REVISTA

PRAXIS

86

e-ISSN: 2215-3659
Julio-diciembre 2022
http://dx.doi.org/10.15359/praxis.86.1
http://www.revistas.una.ac.cr/index.php/praxis

¿Individuo o persona?
El ser humano considerado desde la comunidad del nosotros

Individual or person? The human being considered from the “us” community

Hermann Güendel1

Universidad Nacional, Heredia, Costa Rica

hermann.guendel.angulo@una.ac.cr

Recibido: 18 de abril de 2022
Aceptado
: 14 de setiembre de 2022
Publicado: 16 de noviembre de 2022

Resumen

En este ensayo se exploran las diferencias y alcances que poseen dos distintos tratamientos antropológicos, el de individuo, dominante desde la época moderna, y el de persona, sobre la identidad humana.

Se propone pensar a la sociedad como resultado de una centralización política de las distintas comunidades físicas y emocionales en las que el ser humano se encuentra integrado desde sus primeros años, entendiendo que es esto lo que nos da la oportunidad de cambiar las condiciones de experiencia y vivencia en la sociedad, a través de los distintos medios del reconocimiento de la condición común humana y su dignidad.

Palabras clave: Persona. Individuo. Sociedad, comunidad.

Abastract

This essay explores the differences and scope of two different anthropological treatments, that of the individual, dominant since modern times, and that of the person, on human identity.

It is proposed to think of society as the result of a political centralization of the different physical and emotional communities in which the human being is integrated from his earliest years, understanding that is what gives us the opportunity to change the conditions of experience and experience in society through the different means of recognition of the common human condition and its dignity.

Key words: Person. Individual. Society, community.

1. Persona, individuo, convivencia

Solo en comunidad el ser humano puede superar la decadencia que le impone la miseria de los tiempos en los que le toca vivir, la pesadumbre del desencanto se olvida al compartir la más dulce y buena compañía. Nadie tolera en soledad las angustias de la existencia, pues necesita del noble heroísmo del bien común para superar sus cuitas con la intervención de otros.

Nadie vive totalmente aislado, nadie es, en realidad, una isla. El ser humano ha de dejar atrás el individualismo de la cultura actual para superar lo que, por encima de sus fuerzas, lo reduce a la impotencia. Para superar sus miserias la persona solo cuenta con el empuje que le da la comunidad con otros seres. La individualidad es una minusvalía en el ser. El ser alguien es ser persona dentro de la comunidad esencial de nuestro mundo, el nosotros. Pasamos nuestros tiempos en comunidad, vivimos en ella y en ella encontramos el personal sentido de nuestra muerte. Si somos alguien para otras personas es porque somos seres reconocibles en la comunidad que sostiene nuestra vida. Nacimos en el seno del vínculo humano, crecemos en él, y con el tiempo lo extendemos a esos otros seres que, siéndonos próximos, constituyen un nosotros que perdura en el alma, por presencia o bien por reconfortante recuerdo, hasta nuestra muerte.

Nadie puede, en realidad, pretender que es un buen vivir pasar sus días en soledad. La soledad nos destruye, pues es una muerte simbólica que nos provoca más deterioro que la física. En soledad resultamos ser muy mala compañía, para nosotros mismos y peores consejeros. La soledad es el estado de existencia del individuo; pero nadie en puede vivir sin alguien a su lado, o sin el placer que da la buena compañía.

Fruto de una ficción filosófica moderna que pretende legitimar el poder político por medio de un contrato social, su concepto se consolida con el racionalismo y el liberalismo moderno como mera pieza de la escenografía del mundo. Junto a los demás, en su anonimato, el individuo solo aparece ante nosotros como una sombra efímera que nos pasa al lado en la calle.

Los seres humanos no somos individuos: sino sujetos comunitarios, no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a la comunidad que sustenta nuestra vida e identidad. Nadie se pertenece a sí mismo, sino a su nosotros. Somos de quienes nos aman y se preocupan por nuestros fallos, celebrando como propios nuestros aciertos, merezcamos esto o no. Y nos debemos a ellos, pues quien no protege a quien lo ama no merece ser amado. Si me amo, lo hago por el amor que he recibido de quienes conforman a mi lado nuestro nosotros. La consciencia de quien soy surge de la convivencia humana en el seno de una comunidad. Somos, pues, personas reconocidas como tales y, por tanto, no somos nunca individuos anónimos que a nadie importan. El ser humano es la persona comunitaria singularizada por el brillo de su inteligencia.

Su identidad es resultado de una articulación de significados existentes dentro de la comunidad en la que crece y vive, y que se articulan a lo largo de los años según la particularidad de su inteligencia y sus vivencias. Esta articulación es la que nos da una presencia reconocible ante otros, una identidad, que es a una vez designación comunitaria y delimitación personal sustantiva de su ser y estar. El individuo aparece, así, a la consciencia reflexiva, como lo que es, una representación desvirtuada de la dimensión real de ser humano. Un valor que solo lo es cuando se entiende en comunidad y se constituye en ella, pues solo en comunidad somos actores significadores de esas realidades que constituyen lo que apreciamos como nuestro mundo.

Solo en comunidad se constituye el contenido de nuestra propia historia y recuerdo, siendo por ello auténticas personas, no vulgares ficciones que cuyo valor radica en una impostura ideológica, económico-cultural en esencia, la de vil agente de consumo en un mercado que no responde a sus prioridades, pero si a sus representaciones.

En la sociedad actual, el valor de la vida se asocia y se reduce a la capacidad de consumo, por ello, cuando con el paso del tiempo esa capacidad se reduce, aquel agente se desvanece, decae el valor del individuo a un objeto en el rincón de la sala, se declara la vejez como una enfermedad; y si lo es; pues es como una afección económica que se trasmuta en social. No más que una vulgar ideología que pervierte nuestro valor y relaciones humanas. La vivencia de la persona anciana es el destino del individuo.

Ese desprecio no es fruto de incomprensión, capricho, desapego; es, más bien, una vivencia generacional provocada hoy por la dinámica de la realidad saturada de fetichismos y exclusiones; es fácil entender la emergencia de esa sensibilidad que sanciona lo longevo. En el sistema mundo capitalista, para vincularse con otros, es necesario convertirse en centro de sus miradas, por ello, hoy transcurrimos nuestros tiempos deambulando entre relaciones efímeras. Los vínculos humanos constituyen tan solo roces fugaces entre personas que son, al final, mutuamente anónimos. Mediando nuestro ser con objetos apropiados por su marca o por una fulgurante publicidad, el contenido de nuestras relaciones adultas de filiación no es más que un simbolismo social evocador de la posesión dinero.

La presencia social se ha vaciado hasta transformarse en un vulgar desfile de pasarela que necesitan las almas ínfimas para pavonearse. Las marcas de renombre han desplazado la necesidad básica de bienes a granel. Lo valioso es hoy aquello que adorna la existencia, no lo que satisface nuestra vida, justo eso que el más caro, aunque no lo más útil para el buen vivir. El individuo actual existe corporalizando elitismos. Víctima de relaciones que se establecen por cálculo de benéfico, se ha conformado con entender como natural lo que es moralmente bochornoso.

El capital ha desplazado la centralidad del ser humano. Con ello la vinculación humana se compone a través de áreas de estatus excluyentes. Unos miran a otros de manera despectiva. Sus logros se reducen a meras ilusiones de figuración y fama. La imagen sustituye a la persona provocando sensibilidades fugaces. Las relaciones interpersonales se trastocan al ver de reojo a quien no posee y, con envidia a quien ostenta. Se profundizan las exclusiones sociales con las simbólicas. El desprecio se enseñorea del otro. La ostentación se transforma en evidencia de lo que se es. El vivir se constriñe a poseer dinero, y así el valor de la vida se reduce a ser una potencia de mercado. La buena vida es “vida saludable” ya que igual se dirige a la muerte que aquella que se vive entre excesos. Las expectativas sobre la existencia se vacían. La figuración se convierte en forma de vida y el alma se resiste a abandonarla. Se llega, así, a un punto máximo de distorsión de la inteligencia, la ideología no es ya falsa consciencia, sino más bien su adecuación a una realidad fetichizada; la de una sociedad nacida de un uso intencional del poder para la configuración del consenso y de la culta convivencia entre dispares.

Toda sociedad es una comunidad política de comunidades humanas. Resultante de la centralización por ejercicio de poder político, ella impone a las diversas colectividades una multiplicidad de significados de ser al que se le asocian representaciones y registros de diversa índole que hacen del ser social algo complejo y complejizador de sus relaciones interpersonales. La persona asume representaciones de estatus y reconocimiento por concesión que figura incorporando conductas particulares y esperables, cívicas en su sentido político; pero el ciudadano no es persona, en tanto no es configurador del mundo, sino objeto de las regulaciones de derecho que lo norman. Es una imagen genérica sin rostro que se personifica, aún y cuando no se corporalice por placer, para constituirse en objeto de regulaciones comunes que median la vinculación y permiten cierto rango de seguridades necesarias. Por ello el ciudadano solo necesita de la belleza de los espacios para vivir con agrado cada lugar. El espacio debe procurarle lugares agradables, y el tiempo momentos gratos para sentir orgullo por su patria.

No puede sobrevivir a una existencia vaciada de lo bello, si su mundo se ve separado de ello su vivencia diaria se agota en desventura. Agobiado, entonces, desprecia su propia existencia al tenor de la abominación por lo que percibe como sucesos en el mundo. Encerrado entre distorsiones, el desgaste del mundo lo decepciona, su alma se llena de ira, su voz se convierte en grito, el rostro bello se esconde tras la mueca del descontento.

Esto no debería acontecer en la existencia comunitaria, tan acogedora, reconfortante y segura como el seno materno; sin embargo, la frontera entre la persona, el individuo y el ciudadano es tan porosa como lo es la separación entre lo público y lo privado. La persona se transforma socialmente en un individuo que se afirma como tal en el ciudadano. Lo comunitario se somete a lo social y se redefine en familia, vecindario y zona urbana. En este movimiento complejizador resulta que el ciudadano es solo un individuo sometido al poder, por ello sus tiempos son cotidianidad social limitada a sus posibilidades y riquezas inesperadas, nunca vivencia personal y menos comunitaria. Su libertad es ficticia, una simple adecuación a la ley, que quebranta cuando tiene la oportunidad y el deseo de vivenciar el placer que nos produce la osadía en el alma. Solo en aquellas sociedades donde el ciudadano se piensa como individuo, y no el individuo se afirma como ciudadano, el ser humano se aproxima a la libertad de ser lo que es, algo que solo ha vivenciado en la comunidad que lo entiende y acepta como la persona sin restricción.

Así, en el seno de la sociedad, el ser humano se entiende a sí mismo como un individuo que personifica la condición de ciudadano, se sujeta al poder y sus alcances, la riqueza de sus experiencias asumen, con ello, pretensiones de la figuración, ostentación y riqueza monetaria. El transcurrir del tiempo le parece grosero y pobre si es sin distracciones. Pues, en efecto, la rutina aburre al no tener más que hacer que lo que siempre hacemos. Lo cotidiano abruma y solo lo sobrellevamos durmiendo en exceso. No hay nuevas anécdotas y experiencias que contar, la conversación recae en los mismos temas. Al haberle ganado a la naturaleza más tiempo para nuestra existencia, nos hemos escapado de la naturaleza misma del tiempo y, al enfrentarlo, sin algo que nos aparte de su lento ciclo, nos desgana su tedio. La existencia individual es aburrida.

Como ser humano, la persona requiere, en su vida, de algo que le resulte diferente, incluso sorprendente, para poder gozar de sus días. La distracción le es solo cuando al estar en lugares y momentos, estos le son distintos y novedosos generándole esa expectativa, y tal vez reto, a través del cual somos conscientes de que estamos vivos y que vale la pena estarlo. Vivir es asignar significados a nuestra experiencia, forjar nuestra historia y mundo.

Muy por el contrario, en nuestro sopor individual nos tornamos en mala compañía y hacemos énfasis en la mala compañía de esos que llamamos los demás, esos que nos son solo pobladores accesorios de anónimos lugares, muy distintos de lo que ocurre en el encuentro con los otros, los que nos son conocidos por recurrencia y coincidencia, e incluso de aquellos que por amor y cercanía son parte nosotros. En la experiencia del individuo nos es difícil observar cómo la correcta convivencia se deprecia, la gentileza del gesto educado y de las buenas costumbres se diluyen. Todos aquellos significados sociales que constituyen nuestra identidad social como varones, padres, amigos, empiezan a demostrar su conflictividad. El noble visaje del disimulo ya no puede contener ese desprecio que preferíamos ocultar por las conductas que nos sorprenden al denotar en ellas su intestina vulgaridad, y es que para convivir socialmente el ser humano necesita de ocultamientos. La sinceridad y la verdad perturban nuestros vínculos sociales e intimaciones, solo su significado moral nos impide aceptarlo. Para llevar bien la compañía humana nos hace falta algo de mentira. Que al final enturbia de algún modo la convivencia es cierto; pero es igual cierto que al no perdurar la convivencia humana tanto como desearíamos, no es necesario recurrir a ella y al ocultamiento para conservarla por más tiempo. Convivir con otro es temporal, los amigos se distancian, los amores terminan, los compañeros de trabajo se retiran. Por ello nos es propia la pretensión de alargar ese tiempo con halagos y fingimientos. Necesitamos de los otros, pues solos somos permisivos de nuestros vicios y omisivos con nuestros errores.

Aspiramos, entonces, a hacer con ellos un nosotros sólido, algo por demás complicado, ya que tenemos la tendencia a percibir en los más próximos solo aquellas cualidades que apreciamos y respetamos, su belleza, inteligencia, gracia, su buena compañía. Le reducimos así a nuestros deseos. Pero el otro es más que nuestra fantasía, por ello la rechaza y se aleja. Su individualidad le gana a nuestra invitación comunitaria e impide que en todas las circunstancias se anteponga el bien común por encima de las prioridades individuales. El bien común en sociedad solo es posible como imperativo político. Muy por el contrario a la prioridad que posee para la persona, pues fácilmente nuestro yo antepone a la comunidad inmediata frente a sí mismo, pues con ellos conforma su nosotros, aquellos quienes nos vinculamos por familia, aprecio y amor, disfrutando del goce de su buena compaña. El bien común nos es solo imperativo en el contexto comunitario del nosotros.

Parece así que en la historia el ser humano tiende a repetir sus errores. En la Europa medieval se celebraban orgias en plena peste negra tal vez para festejar que se estaba sano y con vida, o solo por placer y distracción. El Decamerón de Bocaccio refleja eso. Hoy se hacen fiestas de pandemia e irrespetamos los edictos de la sensatez. Incluso alguno desea contagiarse para acabar de una vez con la incertidumbre. Definitivamente nuestro desatino destaca en el momento menos oportuno. ¿Quién puede negar la necesidad de una tutela inflexible? Necesitamos de la guía severa para preservarnos de nuestra propia estupidez e impertinencia.

Cuando la relación interpersonal se trastoca ante la imposibilidad de escapar a las diferencias que surgen en la intimación cotidiana, aún nuestro tan necesario e íntimo nosotros se ve perjudicado con la perversión de la insoportable mala compañía provocada por resentimientos que con los años podremos disimular; pero no olvidarlos por completo. Tanto como la convivencia social, la comunitaria también se ve sometida a esos alcances de la percepción de un colapso. Con el distanciamiento la convivencia se ha debilitado; el roce casual, o bien intencional, se recela, aparece así en nuestro espíritu un menoscabo en nuestra capacidad de establecer nuevos vínculos de amistad, compañía y diversión. El fijar nuestra atención en la llamativa presencia de alguien se ha substituido por la amenaza de su proximidad circunstancial. Se ha menoscabado nuestra capacidad de ampliar el rango de las relaciones interpersonales más allá de la pequeña comunidad formada por quienes convivimos en el encierro. El temor es ahora un criterio de percepción hacia lo diario y base de la moral de alejamientos, un receloso noli me tangere (“No me toques” dice el cristo resucitado) nos es ahora imperativo. La ingenua convivencia se ha perdido pese a la desesperada necesidad que tenemos de encontrarnos con la corporalidad de otros. La solidaridad se ha vuelto tímida, no hay aptitud hacia el sencillo apretón de manos o el significativo auxilio a quien se cae en la calle. De igual manera la coexistencia social anónima y contingente con los demás, o sea, con aquellos que están emocionalmente fuera de los que son nuestro nosotros y de aquellos que al menos reconocemos por la usual recurrencia en el supermercado o en la panadería como los otros, se nos ha hecho obligatoriamente eludible. El hombre sabio debe aprender a disminuir la importancia de sus seriedades, pues comprende que todos los momentos de su vida son transitorios.

La forma particular en la que nos percibimos, genéricamente, ya sea como sujeto, individuo, e incluso como ser humano, no es una conclusión natural a la que llega nuestra consciencia, sino más bien a construcciones de significado que corresponden a contextos histórico-culturales reconocibles y diferenciables. La naturaleza humana es artificial, una delimitación cultural que se construye como significado específico de acuerdo particularidades de la época, de intereses políticos y filosóficos. Entendido así, la percepción dominante que tenemos hacia nosotros mismos como individuos es una construcción de significado cuyo origen puede ser rastreado hasta finales del renacimiento europeo e inicios de la modernidad. Este concepto, funcional en la práctica de la naciente sociedad capitalista para superar la barreras jurídicas y comerciales de los pequeños condados por medio de la doctrina del contrato social, es recuperado años después por Adam Smith como categoría fundante de su teoría y de la economía capitalista. El individuo actúa por egoísmo y destruye, por tanto, la posibilidad del bien común en aras de su interés propio. La superioridad ética del concepto de prójimo, el mayor aporte cultural que se puede destacar del cristianismo, queda, bajo el peso de la individualidad, relegado a una práctica altruista de almas bellas, es decir, ingenuas o simplonas. La capacidad humana de anteponer el bienestar común al individual no puede proponerse como una prioridad axiológica en el capitalismo, sino más bien como virtuosismo excepcional. Como significado social, consolidado por su presencia durante siglos, la noción de individuo limita la capacidad de resiliencia social humana en el mundo actual, ya que por su alcance no puede tolerar la limitación de su libertad. Solo puede pensarse una excepción a ello, específica de las sociedades confesionales latinoamericanas. Me refiero a la presencia de un sentido personal o subsignificado que obligue, moralmente, a ese individuo, a respetar la presencia de otro como limitación para sí mismo, es decir, a valorarse más como persona que como entidad diferenciada de los demás por su peculiaridad. El individuo no puede aportar a otros más que mala compañía, mal intencionada, oportunista e hipócrita.

Hay dos infiernos mundanos por los que podemos pasar en la vida, uno es el transcurrir del tiempo natural, el otro es la mala compañía. El primero tiene la redención en la distracción, el otro en abandono de aquellos que nos roban la paz y la alegría. Pero la soledad a la que nos condenaríamos podría ser peor que la amargura que nos genera la presencia de quien antes nos llenaban de tiernos gestos de amor y dulces giros de inesperadas sorpresas, pues la soledad nos amarga. El encuentro con otros nos es inevitable por sernos necesario. Es una exigencia que se desprende de la naturaleza social de nuestra identidad personal. Sus condiciones se delimitan como requisitos que exigimos en el esfuerzo de salir de la comunidad humana inmediata que nos sostiene desde la cuna, para crear otra, y en ocasiones recrearla. Nos asociamos, pues, con ese que surgiendo de los demás, destaca entre ellos por su belleza, inteligencia, o sencillamente buena compañía; el otro nos provoca invitarlo a la intimación, a hacerlo parte de nosotros, al menos por lo que perdure; pobre del miserable que nunca han vivido tal dulzura.

Pero la vinculación humana es compleja, pues desde nuestra vivencia personal comunitaria establecemos sus requisitos, postulados y exigencias. Y si bien en el juego de la invitación podemos mediatizar nuestros requerimientos, sin duda en la convivencia reaparecen en su fuerza. Una vez constituido el nosotros es difícil renunciar a él, pues el amor da paso, con los años, a emociones más firmes, como la complicidad, la solidaridad, la confidencia. No se renuncia fácilmente a otro cuando se es con él un nosotros. Intentamos, entonces, un mutuo acomodo, que en el convivir nunca acaba y más bien adquiere nuevas formas según la dinámica de la personalidad y la experiencia de los años. En la penumbra de las emociones nuestro espíritu vine a iluminarnos. Ocultamos nuestros enfados, e incluso decepciones; damos y nos dan, múltiples veces, las más distintas oportunidades de preservar la compañía que estimamos es valiosa. A sabiendas de lo que nos es mutuamente molesto, lo ocultamos, pues no podemos evitar cometer actos de insensatez y atrevimiento. Y no creo que nuestra naturaleza sea perversa, pues el ser humano no tolera tal esencialidad. Muy lejos de ello, somos artificio de las épocas que vivimos, invención de nosotros mismos, ya que matizamos significados culturales dándoles el sentido propio en el que lo corporizamos y representamos frente a los otros conocidos, y los demás desconocidos.

Ocultar lo que hemos hecho o deseamos hacer, advirtiendo de antemano lo molesto que ello puede ser a quien nos es próximo, es un acto de elegante prudencia. No se enrostra la traición que cometemos esperando que se nos dé las gracias por nuestra sinceridad, en lugar de su justa ira. Podríamos exigir a cualquiera que evite hacer o decir lo que incomoda o hiere a aquellos con quienes convive, pero nuestros juicos y conductas dependen tanto de nuestras prioridades personales, como de las circunstancias en las que nos encontramos, por ello podemos sorprendernos con reacciones totalmente inusitadas.

La verdad franca molesta y condena. Solo la simpleza moral que impera en la bella alma del sencillo le impide aceptarlo; pues lo que creemos es una verdad, no es objetiva, sino una perspectiva subjetiva, que tan solo pretende tal situación sin serlo realmente, pues es producto de las mediaciones tanto de lugar y momento, como de época y vivencia, que la afectan. ¿Qué es la verdad?, ¿de quién es? Por ello nos podemos enfrentar a la sorpresa de que nuestros actos, tal vez bien intencionados, provoquen, en otros, terribles desgracias. Para lograr el necesario convivir encontramos en el ocultamiento la prudencia con la que evitamos el riesgo de la soledad por abandono, ya que nada nos es tan valioso como la sólida presencia de quienes amamos y nos aman, o al menos nos aportan el consuelo de su jovial compañía.

2. Ser humano, individuo, comunidad y sociedad

El individuo es la escenografía de un mundo que gira en torno al dinero. Como tal se reduce a simple objeto y portador de máscaras económicas. Su moral solo responde al imperativo del lucro; desplaza la centralidad ontológica del ser humano y su dignidad como significador de sus realidades, se ve desalojado, a su vez, por la centralidad de la mercancía, honorabilidad de la figuración y las regulaciones del poder: Unidad de múltiples determinaciones, junto a la propiedad de la persona y sus vivencias comunitarias. Esta figura, de naturaleza inicialmente política, es atravesada por multiplicidad de condicionamientos jurídicos, culturales y económicas, que provocan que sea comprensible como una construcción compleja pese a la burda simplicidad de su concepto. El concepto de individuo denota la reducción de persona a un perfil intencionado de conductas y valoraciones que lo ajustan a la convivencia impersonal de una sociedad.

Toda sociedad, en tanto realidad política, es resultado de una vinculación orgánica de ordenamientos estructurales y condiciones superestructurales que se vivencia en forma de relaciones conductuales homogeneizadas de convivencia y coexistencia reconocibles como civilizadas, es decir, cívicamente valoradas. La naturaleza del ser humano no es, pues, la de un malentendido ser social, sino la de un ser que vive en grupos comunitarios, de diverso número, autoidentificadles de modo inmediato, debido a que se crean condiciones de vínculo, filiación e intimación propios, lo que los libra de conflictos. Cada comunidad de personas es un colectivo humano estricto en el tanto que se crea fronteras de significado y cierres simbólicos particulares que van desde expresiones, conductuales, orales y hasta tradiciones culinarias que preservan, con orgullo, los secretos de la abuela.

El carácter social de la persona, en tanto lo social, es diferente de lo comunitario por su naturaleza impersonal, es una artificialidad provocada intencionalmente como acto político de coerción de poblaciones por un orden gubernamental que somete a la comunidad humana inmediata, el colectivo de personas, ya sea un grupo de familias, el entorno poblacional cercano, o la región geográfica, a una centralización administrativa político-económica. En América Latina este ejercicio de poder político fue prioritario en el proceso de reconstrucción regional tras la independencia. De este resultan las particularidades nacionales que en todos los casos son una culturalización de las particularidades lingüísticas, étnicas, religiosas y conductuales de la zona geográfica en la cual se mantenía un orden administrativo efectivo tras la retirada del imperio español a todo el resto del territorio que queda sometido a nuevo Estado. Con ello, como ser comunitario, es sometido por medio de este proceder a una socialización que se dirige a consolidar la constitución de la sociedad nacional a través de la aparición del ciudadano nacional. La agrupación inmediata de personas se somete, por fuerza, a un escenario administrativo y regulativo común sobre la multitud de las comunidades y regiones.

La sociedad nace con la organización de las ciudades, pues en ellas múltiples comunidades se ven forzadas a reunirse en los barrios que constituyen, finalmente, las zonas urbanas. El Estado funda la sociedad y le da nacionalidad. El llamado orgullo cívico, tan solo una sensibilidad ideológica, hace del ciudadano depositario de la soberanía; es un acontecimiento político que acontece solo cuando el Estado es capaz de organizarse para gobernar a un pueblo organizado para ser gobernado. Visto así, toda sociedad nacional resulta específica y reconocible en tanto el ciudadano responda a enunciaciones intencionales que se articulan a partir de superestructuras de realidad comunitaria organizada como realidad histórica o sometida a una relación directiva de poder político. Antes de vivir en sociedad, o sea en ciudad, algo que en Mesoamérica emerge con la cultura olmeca, el ser humano vive dentro de vínculos físicos y afectivos de alcance familiar que lo abren a otras vinculaciones necesarias como las de zona específica y encuentro de pareja. De este modo, nuestra consciencia nos lleva a reconocernos como alguien que está con otro, forjando un nosotros, por el que se siente a gusto con su vida.

Cuando, por necesidad o azar, salimos irremediablemente de aquellas zonas que nos resultan conocidas, más aún cotidianas pues nos son rutinarias, las otras regiones de la sociedad, por no menos decir del mundo, nos parecen inciertas. Nuestra alma mueve por entre ellas con un profundo extrañamiento y en no pocas ocasiones con timidez y temor, pues antes de cualquier otro condicionamiento la persona corporaliza significados identitarios de familia, ciudad, región, incluso; y solo luego de lo nacional.

Nos vinculamos con otros como sujetos sustentados por una comunidad diferenciable, por ello convivir con extraños se vuelve conflictivo. El hablar el mismo idioma no nos da seguridad. Más bien nos abre a un tirante juego de autoridades que puede desembocar en conflicto, si la aproximación trasgrede los límites de la elegante distancia gestual. Dentro de las fronteras del Estado nacional, nos vinculamos con otros desde las identidades comunitarias que constituyen sus regiones y, a su vez, sustentan nuestras seguridades y gustos.

Solo cuando abandonamos las fronteras de la patria nuestro vínculo con otros se hace predominantemente desde los registros nacionales integrados a nuestras conductas y expresiones, pero no por nuestro esfuerzo, sino por la diferenciación que, con lo extranjero, hacen los nacionales, pues lo nacional no se percibe por el propio como algo diferente, por ello, no lo hace predominar consciente y necesariamente sino hasta que la diferencia de los otros lo destaca del nosotros. Por ello, la situación de extranjería se torna tan difícil, y el foráneo busca vincularse a sus compatriotas antes que con los habitantes de su nuevo entorno, pues los nacionales le parecen simplones o toscos, y solo con los compatriotas puede comportarse a sus anchas como el lumpen, o el caballero, que es. Solo con los propios la conducta de un individuo puede regocijarse en el licencioso comportamiento común de las masas.

Dentro de las fronteras del Estado nacional toda conducta individual es en realidad conducta de masas que se piensa como propia por que la escenifica. Posee por tanto una psicótica patología en común, la de abandonar, en el subterfugio del anonimato, lo que es afirmado por nuestra consciencia como moralmente correcto sin avergonzarse de sí mismo, sino más bien regocijarse en su astucia.

El individuo corporaliza condicionamientos sociales de conducta de masas, y las masas carecen de moral. Su comportamiento es un todo orgánico en el que se articulan emociones e imágenes por las cuales piensa y actúa por medio de sensibilidades. Su identidad, visibilizada en sus razonamientos y actitudes, responde a las emociones que le provocan los significados nacionales vigentes, pues fundamentan rangos de coherencia entre la conducta y la mentalidad. Esos significados nacionales no son, en realidad, afirmaciones o autorizaciones para hacer algo, sino negaciones o restricciones que han creado su propio régimen de validez, por lo que son en sí mismos incuestionables. Todo significado es una afirmación negativa. Es lo que debemos corporalizar para sentir el placer de un no ser un eso o algún aquello. Por esto, los buenos ciudadanos suelen reírse, burlones, ante otro significado de libertad que no sea el que los condiciona y embrutece.

El ciudadano es el individuo sometido a un poder político hegemónico. Su realidad es un artilugio constituido por realidades particulares elevadas a rango de realidades por entero, pues se validan a sí mismas en su reflejo estético sobre la cotidianidad. Por ello. para el individuo cívico, el ciudadano, su mundo es el mundo, y el mundo se reduce a su mundo. La realidad que vive solo puede ser la realidad histórica, y no más que ello, realidad natural sometida a relaciones de poder para constituir el entorno material humano. Esto es lo que da a lo nacional particularidades diferenciables, reconocibles como evidentes por el extranjero, pues, a diario, el propio reproduce conductualmente las condiciones de la identidad cultural que corporaliza el individuo. Esas condiciones, superestructurales, inciden como claves o rutas ideológicas para su subsistencia dentro del mundo que le es inmediato. Lo ideológico atraviesa la realidad que experimenta por medio de imágenes que refieren a situaciones de experiencia tanto personal como generacional.

Como tal, toda ideología es una visión políticamente intencional de la situación inmediata en el entorno social, coyuntura particular o constante socio-histórica. Con ello no propone verdades ontológicamente fuertes, sino epistémicamente sólidas, ya que, organizada como discurso, da lugar a narrativas que provocan sensibilidades desde la cuales el ser humano enjuicia su presente como lo fue su pasado, corroborando con ello la certeza de supuestos patrios. Toda ideología, incluso la que constituye la idiosincrasia de un pueblo, no solo delimita la realidad que se ve, sino también el modo de verla.

Las identidades nacionales son el resultado de experimentos de poder que van desde la sociedad política hacia la sociedad civil con un alcance culturalizador. Su articulación discursiva responde a un interés coyuntural que actualiza antecedentes culturales preexistentes a un nuevo contexto social. Esto se observa fácilmente en Centroamérica tras el inesperado arribo de la independencia, los actores políticos predominantes en la época organizaron las sociedades nacionales con base en estructuras coloniales de administración gubernamental y cultura, preservaron categorías valorativas, reflexivas y conductuales en el imaginario de estas sociedades. Por ello, las culturas nacionales centroamericanas están saturadas de arcaísmos ideológicos. Las ideologías provocan interpretaciones y actos humanos a través de destacar una perspectiva, por medio de sensibilidades, como un marco de comprensibilidad particular del mundo. Por ello la consciencia despreocupada del individuo, cuando se encuentra acorralada por algún suceso excepcional a su realidad social inmediata, solo logra dirigirle la mirada descuidada que lanza usualmente hacia lo rutinario, le resta importancia y la condena como vulgar vicisitud, pues no le importa, si no le afecta.

El individuo no reconoce la envergadura de los acontecimientos que afectan a los demás. No logra comprometerse con la solución de las urgencias de los otros, mucho menos aún de solidarizarse con la solución de sus urgencias, y la resolución de sus prioridades. Solo la intimación con otros, su transformación en un nosotros, provoca que el individuo se deshaga de las limitaciones del egoísmo y reconozca incluso a quien le es desconocido como igual a sí mismo, En ese momento ya no puede ser entendido como individuo, pues ahora es persona. No existe ya en el anonimato, soñando con protagonismo y figuración, viendo a quienes destacan con envidia. Capaz ahora de la osadía de sentir como propio el sufrimiento de todos, vive el bien común como responsabilidad y orden, se comprende como propiedad de su nosotros y se debe a ellos. Ese que, en el capitalismo, es ridiculizado como el alma bella de Kant, simple e ingenuo como la más pura emoción, es a quien, con toda propiedad, podemos llamar amigo y afirmar que su reunión vale la pena, pues no encontramos en él las groseras deformaciones y descaros que usualmente encontramos en el portador de máscaras económicas que se piensa a sí mismo como superior a cualquier gentil, solo por poseer más riqueza monetaria. El dinero es estética del capitalismo y la tasa de valor del individuo; pero nunca de la persona.

3. Dialéctica general del reconocimiento interpersonal

La persona es el ser humano considerado como sujeto dentro de una comunidad; el individuo es ese mismo ser; pero considerado como singularidad irrepetible que se diferencia de los otros por sus actos, pensamientos, sensaciones, experiencias y representaciones. Uno, el primero, es de naturaleza afectiva; el otro, de naturaleza política y, sin embargo, ningún individuo deja de ser persona, aunque ninguna persona es un individuo.

No se trata, en todo caso, de una diferencia conceptual tan solo, sino de una diferencia compleja por sus implicaciones morales y conductuales. Mientras que para ser significativo un individuo ha de ser tratado necesariamente como ciudadano, validado, por tanto, por condicionamientos jurídicos e ideológicos; la persona es significativa sin la intervención de la ley, ya que es siempre rostro e historia vital reconocida por quienes comparten un nosotros comunitario. Su ser alguien se valida, entonces, por su igualación entre quienes comparten un nosotros, por ello no es objeto de relaciones, sino actor en ellas. Sus compromisos, responsabilidades y vinculaciones, así como su talante humano, son distintos también a los que escenifica el individuo, pues impera en él el imperativo del bien común.

El individuo no puede sustentar la disciplina social que origina actos espontáneos de solidaridad y heroísmos, ya que en su pretensión es lo único que debe sobrevivir a las vicisitudes que bordean su mundo. Su reconocimiento como ser humano solo se produce como concesión desde una figura política. El individuo es ser humano en tanto se encuentre sometido a una construcción política de significado, el concepto de ciudadano, con ello su particularidad es socialmente valiosa solo desde los derechos que se le asignan, como si fuese un objeto que se requiere cosificar para ser apreciado, su valor se restringe a los límites espaciales del Estado nacional que delimita la sociedad en la que vive. Los derechos y prerrogativas que goza en ese su mundo se volatilizan apenas está fuera de él. En el extranjero todo individuo es huérfano. Basta con la experiencia del foráneo que es prisionero en otro país para entenderlo. Su experiencia evidencia los límites de un reconocimiento por concesión. No son pocos los días en que el migrante vive soledad y desconfianza de ser un simple alguien entre los demás. Solo cuando se vuelve rutinario para el nacional, se le da la oportunidad de una tímida vinculación, la que con los años le dará el gozo de ser reconocido por igualación con el propio, como si él fuese otro propio. El primer acto de igualación que vive el extranjero es recibir bromas de amigos, y no burlas de desconocidos.

Sobre el individuo no hay preocupación, como tampoco hay preocupación de él por los demás. Su presencia ante otros no es más que una pretensión de figuración. Si es capaz de un acto heroico, lo es para que su nombre encabece las portadas de los noticieros. El individuo es un anónimo que no soporta el anonimato de sus actos. No posee algún vínculo afectivo que lo cubra y posicione como centro de atención, preocupación y preservación, pues con esto desaparece el individuo y se constituye la persona. La persona es el ser humano significativo en comunidad, reconocido en ella por sus vínculos emocionales, y conocido por su recurrencia presencial en los lugares y momentos en los que se vivencia el nosotros. Nunca solo, como el individuo, jamás podrá ser parte de aquellos a los que llamamos los demás, sino siempre pieza de la proximidad e intimidad del nosotros. La persona nunca se pierde en el anonimato. Sus actos, aun los que fácilmente se puedan juzgar como de mayor torpeza, jamás se perciben como ridículos, tal como sí se hace con los infortunios del individuo, sino más bien como simpáticas ocurrencias de alguien a quien amamos; acaso falta de experiencia o pericia; pero nunca estupidez, pues somos tan licenciosos con nosotros mismos como lo somos con quienes amamos.

La identidad del ser humano tanto como persona, tanto como individuo, se desarrolla con el tiempo a través de las vivencias y experiencias que constituyen el contenido de nuestra vida. Arrojados a la existencia, pues se nace obviamente sin consulta, se existe en principio sin consciencia de una identidad propia, y solo con los años se ad-percibe, en el seno de la familia primero, como una designación sustantiva, esencia y definición primera de lo que somos y seremos. En el inicio de sus tiempos, el ser humano no se separa aún del entorno afectivo, no es aún individuo para sí mismo, se piensa en relación con alguien que ama y lo ama; es, más bien, comunidad: se piensa, vive y compromete con el bienestar común de los que le resultan diarios. En el nosotros es persona, y como tal es celoso de lo que le permite experimentar el placer de sentirse amado y aceptado sin restricciones; el niño pequeño nunca es egoísta, sino más bien guardián severo de lo que siente como propio, del mismo modo que en unos años lo será, ya cuando adulto, con aquellos que encuentra y destaca de la muchedumbre.

La identidad se desarrolla con el tiempo y se cambia con las vivencias que enfrenta la persona a lo largo de sus años. Se inicia sin duda en el seno de las relaciones afectivas inmediatas en el nosotros y se consolida por medio de posicionamientos fuertes de la persona ante los otros, y en ocasiones es necesario hacerlo ante los demás. En el seno de la primera intimación, la que se recibe sin buscarla, el niño, para cobrar conciencia de que es ya alguien, requiere del influjo de dos presencias, la masculina y la femenina, en su entorno. De su simbiosis, ese que es por principio un ser humano significativo, reconocible y diferenciable, que no nos genera más que ternura y preocupación, asume significados de ser y estar preexistentes en la sociedad que engloba su comunidad inmediata, pero no en su iniciación intuitiva, sino más bien matizados por la forma que su comunidad los toma e integra en su cotidianidad. La base de la identidad personal siempre lo es el sentido que en la familia poseen los significados culturales.

Con el paso de unos años, la dinámica social a la que se le somete, por imperio de la ley y el poder, lo arranca de la tierna intimación. La persona se ve lanzada a la individualidad por su tratamiento como ciudadano. Así, dejando atrás la cotidianidad única de su primera comunidad, encuentra, con el tiempo, el riesgo del otro, su ambigüedad, a veces su hipocresía, a veces su sinceridad, y la sencilla vinculación se torna compleja. Debe aprender a interpretar al otro.

Pero, cuando ese otro encuentra en una posición de poder, como la de ser parte de un grupo, su vinculación con el yo no es de apertura al encuentro, sino de imposición. La filiación degenera en exigencia de sometimiento y en impetuosa resistencia. Debe pelear para ser respetado, o escapar para ser ridiculizado. Debe valerse por sí mismo a través de arrebatar su posición, pero como esto es solo propio de demonios, el yo busca el encuentro con alguien más, busca y encuentra buena compañía, aprende así a dejar de lado a quien o quienes lo perturban y los espacios que ocupan. El individuo, para sobrevivir a lo que lo angustia, tiende a forjar un nuevo nosotros para que la existencia le sea placentera, recupera entonces su condición primigenia de persona integrándose en una nueva comunidad. Parte de lo que aprendemos de nuestras vivencias es ser selectivos con quienes nos vinculamos y distanciarnos de quienes nos perturban, en ello radica la deferencia entre la buena y la mala compañía. La comunidad de los amigos es la segunda comunidad en la que nos integramos. Tan importante como aquella primera, nos abre el encuentro e intimación de pareja. En nuestra historia personal dejamos la prioridad de la presencia de los amigos para priorizar la del ser amado. De ser en comunidad, pasamos a crear la propia. El ser humano nunca deja de ser persona, solo asume la impostura cultural de concebirse como individuo hasta donde las limitaciones de su existencia le permiten soportarlas.

El individuo solo cuenta, a su favor, con el derecho y el poder. Solo cuenta con su condición de ciudadano, y como sujeto a la ley, la ley lo preserva. Sin ley, el individuo desaparece entre los riesgos que lo afrentan y por los que pide ayuda cuando está desesperado. La ley es el criterio rector del vínculo entre individuos. El individuo solo es tratado por los demás como ser humano ahí donde es respaldado por el derecho. Por ello su orfandad, cuando pierde la cobertura del Estado nacional al que pertenece. Con la pérdida de la condición de ciudadano, el extranjero pierde su estatus ontológico de ser humano. El migrante no es tratado como un ser humano cuando ha dejado atrás su patria, pues es percibido por los nacionales como uno más entre los demás. En tal condición se le abandona a su suerte. Cuánto migrante es asesinado y esclavizado en las fronteras de los Estados Unidos con México o en el tapón del Darién. Solo el vínculo con almas bellas salva al extranjero del infierno de la extranjería. Por ello, quien tiene que vivir en nuevas tierras, busca a sus iguales y, de no encontrarlos, busca su igualación con los nacionales. Resulta, entonces, que el reconocimiento de otro por nosotros, y de nosotros por otros, como ser significativo, se da a través de tres movimientos diferenciados de nuestro espíritu: la concesión, la igualación y el arrebatamiento.

En el primero de estos, se asigna a un todos abstracto y anónimo el estatus antropológico que posee el yo que enuncia la igualdad del género humano como condición y derecho. En la historia de las ideas políticas esta asignación se dio por vez primera como respuesta al tema de la diversidad de la población subordinada al poder de un único gobierno con la aparición de los grandes imperios de la antigüedad europea, tanto el alejandrino como el romano.

El reconocimiento por concesión es un proceder político de gobierno, el Estado desarrolla una figura general de derecho, el de ciudadanía, que se ejerce sobre la multiplicidad de comunidades que constituyen la sociedad, desarrollando, con ello, condiciones culturales de legitimación para el ejercicio del gobierno sobre la diversidad de personas y regiones geográficas. Este es un proceder por medio del cual las personas se encierran entre los cercos simbólicos que conforman las fronteras identitarias de la nacionalidad permitiendo el ejercicio del gobierno sobre la masa de individuos que se agrupan en la sociedad. Desde este tratamiento se reduce al individuo a objeto de poder, que, a su vez, es tratado como sujeto de derechos; por ello cuando el individuo infringe el derecho es tratado como bestia, tanto por la policía como por quienes lo identifican en la calle y se alejan. Nadie, fuera de su nosotros, trata al criminal como ser humano.

Fuera del alcance del Estado no hay respaldo a los derechos humanos inherentes que se conceden al individuo. Nadie en el desierto fronterizo, o en la inhóspita selva reclama la humanidad del migrante. Gran contradicción de nuestro presente, los compromisos de conciencia no desembocan en actos de conciencia, sino en airadas simulaciones en la red. Es fácil reclamar el respeto a la dignidad del ser humano al lado del televisor y la alacena, pero es imposible hacerlo en el lugar donde ese reclamo debe darse, ahí en Sonora y el Darién. Ni el coyote o el sicario, ni el narcotraficante o el policía corrupto tienen el mínimo inconveniente de asesinar mujeres embarazadas y niños de brazos, de esclavizar hombres y convertirlos en mulas para drogas.

El Estado crea su tipo de ser humano, y lo mantiene, la humanidad del ser humano es un concepto para el gobierno de las personas. Es en la figura general de ciudadano donde se humaniza jurídicamente al ser humano. Este concepto tiene como supuesto para su aplicación funcional la configuración intencional de un perfil cultural-cívico que es corporalizado por quien recibe el reconocimiento de su humanidad. El ciudadano es el sujeto de derechos que corporaliza los modos de ser que se reconocen como nacionalmente propios. Son estos los que permiten diferenciar por un simple roce casual al nacional del extranjero. Estos modos de ser constituyen la estética del hablar, vincularse, verse y comportarse con y hacia aquellos que se encuentran en nuestro entorno significativo.

Por otra parte, el reconocimiento por igualación se da cuando al otro se le considera parte de nosotros por pertenencia de nacimiento, y por afecto. Cuando el yo ama a otro lo convierte, de inmediato, en un igual que forma parte de su mundo, ni hay entonces algo que sea entendido como propio, sino como compartido, nuestro. La diferencia se borra en la temporalidad de la apariencia. El otro forma parte de nosotros en su integralidad, se conoce en su historia, se reconoce su humanidad sin cuestionamiento. No hay desconocimiento de su historia previa a su integración en nuestro mundo, aun cuando en el fondo no nos importa, pues lo importante es nuestra historia en común. La historia previa de vida de quien forma parte ahora de un nosotros es solo importante como un gesto de aprecio que se desprende de la intimación; nunca un requisito de aceptación, pues se intima con otro porque somos capaces de valorar su gentil compañía, como agradable asociación, y es esto lo que lo hace presencia recurrente en nuestra vida, no lo que antes de su encuentro él ha vivido.

Por ello, los amigos pueden alejarse, pero nunca nuestra alma los olvida, experimento alegría cuando por casualidad la vida nos depara un reencuentro. El vínculo que se constituye en el nosotros perdura aún en la ausencia, con más fuerza, como recuerdo, que como lo era en presencia, pues muchas veces no apreciamos plenamente a un amado hasta que se nos separa. Las comunidades humanas no nos son eternas.

Por el simple hecho de que estamos vivos nuestras vivencias cambian. Y no solo por la muerte de quien nos era íntimamente próximo, sino porque la vida misma no lleva a cambiar. Migramos; cambiamos de prioridades; nos distanciamos emocionalmente; nos decepcionamos de otros, e incluso de los que forman parte del nosotros. Por ello, nuestra historia personal, esa en la que se encierra el sentido de nuestra vida, está constituida por las distintas vivencias entrelazadas en nuestra vida que hemos experimentado en el seno de las múltiples comunidades de conformamos con los años.

Nuestro mundo está constituido por las personas y las cosas que nos resultan placenteras. La integración del otro en mi mundo lo hace igual a mí y parte de mí, por ello procuro, de distintos modos, preservar su presencia, tanto como cuido de mis cosas. Sin embargo, ya de partida, el yo tiende a reducir, en la vinculación, a cualquier otro a lo que espera de él, sin ser ese él quien define lo que quiere que el yo le reconozca. La percepción del otro lo cosifica como requisito del acercamiento. Reducimos a quienes se nos aproximan a nuestra expectativa sobre ellos, esto responde a nuestra necesidad de percibir estabilidad en el mundo que vivimos. Por ello lo inesperado nos perturba hasta el disgusto.

Es aquella constricción, obligatoria sin duda, de quien se aproxima a nuestra expectativa, la que finamente fuerza, en nuestras relaciones maduras de intimación y convivencia, la irrupción del conflicto y el riesgo de que se pierdan, pues ese que amamos espera de quien lo ama lo que desea recibir, no lo que el amante le puede entregar. Y es más valiosa la buena compañía que la fidelidad de pareja.

El aceptar a quien se nos aproxima, como a aquel que no es ya próximo, en el conjunto de sus diferencias y coincidencias, contando inclusive con sus extravagancias, es requisito para una perdurable y mutua integración. El yo se desdobla en el otro para constituir el nosotros por medio de la afirmación de la diferencia que reconoce en quien es su igual, o desea al menos que lo sea, por el interés que le despierta y el placer que le da su presencia.

Pero, como tal apertura es difícil, pues el yo debe enajenarse en el otro, la mayor parte del tiempo, en el seno de nuestros vínculos, silenciamos nuestros disgustos y decepciones para disfrutar de sus placeres. Para ser duradera la intimación con alguien, ha de esperar hasta el momento en que quienes se acercan para encontrarse no quieren seguir viviendo como lo hacían hasta antes de su descubrimiento y acercamiento, pues sin duda las relaciones que más marcan nuestras vidas son aquellas que pasan de una noche o semana. Pese a ello, aún las vinculaciones más efímeras nos resultan valiosas, no por la leyenda que construyen, sino por la breve historia que cuentan, ya que nos apartan, al menos por unas horas, de la soledad.

Todas nuestras relaciones de filiación e intimación parten de un acercamiento. Este exige del descubrimiento de alguien en la muchedumbre. Ya por su belleza, inteligencia, o su sola presencia, nos movemos hacia el otro, lo invitamos al encuentro y aceptamos su invitación. Sin embargo, la imagen puede corromper la oportunidad del vínculo, pues es una representación que puede no ser intencional y consciente. Puede que el modo en el que espero que el otro me vea no sea sino producto de los malos hábitos de representación o simplemente de una torpe interpretación de sentido de los significados de ser que asumo. En no pocos casos esto se debe a la falta de experiencia, como el torpe comportamiento del adolescente hacia su primera novia.

Es por la imagen que corporaliza el otro que lo sometemos a nuestras expectativas. Por los giros de su presencia le dirigimos nuestra mirada, destacándolo del gentío y nos acercamos. La imagen que corporaliza el otro es invitación, criterio y condición tanto de aproximación como de cercanía. Pero es justamente por ello que la igualación con otro siempre conlleva el riesgo de enfrentar alguna decepción que al final destruye nuestro nosotros y nos obliga al alejamiento, pues su gesto y presencia pueden ser producto no de lo que es, sino de lo que, por sus vivencias, representa consciente o inconscientemente. La interacción social siempre es una representación, por ello el entorno, ya pasado o presente, afecta nuestro modo particular de ser ante otros. La sociedad es el gran proscenio donde ocurren encuentros entre individuos. En aquel todos somos representaciones de significados sociales y sentidos comunitarios. Y no necesariamente nuestros gestos, formas de hablar, de actuar y vernos, son adecuados al ambiente de representación e interacción en el que nos encontramos, pues cada escenario social posee requisitos conductuales, fronteras de significado y sentido, que exigen de todo individuo ser capaz de una personificación interfronteriza, conservando, sin embargo, en toda representación lo que es, junto al modo de manifestarlo. Ni siquiera el mejor actor puede ocultar sus vicios de conducta.

Finalmente, nos encontramos con la ruta de reconocimiento que no es más larga y penosa, la del arrebatamiento de la condición de ser alguien a quien se lo niega a otros. Esta es la ruta del desventurado, el itinerario de su resistencia; pero es única ruta que amplía los límites de lo aceptable en la sociedad y en nuestro mundo, pues a través de ella los excluidos forjan consciencia de su identidad y el sentimiento de orgullo por lo que le es propio, esto es lo que les permite resistir con firmeza. La comunidad que construye por este brío no se somete al giro del desencanto, ya que crea sus propias fronteras y cierres de significado. En el acto osado de arrebatar el reconocimiento de la persona se conquistan espacios y momentos de vinculación y se construyen condiciones en común que sustentan toda aproximación. Hace lo que se sabe que hará, pues es lo que lo hace ser quien es.

En el arrebatamiento, quien vive en la marginalidad, enfrenta toda invisibilización y negación de su ser significativo, tanto su propia existencia como modo de vida. La humanidad de otro solo se reconoce por medio de arrancarle a quienes lo excluyen la afirmación de su dignidad como persona. Los marginados engendran su libertad doblando la de los demás. En el arrebatamiento, el negado somete lo que le sojuzga, ya sea el desprecio o el disimulo.

Entre los incluidos, lo diferente e inusitado provoca extrañeza y, en algunos, repugnancia. El indígena, el extranjero migrante, el pobre, el homosexual, o simplemente aquel diferente por apariencia o discapacidad, reconoce su situación de exclusión por medio de la reacción de desprecio, desagrado y desconfianza hacia él por parte del incluido que lo excluye a pesar de que habitan la misma realidad histórica. No se trata de una ilusión o sensibilidad exaltada, la exclusión es un estado que impacta el ser de quien es víctima de la situación social y de percepción inhumana. La conciencia de sí mismo emerge siempre de las condiciones en las que vive su desventura.

Rodeados de los mismos otros, aunque de modos diferentes, en cualquier momento el exclusor y el excluido se rozan cohabitando el mismo momento y lugar, y pese a que la presencia del marginado es innegable, el exclusor la evade, pues la teme, mientras que a aquel, su desprecio ofende y lastima, pues nadie acepta pasar sus días hundido entre angustias, carencias y humillaciones. La dimensión de la dignidad humana, aunque no se conozca, se intuye.

Por ello, el excluido, para ser alguien, debe tomar una posición de conciencia, la de indignación con sus experiencias. Solo con la fuerza intestina del enfado, la guerra libertadora que libra, el despreciado resiste más allá del riesgo de la muerte, pues solo con la muerte adquiere vida. La muerte de lo excluyente abre al descartado a su integración. Solo por medio de la guerra se adquiere una sólida paz. Solo con la fuerza apasionada que le genera su situación devela la ilusión de una igualdad concedida por apelación al derecho. Solo hay necesidad de arrebatamiento donde las diferencias se prefieren ocultar.

El rechazado pierde el temor de no ser alguien para otros. Evidencia, irreverente, su ser alguien por medio de actos de posicionamiento y colonización de aquellos lugares y momentos en los que cohabita con los demás. No quiere ser igual a su exclusor, sino a sí mismo; no pretende ser el otro, sino ser su nosotros sin reducciones, ocultamientos, prejuicios y recriminaciones. Su identidad es un reclamo de sí mismo en diferencia a otros. No busca la inclusión sino la integración bajo sus propios términos. La diferencia ha de ser parte de la cotidianidad, no una excepción regulada dentro de ella.

El espíritu rebelde no se contenta con luchar un día, solo puede complacerse con la conquista innegable de lo diario. Solo a través del dominio de lo cotidiano hay afirmación del modo propio de ser alguien con otros, en un propio nosotros que nos aporta confort, seguridad y aprecio. El excluido no teme al exclusor, aunque le indigne, sino que teme a la exclusión de los que le son próximos, pues las lágrimas de quienes amo me arden como llamas en el alma. Nunca importa el desprecio de los demás, sino el sufrimiento que se comparte con los que conforman mi nosotros. El marginado desea arrebatar su afirmación como persona para vivir el placer de la buena compañía, pues se reconoce como responsable tanto de sí mismo como de quienes lo aman. Lo que le quita afirmación a nuestra subjetividad nos da fuerza para cambiar el mundo. Nada nos da más objetividad que la pulsión de nuestras pasiones.

El marginal discierne que el reconocimiento de su dignidad se inicia en la proximidad, y cuando esta le es lejana comprende que debe concurrir a los lugares y momentos en los que otros no desean verlo para conquistarlo, expulsa a quienes lo desprecian y se acerca a quienes se le unen o le invitan a la reunión, ya que el arrebatamiento arranca el buen trato a la presencia recurrente.

No se pretende ni se obtiene igualación del excluido con el exclusor, pues los relegados no pretenden ser un puñado más de exclusores, sino que procuran vivenciar su nosotros en comunidad con otros. Por ello, el arrebatamiento cambia todos los mundos personales, pues dobla la forma de organizar políticamente la comunidad de comunidades que los contiene. La más digna vivencia es la que experimentamos al reconstituir nuestro entorno resignificando la realidad como nuestro mundo.

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1 Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional de Costa Rica (UNA), Master en Filosofía por la Universidad de Costa Rica (UCR). Autor de las obras: Como una bailarina entre la niebla (identidad, significado y sentido), y Atrapado entre mis imágenes (dialéctica del imaginario nacional costarricense). Ha publicado artículos científicos especializados en las Revista Espiga (UNED), la Revista de Filosofía (UCR), las revistas Praxis, y Temas de nuestra América (UNA). Autor de numerosos artículos filosóficos publicados en el Semanario Universidad de la Universidad de Costa Rica (UCR).


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