Revista Letras N.° 79
Enero-Junio 2026
ISSN 1409-424X; EISSN 2215-4094
Doi: https://dx.doi.org/10.15359/rl.2-79.2
URL: www.revistas.una.ac.cr/index.php/letras

portada

Relaciones intergenéricas
en «Saturnalia», de
Rima de
Vallbona1

(Intergender Relations in «Saturnalia»,
by Rima de Vallbona)

Paula Alonso Chacón2

Universidad Nacional, Heredia, Costa Rica

Resumen

Se analizan las relaciones intergenéricas en el cuento «Saturnalia» (1993), de Rima de Vallbona. Se toma como referencia el término androcentrismo y su vinculación con la identidad masculina hegemónica, la ideología individualista de la modernidad y la superioridad masculina sobre las mujeres, para examinar los fenómenos de alienación, proyección y cosificación. Del análisis se desprende que ambos protagonistas se cosificaron: él, porque el androcentrismo y la tecnología lo alienaron psicológicamente hasta convertirlo en un artefacto computarizado; ella, porque sufre la proyección de la cosificación masculina y por la esclavitud doméstica que la anuló como mujer.

Abstract

An analysis is presented of intergender relations in the short story “Saturnalia” (1993), by Rima de Vallbona. The term androcentrism and its link with hegemonic male identity, the individualistic ideology of modernity and male superiority over women are taken as a reference to examine the phenomena of alienation, projection and reification. The study reveals that both protagonists were objectified: he, because androcentrism and technology alienated him psychologically to the point of turning him into a computerized artifact; she, because she suffers the projection of male objectification and domestic slavery that annulled her as a woman.

Palabras clave: alienación, androcentrismo, cosificación, proyección, relaciones intergenéricas, sistema patriarcal.

Keywords: alienation, androcentrism, dehumanization, projection, intergender relations, patriarchal system.

Introducción

Alcestes, en este caso un personaje literario de la escritora costarricense Emilia Macaya, en una sesión de psicoterapia, advierte que «[…] Occidente te tiene puesto un pie de treinta siglos sobre la nuca»3, lo cual es convergente con el estudio de Lerner4, quien asegura que los pilares de nuestro sistema patriarcal podrían fecharse aproximadamente en el 3.500 a. C. En el periodo arcaico (4.000-800 a. C.), la primera forma de organización patriarcal fue constituida por la familia, que, a través de la figura del pater familias, dictaba las normas, los valores y las costumbres apropiados para cada sexo5, los cuales se fijaron culturalmente mediante símbolos y se expresaron en narrativas mitológicas, cuyo objetivo era reproducir los papeles sociales de hombres y mujeres para consolidarlos a lo largo del tiempo6. En el contexto del desarrollo agrícola, los hombres de diversas tribus requerían adquirir suficientes medios de producción para generar riqueza, afianzarse como clase y posicionarse sobre quienes poseían menos, por cuanto idearon controlar la sexualidad femenina. Esto impulsó el intercambio de mujeres entre tribus para disponer no solo de sus servicios sexuales sino también de su capacidad reproductiva. De esta manera, la tenencia de mujeres incrementó sostenidamente las ganancias de estos grupos. Por un lado, a las mujeres pobres las vendieron en matrimonio, prostituidas o esclavizadas junto con sus hijos para trabajar en el campo y, por otro lado, a las mujeres ricas se les atribuyó una dote impuesta por el padre que hacía más atractivo el contrato matrimonial para los jóvenes varones. Así, el comercio de la mujer y su descendencia provocó la incorporación al patrimonio masculino, la subordinación irrestricta al pater familias y, con ello, la irremediable marginación de los espacios de poder7.

Más adelante, durante la Grecia arcaica (800-479 a. C.), el modelo de familia patriarcal de la sociedad agrícola fue replicado por los griegos. Partiendo de la observación de la naturaleza para explicar la función de hombres y mujeres en la nueva sociedad democrática, Aristóteles planteó diferencias biológicas, cognitivas y sociales para hombres y mujeres. El hombre se definió como un animal social y político; es decir, se transformaba en hombre compartiendo el espacio público con otros hombres y viviendo regido por leyes y costumbres concordantes con los valores de la ciudad-Estado; además, tenía el don de la inteligencia que lo facultaba para 1) establecer una jerarquía social, 2) administrar los bienes domésticos y de la ciudad-Estado misma, 3) estimular sus capacidades intelectuales, culturales y morales y 4) ejercer la ciudadanía, con todos los derechos y obligaciones inherentes a esta categoría. En contraposición, la mujer era definida como un ser biológico, cuya función principal era la reproducción. Tenía una inteligencia inferior a la del hombre o carecía de ella, por cuanto debía subordinarse al marido en el seno familiar y recluirse en un espacio exclusivo para mujeres dentro de la casa (οἶκος) llamado gineceo8.

En el devenir de los periodos históricos el hombre se adjudicó la hegemonía de un «mundo» creado por él mismo para satisfacer sus deseos y necesidades, pero maniobrado por los grupos más vulnerables (p. ej., mujeres, esclavos, niños). Esta forma particular de concebir el mundo desde la supremacía masculina, en el cual el hombre personifica a la humanidad se denomina androcentrismo9. En relación con el enfoque de género y el matrimonio en calidad de transacción social, el modelo androcéntrico ha normalizado el hecho de que las mujeres deban existir en función del marido y sus intereses, pues la imposición histórica ha consistido en ser un cuerpo al servicio de otros, salvaguardar el bienestar de la familia y ser madre. La jerarquización social griega sigue influyendo en la conservación de un arquetipo de mujer anulada en sí misma para atender los requerimientos del pater familias y su patrimonio, por lo que ha sido un tema plasmado en la literatura feminista costarricense como herramienta de denuncia social. Un ejemplo de ello es el cuento «Saturnalia» (1993)10 de la costarricense Rima de Vallbona, del que analizaremos las relaciones intergenéricas de los protagonistas a través del término androcentrismo y de fenómenos de orden psicológico como la alienación, la proyección y la cosificación.

Argumento del cuento «Saturnalia»

«Saturnalia» narra la relación matrimonial entre Chema (apocorístico de José María) y Natalia. Al inicio del cuento, la narración los define como una pareja feliz, estable y compenetrada; sin embargo, Natalia se iba percatando paulatinamente de algunos cambios en la conducta de Chema, por cuanto lo notaba frío, distante y ensimismado en proyectos laborales; en palabras de Natalia, parecía experimentar una lenta deshumanización. Cuando Natalia le preguntó sobre la causa de su cambio de conducta, Chema se sorprendió porque justamente esos cambios de conducta que le reprochaba Natalia eran los mismos que él había percibido en ella; en palabras de Chema, parecía experimentar una lenta robotización. Con el paso de los meses, los reproches se agudizaron. Natalia le recriminaba a Chema que parecía «sincronizado por una maquinaria interna» (151) y Chema le recriminaba a Natalia «su automatismo al hablar y caminar» (151). De esta manera, la pareja se distanció y Chema pasaba cada vez más absorto en la invención de una computadora innovadora llamada Computadora-Paraíso, al punto de no comer ni dormir. Por su parte, Natalia asumió sola el oficio de la casa, la crianza de sus hijos y los requerimientos de Chema, incluso, sacarle la punta al lápiz o servirle un whisky.

Al final del cuento, Natalia comprendió que Chema estaba psíquicamente alienado. Esto implicó que él sufriera un lento proceso de cosificación y que se refugiara en la tecnología para concretar el deseo de reemplazarla por una mujer robot; por otro lado, Chema proyectaba inconscientemente su cosificación en Natalia y se sorprendió al descubrir que una mañana en lugar de Natalia, la mujer de carne y hueso, yaciera junto a él un robot.

Los reveses del androcentrismo

Entendemos aquí como androcentrismo la visión de mundo y las relaciones sociales centradas en la perspectiva masculina, consideradas las únicas válidas o posibles11. Por consiguiente, 1) las acciones de los hombres equivalen a las llevadas a cabo por la humanidad, 2) lo provechoso para los hombres lo es para la humanidad y 3) las experiencias de los hombres encierran la experiencia humana12. Esta ideología, que ha llegado a ser modélica en el sistema patriarcal, ha reafirmado la construcción social del género, en la cual el hombre se erige como un ser superior con capacidades, derechos y privilegios, mientras que la mujer queda en un plano inferior, supeditada al hombre para servirlo y complacerlo. Esta asimetría en las relaciones de género devela una identidad masculina hegemónica, basada en la ideología individualista de la modernidad, de la que surge un ideal de hombre enfocado en sí mismo, racional y, por tanto, productor del conocimiento científico, social y cultural; autosuficiente, que se siente autorizado a actuar libremente, a imponer su voluntad y a utilizar el poder para conservar sus derechos. Asimismo, esta identidad pone en marcha la creencia llamada superioridad masculina sobre las mujeres, en la cual los hombres tienen más derechos que las mujeres a gozar de libertad, oportunidades y buen trato13. Esta creencia podría ligarse con el modelo negativo de la mujer, proveniente de la Grecia clásica, que la describe como un ser amenazante14, por cuanto es capaz de engañar mediante sus acciones y de su palabra para alterar el orden público15, como se observa en personajes míticos como Pandora, o bien literarios como Casandra, Medea o Clitemnestra. Consecuentemente, desde el modelo androcéntrico, el control y la opresión de la mujer es una idea legítima y necesaria, si se quiere preservar el mundo «civilizado» que el sistema patriarcal ha organizado y consolidado en un lapso aproximado de 2.500 años16.

Dicho esto, se infiere que el modelo androcéntrico anula a la mujer como sujeto de derecho que también merece un trato empático y respetuoso, pero también daña al hombre como individuo. Centrándonos en el cuento Saturnalia (1993), vemos que el perfil androcéntrico —incluso narcisista— de Chema está asociado a fenómenos de orden psicológico como la alienación, la proyección y la cosificación. Los definiremos porque nos ayudarán a analizar la relación intergenérica de este matrimonio. Por alienación entendemos el proceso por el cual una persona pierde consciencia de su propia identidad o se distancia de la realidad, lo que no solo implica el deterioro de las capacidades racionales, morales y emocionales, sino también provocan el aislamiento social17; por proyección entenderemos el acto de defensa por el que un sujeto le achaca de forma obsesiva e inconsciente a otro sus propias virtudes, pero también sus propios defectos o conflictos internos, en virtud de que son incómodos o inasumibles18 y por cosificación entenderemos el acto de reducir una persona al estatus de cosa u objeto. En el ámbito de los movimientos feministas, la cosificación de la mujer consiste en valorar solamente su cuerpo con una connotación sexual, sin tenerla como un individuo con pensamiento, sentimientos y capacidades19.

Una vez definidos los términos con los que examinaremos las relaciones intergenéricas entre los protagonistas, los siguientes apartados mostrarán en orden respectivo el análisis literario elaborado con base en la superioridad masculina sobre las mujeres y la ideología individualista de la modernidad.

Soy el ombligo del mundo

El objetivo de este apartado es caracterizar a Chema con el fin de analizar en él el androcentrismo reflejado en la superioridad masculina sobre las mujeres, que concede a los hombres más libertades, oportunidades y buen trato por parte de otros. Rima de Vallbona lo describe como un hombre educado en la alta sociedad y sensible a la opinión pública sobre sí mismo y naturalmente de su pareja, quien se presenta en su imaginario como una extensión de él y, por ende, debe ser la encarnación del saber estar en los grandes eventos sociales. En la siguiente cita textual observamos cómo Natalia mancha su reputación humillándolo frente a sus amigos con una conducta inusual y, al mismo tiempo, observamos cómo para Chema prevalecen dos ideas. La primera es el agobio que sufrió y no por qué Natalia actuó de esa manera. Encerrado en sí mismo, nunca se preguntó si Natalia se había embriagado, si podrían ser los efectos secundarios de algún medicamento o si su salud mental estaba en deterioro. La segunda es, desde su punto de vista, el cinismo de Natalia cuando le reclamó la misma conducta que lo abochornó. De este modo, es evidente que Chema nunca se detendría a pensar qué le podría estar sucediendo porque a un hombre como él jamás le ocurriría nada:

—Parecés sincronizado por una maquinaria interna, Chema. ¿Qué te lleva a funcionar con precisiones de reloj y a veces de computadora programada? —me echó en cara en otra ocasión, después de una infernal fiesta en la que pasé de la vergüenza al bochorno: su automatismo al hablar y caminar ¡qué humillación ante los amigos! En la mirada de los otros se reflejaba sorpresa y recelo; hasta se hacían señas entre sí de que algo no andaba bien en su mollera. Al verlos en ésas [sic] con el rabillo del ojo, yo habría dado cualquier cosa por desaparecer, hacerme humo, invisible, nada. ¡Y ella tenía las agallas de reprochármelo! ¡A mí! ¡A mí, sin considerar que yo aprendí los más refinados modales en la refinada sociedad de mis padres! ¡Nada menos que a mí! (150)

Chema también se presenta como un científico e inventor de alto nivel, quien ha abandonado las relaciones familiares para dedicarse por entero a su trabajo. Por consiguiente, el objetivo de su vida se ha circunscrito a la invención de la Computadora-Paraíso, como se ilustra a continuación: «Entonces yo permanecía hasta el amanecer sumido en experimentos para crear una computadora diferente a las que circulan en los mercados más novedosos» (150). Este pasaje es más importante que lo que parece, pues nos deja entrar en su universo. Inferimos un arquetipo de hombre en el que el intelecto, la productividad, la competitividad y el reconocimiento social se entrecruzan. Chema sabe que la invención de una computadora con una capacidad omnipotente le otorgará más dinero y prestigio como erudito en las comunidades académicas más sobresalientes.

En las próximas citas textuales y, como consecuencia de lo dicho en el párrafo anterior, se muestra el malestar que le provocan a Chema los regaños sistemáticos de Natalia sobre su nula corresponsabilidad doméstica y parental, puesto que bajo el modelo androcéntrico son tareas de carácter inferior que deben asumir las mujeres. Además, el androcentrismo y la superioridad masculina sobre las mujeres invisibilizan el intelecto, las capacidades y el esfuerzo femeninos tanto en el espacio público como en el privado. Natalia es una mujer inteligente, profesional, que batalla contra una doble jornada laboral y que debe resolver conflictos en su puesto de trabajo remunerado; sin embargo, ante los ojos de Chema, solo su conocimiento, su trabajo y sus proyectos tienen valor.

En la visión de mundo de Chema, las mujeres no comparten la misma naturaleza que los hombres, como se planteó en la literatura hesiódica, debido a que son incapaces de comprenderlos. Por ello, Chema califica la carga doméstica de Natalia como «majaderías de mujer insensible» a lo que un hombre inteligente como él realiza, porque los hombres están destinados a ser los generadores del conocimiento y la tecnología que revolucionarán el mundo ideando mejores entornos para incrementar la calidad de vida del género masculino. Téngase en mente que, según el androcentrismo, el término «raza humana» involucra únicamente a los hombres. En definitiva, son los merecedores de un trato preferencial, por lo que administran el tiempo según sus prioridades y aprovechan las oportunidades académicas para alimentar el ego:

[…] olvidaba que la maestra de Miguelito quiere hablar con nosotros, ¿podrás ir?, porque yo tengo una importantísima junta del sindicato de enfermeras, la asistencia es obligatoria, soy jefa y vamos a definir las demandas a los hospitales que nos están explotando, pero ¿cómo, que no podés?, ¿qué Miguel no es tu hijo también? salite de tu computadora del demonio y poné los pies en este mundo haciendo el papel de papá, aunque sea una vez, ahora que te necesito, o inventate un robot que me sustituya o te sustituya, eso sería lo mejor, un robot bien amaestrado. (152)

[…] que si cada uno de nosotros nos hiciéramos las pequeñas menudencias como la cama, recoger los zapatos, las toallas, cerrar el tubo de la pasta de dientes, poner la ropa sucia en la canasta del lavadero, qué sé yo cuántas majaderías de mujer insensible a lo que un hombre inteligente como yo necesita en su ardua labor de idear mundos mejores para los demás con el fin de eliminar de una vez por todas la inexterminable esclavitud de la raza humana. (152)

Otro defecto que Chema revela en la identidad femenina, vinculado a la inferioridad de acuerdo con el modelo androcéntrico, es la actuación inoportuna y el vacío discursivo de la mujer. Si bien Natalia irrumpe en el universo de Chema para comunicarse con él, este discurso carece de sentido e importancia, lo que incurre en la desviación de las ideas ingeniosas que solo se gestan en la mente masculina:

Y, por supuesto, para no variar, me interrumpió en medio de una idea genial que comenzaba a gestarse en mi mente y como siempre, me hizo perder el hilo de mi inventiva ¿Por qué las mujeres no buscan momentos más oportunos para salirse con sus idioteces del carajo? (152)

No obstante, Chema está de acuerdo con Natalia en la creación de un robot programado que la sustituya. Para ella es la solución al exceso de responsabilidades y al trabajo extenuante al que debe enfrentarse diariamente; para Chema, es más que la solución a los conflictos matrimoniales. Representa la materialización de una mujer perfecta, que actuaría en función de sus deseos y expectativas, pero que también lo motivaría como amante. Si relacionamos esta idea con el origen del sistema patriarcal, señalado al principio, nos daremos cuenta de que, a pesar del tiempo, el modelo androcéntrica sigue visualizando en la identidad femenina una oportunidad para cosificar a la mujer a expensas de la satisfacción personal del hombre:

Debo reconocer que no me pareció mala idea de un robot con lindas formas de mujer, también programado para todo, hasta para el amor que nunca rezongara, ni siquiera por sacármele punta al lápiz, ni por el whisky, por el que Natalia hace tanta alharaca (…) Un robot sexi, inagotable, que me sirviera noche y día. ¡Ah, y que hasta adivinara mi pensamiento! Así lo crearía yo para asombro y consternación de estos tiempos en que ya nada asombra de tan asombrosos que son los inventos…Pero no tengo tiempo, la Universidad me presiona para que rinda informe sobre la que acabé por bautizar Computadora-Paraíso. Meterme en esto otro sería fallarles. Por el momento no me quedan más que los servicios y la cantinela de reniegos de Natalia. ¡Malditas mujeres que no sirven ni para un carajo! (152)

¿Quién es el robot?

Pasemos a analizar las relaciones intergenéricas de los protagonistas a través de la ideología individualista de la modernidad, que promueve el perfil de un hombre racional, productor y autosuficiente, que actúa según su voluntad, la impone a los demás y usa el poder para preservar sus derechos, y los fenómenos de alienación, cosificación y proyección.

Al inicio del cuento, Natalia y Chema eran felices; se concebían como seres humanos y se valoraban recíprocamente. No obstante, a medida que Chema se dedicaba de forma obsesiva a la creación de la Computadora-Paraíso para perfilarse en el medio académico como un inventor competitivo en los mercados tecnológicos más novedosos, se abstraía paulatinamente de su entorno y de su núcleo familiar hasta experimentar una percepción distinta de la realidad; su mente se había alienado. En ese estado mental, la Computadora-Paraíso había reemplazado en importancia a su esposa e hijos. Desde el inicio de su creación, Chema la había utilizado como una herramienta de poder, que constituía el medio idóneo para evadir responsabilidades familiares y colmar su deseo machista de reducir a Natalia a la servidumbre femenina, pero no se percataba de que esa nueva realidad virtual, ese «paraíso» perfecto que se había autogestionado a la medida de sus deseos lo había secuestrado y había robado su identidad para transformarlo en un artefacto programable que perdía las competencias emocionales y morales que lo definían como humano:

—Vas perdiendo un no sé qué de tuyo... es como si te arrancaras a pedazos y a la vista de los demás lo que te define como ser humano..., y nos define a todos. Te estás poniendo duro. Parece que al vaciarte de lo humano fueras llenándote por dentro de...de...algo indescriptible pero concretamente material. De metales, alambres, materia plástica y latas.! (150)

Como consecuencia de la alienación, Chema no asumió conscientemente su proceso de cosificación, sino que lo proyectaba negativamente en Natalia. Así, se establece un «juego» a lo largo del cuento, en el cual la persona lectora debe discernir cuál de los protagonistas se está robotizando. Esto se nota, cuando Chema describe extrañado el cambio que experimenta Natalia: «Tampoco me atreví a reprocharle su reciente modo de moverse entre las cosas como si en lugar del alma que antes encendía de vida sus gráciles andares, tuviera por dentro una armazón complicada de piezas minuciosas, alambres, cables, tubos» (151). Por ello, a medida que Chema va mecanizando y cada vez se parecía más a un artefacto computarizado, era incapaz de visualizar a su esposa como un ser humano integral, que piensa, siente y actúa libremente. Solo podía verla como una mujer que poco a poco se anulaba a sí misma en franco proceso de robotización:

Natalia comenzó a producir unos ruidos rarísimos, como traqueteo de mecanismos internos que hacían blip-blip-puf-puf-puf; al principio casi imperceptibles; después, amortiguados, como en sordina; por último, era tal el ímpetu que le brotaba de dentro, que volvía ininteligibles las palabras que iba pronunciando cuando hablaba. (152)

Día tras día, la desvalorización como mujer que padecía Natalia por parte de Chema acabó por anular su dignidad y su mundo se redujo a la esclavitud doméstica, en la que debía servirle incondicionalmente al marido, atender a sus hijos y gestionar la casa, además de ejercer como enfermera. Por consiguiente, le reprochó a Chema su deseo de reemplazarla por una mujer robot, la cual sobrellevaría toda la carga doméstica y parental, sin pensar ni sentir ni cansarse, como lo hacía ella:

—Un robot es lo que necesitás y no una mujer —me había dicho en más de una ocasión. —Un robot que elimine todo lo vital y emotivo que te estorba para que se dedique únicamente a servirte, servirte y servirte, lavarte la ropa, planchártela, preparar la comida, hacerle punta al lápiz, preparar los cocteles, lustrarte los zapatos, cepillarte los trajes, cuidar de tus hijos como si yo fuera padre y madre juntos, pagar las cuentas, depositar el dinero en el banco, llevar a los chicos a la escuela, traerlos, manejar de aquí y de allá al ballet, a la clase de piano, a ver a los amigos... sos un asesino en potencia, porque el más recóndito deseo tuyo es el de convertirme en uno de tus artefactos electrónicos […]. (153)

En este pasaje, Natalia era consciente de los deseos de Chema, pero quizás no imaginaba que Chema los había empezado a concretar en el exclusivo mundo de la Computadora-Paraíso para adjudicarle una nueva identidad: Saturnalia. Esta palabra es la conjunción del vocablo saturnino, que en el ámbito de la química significa perteneciente al plomo20, y del nombre Natalia, que etimológicamente proviene de la raíz latina natalis, que significa nacimiento21. Así las cosas, las personas lectoras penetramos en el mundo de Chema y en él somos testigos del renacimiento de Natalia como una mujer robot, revestida de plomo y dotada de sus propiedades: blanda, maleable, versátil e incluso reciclable; en una palabra, un objeto destinado al servicio masculino, como lo señala el mismo protagonista: «En sus contornos se definía un algo utilitario y servil, como si toda su tiesura me reprochara: «mirá, Chema, aquí me tenés hecha a la medida de lo que querías programar en mí» (153).

Sin embargo, pareciera que el deseo de Chema no se llegó a materializar, ya que la identidad de Saturnalia solo existía en el mundo de la Computadora-Paraíso y Natalia no perdió la conexión con su entorno ni la relación con los demás. Por el contrario, ha recuperado el control de su vida para seguir viviendo en compañía de sus hijos y acepta que ha perdido no solo a su marido, sino al padre de sus hijos, quien sufre en carne propia los reveses del androcentrismo representados en sus conflictos internos. Irónicamente, las ideas progresistas de Chema de idear mejores mundos han quedado estancadas en ese «paraíso» computarizado; de igual forma, ha visto coaccionados los privilegios de macho. Ha perdido la capacidad de analizar objetivamente la realidad, porque incluso al final del cuento sigue proyectando en Natalia su transformación física y mental, como se aprecia seguidamente: «¿Ustedes se dan cuenta de su locura? ¡La muy ingenua todavía no ha descubierto que el robot computarizado es ella!» (154). También, ha perdido la función creadora y la oportunidad de obtener éxitos, en vista de que, al fracasar como inventor, olvidó la programación para salir de la Computadora-Paraíso y quedó atrapado en ella; por tanto, se encuentra solo y supeditado al poder de una «mano invisible» que lo programe. Si Chema pensaba que lo controlaba todo, inclusive, la voluntad de su esposa, los deseos y la inventiva masculinos se unieron para fallarle:

Te lo advertí miles de veces, Chema, de tanto vivir entre peliagudos circuitos electrónicos, absorto en esa famosa Computadora-Paraíso, acabarías por robotizarte. Y ya ves las consecuencias…te quedaste encajado para siempre en el engranaje de tu propio invento porque nunca resolviste la manera de salir del espejismo de la pantalla, sólo [sic] cómo entrar en él…Por supuesto, ayer, al escaparte de mí, sin prever el desenlace, te metiste a disfrutar del edén que habías venido construyendo para tu felicidad, aquel en el que me reemplazarías por un robot todopoderoso que desconociera el cansancio y no renegara nunca de cuanto le ordenaras. ¡Tal como lo querías! ¡Ja, ja, ja! Pero te salió el tiro por la culata. Yo sigo aquí, viviendo mi propia vida, con mis niños y mis deberes de siempre. Tendré que aprender a resignarme porque, ensartado ahí dentro, dejaste de ser mi marido y el padre de nuestros hijos. Por tu parte, no tenés más remedio que esperar a que alguien te programe. (154)

Conclusiones

Rima de Vallbona muestra en «Saturnalia», que el modelo androcéntrico daña a hombres y mujeres por igual. Desde esta perspectiva, que hemos heredado de sociedades patriarcales antiquísimas y de la Grecia clásica, las mujeres hemos cargado con la construcción de una identidad, en la cual hemos sido concebidas como 1) un ser al servicio de otros no solo para la reproducción y placer sexual de los varones, sino también para que ejerzamos roles de cuidadoras y educadoras en nuestro núcleo familiar y 2) un ser amenazante que es necesario controlar para preservar el orden social. Es así como se fortaleció la infravaloración social de la mujer en el ámbito público, pero, sobre todo, en el privado, que en el cuento que nos ocupa lo encarna la mujer robot de nombre Saturnalia. La figura del robot refleja muy bien cómo la identidad femenina constituye la proyección de los deseos masculinos en sentido amplio, que implica la servidumbre para complacerlos en las esferas social, doméstica y sexual; la obediencia para hacerlo sin quejarse ni cansarse y la resignación para conformarse con el destino que le ha tocado vivir. Por su parte, los hombres androcentristas están seguros del control que ejercen sobre las mujeres, sin embargo, pierden de vista el control sobre sí mismos y su entorno. Si bien Chema representaba el intelecto, la productividad y el progreso científico masculinos, debido a que la generación del conocimiento ha estado permeada por las relaciones asimétricas de poder22, también es cierto que es un hombre alienado por sus deseos y atrapado en el espejismo de su propio invento, mientras que Natalia ha mantenido sus ideas claras con una gran capacidad de análisis crítico de la realidad, de hecho, sus quejas sistemáticas denuncian y rechazan la esclavitud doméstica de la cual es víctima en el texto.

El argumento de «Saturnalia» invita a la autoemancipación femenina. Tal como lo propusieron las feministas radicales en la década de los años sesenta y setenta, la igualdad de género debe examinar las relaciones intergenéricas en el espacio privado, en el cual las mujeres cuestionen sus relaciones sexuales y familiares23 y reivindiquen en la intimidad del matrimonio y las jerarquías filiales el derecho a existir como sujetos plenos. En este sentido, una herramienta valiosa de empoderamiento la constituye la historia de las mujeres (corriente historiográfica y de orden feminista desde la década de los años setenta hasta la actualidad, cuyos objetivos son destacar la participación de las mujeres en la construcción social y estudiar las causas y razones por las cuales las mujeres han sido excluidas de las esferas de poder, con el fin último de reivindicarlas como sujetos históricos)24, por la cual hemos aprendido que, desde tiempos inmemorables, hemos sido parte de la evolución social, lingüística, religiosa y cultural de las sociedades y hemos aportado a la producción y sistematización del conocimiento empírico que actualmente sustenta la medicina, la botánica, la química y la obstetricia, entre otras disciplinas25. Más adelante, en el contexto de la Ilustración y la Revolución Industrial, las mujeres defendimos nuestros derechos políticos y civiles y nos organizamos en los siglos xx y xxi para emprender, a través de diversos movimientos feministas, las vindicaciones que cada una de nosotras merece dentro de nuestras particularidades socioculturales.


  1. 1 Recibido: 28 de febrero de 2025; aceptado: 6 de junio de 2025.

  2. 2 Facultad de Filosofía y Letras, Centro de Estudios Generales. Correo electrónico: paula.alonso.chacon@una.ac.cr; https://orcid.org/0000-0003-2042-2182.

  3. 3 Emilia Macaya, «Alcestes», La sombra en el espejo (San José: Editorial Costa Rica, 1986) 39.

  4. 4 Gerda Lerner, «El origen del patriarcado», La creación del patriarcado (Madrid: Editorial Crítica, 1990) 340.

  5. 5 Lerner, 310-311.

  6. 6 Julia Miranda García, «El Homo Sapiens Simbólico. Los discursos de la mitología patriarcal en la cultura occidental», Revista Feminismos 20, 5 (2012): 84-85.

  7. 7 Lerner, 310.

  8. 8 Margarita Dalton Palomo, «La mujer en La Política de Aristóteles», Mujeres, diosas y musas: tejedoras de la memoria (México: El Colegio de México, 1996) 345-381.

  9. 9 Nuria Varela, «La mirada feminista. ¿Para qué sirven las gafas?», Feminismo para principiantes (Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial, 2019) 223.

  10. 10 Rima de Vallbona, «Saturnalia», Relatos de mujeres. Antología de narradoras costarricenses (San José: Editorial Mujeres, 1993) 149-154. En lo sucesivo se indicará en el texto, entre paréntesis, los números de página respectivos.

  11. 11 Grecia Guzmán Martínez, «Androcentrismo: qué es y cómo afecta a las mujeres», Portal Psicología y mente, 25 de febrero de 2025. https://psicologiaymente.com/social/androcentrismo.

  12. 12 Ander Bergara, Josextu Riviere y otros, «La masculinidad hegemónica», Los hombres, la igualdad y las nuevas masculinidades (Vitoria Gasteiz: Emakunde-Instituto Vasco de la Mujer, 2008) 27.

  13. 13 Luis Bonino, «Nuevas masculinidades», Varones, género y salud mental: deconstruyendo la «normalidad» masculina (Barcelona: Editorial Icaria. Mujeres y Culturas, 2000) 46-47.

  14. 14 Nazira Álvarez Espinoza, «Medea, la mujer transgresora de la Cólquide», Káñina 28, 2, (2004): 75.

  15. 15 Margarita Dalton Palomo, «La raza de las mujeres: atributo de inmortales y mortales en Hesíodo», Mujeres, diosas y musas: tejedoras de la memoria (México: El Colegio de México, 1996) 221-225.

  16. 16 Lerner, 310.

  17. 17 Emilio Navarro Martínez, «¿Qué es la alienación?», YouTube, 20 enero de 2025. https://www.youtube.com/watch?v=6UAd2yl1lHc&t=1s.

  18. 18 Adriana Méndez, «Proyección: cuando vemos los defectos en los demás pero no en nosotros mismos», PsicoActiva, 5 de febrero de 2025. https://www.psicoactiva.com/blog/proyeccion-cuando-vemos-en-el-otro-lo-que-callamos-por-dentro/.

  19. 19 Montserrat Sanahuja, «Erradiquemos la cosificación de las mujeres: cuerpo sí, cosa no», CatalunyaPlural. Diario de derechos y pensamiento crítico, 20 de febrero de 2025. https://catalunyaplural.cat/es/erradique-cosificacion-las-mujeres-cuerpo-cosa-no/.

  20. 20 Real Academia Española, Diccionario de la lengua española (Madrid: Espasa Calpe, 2024).

  21. 21 Joan Corominas, Breve diccionario etimológico de la lengua castellana (Madrid: Gredos, 1998) 410.

  22. 22 Berenice Pacheco Salazar, «Género y conocimiento», Impacto de las mujeres en la ciencia. Género y conocimiento (Quito: Escuela Politécnica Nacional, 2020) 39.

  23. 23 Nuria Varela, «La segunda ola. Del sufragismo a Simone de Beauvoir», Feminismo para principiantes (Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial, 2019) 90.

  24. 24 María Mirón Pérez, «Mujeres y poder en la antigüedad clásica: historia y teoría feminista», SALDVIE, 10 (2010): 115.

  25. 25 Margaret Alic, «Diosas y recolectoras: las mujeres en la prehistoria», El legado de Hipatia. Historia de las mujeres en la ciencia desde la antigüedad hasta fines del siglo XIX (Madrid: Siglo XXI, 2005) 25-32.

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