información para configurar un súper-organismo planetario bajo un modelo predictivo unificado.

El mundo material es una mina de datos en el que la tecnología busca erradicar «islas inconexas» incorporando todo tipo de entidades (humanas y no-humanas como minerales, vegetales, animales y máquinas). Sin duda, esta visión del cosmos representa un reduccionismo ontológico, lo instrumentaliza, al igual que al ser humano, y lo determina algorítmicamente. En este orden de ideas, el dataísmo no está pronto a reconocer la naturaleza como realidad cosmoteándrica.

4.Conclusión

Llegados a este punto resulta evidente la transformación a la que asiste la humanidad, en esta ocasión, no solo como espectadora sino como protagonista. Al parecer, no estamos viviendo una época de cambios, sino un cambio de época. La religión dataísta, sin duda, es parte de esta fuerte transformación, cimentada en estructuras que, sin pretenderlo o no, conduce al dominio absoluto del paradigma tecnocientífico, a saber, un dios omnisciente: el Big Data; un sacerdocio: los creadores de contenido; una asamblea litúrgica: los seguidores; un ritual: la búsqueda dependiente e interminable de contenido; un templo: las redes sociales; una ofrenda: la imagen, el tiempo y la privacidad; y, por último, un amén que todo lo consuma: cada like.

De este modo, este fenómeno de carácter secular posee raíces religiosas que lo sostienen, aunque difiera de una auténtica experiencia de religación. En lugar de liberar, aliena. Así, se hace tan indispensable como urgente el despliegue de dos reflexiones latentes en este escrito. La primera, determinar el funcionamiento de las nuevas tecnologías y, por ende, el de sus inteligencias emergentes, para así darles el uso adecuado, a fin de que, en un segundo momento, se profundice sobre lo indisponible e intransferible de lo auténticamente religioso, tal como lo expresa a su manera el documento ¿Quo vadis humanitas?: “La irrupción de un desarrollo científico y técnico sin precedentes en la historia del planeta debe ir acompañada de un crecimiento correspondiente en la responsabilidad, que oriente el progreso hacia el bien del ser humano, porque hoy se expone a riesgos nunca imaginados” (Comisión Teológica Internacional, 2026, n. 159).

De esta manera se podrá comprender con mayor claridad que la vida en su apertura finita a lo infinito es insustituible por el dataísmo. Quizá, la consciencia del entrelazamiento cosmoteándrico pueda hoy día reconducir a los seres humanos y al cosmos hacia el camino de la plenitud más genuina. En consecuencia, los seres humanos hallarán el equilibrio necesario en la utilidad de la tecnología y sus derivaciones en continua actualización, considerándolas no como fin sino como medio para el cultivo y desarrollo de una religación de la Vida: entre lo divino, lo humano y lo cósmico.

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6.BIOGRAFÍA DE LAS PERSONAS AUTORAS

Autor 1. José Luis Meza Rueda

Profesor titular del Centro de Formación Teológica, Facultad de Teología, Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, Colombia. Doctor y Magíster en Teología, Pontificia Universidad Javeriana. Magíster en Docencia, Universidad de La Salle. Especialista en Educación Sexual y Familiar, FUM. Especialista en Desarrollo Humano y Social, Instituto Universitario Pio X. Licenciado en Estudios Religiosos, Universidad de La Salle. Miembro del grupo de investigación Didaskalia.

Autor 2. Camilo Alfonso López Saavedra

Profesor asistente del Centro de Formación Teológica, Facultad de Teología, Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, Colombia. Doctor y Magíster en Teología, Pontificia Universidad Javeriana. Licenciado en Ciencias Religiosas y Ética, Fundación Universitaria Juan de Castellanos de Tunja. Miembro del grupo de investigación Didaskalia.


  1. 1 Producto derivado de la investigación en curso “Salvación sin dios: análisis crítico a la promesa del avance tecnocientífico de frontera desde la teología contemporánea”, financiada por la Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, Colombia. Id. 21809. Fecha de inicio: febrero 1 de 2026.

  2. 2 El documental The Social Dilemma (2020) explora el impacto de las redes sociales y la recopilación masiva de datos por parte de las grandes tecnológicas, exponiendo cómo los algoritmos pueden manipular el comportamiento y la información que las personas reciben.

  3. 3 La película Upgrade (2018) ubica un futuro en el cual la tecnología avanzada y los implantes de datos controlan gran parte de la vida humana. Aborda la creciente dependencia de los sistemas de inteligencia artificial y el control que pueden tener sobre la información y los cuerpos de las personas.

  4. 4 Al respecto: «The data revolution is giving us wonderful ways to understand the present and the past. Will it transform our ability to predict and make decisions about the future? We’ll see» (Brooks, 2013. p. 1).

  5. 5 La datificación hace referencia a la acción de recoger los datos que dejan los usuarios en su interacción con el mundo digital en un formato cuantificado con el propósito de ser tabulados, analizados y reorganizados para ser ofrecidos nuevamente a los usuarios. Esto con el fin, supuestamente, de que ellos puedan tomar mejores decisiones (Ramos-Chávez, 2024, pp.115-126).

  6. 6 Al respecto: «Los algoritmos no son neutrales, como pretenden hacernos creer los intermediarios tecnológicos. No podemos olvidar que detrás del proceso de elaboración y configuración de los algoritmos se encuentran seres humanos que los programan para obtener determinados resultados (visibilidad, popularidad, predicción, entre otros). Allí también prevalecen relaciones de poder e intereses comerciales. Por estas razones, en ocasiones los algoritmos pueden favorecer desigualdades y procesos discriminatorios». (García y Valle, 2020, p. 25).

  7. 7 La visión cosmoteándrica apunta a lo mismo que la intuición trinitaria o cosmoteándrica; y al parecer ambas no se alejan de la concepción a-dualista (advaita) que una y otra vez reclama nuestro autor (Merlo, 2001: 42).

  8. 8 A este respecto Panikkar anota: «La fenomenología epifánica intentará describir al hombre como el hombre se ve, se manifiesta, se entiende, se comprende, se describe a sí mismo. Y entonces nos encontramos con que el hombre no utiliza sólo la episteme o el logos, sino que también se vale de otros órganos de rango distinto. La tradición escolástica cristiana y la tradición buddhista tibetana, y con otras imágenes otras muchas culturas, recurren a los tres ojos con que el hombre entra en contacto con la realidad: el ojo de la carne (de los sentidos), el ojo de la mente (de la razón) y el ojo de la fe (de la intuición o del intelecto puro). Así, por ejemplo, Ricardo de San Víctor, influenciado por Dionysius Areopagita, habla de los tres ojos: carnis, mentis et fidei (que operan experiendo, ratiotinando et credendo)». (Panikkar, 1999c, p. 23).

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