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Temas de nuestra américa

e-ISSN: 2215-3896.
(Julio-Diciembre, 2021). Vol 37(70)
DOI: https://doi.org/10,15359/tdna.37-70.7
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PENSAMIENTO


Cultivo una rosa blanca... a propósito de Cantú

To Grow a White Rose.... speaking of Cantú

Cultivar uma rosa branca... sobre o Cantú

Miguel Ángel Calderón-Fernández

Universidad Nacional

Costa Rica


Resumen

Este ensayo trae a la memoria la práctica de la escuela de Cantú (Costa Rica) que iniciaba cada mañana labores con el icónico poema de José Martí y del paso de un niño de un pueblo campesino hasta llegar a las aulas universitarias, quien quedó, por siempre, con la musicalidad y crítica de los textos del autor cubano, los cuales marcaron su vida.

Palabras clave: José Martí, pensamiento latinoamericano, Nuestra América, literatura latinoamericana, Cantú.

Abstract

This essay brings to mind the practice of the school of Cantú (Costa Rica) which used to start every morning classes reciting the symbolic poem of José Martí and the steps of a child from his peasant hometown village up to reach the university classrooms. That child kept forever the musicality and criticism of the texts of the Cuban author, which shaped his life.

Keywords: José Martí, Latin American thinking, Our America, Latin American literature, Cantú.

Resumo

Este ensaio recorda a prática da escola de Cantú (Costa Rica) que começou todas as manhãs com o poema icónico de José Martí e a passagem de uma criança de uma aldeia camponesa para chegar às salas de aula da universidade e permanecer, para sempre, com a musicalidade e a crítica dos textos do escritor cubano, marcando a sua vida.

Palavras chave: José Martí, Pensamento latino-americano, Nossa América, Literatura latino-americana, Cantú.

En la escuela de Cantú, el maestro nos enseñó ese poema; ni cerca estaba yo de saber sobre su autor. Cruzaba el río aprovechando una viga tendida a lo ancho del cauce y, por una ruta marcada por los caballos, zigzagueante para evadir la pendiente, llegaba a la escuela. Cultivo una rosa blanca, siempre iniciábamos la clase con la poesía del gran José Martí.

A la edad de 9 años, y en esas tierras de bosques habitados por grandes árboles, era difícil entender sobre el autor y el contenido de ese hermoso poema; pero, la musicalidad y las imágenes que proyecta eran suficientes elementos para sentirse declamador y poeta. La viga la arrastró el río en las primeras crecidas, que en 1974 ocurrían a mediados de abril. Yo pude ver una tarde de lluvia cuando la corriente levantó aquel enorme trozo de madera de aproximadamente 40 metros de largo y 50 pulgadas de diámetro, era el único puente entre mi rancho y la escuela. El río la pasó por encima de unas grandes piedras y la llevó hasta los manglares del río Sierpe.

Yo me quedé de este lado de la corriente recordando la escuela, pero Martí permaneció conmigo; recitaba el poema completo todos los días y algunas veces me sentía más Martí que Miguel. Ese centro educativo lo recuerdo todavía; de hecho, ese mes y medio que pude cruzar el río y compartir con los hijos de Cantú es el único recuerdo grato que tengo de la época escolar. Algunas veces pienso en eso y creo que lo bonito de la escuela de Cantú era que el maestro nos llenaba de poemas y cantos, no de exámenes.

Nadie sabe qué significa Cantú, le he preguntado a muchos, pero ninguna persona conoce sobre esto; para mí significa cultivar una rosa blanca en junio como en enero y que seguirá creciendo hasta mi muerte.

Después de mucho recorrido por caminos barrosos, logré terminar mi paso por la escuela secundaria. Un día de abril, lluvioso como los de Cantú, llegó a mi aula colegial un grupo de funcionarios de la Universidad Nacional a ofrecer carreras y becas para los estudiantes que demostraran no tener recursos económicos. Yo no tenía nada que probar, en realidad no poseía nada, únicamente me acompañaba la ilusión de seguir estudiando. Así llegué a la Universidad Nacional de Costa Rica y la promesa de la beca era un hecho. Entonces, fui recordando la rosa blanca de Martí cuando, en una de las clases, el profesor me dio la lectura de Nuestra América, el grandioso ensayo del mismo autor, su visión del mundo americano que había soñado en 1891, después de recorrer pueblos y entender la agresión ideológica, cultural y económica en la cual vivían las clases más desposeídas. Recordé otras frases del poema y, al tiempo que leía el ensayo, iba repasando las frases de la rosa blanca, Cultivo una rosa blanca, en junio como en enero, para el amigo sincero que me da su mano franca. Inicié, por fin, el entendimiento de los versos que recitaba en la escuela de Cantú. El texto Nuestra América me fue induciendo en la vida de José Martí y en mi propia vida; me introduje en el camino sinuoso del pensamiento martiano y se iban uniendo nuevas rutas al paso de la lectura. Sin proponérmelo, me vi transitando aquel camino zigzagueante rumbo a la escuela de Cantú, agregando frases de la rosa blanca: y para el cruel que me arranca el corazón con que vivo, cardo ni ortiga cultivo, cultivo una rosa blanca. De pequeño, sufría cuando una planta de ortiga me rosaba la piel, quedaba con dolor por muchas horas y en Cantú la ortiga era hierva abundante. Pero Martí no quería ortiga para sus enemigos, cultivó una rosa blanca, y en Nuestra América estaba claro este pensamiento: ¿qué clase de ser humano podría dar rosas blancas a sus enemigos?

Por supuesto que, frente a toda esta experiencia, recordé al maestro que nos hacía recitar el maravilloso poema de Martí; había llegado de un pueblo lejano llamado Orosí, una estribación de la cordillera de Talamanca donde únicamente los tapires gustaban de vivir. ¿Qué situación se dio para que el maestro, un joven de 18 años con la escuela secundaria recién concluida y oriundo de aquel lugar, conociera la rosa blanca de Martí?

Seguí estudiando Nuestra América e investigando sobre José Martí; esto me llevó a los viajes que el gran escritor y revolucionario hiciera a Costa Rica en 1893 y 1894. Indagar el tema me provocó la sensación que experimentaba al recorrer los caminos sinuosos de Cantú, pues una vuelta del trayecto solo le permitía ver el siguiente tramo por recorrer, sin vislumbrarse el final. En esos viajes que Martí realizó a Costa Rica era recibido por estudiantes, intelectuales y periodistas que no querían perder la oportunidad de verse al lado de un personaje tan relevante. En América Latina, para la época, el Apóstol gozaba de un prestigio inigualable, no solo por su trayectoria de escritor, considerado forjador del modernismo, junto a Rubén Darío, sino también por su propuesta política sobre la independencia de Cuba. Algunas de esas reuniones contaron con la presencia de un adolescente de 12 o 13 años; curioso, inquisidor, expectante, que buscó formas de acercarse al gran prócer latinoamericano y quizás logró intercambiar algunas frases con el cubano él. Fue este joven el forjador de que a nuestras escuelas rurales, como la de Cantú, llegara el Cultivo una rosa blanca.

Años más tarde, en 1922, sería Joaquín García Monge el que realizaría la primera edición, fuera de Cuba, de la revista de relatos infantiles La edad de oro, y, en adelante, las obras de Martí seguirían siendo publicadas en Repertorio Americano, revista creada y dirigida por el mismo García Monge.

Otras personas de reconocida trayectoria en Costa Rica fueron influidas profundamente por el pensamiento de José Martí y uno podría inferir que esos pensadores y esas pensadoras que fundaron las bases del Estado social de derecho en Costa Rica, en la primera mitad del siglo XX, tuvieron la influencia del pensamiento martiano; entre ellos, es deber recordar a María Isabel Carbajal Quesada (Carmen Lyra), Carlos Luis Fallas, Manuel Mora, Omar Dengo, Adela Ferreto… todos contribuyeron a que a las escuelas de Costa Rica arribaran los textos de Martí.

Estudiar las obras de José Martí nos permite mantener la esperanza y el Cultivo una rosa blanca nos recuerda que siempre es posible un mundo mejor, así como una Nuestra América donde quepamos todos y todas.

ambientales EUNA UNA

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